La línea que no cruzamos Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Dylan asintió, sin dejar de contestar mensajes.

—Puedes irte a descansar.

A lo lejos, los periodistas intentaban acercarse, pero Neiva ya se había plantado en la entrada del box.

Bastó su mirada, firme y cortante, para detenerlos.

Del otro lado, Lorien revisaba gráficos con el ceño fruncido: el motor había respondido, pero el desgaste de los neumáticos traseros era mayor al esperado.

Cuando ella se apartó, yo también me dirigí hacia la salida para cambiarme de ropa. Pero me encontré a mi mismo deteniéndome en el umbral. Cuando giré la cabeza, lo hice hacia Rydell.

Seguía allí. Y su postura me clavó en el sitio.

No era derrota lo que mostraba, no del todo.

Era más bien una pausa impuesta, como si su cuerpo aún no hubiera aceptado que el día había terminado.

Su respiración era lenta, pero de tanto en tanto apretaba el pulgar contra la palma con la violencia de un hábito nervioso.

Sin guantes, podía verse la media luna roja que su propia uña había dejado al hundirse en la piel.

Un gesto mínimo, íntimo, casi secreto… que revelaba que toda la seguridad con la que había salido a pista no era más que una máscara para el público.

Me hizo querer apartar la mirada, y al mismo tiempo, hurgar en esa debilidad.

Podría haberme ido. Había dado suficientes explicaciones por hoy. Pero las piernas me traicionaron y me acerqué.

—¿Desde cuándo le das tanta importancia al día equivocado? —pregunté, apoyándome en la misma caja y empujando su hombro con intención para que soltara la mano. Lo hizo a regañadientes. Yo mantuve la vista al frente.

—¿Desde cuándo tú hablas conmigo? —replicó entre dientes. Había veneno en su tono, pero no se movió. Y ese pequeño detalle era más de lo que esperaba.

—Esto no cambia nada, ¿sabes? Mañana puedes estar cuarto y yo trece —dije, ignorando su reproche—. Lo impredecible es lo que lo vuelve entretenido.

—Realmente no necesito tu charla motivacional ahora.

Lo vi refregar los ojos con cansancio, enderezandose en su lugar como si se estuviera conteniendo de mandarme a la mierda.

—Técnicamente, tu vuelta cinco no estuvo mal —añadí. Y casi sonreí cuando apartó las manos para lanzarme una mirada capaz de fulminar.

—Nicola.

Mi nombre salió de sus labios como un aire caliente en la nuca. De esos que te estremecen. De esos que te consumen. Tal vez deseé en secreto que lo dijera de nuevo.

—Es solo una observación —me encogí de hombros.

—¿Qué estás haciendo? —su voz era fría, inquisitiva—. ¿Cuál es tu objetivo? ¿Burlarte?

—Soy tu compañero de equipo. Es lógico que quiera lo mejor para ambos.

—Excepto que tu compañero soy yo. —Me miró con una crudeza que arañaba.

—Especialmente porque eres tú.

Lo vi apretar los dientes, como si quisiera morder al silencio mismo.

Su cuerpo se tensó un instante antes de acercarse, hundiendo su dedo índice en mi pecho, filoso como un cuchillo que no sangra, pero hiere igual.

Por alguna razón, mi corazón se disparó; aun así, mis ojos no se apartaron de los suyos.

Grises. Encendidos. Reconocibles entre mil, aunque el mundo se incendiara alrededor.

—Has ganado confianza… Curioso, cuando antes apartabas la mirada y te refugiabas en el silencio —murmuró Rydell, bajo y peligroso, cada palabra tallada a fuego en el aire—. No somos amigos.

Alcé la barbilla, aunque mi cuerpo entero gritaba por huir. Huir habría sido más fácil que enfrentar aquello que dejamos inconcluso en mitad del camino.

—No, pero si compañeros de equipo —respondí, sin pestañear bajo la hoja filosa de su mirada—. Por si aún lo estás asimilando.

—Seguimos siendo rivales —escupió—, por si eso nunca lo terminaste de entender.

—Lo fuimos toda la vida, eso no significa que hayamos sido así antes.

—¿Quién es el que está trayendo el pasado al presente ahora? —gruñó, apretando más el dedo contra mi pecho, obligándome a torcer los labios en una mueca de incomodidad—. No me hables como si añoraras algo.

—¿Y si lo hiciera? —Me arrepentí tan pronto solté esas palabras.

Rydell retrocedió un paso. No contestó. Bajó la mano y su rostro volvió a encenderse en esa penumbra que le servía de máscara.

—Mantente fuera de mi alcance, Ravelli. Yo no suelto con facilidad.

Quise detenerlo. Pero ya había cruzado demasiadas líneas hoy. Lo observé irse de reojo y me quedé allí, hundido en mis propios pensamientos, ignorando las miradas furtivas de los mecánicos que continuaban trabajando en los coches como si nada hubiese pasado.

Le di vueltas a esas palabras hasta que quizá fueron cinco minutos los que pasé anclado en la misma posición.

No suelto con facilidad.

¿Qué era lo que aún retenía? ¿El rencor? ¿El odio?

Nuestra relación con el pasado no podía ser más opuesta. Lo que a mí me arrastra y me aplasta, él lo levanta como escudo. Yo camino entre la oscuridad de una culpa que ennegrece mis entrañas; él, en cambio, moldea sus heridas como armas.

Donde yo me hundo, él resurge.  Y aun así, lo único que quiero es despejar las minas de ese terreno para volver a pisarlo. Pero Rydell parece decidido a dejarlo arder, a contemplar las llamas, consumirnos por ellas y acabar con todo.

Y lo peor es que no sé si odio tanto la idea.

Porque tal vez, solo tal vez, de esas cenizas podamos empezar de cero.