La línea que no cruzamos Capítulo 2
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Capítulo 2

«Adictivo y destructivo»

RYDELL

—¿Es tu primer día y ya planeas llegar tarde? —La voz femenina llegó antes de que pudiera cruzar la puerta del paddock.

Me giré con una sonrisa que ni siquiera intenté que pareciera auténtica.

Una mujer de cabello corto oscuro, vestida impecablemente con los colores de Auronox, se acercaba con una tablet en mano.

Debía ser parte del equipo de relaciones públicas o algo similar.

Sus ojos me evaluaron de arriba abajo como si fuera un paquete entregado con retraso.

—Estaba explorando el lugar, gracias —respondí sin seguirle la broma.

Realmente no estaba explorando nada, solo dudando. Probablemente estuve cinco minutos enteros mirando el cartel negro con el logo dorado y rojo oscuro de Auronox.

—Bueno, Rydell, yo soy Neiva, me encargo de asegurarte que no pierdas el rumbo dentro y fuera de la pista. —Extendió una mano que estreché con un asentimiento que decía en silencio que probablemente no recordaría su nombre—. Enlace de operaciones de Auronox y Directora de relaciones públicas.

Entendí entonces que sí recordaría su nombre y quizás más del que me gustaría.

—Quien evita que me meta en problemas —intuí, volviendo a meter mi mano en el bolsillo de mi pantalón.

—Quien mete la mugre bajo la alfombra, si. —Sonrió y yo solo esperé no tener que darle esa carga, pero no lo veía muy lejano a una posibilidad—. Vamos, te mostraré el lugar.

Cuando Neiva cruzó la puerta de cristal, me tomé otros descarados cinco segundos antes de seguirla.

Una inhalación profunda y todo mi futuro volvió a pintarse de un tono distinto.

No se trataba de volver al deporte que me dio una luz y me metió en la mismísima oscuridad en la última curva.

No, se trataba de volver a encontrarse con el portador de la vela y la misma boca que sopló sobre la llama.

Han sido dos años difíciles en todos los aspectos de mi vida.

Dejar la Fórmula 1 fue solo el primer bloque en caerse del dominó.

El deseo ciego de ganar, la extremista obsesión de ser el número uno a costa de todo lo demás, la rotura de una relación que pensé que duraría hasta el último día y el accidente que me obligó a bajarme del monoplaza y reducir la velocidad a la que iba por la vida.

Fue una chispa, un suspiro y luego el incendio que hundió todo el bosque incluída esa pequeña casa donde se resguardaban dos niños con sueños demasiado idealistas.

Y del caos, nació el rencor. Algo que el fuego no alcanzó, y las cenizas trajeron la ciega venganza. Y ahora estoy aquí, en el paddock negro y dorado a punto de meterme en unas aguas conocidas bajo una tormenta impredecible.

Neiva se encargó de mostrarme hasta el último rincón del hospitality.

Presté atención en un cincuenta por ciento, el resto del tiempo estuve mirando de manera ansiosa alrededor.

La sala de reuniones, los lugares donde encontraría al Director del equipo, la cocina y el comedor, las áreas de descanso, los baños, el garaje, los mecánicos e ingenieros, el área de la prensa y la zona VIP.

Me sentí cómo un niño al que deben repetirle las cosas y algo en eso me molestaba.

Conocía la estructura y si me perdía había un mapa en cada esquina.

Tener que hablar con el director, asentir como si no conociera ya en la situación en la que me metía y fingir una risa cómoda ante las bromas de un pasado que no enterré por miedo a olvidar.

—Rydell. —Giorgio Conti me saludó con una sonrisa afilada, como si esto fuera un juego y yo su última pieza en el tablero—. Me alegra que finalmente estés aquí.

Asentí estrechando su mano. Mi mirada viajó inconscientemente sobre su hombro hacia la puerta.

Quizás una parte de mí había estado ansiosa todo el día por un reencuentro con el nombre del pasado y no por la vuelta a la pista.

Y usar la amplia elusividad «quizás» era una limpiada de manos porque era totalmente consciente de que esa era mi mayor preocupación.

—Su llegada ha generado cierta... expectativa. —Neiva habló con cautela, como si midiera cada palabra a diferencia de Conti que parecía ser totalmente consciente de haber traído de regreso al deporte una figura polémica—. Pero estoy seguro de que sabrá manejarlo.

