La línea que no cruzamos Capítulo 8
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Capítulo 8

«Todo en mí. Todo… por él»

RYDELL

Después de la carrera, después del circo mediático y de las redes sociales encendidas con nuestros nombres, nos aguardaba un fin de semana de respiro antes de Shanghai.

Nicola me evitó en cada oportunidad, como si mi mera existencia fuera una mancha en su horizonte.

Un entrenamiento físico conjunto —impuesto por los planes del equipo— transcurrió entre rutinas de resistencia, bicicletas estáticas y cardio, bajo un silencio tan denso que mis palabras se ahogaban en él antes de llegar a sus oídos.

Ni siquiera levantaba la mirada. Y su desdén, paciente y frío, comenzaba a erosionar los límites de mi paciencia.

Ya en el hotel, recién salido de la ducha, la invitación reposaba sobre la cama como un desafío elegante.

Era un evento de Aurealux, el patrocinador principal de la escudería: una marca de tecnología de lujo especializada en wearables de alto rendimiento.

Relojes que monitoreaban más que el tiempo, gafas que prometían realidades aumentadas, pulseras biométricas. La cita era esa misma noche.

Los ambientes de promoción nunca fueron mi terreno, pero sí me vestí con puntualidad y cuidado, si me aseguré de que cada detalle estuviera impecable, fue por una razón simple: Nicola también estaría allí. Él, yo y un centenar de cámaras. No podría seguir ignorándome. No se lo permitiría.

Lo vi bajar las escaleras hacia la recepción, hablando en voz baja con Neiva.

Sus anteojos oscuros, combinados con un outfit de líneas precisas, lo hacían parecer una figura tallada en hielo.

Al cruzarme con su mirada a través del cristal ahumado, Neiva me hizo una señal discreta pero clara: te estaré vigilando . Le sonreí, porque inocente no era.

—¿Podré dejarlos frente a una cámara sin que se comporten como niños que disputan un juguete? —preguntó Neiva, interponiéndose entre nosotros. Nicola, por supuesto, mantenía la vista clavada en algún punto del vacío—. ¿Sin insultos, empujones o declaraciones de guerra?

—No tengo nada que decirle —murmuró Nicola, encogiéndose de hombros con una indiferencia que era en sí misma un insulto—. Estamos bien.

—Qué alivio —repliqué—. Por un momento temí que fueras a hablar de tus sentimientos.

Se giró hacia mí entonces, y por fin, después de horas de evasivas, sus ojos verdes chocaron contra los míos. Enfurecidos. Brillantes. Eran mis favoritos.

—¿Por qué no vas y le cuentas eso también a la prensa? —desafió, entrecerrando los párpados.

—¿Hablar de tus sentimientos? Tendría que inventarlos. Dudo mucho que existan.

—Tienen prohibido interactuar el resto de la noche —sentenció Neiva, con un suspiro que hablaba de batallas anteriores—. Sonreirán, fingirán comodidad y mantendrán la boca cerrada. ¿Queda claro?

Guardé silencio, no por obediencia, sino porque Neiva habría sofocado cualquier provocación. Tenía toda la noche por delante. Sonreí para el flash, una mueca perfecta y hueca, y volvimos al espectáculo.

El auto negro esperaba en la puerta del hotel, como un cuervo de traje. Un chófer de gesto impasible ni siquiera alzó la vista al vernos salir. Abrió la puerta y ambos subimos, diez cámaras distintas apuntando desde cada ángulo posible. Dos figuras de porcelana sobre un pastel de boda.

Las puertas se cerraron. Neiva ocupó la cabina delantera y Nicola se limitó a contemplar el paisaje urbano que se deslizaba tras el cristal, ignorando mi presencia como llevaba haciendo desde la carrera.

Ya estaba habituado a su silencio cargado, a esos pasos que se esquivaban con precisión milimétrica, a ese espacio invisible que él insistía en mantener como una frontera en tiempos de guerra.

Pero eso no lo hacía impenetrable. No para mí.

Decidí que incomodarlo con la mirada sería suficiente por ahora. Así que lo observé sin pudor alguno.

Llevaba unos pantalones de vestir oscuros, impecables, y una camisa blanca que parecía diseñada para sofocar cualquier emoción.

Las mangas, remangadas hasta los codos, dejaban al descubierto sus muñecas delgadas y tensas.

La penumbra del interior velaba su tez oliva, pero cada vez que las luces de la calle barrían su rostro, atrapaba el destello de sus ojos verdes.

Su reloj brillaba como una amenaza muda con cada movimiento de su mano.

Su cabello castaño, que una vez conocí desordenado por el viento y los cascos, ahora estaba peinado con una perfección geométrica hacia atrás, domado por un fijador que no permitía desobediencia.

