La línea que no cruzamos Capítulo 1
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Capítulo 1

«De regreso al pasado»

NICOLA

Hay una línea que todo piloto de carreras debe evitar cruzar...

La línea de la ambición desmedida, cómplice de la inseguridad y su inevitable pérdida del sentido común.

Esa delgada frontera entre la valentía y la imprudencia que puede llevar a la gloria o a la ruina.

Una fracción de segundo puede transformar una maniobra audaz en un desastre mortal.

Llevo dos años enteros cargando con esa mochila que me recuerda cada vez que entro a una pista que yo si crucé esa línea. Y no pude volver atrás.

No fue el hecho de ser el causante de un accidente lo que desató una tormenta en mi cabeza. Fue porque una parte de mí repite ese día cada noche antes de irme a dormir y se pregunta si lo habría hecho distinto. Caigo en la misma respuesta sin importar lo que piense. No, porque fue un accidente.

Y me costó varias sesiones de terapia aceptarlo.

No quise chocar a Rydell. Por más enojado que estuviera por la racha de discrepancias absurdas, los puntos de licencia, las peleas en el podio o los comentarios filosos en las entrevistas, jamás habría jugado sucio a propósito.

No estando la vida de una de las personas más importantes para mí en juego.

Me hundí en la culpa, y luego llegó el enojo.

Porque bastó solo un último empujón para saber que estábamos en el límite y que no pudimos salvar lo que rompimos porque Rydell cerró las puertas con tanta facilidad que llegó incluso a dolerme.

Y tomé, por mi bien, la decisión de salir de esa casa que construimos con los años.

Si él no iba a resguardarse allí dentro, entonces yo dejaría de esperar su regreso.

Pero se seguía revolviendo mi estómago cada vez que pensaba que, ante Rydell, yo era el fin de su carrera, no su mejor amigo. Yo fui quien le arrebató el sueño, y él me arrebató la calma. Lo siguiente a su despedida fue un derrape inesperado. El lento hundimiento de un supuesto futuro brillante.

Se fue Rydell, y el podio se sintió realmente amargo.

Pero tenía que seguir empujando. Detenerse ahora no era una opción porque simplemente no sabia que hacer cuando la velocidad no supera el lento escozor del arrepentimiento.

Crucé el paddock, inusualmente tranquilo, mirando la pantalla de mi celular fijamente, pensando en cómo iba a enfrentar lo esperado por todos.

«Reunión a las 15:00 en la sala de estrategia. Tema urgente».

El mensaje era escueto, firmado simplemente con las iniciales del director del equipo, G. M. Conti, pero sentí un nudo en el estómago al leerlo. Urgente. Esa palabra no solía traer buenas noticias. Y sabía que clase de malas noticias venían atadas a esa ansiedad.

Viktor Novak fue fichado por Auronox, la misma escudería que me fichó tras el accidente, en la temporada pasada.

Tiene treinta y un años, una mochila llena de experiencias y varios podios con otras escuderías.

Se esperaba una gran oportunidad de alcanzar lo alto de los campeonatos con nuestra dupla, pero no funcionó realmente.

Fue explosivo. Viktor se pasó toda la temporada rompiendo su monoplaza en más de un accidente que él mismo se buscó. Su relación con los ingenieros del equipo era tensa, se negaba a seguir sus estrategias y era impredecible.

No fue el mejor año para Auronox. Por más que yo alcanzara los podios, Viktor no terminaba las carreras. Era bastante predecible que Auronox iba a buscar la primera excusa para sacarlo. No pensé que lo harían tan pronto al iniciar la temporada.

Entré a la sala de estrategia y saludé con un gesto a Conti, flanqueado por el jefe de operaciones y un representante de marketing.

—Toma asiento, Nicola —comenzó Conti, mirando unos datos en unas hojas.

Asentí y me dejé caer en una de las sillas.

—¿De qué se trata? —pregunté, directo al punto.

Conti intercambió una mirada rápida con el jefe de operaciones antes de responder.

—Es sobre Viktor.

Bien, al menos no intentaron disimularlo.

¿Iban a subir a uno de los pilotos de reserva? Tal vez arriesgarían a los que están en la Fórmula 2.

Conti respiró hondo antes de continuar ante el silencio de Nicola.

