Capítulo 3
«Tres mensajes y dos llamadas»
NICOLA
Temí moverme. No por cobarde, sino por mentiroso. No temía traicionar a mi cabeza; sabía que no haría nada de lo que pudiera arrepentirme. Temía, más bien, que fuera ella quien me traicionara a mí, dibujando en el aire fantasmas de algo que nunca existió.
Dos años después, un accidente que deshizo su sueño, las consecuencias que arruinaron el mío, y ahora otra vez… Rydell Falken me miró a los ojos. Un abismo se abrió entre los dos. No habría madera en el mundo capaz de construir un puente entre nuestras islas.
Sé que dije algo. Algo en voz alta. Mis labios siempre fueron víctimas de los impulsos imprudentes de mi corazón.
Sé que usé un apodo que solo pronunciaba cuando todavía éramos niños, y por la forma en que Rydell clavó el pulgar en la palma de su mano, supe que el recuerdo le dolió más de lo que quiso mostrar.
Como aquella vez en que nos refugiamos bajo la lluvia y él no quería admitir que tenía miedo. No, no fue ese recuerdo. Fue otro: cuando, antes de cada carrera, lo hacía hasta lastimarse, y yo aprendí a detenerlo sujetando su muñeca con fuerza, hasta que alzara la mirada.
Y ese fue nuestro primer error: fingir que no nos reconoceríamos si nos volvíamos a encontrar.
Me tensé. Él lo notó. Y aunque abrió la boca, deseé que no dijera nada. No lo hizo. Se dio la vuelta como si jamás me hubiese visto y se perdió por donde había venido.
Me quedé con un arsenal de palabras ardiendo en la garganta. ¿Ahora fumaba? ¿Por qué volvió? ¿Por qué desapareció sin dejar rastros? ¿Fue por vergüenza, por dolor o por rabia? ¿Llegó a odiarme aquel día? ¿Todavía lo hace?
Saqué el teléfono tan pronto noté que me estaba mordiendo el labio inferior.
Lo encendí, a pesar de que me lo había prohibido a mí mismo esa tarde.
Las notificaciones inundaron la pantalla, pero no presté atención.
Fui directo a la página oficial de la Fórmula 1.
Necesitaba ver el anuncio. Necesitaba transformar esta ansiedad en algo tangible.
Una foto. Solo eso bastó para recordarme que no estaba respirando.
Inhalé bruscamente al ver su rostro en el encabezado. No era una imagen robada, ni un destello captado al pasar. Era estética. Fría. Calculada. Cuidadosamente encuadrada, con la luz justa. El fondo negro de Auronox, su nombre en letras doradas justo debajo de su perfil.
«Auronox da la bienvenida oficial a Rydell Falken como su nuevo segundo piloto. El regreso más esperado de la temporada ya es realidad».
Me quedé ahí, inmóvil, como si alguien me hubiera desconectado los músculos. Mis ojos se aferraron a su número: 9. No sabía qué dolía más, si volver a ver esos ojos grises o la media sonrisa que tenía en la boca.
Pero algo no cuadraba. Algo estaba fuera de lugar.
Las notificaciones seguían cayendo como un enjambre: periodistas, aficionados, pilotos curiosos. Sentí un cosquilleo en los dedos. De pronto, el teléfono pesaba como plomo.
Había esperado esto durante un año entero. Los siguientes meses a eso fueron una permanente presión autoimpuesta a olvidar que él alguna vez existió.
Los primeros días tras la desaparición pública de Rydell fueron un infierno. La ansiedad me empujó al borde. Le mandé tres mensajes. No volví a escribirle después de eso. Lo llamé dos veces. A la tercera, su número ya no existía.
«Delli… lo siento. Dime que no fue tan grave. Dime que vas a gritarme como siempre. Necesito escucharte enojado»
Ese fue el primero. Recuerdo cómo me temblaban los dedos. Lo escribí antes de que se anunciara su lesión.
«Te fuiste antes de que pudiera preguntarte si me odiabas o si solo te dolía».
Cerré los ojos. En algún momento me lastimé el labio y el sabor metálico de la sangre se mezcló con mi saliva. Ese fue el segundo.
«No pediré tu perdón. Quiero que vuelvas. Y si alguna vez piensas en mí… llámame. Prometo siempre responder. Aún duermo con el teléfono al lado. Aún eres el único contacto con un tono especial».
Nunca llamó.
Oh, pero él volvió. Definitivamente, volvió. Y yo jamás debí haber enviado ese tercer mensaje.
Empecé el día apagando el teléfono y dirigiéndome al gimnasio. La noche anterior fue un desfile de opiniones que ignoré de la mejor manera que pude: no haciéndolo en absoluto.
El video del accidente volvió a viralizarse.
Nuestros nombres, en tendencia. La culpa, repartida.
El dolor del espectador, amplificado. El dedo juzgante y la opinión subjetiva sin fundamentos estables.
Y yo me pasé tres horas enteras desobedeciendo las órdenes de mi psicóloga. Necesitaba esa dosis de enojo.
Así que moví mi cuerpo tan pronto abrí los ojos.
Pasé una hora en la cinta de correr sin darme cuenta. El sudor me pegó la camiseta al pecho, pero el nudo seguía ahí. No en los músculos, sino más arriba. Y maldita la metáfora que tanto se acerca a la realidad emocional.
