La línea que no cruzamos Capítulo 9
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Capítulo 9

«Mi expresión favorita»

NICOLA

Algo no estaba bien. Y cuanto más lo analizaba, más intrincado se volvía.

No estaba en condiciones de hurgar en otro problema, de añadir otra bala a esa extraña ruleta rusa que era mi vínculo con Rydell.

Pero era inevitable. Algo había cambiado, algo que no estaba presente antes del accidente.

Porque sí, todo había cambiado desde entonces.

La vida nos había arrollado con distinta intensidad, dejándonos como dos ruinas humanas intentando reconstruirse antes de pisar los propios fragmentos y cortarse.

Pero no hablaba de las cicatrices que el accidente dejó, sino de algo nuevo.

Una presencia que no estaba allí antes y que no debería estar aquí ahora.

Me propuse ignorar a Rydell por el bien de mi cordura, pues él tenía el don de presionar todos los botones que yo había sellado con letreros de «prohibido tocar».

Lo esquivé como si su existencia fuera una mancha borrosa en mi periferia, y él, aun así, encontró la forma de no dejarme en paz.

No sabía cuánto de eso era coincidencia y cuánto, pura obsesión.

Así como tampoco podía medir cuánto de mí lo detestaba, y cuánto… anhelaba esa atención.

Tras el evento de Aurealux, sin embargo, el muy idiota comenzó a ignorarme a mí ahora.

Los papeles se invirtieron, pero yo partía en desventaja: carecía de la desfachatez de Rydell para perseguirlo a través del paddock bajo el implacable ojo de mil cámaras.

Hasta la carrera de Shanghai, nuestra relación fue una cuerda tensa, pero sin contacto.

Creí que la paz de su ausencia sería prometedora, que estabilizaría mi mente.

Fue lo contrario, porque no podía dejar de pensar en la curva emocional trazada en la tableta de la asistente, en esos datos de telemetría que eran su huella digital.

Estuve a un paso de imprimirlos, de clavarlos en la pared como un mapa de su alma.

Bien. Tal vez la obsesión era mutua. Y contra eso, no se podía luchar.

Una herida que nunca sanó iba a doler siempre; era lógico.

El problema era cuánto poníamos de nuestra parte para cerrarla y cuánto desorden causábamos solo por el deseo de verla sangrar de nuevo.

Al final, los dos parecíamos combatir por eso mismo: yo por no volverme irrelevante —mi parte egoísta arañando los muros, gritando en silencio—, y él por no mostrarse vulnerable, escondiendo sus propias heridas mientras buscaba las mías, desviando el foco.

Comenzaba a entender esta danza con Rydell. Lo que aún no comprendía era esa mancha negra de emociones en el centro de todo. Y tal vez, no quería comprenderla aún. No me sentía capaz de enfrentarla.

Las prácticas en Shanghai pasaron en un suspiro.

Subir al monoplaza seguía siendo mi mayor desafío, una ansiedad que había regresado con Rydell, sujetando mi tobillo como una pesada bola de hierro.

Me sentía en desventaja, rezagado en esta dinámica, y molesto porque jamás fui de los que se conforman con no terminar últimos.

Porque Rydell tenía razón: últimamente, corría solo porque el día que dejara de hacerlo, no sabría hacia dónde avanzar.

¿Qué hace uno cuando la rutina se convierte en el núcleo de su sostén y su dependencia? ¿Es inevitable que, al resquebrajarse, todo lo demás se derrumbe?

En las dos primeras prácticas quedé por encima de Rydell en la grilla. Pero en la tercera, él remontó con unos ajustes en el auto que lo hicieron sentirlo más cómodo y se notó en su apellido junto al número seis en la clasificación.

Auronox no tenía malos autos, pero tampoco eran, ni de lejos, los más veloces de la parrilla. Esto era cuestión del piloto. Y Rydell estaba destacando. Siempre fue brillante al volante, pero ahora parecía empeñado en demostrarlo a toda costa. Definitivamente, los papeles se habían invertido.

Y ahora llegaba la clasificación.

Tenía el cuerpo convertido en un cable tenso mientras apretaba el acelerador en el tramo final del circuito.

La pista de Shanghai se desplegó ante mí, un asfalto brillante bajo un cielo grisáceo que amenazaba con desgarrarse en lluvia.

El rugido del motor se fundió con el jadeo de mi respiración dentro del casco, y por un instante, todo lo que quedaba fuera dejó de existir.

En la última curva, el coche mordió el piano con demasiada avidez.

Sentí el tirón rebelde en el volante. Corregí con un reflejo que antes era instinto puro, fluido como la sangre.

Ahora, cada vez que lo hacía, volvía a mi mente el recuerdo de Suzuka: el olor a goma quemada, el chirrido metálico que precedió al silencio.

Crucé la línea de meta.

—¿Cuánto? —pregunté por la radio, domando el temblor de mi voz.

—Un minuto, treinta y uno, seiscientos veinticinco milésimas —informó Dylan, pero en mi cabeza las cifras se convirtieron en un tambor sordo y persistente—. Estás décimo primero, Nicola.

Me mordí el labio para ahogar una maldición. No había pasado a la Q3.