—Hemos decidido que Viktor no continuará con el equipo. Su desempeño no ha estado a la altura de las expectativas, y después de una larga deliberación, creemos que es necesario un cambio para optimizar nuestro rendimiento en la segunda mitad de la temporada.

No era raro el hecho de que una escudería haga un cambio con la temporada iniciada, lo que sí me hacía ruido era la tensión en el aire. Parecían hablar como si el aire estuviera impregnado de gas y ellos tuvieran una llama en la punta de la lengua.

Me removí incómodo en mi asiento.

—¿Y quién será su reemplazo? —pregunté, mi voz más controlada de lo que esperaba.

Hubo una pausa, un silencio que pareció durar una eternidad. Conti asintió como si estuviera debatiendo algo mentalmente y el jefe de operaciones se inclinó sobre la mesa con las manos entrelazadas.

—Nicola, desde que te fichamos tras el accidente, sabemos que no ha sido fácil para ti.

Sentí que se me formaba un nudo en el estómago. No me gustaban esas palabras. ¿Iban a sacarme a mí también?

— Vimos el informe de la psicóloga del equipo —continuó—. Dice que estás progresando muy bien. Incluso menciona que ya no sufres ataques de pánico al subirte al monoplaza.

Apreté los dientes. No me sentía cómodo con estas conversaciones en general, pero asentí de alguna manera.

—Eso fue hace meses —respondí rascando los bordes de mis uñas—. Estoy completamente bien ahora.

—Lo sabemos —respondió Conti con seriedad, la misma que hizo a Nicola casi temblar—. Por eso estás aquí. Queríamos asegurarnos de que estás al 100%. Físicamente, mentalmente, todo.

—Estoy bien —insistí, mirando con firmeza los ojos del director del equipo. tenía que creerme, no podía irme yo también.

Hubo un momento de silencio. Conti golpeó su bolígrafo suavemente con una taza con el logo del equipo y el jefe de operaciones miró algo en su tablet como si estuviera buscando algo.

No me gustaba esto. Y su forma de bordear el tema no me ayudaban de ninguna manera.

—¿Puedes echarle un vistazo a esto? —preguntó el jefe de operaciones deslizando la tablet sobre la mesa.

Solté un suspiro mientras tomaba el aparato entre mis manos.

Apareció una comparativa de datos entre Viktor y otro piloto.

El nombre aún no era visible, pero las estadísticas hablaban por sí solas: velocidad promedio, adelantamientos exitosos, consistencia en vueltas rápidas.

El nuevo piloto superaba a Viktor en casi todo.

—Lo siento, no entiendo qué tengo que ver yo con todo esto. ¿Quién va a reemplazar a Viktor? Es bueno, lo saben, no necesitan mi opinión.

Conti tomó aire y se inclinó hacia adelante.

—Queríamos hablar contigo antes de hacer oficial la decisión, porque esto afecta directamente tu dinámica en el equipo. Sabemos que no será fácil para ti.

Tenía un mal presentimiento. Ese tirón en el pecho que te grita advertencia y tu cuerpo reacciona en vientos opuestos, congelándote en tu lugar hasta recibir la bala.

—Sé que… soy vulnerable a mis emociones actualmente, pero he mejorado. No tienen que preocuparse por eso. Tengo años en el deporte y he pasado por muchos compañeros de equipo. Tampoco era tan cercano a Viktor, lo echaré de menos, pero…

—Nicola —interrumpió Conti y sentí que si no hablaba en los próximos diez segundos de lo qué estaba pasando, iba a salir de allí yo mismo y renunciar a lo aprendido en las sesiones de terapia.

Pero entonces… Conti siguió hablando. Aunque se sintió como un eco en un sueño.

Tal vez todo esto lo era.

—Es Rydell, Nicola. El piloto que Auronox ha fichado es Rydell Falken.

El nombre cayó como un martillo en la habitación.

Tal vez fue el hecho de que hacía años no escuchaba una sola mención de él.

Quizás fue la forma en que, en pocos segundos, mi historia con él se repitió tras mi párpados como una película que desearía no haber visto jamás.

Una que nunca terminaste por miedo al final.

Y ahora se suponía que debía volver mi vista a la gran pantalla y aceptar que ya había sacado el ticket a esta sala de cine hacía años cuando nos hicimos mejores amigos por accidente.

