La línea que no cruzamos Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Juro que cada vez que lo veo, me hierve la sangre —gruñó Neiva, guiándome de vuelta a la zona segura—. Pero tú ya lo conoces. Él busca eso, Nico. Solo quiere una grieta, por pequeña que sea, para convertirla en un abismo.

—Alguien debería ponerle límites.

—¿Y vas a ser tú? —Neiva suspiró, deteniéndose para mirarme—. Nico, cariño, no es por nada, pero… Eres uno de los pilotos más polémicos de la parrilla. Tus seguidores están en extremos opuestos; no hay grises contigo. Cualquier cosa que digas será un arma de doble filo.

—Siempre supe detenerme antes del precipicio —repliqué, señalando vagamente la pantalla donde otros pilotos sonreían a las cámaras—. No soy yo a quien tienes que vigilar.

Neiva se giró, su mirada se posó con tensión en Rydell, que se movía de micrófono en micrófono con una soltura natural, como si hubiera nacido para eso. Era irónico: hasta hace una semana, era un desconocido.

Había sumado puntos, y ahora nadie hablaba de otra cosa. Él era el regreso, el drama, el espectáculo y, además, el triunfo. Había sido elegido piloto del día, y su sonrisa cansada atraía todas las miradas. Lamentablemente, también la mía.

—¿No habías dicho que derivaste a alguien para que lo acompañara? —pregunté, frunciendo el ceño al ver a Joshua acercarse a él como un insecto atraído por la luz mortecina de una farola.

—Sí. Se suponía que Auriane estaba con él, pero no la veo por ningún lado.

Rydell se detuvo frente al micrófono de MotorCrush , y mis dientes encontraron de nuevo el camino a mi labio herido. Algo en sus ojos me ponía en alerta. En esa seguridad que apenas disfrazaba la malicia.

No confiaba en Rydell.

—Rydell, hoy terminaste por delante de tu compañero —comenzó Joshua, con un tono casi técnico, como un cirujano preparando el bisturí—. ¿Sientes que estás demostrando quién debería liderar el equipo esta temporada?

—No me corresponde a mí decidir quién lidera —respondió Rydell, con una sonrisa leve que apenas curvó sus labios mientras se secaba el sudor de la nuca—.

Aunque sí puedo decir que lo negativo de un resultado no siempre nace de la mala suerte.

A veces es solo una cuestión de enfoque.

De saber cuándo dejar de justificarse y empezar a hacer el trabajo.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. ¿Qué pretendía? ¿A qué juego envenenado estaba jugando? ¿Todo esto por mi supuesta falta de hambre de podio?

—¿Crees que Nicola está sintiendo la presión de tenerte de vuelta en el equipo?

—No soy quien para interpretar sus emociones —respondió Rydell, haciendo una leve mueca. Maldito mentiroso.

—Volver después de tanto tiempo, y quedar por delante en tu primera clasificación y ahora también en carrera…

—insistió Joshua, añadiendo leña al fuego con voz suave.

Por el rabillo del ojo vi a Neiva salir disparada hacia la zona de prensa—.

No debe ser fácil para él ver cómo alguien que estuvo fuera dos años, con más cicatrices que kilómetros, termina delante.

Rydell bebió un trago largo de su botella, encogiéndose de hombros. No dijo nada, pero permitió que las palabras de Joshua se colgaran en el aire, envenenando la narrativa. Sentí el calor de la ira subiéndome por el cuello.

—Yo solo miro hacia adelante —declaró Rydell, con una calma que era en sí misma un reproche—. Si alguien no puede hacerlo, ese ya no es mi problema.

—¿Crees que tu regreso ha desestabilizado las cosas?

La pregunta no era clara. Era un arco demasiado amplio. Pero contuve la respiración, porque todos los que conocían nuestro pasado sabían que no se refería a «las cosas», sino a mí. Si su presencia me había desestabilizado. Y no había forma en que Rydell dejara pasar esa oportunidad.

—No sé si he desestabilizado algo —respondió, con una pausa calculada—, o simplemente he revelado lo que ya no funcionaba desde hace tiempo.

Miré, aturdido, cómo Neiva hacía una señal rápida y Rydell, con un leve asentimiento, se dejaba arrastrar lejos de las cámaras.

Me quedé plantado donde estaba, esperándolo.

Escuchaba los latidos de mi corazón, un tambor furioso y sin compasión.