El box se llenó de murmullos y pitidos mientras se actualizaban las posiciones. Rydell estaba solo a una décima por delante. Una maldita décima. Décimo para él. Undécimo para mí.

No fue mi posición lo que me molestó, sino la suya.

Y eso me hizo querer quedarme en el coche incluso después de que la Q2 terminara.

Durante dos años había corrido como si le debiera algo a mi pasado —una forma de pagar una culpa, con mi propia mente como rival—.

Ahora, con las palabras de Rydell resonando en mis huesos, no podía soportar verlo por encima.

Él esperaba más de mí. Y yo, en una estúpida paradoja, sentía que debía cumplir esa expectativa.

Finalmente bajé cuando anunciaron el inicio de la Q3. Quería verlo.

Me planté frente a la pantalla mientras me arrancaba los guantes. Ni siquiera escuché las palabras de aliento de Dylan. Mi vista se clavó en la imagen de Rydell acelerando en la recta, el motor rugiendo con esa ferocidad que conocía demasiado bien, su cámara exclusiva y la gráfica teñida de verde.

Sentí un anhelo agrio, como si una parte de mí deseara verlo triunfar, mientras la otra quería sacarlo de allí con mis propias manos.

Mi mayor contradicción emocional siempre se llamaría Rydell Falken.

En la curva tres, Rydell pasó como un latigazo dorado y negro, el auto mordiendo el vértice con una precisión casi quirúrgica.

Tragué saliva. No importaba cuánto intentara convencerme de que no me importaba, de que esto no era personal…

Lo era. Porque cada vez que Rydell frenaba más tarde, cada vez que corregía en mitad de una curva sin perder una milésima, sentía que me estaba demostrando algo. O recordándome algo que había olvidado.

La pantalla cambió a un sector verde  y el murmullo de los ingenieros se volvió un tono más agudo.

Me mordí el labio inferior, sin apartar los ojos.

No importaba si caía una bomba en el circuito; no habría poder capaz de despegarme de esa imagen.

El último sector llegó rápido, demasiado rápido; la vuelta finalizó y los números aparecieron en amarillo. No fue suficiente.

P10. Exactamente el mismo lugar que yo había dejado vacante.

Exhalé por la nariz, sin saber si era un alivio mezquino o una frustración compartida. Rydell seguía siendo Rydell: capaz de rozar la perfección y, aun así, quedarse justo donde el mundo dejaba de mirar.

Rydell entró con el monoplaza a su garaje.

Yo invertí los últimos quince minutos repasando con mecánicos e ingenieros qué había fallado en la clasificación y cómo podíamos rescatar al menos unos puntos mañana.

Y en cuanto su figura apareció en mi visión periférica, mis ojos se desviaron hacia él automáticamente.

Loren se acercó a mostrarle datos mientras él se quitaba los guantes. Me quedé un segundo de más observando las marcas que la balaclava había dejado en sus mejillas y cuello, donde la piel enrojecida brillaba bajo una capa de sudor.

—Nicola —dijo Dylan, haciéndome apartar la mirada con un escalofrío de culpa.

Entonces, hizo un gesto sutil hacia un costado.

Desde la zona de pits, una cámara apuntaba directamente a mi rostro. Con zoom. Era evidente que había capturado cada una de mis reacciones.

Maldije en voz baja mientras le daba la espalda. Mi corazón se aceleró, como si me hubieran sorprendido cometiendo un delito. Y en parte, mi propia conciencia era la jueza.

¿Qué se suponía que estaba mirando?

Me concentré en la carrera del día siguiente. Era para lo que estaba aquí, después de todo.

Aunque eso hacía tiempo se había convertido en unas palabras vacías de autoconsuelo.

El vehículo que nos llevaría al hotel donde se alojaba Auronox ya esperaba cuando terminé con las entrevistas y la reunión post-carrera.

Me subí mientras Neiva, desde fuera, me recordaba —una vez más— que debía empezar a colaborar con el equipo de marketing y dejar de huir de lo que el público consume hoy.

Aceptar dinámicas, grabar videos, ser algo más que un piloto.

Al final, ella era la verdadera sombra oscura de la que intentaba escapar constantemente.

—Hablo en serio, Nicola —me reprochó, impidiendo con un gesto que cerrara la puerta. Suspiré, exhausto—. Te he dado tiempo suficiente. Creo que ya merezco un poco de tu parte. Serán dinámicas pequeñas, lo prometo. Cayden se encarga de las redes; él te dirá qué hacer.

—¿Qué se supone que son dinámicas pequeñas? —pregunté, frotándome los ojos con los dedos pulgar e índice.

—Preguntas y respuestas. Participar en algún desafío o concurso.

Un poco de interacción con el equipo y con los aficionados.

Por muy malhumorado que seas, te sorprendería la cantidad de gente que te sigue —añadió, con un dejo de burla en la voz.

Rodé los ojos—. Entonces… ¿mañana, antes de la carrera? Solo un video corto.

—Está bien —concedí, vencido—. Lo haré.

—Ah, cómo has madurado —dijo ella, con una sonrisa de satisfacción—. Se lo comentaré a Rydell.