Capítulo 6
«Deseaba ser su único problema»
RYDELL
Había sido una buena vuelta, las pantallas lo confirmaban con frialdad matemática. Y aun así, el sabor que me quedó en la boca fue amargo, como si hubiese esperado una dulzura más nítida, más completa. Como si la caída de Nicola no fuese el triunfo que mi interior ansiaba.
Excepto que no era real. No podía sentirlo como victoria cuando no había sido él quien falló, sino su coche. No me servía.
El fallo en su motor sucedió en el peor momento, justo al iniciar su última vuelta rápida.
Lo vi en las pantallas del muro, cada sector pintado de amarillo anunciando la tragedia.
Su auto arrastrándose de regreso a boxes, mientras el mío cerraba una vuelta limpia como una cuchilla.
Su ingeniero cortó la radio en cuanto confirmó la avería.
Después, silencio. Ni una queja, ni un insulto, ni siquiera la rabia contenida.
Solo ese mutismo tan suyo, que yo aprendí a leer mejor que cualquier dato telemétrico.
Era su peor forma de responder. Y, para mi desgracia, la favorita en los últimos veinticuatro meses.
Me quité el casco apenas crucé el box. El sudor descendía lento por mi nuca, pero no era por el calor.
Era por las miradas. Todos aguardaban una celebración, al menos un gesto de satisfacción.
Pero no estaba satisfecho. Odiaba la facilidad con la que todos se tragaban aquella narrativa, como si ignoraran que en este deporte los números nunca cuentan toda la verdad.
Me sentía bien con el resultado, para ser mi primera qualy del año luego de dos temporadas fuera. Era un hecho victorioso. Mierda, abriría un champagne solo por esto. Y sin embargo, por dentro se levantaba una tormenta cargada de palabras como «injusto», «insuficiente», «amargo».
No tenía que ver con mi posición. Tenía que ver con la razón por la que él estaba tan abajo.
Lorien me dio un golpe breve en el hombro y un «Buen trabajo.
Mañana podemos pelear por puntos». Sonreí y asentí, porque había una cámara fija en mi rostro.
Me quité los guantes y los dejé sobre la mesa junto al casco.
Ni siquiera miré la repetición en pantalla.
No lo necesitaba: sabía de memoria cómo había terminado todo.
Y entonces lo vi, al otro lado de su box, rodeado por dos mecánicos que hablaban del fallo técnico. Él solo escuchaba en silencio, de brazos cruzados, con esa absurda manía reciente de morderse la boca. La tenía tan herida, tan castigada, que dolía solo mirarle los labios.
Neiva me detuvo del brazo cuando mi cuerpo estuvo a punto de hacer algo que no había pensado demasiado. De lanzarse hacia él. Hacia Nicola.
Sabía que odiaba ser observado en esos momentos: enfadado, decepcionado, humano. Y aun así, yo quería hundirme en esas grietas, como si buscara algo que solo a mí se me estaba permitido rescatar.
Apreté los labios mientras me daba la vuelta para mirar a la mujer de cabello corto oscuro y mirada firme. Neiva arqueó una ceja, como si hubiera leído la corriente que me empujaba.
—Él está buscando una excusa para explotar —dijo con calma calculada—, y tú estás demasiado tentado a dársela. ¿De verdad quieres eso, a un día de la carrera?
—Se va a arrancar la boca si sigue mordiéndose así los labios —repliqué, señalándolo como si aquello justificara mi impulso. Como si ese fuera motivo suficiente para irrumpir en su desastre. En su día arruinado. Tal vez, en el fondo, una parte de mí solo quería ser el epicentro de su tormenta.
Neiva se giró con el ceño fruncido hacia Nicola. Parecía no haberse dado cuenta de ese detalle, y eso me molestó.
—No es tu problema, Rydell. No hoy. Y definitivamente no eres el suyo. Hoy su problema es ese motor. No eches más leña al fuego.
Y cuánto detestaba esa verdad. Cuánto anhelaba ser yo su único problema.
Observé cómo uno de los mecánicos le hablaba, pero Nicola no parecía escuchar. Solo asentía, perdido.
—Quiero hablar con él —dije sin pedir permiso. La frase se me escapó con el filo de una orden.
Neiva cerró los ojos brevemente, como si necesitara paciencia para seguir tratándome.
—Con quien vas a hablar ahora es con la prensa. Tienes más de veinte micrófonos esperando devorar lo que digas. —Me apretó el hombro con firmeza y señaló la puerta con la otra mano—. Así que deja en paz a quien no quiere escucharte. Vamos.
No respondí. No podía. No tenía derecho a negarme a la condena que yo mismo había elegido.
Prometí hablar. Me ofrecí a ser la voz de la controversia y para eso debía hundirme en el ojo de la tormenta.
Con suerte, inventaría un problema mayor que el del motor y, en medio del caos, Nicola volvería a mirarme.
Neiva me tendió una botella de agua sin esperar mi aceptación.