Nada en él parecía real. Nada quedaba de aquel chico que se rió conmigo bajo la lluvia en el paddock. Ahora, Nicola era una estatua de mármol pulida con rabia.

Y sin embargo… a veces, la luz jugaba con sus facciones y no podía apartar la vista. Una sombra que se aferraba a su mandíbula. El ángulo exacto en el que sus labios parecían a punto de pronunciar algo que nunca llegaba.

Me di cuenta de que estaba divagando, y de que a Nicola parecía no importarle mi escrutinio descarado. Lo odié un poco por eso, pero giré el rostro hacia mi ventanilla y me sumergí en la ciudad nocturna. Solo para descubrir, en el reflejo del cristal, que Nicola también se había vuelto a mirarme.

Fue suficiente.

El trayecto fue breve. Al llegar, la terraza de cristal brillaba como una nave espacial posada sobre la ciudad.

Luces violetas y azules delineaban el contorno del edificio, reflejándose en los ventanales curvos.

Un bajo elegante y profundo se filtraba desde dentro, vibrando como un latido eléctrico bajo la piel.

Había cámaras en la entrada. Multitudes. Una alfombra negra como el vacío se extendía hasta una puerta marcada con neón: AUREALUX Experience Night.

Nicola salió primero, otra vez. Se detuvo bajo los flashes como quien aguarda un disparo. No sonrió, pero supo exactamente cómo girar el rostro para ofrecer su mejor ángulo. Hasta su sombra parecía calculada.

Yo bajé detrás, observando cómo sus hombros se tensaban con cada paso. Como si cada destello, cada lente, cada mirada, lo apretara un tornillo más.

Hubo un tiempo en que lo amé por eso. Cuando entraba a los sets con una sonrisa despreocupada, cuando se dejaba vestir entre risas, cuando se reía si una foto salía mal y decía: «Vamos de nuevo». El espectáculo, la pose, la tendencia.

Ahora no hablaba. No sonreía. Firmaba un par de autógrafos y se alejaba.

Y aun así, era quien mejor salía en cada fotografía.

Yo fui su contraste. Quizás por sentirme en desventaja, o tal vez porque necesitaba equilibrar la balanza de aquella tensión insoportable. Sonreí, saludé, respondí un par de preguntas con bromas ligeras y entré tras él.

Neiva nos interceptó justo antes de cruzar juntos la alfombra.

—Comportamiento. Proximidad. Complicidad —recitó, como una letanía sagrada.

Sonreí, genuinamente divertido por lo absurdo de todo. Nicola solo exhaló un suspiro cansado y se posicionó para otra foto, ahora con el enorme logo de neón iluminando la pared a sus espaldas.

El resto de la noche fue una sucesión coreografiada de flashes, copas medio llenas y sonrisas que nunca alcanzaban los ojos.

Se nos arrastró de una cápsula de experiencia a otra, como si fuéramos artefactos raros que había que exhibir con orgullo.

Nicola no sonreía, pero se movía con una elegancia tan precisa que dolía.

Como si hubiera nacido envuelto en ese traje de acero, con ese aire de estrella de cine clásica que no necesita esforzarse; simplemente es.

Y sin embargo, yo lo veía. La manera en que su mandíbula se tensaba cuando le pedían una selfie más, o cuando algún ejecutivo de sonrisa perfecta se atrevía a darle una palmada en el hombro. Cómo su mirada se perdía en el horizonte cada vez que pasábamos cerca de la terraza.

Nos arrastraron a entrevistas conjuntas sobre el producto, donde las respuestas de Nicola se reducían a monosílabos y yo me encargaba de rellenar los vacíos.

En una de las cápsulas, nos pusieron a competir en un desafío de reflejos. Nicola ganó por una fracción de segundo, y yo me limité a aplaudir. Fingí que su pequeña sonrisa de satisfacción no me conmovía. Mentí cuando dije que la próxima vez me esforzaría más.

Hubo un brindis. Luces estroboscópicas. Alguien proyectó un video donde aparecíamos con trajes viejos y cascos rayados, años atrás, cuando apenas sabíamos en qué dirección giraba la pista.

No supe si fue intencional o una crueldad del azar.

Nicola miró la pantalla con los labios apretados. Yo hundí la mirada en mi copa.

No hablamos de eso.

No hablamos de nada, en realidad, que no fuera estrictamente necesario.

Y mentiría si dijera que no estuve al borde de hacer cualquier cosa, una y otra vez, solo para romper ese silencio. Cualquier cosa, con tal de que dejara de ignorarme.

Y entonces llegó el momento de probar los relojes. Un asistente de traje blanco y guantes nos guió hacia una cápsula donde aguardaban las nuevas ediciones limitadas: delgados, elegantes, con sensores biométricos que prometían revelar más de uno que cualquier test psicológico.

