Capítulo 7
«El miedo y las primeras veces»
NICOLA
Había algo en la manera en que un hábito difícil de cumplir se volvía rutina y el miedo dejaba de ser protagonista al momento de hacerlo.
Como montar en bicicleta por primera vez sin ayuda.
Como un cantante que afronta el primer acorde ante un público expectante.
Como aquella primera mesa que atiendes, con las manos temblorosas, en tu inicio como camarero. El miedo de la primera vez.
Era un salto al vacío. Un vértigo que anidaba en el estómago y trepaba hasta la garganta.
Lo que todos los pilotos sentimos al acomodarnos en el monoplaza, cuando el mundo exterior se desvanece en un murmullo y solo existe la pista, las reglas que respetar y ese delgado margen que hay que rozar —porque allí, justo allí, es donde se forjan las victorias.
Y el miedo persistía, incluso años después. Uno simplemente aprendía a convivir con él. A ahogarlo bajo el rugido del motor, a domesticarlo hasta convertirlo en un susurro.
Lo aprendí con los años, y también lo perdí cuando correr se volvió rutina.
La lista de verificaciones ya no generaba adrenalina, sino una ansiedad sorda y familiar.
Mis manos sudaban dentro de los guantes, donde nadie podía ver.
Mi corazón galopaba como un caballo desbocado, un estruendo que solo yo escuchaba.
El motor roncaba, el miedo no existía, pero la ansiedad resonaba dentro del casco, en cada curva, en cada frenada.
Éramos ella y yo. Y así sería siempre, cada vez que las luces se apagaran y el verde inundara la recta.
Y hoy… Hoy fue ella contra mí.
Cometí errores. La culpa fue solo mía, de principio a fin, por terminar en la decimocuarta posición.
Fue un autosabotaje puro, visceral. Una parte de mí odiaba ese impulso destructivo, esa guerra interna sin cuartel; pero otra parte, oscura y terca, alimentaba la adicción al fracaso.
Era el fantasma maldito de la culpa. El odio hacia mí mismo.
La lenta erosión de la motivación, la transformación del amor en mera rutina.
Había vomitado dos veces esa mañana en el baño.
Y ahora, aún sentado en el monoplaza dentro del box, observando las tribunas como a través de un cristal empañado, volví a morderme el labio hasta abrir una herida antigua.
El sabor metálico de la sangre invadió mi boca; un sabor amargo, familiar, extrañamente adictivo.
Miré la pantalla de resultados mientras retiraba el volante, decidido a salir de una vez por todas de esa jaula de carbono. No podía seguir evadiendo la realidad, por mucho que ansiaba hacerlo.
Rydell había terminado en zona de puntos, con un sólido séptimo puesto. La misma posición desde la que había salido.
Era admirable, considerando que yo llevaba dos años en Auronox y él solo una carrera.
Excepto que no podía admirarlo. Solo retorcerme en la envidia, un sentimiento ácido que me corroía por dentro.
No, tal vez esa no era la palabra exacta.
Rydell se merecía estar allí. Mi problema eran las palabras que había pronunciado ayer en el ascensor del hotel.
La ola de inseguridad que había derribado mis defensas de un solo golpe.
El deseo de darle lo que me pedía, cuando otras personas llevaban meses suplicándome lo mismo, solo porque era él.
Porque una parte de mí lo detestaba, pero otra se sentía eternamente, torpemente, en deuda.
Había querido ganar. Por primera vez desde el accidente, subí al monoplaza pensando que le debía algo a alguien más que a mí mismo.
Pero el autosabotaje seguía ahí, como el fantasma de un corazón al que juré no volver a escuchar.
La necesidad de hundirme, de verme por debajo, solo para tener una excusa para odiarlo. O tal vez, para verlo.
Dejé el casco en su sitio con una expresión que a Neiva le valdría un reproche —las cámaras apuntaban desde cada ángulo imaginable—, pero no estaba de humor para algo que no fuera una indiferencia teñida de ira fría.
Los guantes, el dispositivo del cuello, la balaclava. Mi respiración era un desorden mientras huía hacia la parte trasera de los boxes, buscando escapar del ojo omnipresente. Ni siquiera miré hacia el garaje de Rydell; seguramente estaría en el pesaje. No levanté la vista.
Me encontré con Neiva en el pasillo. Me tendió una toalla y me dedicó una de esas miradas que siempre detesté, porque lo veían todo, porque sabían más de lo que yo estaría dispuesto a admitir.
Sin mediar palabra, ambos nos dirigimos hacia la sala de prensa. Cuanto antes terminara aquello, mejor.
—¿Tengo que recordarte que tienes prohibido insultar, golpear a alguien o irte en mitad de una pregunta poniendo los ojos en blanco? —preguntó, con un tono que pretendía aligerar la tensión grabada a fuego en mis facciones.
—Sabes que no lo haré —respondí.
En las pantallas se mostraba el podio, la celebración.
—Conoces el protocolo. Estarás bien.
Sonaba más a pregunta que a afirmación; ambos dudábamos de esa posibilidad.