Las heridas de mi labio ardían, un dolor punzante que ni siquiera alcanzaba a distraer el torbellino de emociones que me ahogaba.

Siempre que se trataba de Rydell, algo en mí se desbordaba.

Lo vi cruzar el umbral y, aunque Neiva le hablaba con urgencia, cerré la distancia que nos separaba en tres pasos.

Lo agarré por el cuello del mono y lo estampé contra la pared.

Rydell me miró con los ojos abiertos por la sorpresa, pero había un brillo en su mirada, una chispa feroz que devoré por completo.

Era mía, esa emoción sincera; las cámaras nunca la verían.

—¡Nicola! —exclamó Neiva, con un jadeo ahogado. La ignoré.

—La próxima vez que quieras hablar de mí —gruñí, apretando el tejido hasta que mis nudillos blanquearon—, hazlo a la cara. No uses un maldito micrófono.

Rydell no sonrió con la boca. Lo hizo con los ojos. Su nariz rozó la mía, y su aliento, caliente y cortante, chocó contra el mío. Invasivo. Asfixiante.

—¿No decías que lo que dijeran los medios te daba igual? —musitó, su voz baja y cargada de provocación—. Te dije que si no hablabas, yo lo haría por los dos.

—¡Estás guiando las armas hacia mí, idiota! Alimentas el hambre de preguntas privadas, ¿necesitas arrastrar a todos a un problema que es solo nuestro?

—¿Nuestro? —se burló, ladeando la cabeza con gesto frío—. Ni siquiera yo sé cuál es tu postura en esto, Nicola.

—¿Así que tu mejor idea es actuar como el niño inmaduro que eres y hacer rodar la puta bola de nieve?

—Si con eso consigo que hables, sí.

—¿Cuál es tu problema? —espeté, sin rastro de paciencia, con el corazón galopando a un ritmo peligroso—. Tienes una obsesión enfermiza.

—Te lo dije antes, ¿no? ¿Qué gracia tiene ganarle a alguien que ni siquiera pelea?

—¿De qué pelea me hablas? Nadie te pidió que convirtieras esto en algo personal.

—Excepto que siempre lo fue —escupió entre dientes, su mirada ardiendo como carbón vivo. Y lo odié, porque tenía razón.

Siempre había sido jodidamente personal.

—Te desmoronaste sin mí —susurró Rydell, como si ese fuera su mayor agravio—. Y ahora vagas por ahí, sabiendo que podrías dar más, pero te saboteas a ti mismo. Es patético.

Sus palabras se clavaron en mí como espinas nuevas, abriendo heridas antiguas con el mismo filo familiar. Una grieta que llevaba su nombre tallado desde hacía años.

Lo empujé contra la pared otra vez, más para alejarme de su proximidad que para hacerle daño. Lo miré, y en mi pecho bullía un cóctel de emociones sin nombre. Nada era simple con Rydell. Nada estaba claro.

—Es hipócrita que alabes eso de «mirar hacia adelante» —espeté, el rencor afilando cada palabra—, cuando ambos sabemos que tú no has dejado atrás absolutamente nada.

Neiva se interpuso entre nosotros, sabiendo, quizás en el fondo, que necesitábamos esto. Que merecíamos hablar, aunque fuera a gritos y con los nudillos blanqueados. Por eso no había intervenido antes.

Rydell me miraba con esos ojos grises como si fuera lo único en aquel pasillo desnudo, y algo en esa atención exclusiva me llenaba de una satisfacción amarga.

Mentía con facilidad, era un camaleón ante las cámaras, ocultaba sus intenciones bajo capas de cortesía profesional.

Pero aquí, conmigo, seguía siendo la persona que había esperado durante dos largos años.

Él quería que sanara solo para ser quien volviera a derribarme, sosteniendo el arma con manos firmes mientras me observaba caer desde primera fila.

Quería levantarme, solo para tener el privilegio de ser la causa de mi siguiente desplome.

Y yo, como un tonto, lo deseaba también.

Quería darle el lujo de poner sus manos sobre mi pecho y empujarme al vacío, si eso significaba poder arrastrarlo conmigo. Porque Rydell jamás se libraría de mí.

Quería que, esta vez, cayéramos juntos.

Rydell era el miedo, porque él sería siempre mi primera vez en todo. Y yo sería su punto ciego, su obsesión, la razón que lo hizo volver. Iba a convertirme en su límite, y desde ese borde, controlarlo.