Lo hizo por instinto, como todo lo suyo: práctico, eficiente, inevitable.
Suspiré y la tomé sin agradecer. Ella giró sobre sus talones y emprendió camino hacia el pasillo que conectaba con la sala de prensa.
No era una invitación. Era una orden disfrazada de rutina.
Caminamos en silencio. El sonido de las botas en el piso de concreto era lo único que llenaba el espacio entre nosotros. Me preparé mentalmente para lo que se venía. Las preguntas punzantes, buscando una herida. Las respuestas bordeantes, esquivando el filo.
Al llegar, los vi. Los micrófonos, los flashes, los rostros expectantes. Algunos me conocían demasiado bien. Otros habían acudido atraídos por el espectáculo: el regreso, el accidente, el ex-compañero . Carne fresca para periodistas, banquete para espectadores.
Neiva se detuvo justo antes de empujarme a la hoguera.
—No respondas lo que no te preguntan. Y si te preguntan por él… —dejó la frase inconclusa, lo bastante larga como para que yo completara el vacío con mi propio juicio—, sé listo, Rydell.
Asentí una sola vez y caminé hacia el cartel con el logo de la escudería. Me coloqué donde indicaron, levanté la mirada, y fingí que tenía algo de interés en lo que iba a pasar. Tal vez, en el fondo, lo tenía.
—Rydell Falken, P7 para mañana. Bienvenido de nuevo —anunció una periodista, alzando uno de los micrófonos que me apuntaban como lanzas—. ¿Qué se siente estar oficialmente de regreso?
Apoyé el pulgar contra la palma de mi mano, buscando un ancla para la tensión que me recorría.
—Se siente… como si nunca me hubiera ido —contesté sin titubeos. Sonreí solo porque Neiva me dedicó una mirada de advertencia.
Hubo algunas risas breves.
—¿Estás satisfecho con tu rendimiento hoy o sientes que aún queda margen de mejora?
—Estuve demasiado tiempo fuera. Estoy conforme con el regreso, aunque sé que puedo hacerlo mejor. Todavía me estoy adaptando al auto.
—¿Crees que tu progreso demuestra que aún tienes mucho que entregar en esta categoría?
El pulgar apretó un poco más la piel, hasta sentir ese pinchazo que me recordaba que el presente no era un sueño, que el dolor también podía ser prueba de verdad.
—Sí, definitivamente. Quiero volver a sentir que merezco este lugar.
Una respuesta vendible, tanto para ellos como para mí. Una construcción de imagen… y, sin embargo, la más honesta que había pronunciado en los últimos minutos.
—Rydell, no hemos podido evitar notar lo que generó tu nombre por encima del de Nicola en la grilla de partida para mañana. ¿Crees que tu regreso es una especie de jinx para él?
Pasé la lengua por el interior de mi mejilla, sosteniendo la mirada en el periodista que había elegido hurgar en la herida con manos sucias.
—Fue un fallo en el motor. No tengo nada que ver con sus resultados —aclaré, mi voz limpia, sin un temblor de emoción.
—Es de público conocimiento que tenías una buena relación con Nicola Ravelli antes del accidente. ¿Cómo fue la bienvenida de tu compañero de equipo?
—Tengo la cabeza puesta en una sola cosa —respondí con un tono calmado, ensayado—: como cualquier piloto acá. Solo hay veinte asientos. Me subo al monoplaza para demostrar que valgo el mío, no para hacer amigos.
No respondí exactamente a su pregunta, y no pensaba regalarle esa satisfacción. Prometí hablar, y lo haré, pero no malgastaría mis balas en una conferencia hueca después de una qualy. No cuando mañana se disputaría la verdadera guerra.
Ya podía imaginar la nota del día siguiente.
«Rydell evitó hablar de Ravelli», «¿Por qué ninguno de los dos se pronuncia sobre su relación en público?
». Era espectáculo. Era ficción disfrazada de periodismo.
Y yo no quería silenciar el tema: quería que se hablara, pero con mis reglas.
Que entre los ecos de mi ruido, Nicola dejara escapar, aunque fuera una grieta, en su silencio.
—¿Qué mensaje le das a quienes dudaban de tu regreso? —preguntó otra periodista, cortando la tensión como una cuerda tensa.
Sonreí, apenas, con los labios cerrados.
—Que miren la tabla. Ahí están todas las respuestas.
Cuando la ronda terminó, me di la vuelta y caminé hacia la salida. Neiva ya no estaba allí. Sabía que no la necesitaba. Sabía que no iba a explotar. No hoy.
Me crucé con Nicola en el ascensor del hotel.
Tenía la mirada clavada en el suelo como si aquel mármol fuera más fascinante que el mundo entero, y estaba recostado contra el espejo con los brazos cruzados sobre el pecho.
El silencio cayó entre nosotros como un muro de cristal; yo hundí las manos en los bolsillos, esperando que las puertas se cerraran y nos devoraran a los dos.