—Edición especial para pilotos —anunció una mujer con voz aterciopelada, acercándose con una tableta—.

Sensores que detectan microexpresiones, ritmo cardíaco, tensión muscular, cambios térmicos, oxigenación.

Reaccionan en tiempo real y se calibran con la respuesta emocional del usuario. Una extensión del cuerpo.

Asentí sin prestar verdadera atención. Nicola fue el primero en extender la mano.

Eligió el modelo de correa oscura con detalles en plata mate.

El asistente lo ajustó alrededor de su muñeca y, por un instante, el aparato emitió un destello azul tenue, como una pupila que se abre en la oscuridad. Nicola ni siquiera pestañeó.

—Funciona mejor con interacción —dijo la mujer, observando cómo el reloj se adaptaba a la piel de Nicola—. Pueden mirarse, hablar, generar respuestas reales. El algoritmo necesita estimulación genuina.

Nicola se giró hacia mí y sostuvo mi mirada.

Fue una mirada larga. Demasiado larga.

Y yo, que había guardado cada emoción del día en frascos herméticos, me sentí de golpe expuesto como un espécimen bajo el microscopio.

Me coloqué el reloj. Sentí la correa adaptarse a mi muñeca como una segunda piel, suave pero implacable.

Era blanco y dorado, ni siquiera recordaba haberlo elegido.

Y entonces, un zumbido. No sutil. No casual.

Un pulso eléctrico recorrió mi brazo, como si el artefacto acabara de registrar un terremoto.

—Está reaccionando —murmuró el asistente, con un dejo de admiración—. Eso fue rápido.

—¿Qué fue rápido? —preguntó Nicola.

No respondí. Y él se acercó a ver los resultados. En la pantalla de la tableta brotaron datos: aumento de frecuencia cardíaca, activación de glándulas sudoríparas, dilatación pupilar. Todo en mí. Todo… por él.

Sentí el calor subir a mis mejillas, traicionero y adolescente. Bajé la mirada. Me reí, como si nada importara.

—Debe ser el calor de la cápsula —dije, aunque el aire estaba climatizado a veintidós grados exactos.

Nicola arqueó una ceja al verme evitar sus ojos. Neiva, que merodeaba cerca, se aseguró de que ninguna cámara captara aquel momento para las redes. Cuando carraspeé para disipar la incomodidad, me di cuenta de que Nicola no había dejado de observarme.

Solo eso bastó para recibir su atención. Exponerme.

—Oh, Nicola también está reaccionando rápido —señaló el asistente, sonriendo ante el éxito de los dispositivos—. Esto es fascinante. Las señales se están disparando… incluso sincronizadas.

Estuve a punto de hundir el puño en la copa de vino más cercana.

—¿Qué significa el gráfico? —pregunté, tragando en seco porque si no calmaba mi cuerpo, arrancaría el reloj sin ningún pudor—. ¿Me va a dar un infarto?

—¿Puedo ver los resultados? —preguntó Nicola, en cambio, acercándose de nuevo a la tableta.

El problema era que no estaba mirando los suyos. Estaba estudiando los míos.

—Me resulta extraño que analicen mis datos como si fuera un experimento —dije, en parte para desviar la atención, en parte porque necesitaba aire.

Nicola se encogió de hombros.

—¿Aún no te acostumbras a que la gente te mire y analice, después de tantos años? —preguntó, sin apartar los ojos de la tableta mientras la mujer de voz suave explicaba el funcionamiento al resto de invitados.

—El problema es que no entienden lo que están viendo, y aún así lo juzgan —respondí en voz baja, porque su interés genuino en mis datos me estaba poniendo nervioso.

—¿Ah, sí? ¿No lo entienden, realmente?

—¿Tú lo haces?

Me miró sin ironía. Sin sonrisa. Y sentí que el reloj volvía a vibrar contra mi piel.

—Solo a veces. Como ahora.

No supe en qué momento todo comenzó a sentirse como una trampa.

El aire seguía a veintidós grados, la iluminación era impecable, el evento una obra maestra de marketing y control.

Y sin embargo, yo tenía el corazón alojado en la garganta y un grupo de personas mirándome como si acabaran de descubrir que bajo mi piel latía algo digno de estudio.

Y Nicola… parecía estar comprendiendo demasiado.

Por un instante —ínfimo, casi imperceptible—, vi sus labios apretarse, como si estuviera a punto de decir algo más.

Pero no lo hizo.

Y yo me quité el reloj, tomé un trago largo de la primera copa que encontré, y pasé a ocupar su lugar, ignorándolo por el resto de la noche.