La línea que no cruzamos Capítulo 5
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Capítulo 5

«Donde yo me hundo, él resurge»

NICOLA

El mundo se vuelve irreal cuando cierro la visera.

No porque desaparezca, sino porque yo lo apago.

Es un gesto de poder, de anulación. El sonido se hunde en un agua espesa y solo queda mi propia respiración, un pulso atrapado bajo el casco.

La vibración del motor, un latido ajeno pero familiar bajo mis costillas.

La presión exacta del volante en mis guantes.

El mismo ritual de siempre. El mismo infierno que, de manera voluntaria, me he obstinado en repetir.

No es la primera vez que me subo al coche esta temporada. Pero esta vez se siente diferente. Distinto. Porque él está en el box de al lado. Porque viste los mismos colores que yo. Porque pelea por lo mismo.

Porque esta vez, él también está en la pista.

Me mantuve en el garaje todo lo que pude. Esperé el semáforo, agoté los segundos, los murmullos por radio que marcaban los sectores. El rugido de su vuelta lanzada resonó como un disparo seco y lo sentí en la garganta.

—Nico, cuando estés listo —me informó Dylan, mi ingeniero de carrera.

Lo conocía demasiado bien como para saber que ya había leído mi lenguaje corporal. Ni siquiera tenía los guantes puestos. Era una excusa, una manera de postergar lo inevitable.

—Todavía no —murmuré, sin apartar los ojos de la pantalla.

En la televisión del box, Rydell tomó la curva ocho como si nunca se hubiera ido. El coche, el número 9, el rugido contenido en la salida del sector uno. Perfecto. Afilado. Más agresivo de lo que recordaba.

Me encontré a mí mismo tenso, con el sonido exterior apagado. En cada curva mi corazón daba un salto y mis ojos fueron directo al muro de boxes. Quería ver sus estadísticas. Quería ver las condiciones en las que corría. Quería oír lo que decía por la radio, su voz.

Los comentaristas se fundieron con el murmullo del público hasta volverse parte inseparable de la escena. Yo, en cambio, solo podía volver los ojos al mismo lugar que el mundo entero: Rydell Falken, dos años después, otra vez al volante de un Fórmula 1.

—Y ahí lo tienen. Damas y caballeros, tras dos años lejos de la élite, Rydell Falken regresa a la pista —anunció uno de los comentaristas—. Ese casco negro y dorado parece haber estado esperándolo todo este tiempo.

—Y lo está llevando al límite como si fuese la clasificación —añadió el segundo, con un entusiasmo que vibraba en la cabina—. No está guardándose nada.

—Qué manera de hacerlo… Auronox apostó por él, y a juzgar por esto, es como si nunca se hubiera ido.

—La pregunta inevitable es: ¿cómo funcionará compartir equipo con Nicola Ravelli? Dos bestias encerradas en el mismo corral.

Apreté los labios al oír eso. No debía regalarles ninguna expresión, no con una cámara hambrienta enfocada en mí esperando exactamente eso: la grieta en la armadura. Había aprendido demasiado en esos dos años; domar las emociones, al menos cuando estaba fuera de la pista.

—La tensión se palpa en el box —continuó uno de los comentaristas—. Ravelli, su compañero de equipo, todavía no ha salido. Pero no hay duda de que los ojos de todos están aquí, en este momento.

El característico pitido anunció la apertura de la radio. Mi cuerpo se tensó en automático al ver el nombre de Rydell parpadear en la pantalla junto con la transcripción.

—Rydell, confirmamos radio. ¿Me copias? —preguntó Lorien, su ingeniera, con voz firme.

—Alto y claro —respondió Rydell, calmado.

—Vamos paso a paso. Si algo te incomoda, lo dices. No hay presión.

—Si algo me incomoda… créeme, no está en este monoplaza.

Sentí cómo me ardía la nuca al apartar la vista de la televisión. Necesitaba un respiro, cualquier excusa para no vaciar mi ansiedad frente a las cámaras.

—¿Eso fue una indirecta? ¿Hacia…? —bromeó el comentarista, dejando que su sonrisa se filtrara en el tono—. Bueno, ya todos sabemos hacia quién.

—Y desde el box, Ravelli sigue sin moverse —agregó el otro comentarista—. Lo mira. No parpadea. Dos años de silencio no se borran con una vuelta. Pero esto… Esto es el prólogo de algo grande.

Solté un suspiro tembloroso y le hice una seña a Dylan.

Era momento de subirme. Necesitaba silenciar el ruido del mundo, aunque sabía que cada vez que entraba al coche lo que me esperaba no era silencio, sino el estruendo de mi propio interior.

Igual corría el riesgo: nada calmaba mejor mi ansiedad que la velocidad.

Nada me incendiaba tanto como aquello que también podía destruirme.

Cuando di la señal de estar listo, mis ojos se traicionaron y volvieron a la pantalla. El tiempo de Rydell brillaba entre los diez primeros, incluso tratándose solo de una práctica. Y ese simple hecho me abrasaba por dentro como un hierro candente.

El rugido del motor me arrancó un reflejo de vida, de costumbre, de necesidad.

La misma necesidad que siempre tuve por aquello que me hería.

Apenas me hundí en el habitáculo, el mundo se encogió hasta caber en ese espacio.