—Yo conozco el protocolo —murmuré, dejando la toalla sobre una mesa antes de detenerme en la zona mixta, ante la hilera de periodistas con micrófonos como lanzas—. Son ellos los que no conocen los límites.
—Estaré a tu lado en todo momento. Derivé a otro para que acompañe a Rydell.
—Neiva apoyó una mano en mi espalda; aunque era más pequeña, era ella quien siempre me empujaba hacia todo aquello que me aterraba—.
Eres tú quien decide qué contestar. Sabes perfectamente cómo esquivar una pregunta.
Cinco minutos por medio, Nico. Respira. No es tu primera vez.
Tal vez no describí bien aquello del miedo y las primeras veces.
No, el miedo no desaparece con la experiencia, porque hay un factor que siempre cambia: el paisaje de tu mente, el lugar, los hechos de tu vida, las personas y el caos emocional.
Nada de eso es constante. No es pedalear porque tu cuerpo ya memorizó el movimiento; es el camino de tierra que nunca antes pisaste, los baches invisibles, la tormenta que no viste llegar.
No era mi primera vez ante los medios, pero sí lo era con Rydell de vuelta en el radar, con mis resultados en entredicho y con los fantasmas que siempre oculté ante la cámara ahora desfilando a plena luz del día.
—Nicola, un resultado que seguramente no era el esperado —dijo el primer periodista, arrancándome de mis pensamientos—. ¿Qué crees que falló hoy?
Respiré hondo, sintiendo el aire frío en los pulmones.
—Definitivamente, el piloto —respondí, clavando la mirada en él, no en la cámara—. Más allá de los problemas técnicos de ayer, hoy el error fue mío. Haré una carrera mejor en la próxima fecha. Lo prometo.
—Se te notó frustrado por la radio, por esos pequeños errores —insistió—. Parecías nervioso. ¿Qué sensación tienes respecto al campeonato de pilotos y el de constructores?
—Hay que ser realista. Con rivales como Kurogane y Argos en la pista, la lucha por el campeonato se complica.
—¿Crees que podrías haber puntuado con otra estrategia?
No , pensé. Habría puntuado con otra cabeza. Pero esas palabras nunca cruzarían mis labios.
—Creo que, simplemente, este no fue mi fin de semana. Intervienen muchos factores. La estrategia puede ser una al inicio y cambiar radicalmente. Analizaremos los fallos para mejorar.
—De eso se trata, ¿verdad? —concluyó con una sonrisa amable.
Le devolví un asentimiento. Nada más.
Pasé de micrófono en micrófono. Dos preguntas por medio, que adornaba con pausas reflexivas y rodeos elaborados, sin dar nunca información sustancial. Gastaba el tiempo, escabulléndome del terreno peligroso, de las preguntas que podían traspasar la armadura.
Esquivé toda mención a Rydell. Y lo hice bien, hasta que alguien decidió que era el momento de pinchar mi burbuja de frágil control.
—Nicola, ¿sientes que el equipo priorizó a Rydell hoy? —preguntó Joshua Larsen, periodista de MotorCrush .
Lo conocía demasiado bien. Encarnaba todo lo que un piloto detesta y el público devora con avidez.
Era el filo venenoso del paddock, el cazador de secretos.
Y después del accidente con Rydell, fue el único que nunca soltó el hueso.
No importaba cuánto dinero se interpusiera; Joshua quería descender al mismo pozo emocional que yo, solo para documentar el descenso.
Quería verdades a medias, susurros convertidos en titulares.
Y la Fórmula 1 está construida sobre secretos.
—No, en absoluto —respondí, haciendo un esfuerzo titánico por no fruncir el ceño. Con él, la reacción era un reflejo puro—. Cada piloto tiene su ingeniero, su estrategia. Esto va más allá de cualquier favoritismo. Lamento decepcionarte.
Joshua esbozó una sonrisa, una curva fina que estiró el mapa de pecas en sus mejillas. Parecía inocente. Era solo una máscara.
—Imagino que sí —asintió con tono casi indulgente—. ¿Te sorprendió el rendimiento de tu compañero hoy?
Casi solté una risa amarga. Él nunca iba con rodeos.
—¿Por qué habría de sorprenderme?
—Bueno —replicó sin pestañear—, ambos compiten con el mismo auto. ¿O no?
Por el rabillo del ojo, vi a Neiva tensarse. El gesto fue breve, pero inequívoco.
—En realidad, no es tan simple —dije, dejando que un filo de hielo afilara mis palabras—. Pero eso es demasiado técnico para alguien como tú, así que me ahorraré los detalles.
No le sonreí. Ni lo intenté. Por la forma en que me miró, supe que aquello terminaría en la portada de su revista, convertido en polémica barata. Y en ese momento, no pudo importarme menos.
Neiva no pensaba igual. Me tomó del brazo con suavidad calculada, le dio las gracias a Joshua como si sus palabras fueran un regalo, y me apartó de allí como una madre que arrastra a un niño rebelde.
Tenía sus motivos; siempre fui de lengua suelta con la prensa, pero con los años aprendí el arte de la elusión, de mentir con una sonrisa y huir con elegancia.
Así es como se sobrevive en este campo minado.