Expectativa. Qué eufemismo más elegante para decir que todos estaban esperando un espectáculo.

—Estoy totalmente comprometido con esta oportunidad. —Mi tono era cortante, lo suficiente para que entendieran que no estaba aquí para intercambiar cortesías.

Neiva deslizó una tablet hacia mí.

—Esto es un resumen de tu itinerario para la semana.

Reuniones con ingeniería, pruebas en el simulador, sesiones con la prensa…

Lo usual. También hemos preparado un set de imágenes promocionales que lanzaremos más tarde.

—Hizo una pausa, evaluándome con una sonrisa profesional—.

La recepción ha sido excelente. Los fanáticos están emocionados por verte en la pista otra vez.

Quizás unos años atrás esa simple oración habría hecho temblar mis cimientos. ¿Existía gente que me quería en el monoplaza de regreso a la pista? Genial, porque incluso si no lo hacían volvería. Tenía un objetivo; ellos solo lo hicieron más fácil.

Una parte de mí se alimentó del pasado, la otra escupió el rencor en forma de veneno. Ganar siempre había sido el objetivo, pero ahora se trataba de ganarle a él. No, de verlo perder.

—Rydell —llamó Conti, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros—. No habrá temas sensibles entre nosotros, no en esta escudería, no cuando llevo dos años tratando de sacar de un pozo emocional a Nicola. Entiendes eso, ¿verdad? Ravelli es tu compañero. Lo será toda la temporada.

Asentí. Porque esa era, en parte, la razón por la que había vuelto. Setenta por ciento decisión, treinta por ciento venganza. Me lo advirtieron desde el momento en que anuncié a mi representante que quería regresar. Y aun así, luché con uñas y dientes por este asiento. Lo deseaba. Lo necesitaba.

Estar a su lado para verlo quedarse atrás. Verlo llegar último a la línea de meta.

Si él supo fingir ante las cámaras una disculpa vacía, entonces yo también podría jugar ese juego.

En este deporte, o controlas el volante… o terminás debajo de las ruedas.

—Con todo respeto, director… No soy más que un piloto aquí dentro —respondí mirando con firmeza a la cabeza del equipo—. Quiero ganar tanto como los otros diecinueve corredores en la grilla. Si algo he aprendido en este deporte es saber dividir el asfalto de mi vida personal.

No era del todo cierto. Esa era la teoría. Pero también conocía las reglas no escritas.

Ellos quieren una imagen que venda. Ser la historia que todos cuentan. Que el público pronuncie el nombre de la escudería incluso en sueños. Yo quiero una voz. Recuperar lo que me quitaron: mi carrera, mi reputación, mi lugar. Y un buen espectáculo… podía otorgarme todo eso.

Conti pareció satisfecho con mi firmeza. Neiva me miró como si supiera que le esperaba una temporada larga, pero eso era exactamente para lo que estaba preparada. Una escudería problemática. Dos pilotos polémicos.

Fue entonces que el director dejó caer sobre la mesa una bolsa de tela pesada. El uniforme.

Negro, impoluto, con mi nombre bordado en el pecho: Rydell Falken .

Los logos de los patrocinadores lo cubrían en zonas estratégicas, y la gorra llevaba el patrón craquelado que Auronox había convertido en su emblema. El Kintsugi .

«Reparar con oro».

Qué irónico.

—Gracias —dije. Mi voz sonó más inestable de lo que esperaba.

Neiva forzó una sonrisa mientras apuntaba su cámara y disparaba. Para las redes. Para el mundo.

—Es importante que sepas que, apenas pusiste un pie en el paddock, fuiste el tema de conversación de todos los aficionados. Cuando salgas de aquí, ya se habrá hecho el anuncio oficial. Bienvenido a Auronox, Rydell.

Conti estrechó mi mano. El clic de la cámara golpeó en mis oídos como un disparo.

Oficial. Una palabra tan simple… y sin embargo capaz de dejarme sin aire.

Dos años de silencio. Fuera de las luces reveladoras, las miradas de pena, las preguntas capciosas y el sinfín de opiniones gratuitas sin fundamentos. Dos años de ser el mártir. El accidente más hablado.

Y ahora, otra vez, sobre el asfalto. El regreso al motor. A esa vida y a todo lo que lo rodea por consecuencia.

¿Se puede amar algo que a veces también odias?