Me costó controlar lo que vino después. Creo que algo más dijo Conti. Tal vez fue el jefe de operaciones. O ninguno habló. No estaba prestando atención.

Miré mi uña lastimada y me hundí en algo parecido a una nebulosa mental. Recuerdo a mi psicóloga, pero no sus palabras, no ahora. Rydell es todo lo que aparece, estorbando la calma, apuntando directo al castillo de arena que tanto me costó salvar de su torrencial partida de mi vida.

—¿Cómo? —Es todo lo que alcancé a suspirar. ¿Cómo hablaron con él? ¿Cómo lograron traerlo de regreso a la fórmula uno? ¿Cómo hicieron para creer que todo esto era una maldita buena idea?

El silencio en la sala se volvió insoportable, como si todos estuvieran esperando que estallara. No iba a hacerlo. No me lo permití a mí mismo en un pasado, no iba hacerlo ahora. Ahogarse no mataría estas emociones, solo me dejaría en silencio expuesto al fondo del mar.

—Sabemos que esto puede ser complicado —dijo el jefe de marketing, como si la situación fuera un comunicado de prensa y no un terremoto personal—. Pero necesitamos que entiendas que esto no es solo una decisión deportiva. Es estratégica.

No dije nada. No me debían explicaciones, pero quizás me seguían viendo como esa bomba con temporizador activado que ignoraba las entrevistas, era agresivo en la pista y sufría un ataque de pánico cada vez que me subía al monoplaza.

—Su nombre tiene peso mediático, y sus estadísticas hablan por sí solas —agregó Conti—.

Rydell tiene experiencia. Sabe lo que es estar bajo presión.

Tiene una base de fanáticos sólida y una imagen que podemos potenciar.

Viktor ha sido un problema constante para el equipo.

Ha comprometido más carreras de las que ha salvado, y tú lo sabes.

Rydell tiene lo que necesitamos para estabilizar el barco.

Es algo como… ayudarnos mutuamente. Él quiere volver, nosotros necesitamos un buen piloto.

Quise replicar, pero no había palabras que encapsularan el caos en mi cabeza. En su lugar, fijé la mirada en la tablet, en las estadísticas que parecían gritarme que todo esto era inevitable. Que yo no podía esquivar el enfrentamiento.

—¿Él aceptó? —pregunté, aunque fue algo más como una resignación, mi voz más áspera de lo que había planeado.

Conti asintió lentamente. —No fue una decisión fácil para nadie. Pero está de regreso. Y ya está probando el monoplaza en nuestro simulador. Sabe lo que implica volver después de tanto tiempo y lo que significa compartir equipo contigo.

El peso de esas palabras cayó sobre mis hombros como una losa. Compartir equipo. Trabajar codo a codo con alguien que conocía mis puntos fuertes y mis debilidades como nadie más.

—No me están pidiendo una opinión —murmuré, más para mí que para ellos—. Esto ya está decidido, ¿no?

—Sí —admitió Conti sin rodeos—. El anuncio oficial se hará después de la próxima carrera. Queríamos que lo supieras antes para que tengas tiempo de procesarlo por respeto a tu posición aquí.

No quise decir lo que realmente pensaba. No era más que un piloto, después de todo. Un mínimo error y el que perdía allí sería yo.

Me levanté, dejando la tablet sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Gracias por avisar —dije finalmente, levantándome de la silla. Mi voz temblaba ligeramente, pero no dejé que eso me detuviera.

Salí de la habitación antes de que pudieran decir algo más, sintiendo cómo el peso de aquel nombre se instalaba en mi pecho como un ancla, hundiéndome en recuerdos que no quería volver a enfrentar.

Afuera, el ruido de los mecánicos trabajando en los monoplazas llenaba el aire, pero para mí todo sonaba como un eco distante.

La calma que tanto me había costado construir estaba a punto de ser destruida, y esta vez no había vuelta atrás.

El corredor en mí sabía que esto significaba más competencia.

El amigo en mí se preguntaba si aún quedaba algo de aquella amistad que compartimos.

Los restos que dejó Rydell al irse sabían que nada bueno saldría de esto.

Volver a ver una cara conocida en una vida que desconocimos con el tiempo.