—Te vas a desmayar, Ravelli. —La voz llegó como una piedra en el parabrisas. Inesperada, molesta, demasiado directa para la hora que era.
Julián se dejó caer en la bicicleta estática junto a la mía con una botella de agua en la mano y esa sonrisa de persona que nunca entiende que no la quieren ahí, pero se queda igual.
Lo miré de reojo, sin bajar la velocidad. El piloto argentino tenía la mirada perdida en alguna parte del gimnasio mientras jugaba con un hilo suelto de la impecable toalla blanca que llevaba en torno al cuello.
—¿Te enteraste por el anuncio o alguien al menos tuvo la decencia de decírtelo antes?
Detuve la cinta de golpe. Me bajé sin decir nada y me limpié el cuello con mi toalla. Julián me siguió con la mirada.
—Estoy ocupado —dije, sin mirarlo.
—Sí, corriendo de todos tus traumas. Debe ser agotador.
Le lancé la toalla mojada con más fuerza de la amistosa y él se quejó con una risa mezclada con su típica mueca de asco.
—¿Te acuerdas de él antes del accidente? —pregunté sabiendo que, aunque intenté alejar a Julian mil veces de mi espacio, él siempre volvía y yo necesitaba explotar por algún lado.
—Mmh, ¿jugaremos a eso? ¿A bordear la verdad que no quieres enfrentar con preguntas poco sutiles?
—Julián hizo una mueca de desaprobación mientras modificaba la bicicleta estática para comenzar su entrenamiento—.
Bien. Recuerdo que siempre fue el introvertido de su incomprendido dúo inseparable.
Odiaba las cámaras porque no mostraban todo.
¿Recuerdas esa entrevista con todos los rookies en nuestra primera temporada?
Llegué a pensar que era mudo. Solo sonreía si tú decías algo y respondía con monosílabos todas las preguntas.
—No era arrogancia —murmuré, como si defenderlo fuera automático. Me mordí la lengua al ver la sonrisa burlona en los labios de Julián.
—No, nunca pensé en ese adjetivo. Más bien… reservado. Ni una sola polémica, tal vez debería aprender de él.
Me quedé mirando la hora en mi reloj mientras el ruido de la bicicleta estática de Julián peleaba con el bajo murmullo de la música del gimnasio.
—No sé quién es el Rydell que volvió —dejé escapar. Julián me miró, lo supe incluso si no le devolví la mirada.
—¿Y tú reconoces al Nicola que dejó? —preguntó—. Quiero decir, reitero lo del dúo inseparable. Nico… tú no eres el mismo. Nuestra primera temporada aquí fue explosiva. Tú eras una maldita bomba. Y si hablamos de polémicas, estás coronado, hermano.
Resoplé, más por el recuerdo que por sus palabras. Me acerqué a la mesa donde había dejado mi teléfono y lo encendí. Los mensajes no tardaron en llegar: el equipo me requería para una reunión técnica dentro de una hora. Más tarde sería la primera práctica libre.
—Nicola —llamó Julián, y me di cuenta de que me había quedado un rato mirando la pantalla apagada mientras pensaba en la reunión. No, en volver a encontrarme con Rydell. Alcé la mirada como respuesta—. ¿Te molesta que haya vuelto?
Lo dijo con seriedad, y tuve que apartar la vista porque odiaba cómo me miraba, como si me tuviera algún tipo de compasión.
—No me molesta que haya vuelto —respondí, juntando mis cosas—. Me molesta no saber quién es.
—¿Hablaste con él?
Me detuve un segundo, recordando la escena de ayer, cuando lo vi salir a fumar.
—No tengo nada que decirle.
—No me refiero a ahora, Nico —detuvo la bicicleta y me miró con la respiración levemente agitada—. Hablo de todos estos meses. ¿Hablaste con él?
Miré el suelo mientras me limpiaba el sudor encima del labio con una exhalación pesada. Mi cuerpo de pronto se sentía más pesado.
—No puedo hablarle a alguien que no quiere escucharme.
Y me fui antes de que pudiera agregar algo más. Porque iba a hacerlo, y lo sabía. Todos debían pensar lo mismo allí. Incluso los fanáticos. Especialmente Rydell.
Nunca hablé de él. Después del accidente, ignoré todas las preguntas que lo mencionaban de alguna manera, no lo traje a colación en ninguna circunstancia y el mundo pareció entender que ya no me importaba. Que solo fue un hecho más en mi vida. Un tropiezo en mi carrera.
El mundo podía pensar lo que quisiera. Solo yo debía saber que Rydell fue la carta que derrumbó el castillo entero. No sé si lo hice por miedo a la vulnerabilidad o para obtener el odio como castigo, pero lo conseguí. No dejé grietas a la luz del sol, y Rydell me odiaba.
Ese fue mi eterno tormento: yo busqué ese pozo, aún sabiendo que la oscuridad daba miedo. Ignoré el hecho de que Rydell siempre supo eso. Evité enfrentar la verdad.
Me convertí en el villano de su historia porque no soportaba desaparecer de ella.
No soporté perderlo. Así que jugué sucio.
Y ahora tenía que enfrentar las consecuencias.