El oxígeno cambió de textura: más denso, más puro, como si allí dentro respirara un aire sin toxinas externas.

Como si cada inhalación fuera un pacto con la supervivencia y con la condena.

—Nicola, confirmamos radio —dijo Dylan, mi ingeniero, desde el pit wall, con esa familiaridad que siempre me mantenía anclado.

—Te escucho —respondí en tono neutro, aferrándome al único lugar seguro que me quedaba: ese donde lo personal no contaminaba la carrera.

—Cuando estés listo, da una vuelta de instalación. Calienta bien frenos y neumáticos. Y Nicola… sin presiones, ¿de acuerdo?

No contesté. Bastó con apretar el volante hasta sentir el cuero morder mi piel. Lo sabía. Lo sabían todos. El verdadero adversario de esta práctica no era la pista. Era él.

Pisando el acelerador, salí del box. Los neumáticos chirriaron como si compartieran mi ansiedad, y durante unos segundos llegó lo más parecido a un milagro: silencio.

No el fingido frente a las cámaras. No el enmascarado que llevaba puesto desde el regreso de Rydell.

Era otro. Uno puro. Uno que solo entendíamos los que amábamos esto con la médula.

Su nombre parpadeó en la torre de tiempos al pasar por boxes. Sexto. Mi lengua estuvo a punto de escupir una maldición. Como si jamás se hubiese marchado.

Me lancé al trazado con el sol clavándose bajo el alerón trasero, las curvas aún frías, el aire crudo contra el casco.

Era mi turno, y aunque jamás lo diría en voz alta, quería borrarlo.

Quería correr tan bien que su tiempo quedara relegado a una nota al pie.

Que los titulares llevaran mi nombre y no el suyo.

Y al mismo tiempo, odiaba desearlo. Porque ese deseo me ataba a él más que cualquier otra cosa.

—Buen ritmo de salida. ¿Cómo se siente el coche? —preguntó Dylan.

—Estable. Algo suelto en la seis, pero lo controlo.

—Recibido. Ajustamos después. Mantente en esa línea.

Silencio. No de radio: de él. Dylan no era de los que callaban porque sí, y menos cuando yo estaba al volante. Lo sabía leer. Quizás demasiado bien.

—¿Todo bien? —preguntó por fin. Y supe que no hablaba del coche.

—Está todo bien. —Mentí. Y él, sabiamente, no intentó creerme.

Quise pedirle el tiempo de Rydell, solo para comprobar que el mío era mejor. Quise ganar una batalla inventada, absurda, pero mía.

—¿Cuál es nuestra posición en la grilla? —pregunté.

No era la pregunta adecuada si quería ser disimulado, pero en ese instante de adrenalina mi mundo se reducía al asfalto, a una corona fantasma y al maldito alerón negro y dorado recortado en el horizonte.

Rydell estaba una curva por delante.

—Tu posición es P4, Nicola. A nueve milésimas de Borovac —informó Dylan—. Falken está octavo, a nueve décimas y media detrás de ti.

Apreté el volante más de lo necesario al entrar en boxes, justo detrás de él.

Solo era una práctica, con cincuenta minutos aún por delante para ajustar el coche antes de la qualy, pero me asfixiaba tenerlo tan cerca en su primer intento.

Y al mismo tiempo, deseaba bajarme y sacudirlo por los hombros, porque antes de irse, incluso en una maldita práctica, solía estar entre los tres primeros.

Al llegar a mi box, levanté la vista hacia las tribunas. Un cartel con su nombre. Una bandera con su rostro. Y, contra toda lógica, aquello me hizo sonreír.

El paddock hervía bajo el sol implacable de Jeddah. Para alguien que siempre amó el frío, este no era mi destino favorito. Podría haber sido peor, claro. Y no hablo solo del clima.

La electricidad todavía flotaba en el aire.

Mecánicos empujaban carros repletos de herramientas, pilotos cruzaban con los cascos en la mano y las viseras entreabiertas como párpados cansados.

En lo alto, los monitores colgaban con los tiempos definitivos de la FP2, mientras el box de Auronox respiraba un silencio que no le correspondía.

Rydell estaba allí, sentado sobre una caja de herramientas, el mono a medio bajar, los ojos clavados en la tablet que Lorien le sostenía.

Repasaba cada curva, cada frenada fallida, cada décima perdida, como si quisiera memorizar sus propios errores para arrancárselos de la piel.

No pronunciaba palabra. Solo ajustaba con parsimonia una venda de compresión alrededor de su muñeca, mientras escuchaba los comentarios de su ingeniera sin alzar la cabeza.

Décimo en la primera práctica, decimoquinto en la segunda.

Su humor era tan áspero como su resultado.

Miré la pantalla de tiempos. Quinto y sexto para mí. Cuando pasé cerca, Rydell ni siquiera levantó la mirada.

Me picaba el deseo absurdo de recordarle que las prácticas no están hechas para competir, sino para pulir. Pero sabía que cualquier palabra mía sería pólvora.

—Buen trabajo hoy —me dijo Dylan, acercándose con una tablet y la frente perlada de sudor—. Te noté más suelto. Especialmente en las últimas vueltas.

—Gracias —respondí, ajustándome el cuello del traje con una tensión apenas disimulada—. Ya hablé con los mecánicos, revisarán el set-up para mañana. La parte trasera sigue inestable.