—¿Vienes del garaje? —pregunté, pinchando su incomodidad como quien tantea una herida abierta.
No levantó la vista al responder. Solo asintió.
—Pérdida súbita de potencia, ¿verdad? —insistí. No saldría de ese ascensor sin arrancarle, aunque fuera, una palabra—. Escuché que no hacía falta cambiar la unidad completa, que bastó con recalibrar.
—Si quieres saber si fui penalizado, la respuesta es no. Fueron cambios autorizados por los comisarios —dijo, y su tono bastó para advertirme que detestaba tener esta conversación conmigo.
—No saldrás desde boxes. Eso es bueno, ¿no?
Nicola soltó un bufido bajo, un aire cargado de fastidio.
—Bueno —repitió, saboreando la palabra hasta volverla amarga—. ¿Desde cuándo promueves pensamientos conformistas?
Me encogí de hombros.
—Desde que tu cien por ciento se redujo, de golpe, a cincuenta.
Entonces alzó la mirada, como si hubiera descubierto que yo había tocado una herida que creyó invisible. Y ese brillo en sus ojos fue suficiente para avivar en mí un goce oscuro. El ascensor se abrió detrás de mí, pero no di un paso fuera.
—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? No recuerdo haberte pedido un consejo.
—Solo estoy resaltando lo obvio. Hasta los comentaristas lo dicen. Empezaste la temporada con un DNF y apenas pasaste dos veces a Q2. Esta, Nicola, fue tu clasificación más baja. Y pensé… que habías perdido el hambre.
Se despegó del espejo y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio. Yo me quedé firme, las manos aún en los bolsillos, sin ceder un milímetro. Lo deseaba ver explotar. Estaba dispuesto a incendiarme con él si hacía falta. Me haría cargo del desastre.
—¿Regresaste por la Fórmula 1 o porque yo sigo aquí, Rydell? —soltó, y en sus ojos, casi imperturbables, había un destello de enojo contenido—. Si hago la pole y luego termino último, no debería importarte más allá de la competencia.
—¿Y vas a juzgarme por intentar entender quién eres ahora? Solías llorar por salir tercero, Nicola. Tercero. Y ahora pareces conforme con arañar la décima posición. Necesito saber con quién corro a mi lado.
Sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo, despertando a un animal que llevaba demasiado tiempo dormido.
Pero no podía evitarlo: Nicola era un enigma.
Todo lo afectaba y, al mismo tiempo, lo ocultaba bajo esa frialdad que lo hacía casi inhumano.
Yo había regresado porque me había perdido el apagón de esa estrella, y ahora solo quedaba presenciar la explosión. Y quería ser la chispa.
Mi cuerpo se tensó cuando su brazo pasó junto a mi cabeza y apretó un botón del panel. Su cercanía me acorraló contra la pared de acero. Por un instante me quedé sin palabras, y ese vacío fue lo que más me enfureció: que él pudiera desarmarme en silencio.
El botón mantenía las puertas abiertas. No lo soltó cuando habló.
—¿Quién eres, Rydell? —murmuró. Era casi irónico, porque yo llevaba tiempo preguntándome lo mismo de él.
—No es la pregunta que quieres hacerme.
Él mordió su labio inferior, apenas un gesto, y asintió.
—¿Qué quieres de mí? —corrigió.
Sonreí levemente, apenas una curva en mis labios. Me incliné hacia su oído, alzando la barbilla por encima de su hombro, y disfruté el modo en que su cuerpo se tensó.
—Que pelees —susurré—. No sabes cuánto odiaría vencerte sin resistencia. No volví para verte caer. Volví para ser yo quien te empuje desde arriba. Así que sube, Nicola. Compite conmigo.
Se quedó allí unos segundos, inmóvil. Vi su mandíbula tensarse por la presión con que apretaba los dientes, y luego, sin más, se apartó de mí con un empujón leve, como si necesitara romper el hilo invisible que nos ataba.
Me miró con algo que no supe nombrar del todo: una furia contenida, un dolor oculto y un cóctel confuso de demasiado y de nada al mismo tiempo. Grietas.
Lo observé relamer sus labios maltratados.
Supe que estuvo a punto de decir algo, que las palabras se amontonaban en su garganta, pero eligió el silencio.
Se dio la vuelta, manos en los bolsillos, y salió del ascensor sin regalarme un adiós.
El aire quedó cargado de su ausencia, y cuando las puertas se cerraron, el ambiente se contrajo en un silencio espeso que me envolvió como una cuerda alrededor del pecho.
Me miré en el espejo. Mis mejillas se habían encendido en algún momento, y aunque intenté, mi corazón se negó a volver a un ritmo sereno.
Era cierto lo que decían: quien busca hurgar en las heridas ajenas a menudo olvida las propias. Y en el afán de provocar dolor, termina exponiendo la fragilidad que lleva escondida bajo la piel.
Nicola iba a ser mi ruina si no aprendía a controlarme.