Capítulo 4
«Una grieta por donde atacar»
RYDELL
Doce minutos demasiado largos.
La sala tenía ese silencio quirúrgico que solo se conseguía en la antesala de una guerra: el tipo de calma que no reconforta.
En la pared, el cronograma de la jornada brillaba en una pantalla demasiado blanca.
Las tazas de café apenas se habían enfriado.
Las carpetas técnicas estaban abiertas, pero nadie hablaba.
Todos estaban esperando a Nicola.
Incliné la silla hacia atrás, girando un bolígrafo entre los dedos con la misma ansiedad con la que se juega con el gatillo de un arma descargada. A medias escuchaba la voz de nuestro ingeniero de pista, hablando de balance en curvas medias, pero mi atención no estaba ahí. Estaba frente a mí.
En la silla vacía.
En la suya.
No era por la puntualidad. Era lo que simbolizaba. Ravelli jamás llegaba tarde. Y yo lo conocía demasiado bien como para no adivinarlo: estaba evitando algo. O alguien.
—¿Esperamos cinco minutos más o comenzamos? —preguntó uno de los jefes de estrategia, con voz neutra. Una grieta en la tensión.
—Empiecen sin él —murmuré, girando una pulsera de goma negra en mi muñeca.
Loren, mi ingeniera en carrera, me miró de costado con reproche.
—Necesitamos que esté presente si vamos a hablar de las…
La puerta se abrió, interrumpiendo su discurso.
Nicola entró a la sala de reuniones y sentí que tras él se escapaba el aire.
Soltó una disculpa con las mejillas enrojecidas, como si hubiese estado corriendo.
Sonrió apenas cuando su ingeniero le levantó una ceja amenazante, un gesto de que iba a matarlo luego por ese momento incómodo.
Todo se sintió de alguna forma como un tirón horrible en el pecho.
Su mirada rozó la mía, apenas un segundo. Fue suficiente.
Lo odié.
Lo odié por el modo en que me reconocía, pero ya no me miraba igual. Lo odié por mantenerse firme, como si no hubiera sangrado por dentro cuando yo desaparecí. Lo odié por sobrevivir a mi ausencia con una elegancia casi ofensiva.
Y porque se veía demasiado bien en su ropa de deporte.
—Ravelli —llamó el director técnico, haciéndole una seña a la silla vacía junto a Dylan, su ingeniero—. Siéntate, por favor. Si terminamos con las llegadas tarde, podemos comenzar.
La reunión no fue larga, pero sí tensa. Y sabía que sería así los primeros meses aquí dentro.
Incómodo, flotando espeso, como el olor a aceite quemado.
Como si todo el mundo estuviera esperando el momento donde empecemos una guerra en el paddock con los recuerdos filosos compartidos en el cartucho de balas en una ruleta rusa.
Nicola lo sabía también. Se le notaba en la manera quirúrgica con la que esquivaba los silencios incómodos, ofreciendo lo justo y necesario. Ni una palabra más. Como si fuera un actor demasiado bien entrenado en el arte de no desbordarse.
Lo miré un par de veces. Él jamás me devolvió la mirada.
Pero noté la forma en que sus dedos tocaban repetidamente su labio inferior, como si quisiera lastimarlo.
Ahí supe que lo había alcanzado. Nicola parecía haberse convertido en una estatua más de marmol, y aunque detestaba lo difícil que era encontrar hoy sus puntos ciegos, me sorprendía que seguía sabiendo dónde estaban sus grietas.
Las mismas que conocí cuando hablaba dormido.
Las que temblaban cuando le faltaba el aire antes de una largada.
¿Fue eso lo que causó el accidente? ¿Eso causé yo?
Terminó por lastimarse el labio. Se limpió la sangre disimuladamente con su dedo pulgar y fingió que no pasó.
Una grieta.
Y donde hay una grieta, puedo entrar.
—Nicola, Rydell —dijo Neiva apenas se dio por finalizada la reunión—. Me gustaría hablar con ustedes. ¿Pueden quedarse cinco minutos?
No dije nada, tampoco había hecho ademán de levantarme de todas maneras. Nicola asintió de manera distraída, sus ojos siguiendo la salida del resto de participantes mientras la sala quedaba en una calma de posguerra. Solo nosotros tres.
Miré a Nicola, por más que Neiva fuera quien quería hablarnos. Buscaba su incomodidad. Quería ver sus hombros tensos. Cómo evitaba mi mirada jugando con sus dedos. Cómo movía la pierna de arriba a abajo constantemente. Me encontré obsesionado con esos detalles.
—He olvidado cómo suenan sus voces —dijo Neiva, frunciendo el ceño con cansancio—.
¿Acaso hablan ustedes dos? Esta ley de hielo que existe entre ustedes no es colectiva, ¿saben eso?