—Es un placer —murmuré, dejando caer el uniforme sobre la mesa con un gesto casual que no reflejaba el nudo en mi estómago. Sonreí para la cámara como había hecho gran parte de mi vida—. ¿Puedo ver el coche ahora?

Era inevitable: las redes explotaron. Las fotos de mi llegada al paddock se esparcieron como pólvora, incendiando cada rincón de internet con titulares dramáticos y un océano de comentarios que no me atreví a leer.

El drama movía montañas. Y todos estaban esperando eso. Un nuevo motivo para opinar. Una rivalidad. Una chispa. Una excusa para elegir un bando.

Me mostraron el coche. El negro y el dorado eran una buena combinación. Ya no tenía el número de Viktor, ahora un 9 pintado de dorado brillaba en el morro, reluciente sobre la fibra de carbono. Los patrocinadores iban desde un extremo al otro, pintando de más colores y formas los espacios en negro.

Y eso era todo.

El resto quedaba en mí como piloto. En mi desempeño dentro de la pista.

Mi primera carrera sería en cuatro días. Aunque yo ya sabía de esto hace dos semanas. El gran premio de Arabia Saudita, en Jeddah. No es que me emocione volver a la pista en un circuito callejero, pero es la mejor opción. Tiene que serlo.

Pasé las siguientes tres horas entre los mecánicos e ingenieros. Mi cabeza se levantaba automáticamente cuando la puerta se abría, buscando algo que todavía debía enfrentar. Alguien.

Porque quizás lo más difícil de volver no era meterme otra vez en un monoplaza y luchar contra la claustrofobia. Quizás lo más difícil era enfrentar esos ojos verdes que el tiempo no logró borrar, por más que yo lo intentara.

—¿Rydell?

Levanté la mirada, sobresaltado al notar que había dejado de escuchar. Asentí, apartando el nudo que se enredaba en mi garganta.

—Lo siento, ¿puedo salir un momento?

No esperé respuesta. Las respuestas venían con preguntas, y yo no estaba en condiciones de fingir que todo estaba bien.

Me adentré por los pasillos, buscando cualquier corriente de aire que me permitiera respirar.

En el fondo de mi bolsillo, mis dedos encontraron el encendedor.

Justo entonces, la luz cálida del atardecer se filtró por una puerta de servicio abierta.

Me asomé en busca de cualquier mirada inoportuna, pero no parecía haber más nada que viento y el ruido lejano de los boxes trabajando hasta tarde.

Solo serían cinco minutos. Eso era todo lo que necesitaba.

Solté un suspiro mientras sacaba un cigarrillo que llevaba escondido. Mi cabeza recordó los reproches de Kyra, mi representante, y los apagó tan pronto mis dedos temblaron. Lo apreté entre mis labios y me acerqué a una parte donde se acumulaban cajas, neumáticos usados o partes viejas del coche.

Tan pronto el encendedor hizo brillar la llama, mis ojos se alzaron en alerta cuando descubrí que no estaba solo. Mis pies se congelaron y el suave sonido del viento se convirtió en un suspiro al lado de los latidos desenfrenados de mi corazón.

Allí, apoyado en unas cajas con la boca entreabierta y esos malditos ojos verdes brillando en sorpresa, Nicola Ravelli me miraba como si fuera una ilusión efecto del desierto.

Me saqué el cigarrillo de los labios, sin poder dejar de mirarlo.

No había peor nicotina que los recuerdos.

Adictivos. Tóxicos. Letales.

Eso era Nicola en mi vida.

Y aunque juré estar preparado para esto, olvidé que de todas esas puertas que cerré años atrás, él siempre tuvo las llaves. No fui lo suficientemente valiente para dictarle a mi cabeza que lo olvidara, y por eso volví. Para recuperar el control. Tenía que hacerlo.

Pero entonces suspiró.

Sus hombros tensos se movieron.

¿Desde cuando tenía ojeras?

—Delli —murmuró como si aún fuéramos amigos.

Como si tuviera el derecho de utilizar ese apodo.

Como si no doliera escuchar su voz.

Aparté la mirada. Al menos mis dedos ya no temblaban.

Y no supe cómo evitar el alud de emociones. Así que huí antes de ahogarme.

Maldito ingenuo por no entender que tarde o temprano esa avalancha iba a aplastarme. Maldito mentiroso por decir que no la deseaba. Su avalancha.

Y otra vez, el caos.

Las emociones.

Él.