No tienen que guardar silencio con todos.
Acaban de tener una reunión técnica. ¿Saben cuantos comentarios hicieron entre los dos desde que inició? Pista: no más de tres.
Sabía a dónde iba, pero me limité a mirarla inocentemente en silencio sin ninguna pizca de compasión. Nicola, por otro lado, estaba en el peor momento de su vida. No dejaba de lastimarse el labio inferior y comenzaba a fastidiarme. ¿Qué buscaba? ¿Arrancarselo?
—No sé de qué hablas, Neiva —respondí ladeando la cabeza y casi sonrío al ver como Nicola se tensó en su lugar al oírme hablar.
Oh, podía ser divertido.
—Bien —continuó ella, negando con la cabeza mientras abría su laptop—.
No soy consejera, así que me limitaré a lo que me compete: ustedes y el equipo.
Ya me conocen. Soy el enlace de operaciones de Auronox y la cabeza del grupo de relaciones públicas.
Nicola tiene más experiencia conmigo. Es una charla que ya ha escuchado antes, aunque... no haya colaborado en lo absoluto.
La última parte de su comentario la dijo entre dientes, como si fuera algo con lo que lidió bastante.
Giró su laptop hacia nosotros. Nicola ni la miró. Una lista de eventos. Horarios. Apariciones públicas. Obligaciones. El calendario de lo que viene.
—Y aquí va la noticia de último momento: son el tema más comentado por el público de la F1 —dijo Neiva, sus ojos clavados en mí, porque Nicola ya había vuelto a girar la cabeza—. El foco ya ni siquiera es la carrera del domingo, sino ustedes.
Hizo una pausa para reorganizar sus pensamientos mientras deslizaba con un gesto preciso una pestaña del calendario digital sobre su laptop.
—Mi trabajo es mover los hilos, dar forma al caos antes de que el caos los devore.
Pensé en organizar una conferencia de prensa, pero los periodistas no son precisamente amables...
ni cuidadosos. Así que barajo algo más controlado: una entrevista conjunta, algo pequeño, sin cámaras invasivas.
Prepararía una lista con los temas que quedan fuera de discusión. Prometo respeto, y…
—No —interrumpió Nicola.
No había alzado la voz. La palabra emergió afilada, definitiva. En algún momento había vuelto a mirar a Neiva, y sus ojos gritaban una negativa mucho más honda que el monosílabo. Desesperación, tal vez. Agotamiento.
—Ya sabes mi postura en esto.
Neiva dejó caer el cuerpo contra el respaldo, cruzó los brazos y soltó un suspiro que parecía sacado de una conversación repetida demasiadas veces.
—Nicola, yo entiendo que hay cosas que no quieres hablar, pero…
—No tengo nada que decir —corrigió. Y me encontré mirándolo fijamente.
Estaba determinado. Ya no movía la pierna. Ya no se tocaba el labio. Ya no buscaba una vía de escape. El brillo en sus ojos me volvió loco. No de rabia. De vértigo. Era algo. Finalmente, algo.
—No estás en condiciones de seguir evitando cada cámara como si te estuvieran apuntando con un arma —continuó Neiva, esta vez con un tono que no era molesto, sino cansado.
Como si cada palabra la arrastrara desde la garganta—.
La gente está hambrienta. Si no les damos algo, van a inventarlo.
Y créanme, no quieren leer lo que podrían llegar a decir de ustedes dos si seguimos así.
—Lo vienen haciendo hace dos años. Nada los va a detener —replicó Nicola sin dudar, como si aquel comentario fuera más personal de lo que la situación permitía—. Inventar es su especialidad.
—Y el silencio es la tuya, ¿no es así? —musité, sin contener una sonrisa torcida mientras lo miraba fijo—. No es que seas de mucha ayuda, realmente.
Y ahí, por primera vez en toda la reunión, él me sostuvo la mirada.
Me arrepentí de hablar. Porque no dijo nada y nunca lo haría. Y eso, viniendo de él, me molestaba.
Yo quería ruido. Quería su voz al borde del colapso. Quería ver cómo se rompía. Cómo me enfrentaba. Quería que se volviera humano frente a mí, aunque fuera por un segundo.
Y si para lograrlo debía presionarlo, lo haría sin pestañear.
—Somos adultos —interrumpió Neiva, alzando las manos para evitar que alguno de los dos salte la mesa—. Y hay un contrato de por medio. Les guste o no.
Neiva se giró hacia Nicola, quien aún me miraba como si fuera a desaparecer en su primer pestañeo.
—Nicola... —dijo Neiva con suavidad—. Han pasado dos años.
Y eso fue suficiente para que explotara. El ruido de la silla al arrastrarse hacia atrás me hizo hacer una mueca, pero mis ojos no abandonaron a Nicola mientras se ponía de pie.
—Necesito aire —musitó entre dientes.
—Yo sí lo haré —dije cortando su última palabra en dos, y un silencio pesado cayó en la habitación. Miré la forma en que Nicola se giró a verme, entre sorprendido y atascado. Oh, deseaba tanto sus emociones—. Me presentaré a la entrevista. Responderé sus preguntas.
—¿Por qué? —preguntó él sin aliento. Incrédulo.
Se sintió, de alguna manera, como si esa pregunta abarcara todas sus dudas en general. ¿Por qué volví? ¿Por qué me fui? ¿Por qué desaparecí? ¿Por qué ninguno de los dos era incapaz de soltar el pasado?
Me encogí de hombros.
—Porque me cansé de las especulaciones.
Nicola soltó un suspiro breve, apenas audible, y apoyó ambas manos sobre la mesa con gesto contenido, aunque la tensión en sus hombros delataba su irritación. Yo me recosté contra el respaldo de la silla, levantando ligeramente la barbilla. Saboreé cada una de sus expresiones.
—Los dejaste especular durante dos años —dijo, sin suavizar el filo de su voz—. ¿Y ahora te molestan sus conclusiones absurdas?
—No entiendo por qué esto te afecta tanto.
—Porque estás trayendo el pasado a un presente que ya no le pertenece.
Me puse de pie. Verlo desde abajo ya no me bastaba.
Apoyé también las manos en la mesa, acercándome lo suficiente para notar cómo su cuerpo se estremecía con solo sentir mi proximidad.
Aquello... eso era. Un temor encarnado. Un eco de lo que fui en su vida.
Y no me era suficiente. Yo no quería ser un espectro. Quería serlo todo.
—Mirar hacia otro lado no va a salvarte de la avalancha, Nicola. Pensé que con los años habrías aprendido eso. ¿Quieres trazar una línea y esconderte detrás de un silencio impecable? Adelante. Yo contaré la verdad. Uno de los dos tiene que hablar para cortar el problema de raíz.
—Tu verdad no es la mía —susurró con firmeza.
—Entonces cuéntala tú. Porque nadie lo hará en tu lugar. Pero para eso tendrás que romper ese silencio que tanto veneras.
Lo observé tragarse las palabras, morderse las respuestas.
Ya no estallaba como antes. No gritaba. No me hería con palabras afiladas como lo hacía en nuestras discusiones antiguas.
Se lo guardaba todo. Se lo tragaba y eso me enfurecía.
¿Cuándo selló tan bien sus grietas? ¿Cuándo dejó de ser vulnerable ante mí? ¿Por qué ya no podía ser su debilidad?
Desvió la mirada hacia Neiva y sentí el impulso —violento, primitivo— de tomarlo del rostro y obligarlo a volver a verme.
—Mi posición sigue siendo la misma —dijo al fin, seco, decidido—. Hablamos luego.
Y luego, sin más, se marchó. Sin portazos.
Sin respiración agitada. Solo un muro en los ojos que, alguna vez, supe leer mejor que nadie.
Me sentí fuera de lugar, desplazado, como si me hubieran desvinculado de un sitio que alguna vez fue mío.
Porque si hay algo que jamás soporté de Nicola...
fue su indiferencia. No podía convertirme en nada en su vida.
No podía ser simplemente un error en su memoria.
No iba a dejar que me arrancara de su piel tan fácilmente.
—Ten cuidado, Rydell —murmuró Neiva, recogiendo sus cosas con parsimonia. Por un momento, casi olvido que seguía allí—. Si vas a hacer que hable… más vale que estés preparado para escuchar lo que tiene para decir.
—Pareciera que hace tiempo que no tiene palabras para este asunto —respondí con un suspiro cargado de hastío—. Él eligió el olvido.
—No, Rydell. Eligió sobrevivir sin ti. Y duele. Pero no lo hace culpable.
Y había tanta verdad como mentira en esas palabras.
Porque la primera capa de Nicola gritaba frialdad.
Lejanía, olvido e indiferencia. Su mirada puesta en el frente.
Pero a partir de la quinta capa… Todo era desconocido y eso me volvía loco.
Porque entre todo ese mármol, aún había un temblor escondido en su mirada.
Un rastro de ansiedad que regresaba en viejos hábitos.
Una tormenta de verdades tragadas. Y esa forma cruel de no pronunciar siquiera mi nombre.
Había una grieta allí que yo causé. Una capa que me pertenecía solo a mí. A nosotros.
Pensé en esa grieta diminuta que dejó expuesta.
Y tomé una decisión.
No importa cuántas capas tenga Nicola Ravelli. Voy a romperlas.
Una por una.
Hasta que vuelva a sangrar mi nombre.
O hasta destruirnos.