La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 29Algo se rompe
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CAPÍTULO 29Algo se rompe

Algo se rompe

Gabriel me preguntó si iba a cenar a su casa cuando todavía estábamos recogiendo las pelotas.

—Puedo pedir algo —dijo—. Salgo de aquí a las siete y media.

Metí dos bolas en la cesta.

—Puede.

—Eso no es una respuesta.

—Porque todavía no lo sé.

Gabriel cerró la cremallera de la carpeta.

—Pues cuando lo sepas me dices. Necesito calcular si pido para uno o para dos.

—Qué romántico.

—Estoy intentando impresionarte.

Sonrió. Yo también.

A las ocho todavía no le había dicho nada.

No había ocurrido nada especial. Después de fisioterapia subí a la residencia, Sergio me pidió ayuda para mover el tendedero porque había descubierto que impedía abrir completamente el armario, Hugo apareció buscando un cargador que no era suyo y acabamos los tres viendo media hora de un partido en el portátil.

Mi madre llamó después. Cuando terminé de hablar con ella eran casi las nueve.

El móvil tenía dos mensajes de Gabriel.

¿Vienes al final?

Y, cuarenta minutos después:

Entiendo que no. Nos vemos mañana.

Me quedé mirando el segundo .

Sergio estaba doblando una camiseta en su escritorio.

—Voy a salir—dije.

—Vale.

—No hace falta que me interrogues.

Levantó la cabeza.

—Has dicho literalmente una frase y he contestado vale.

—Ya.

—Deberías probar alguna vez a tener una discusión en la que participe la otra persona.

Le lancé un calcetín.

Gabriel abrió la puerta en pantalón de chándal y camiseta.

—Pensaba que no venías.

Entré.

—He venido.

—Eso ya lo veo.

Había dos recipientes de comida sobre la encimera. Uno estaba abierto.

Me quité la chaqueta.

—¿Has cenado?

—Empecé hace veinte minutos.

—Podías haber esperado.

Gabriel me miró.

—También podías haberme dicho que venías.

La frase me molestó más de lo que debía.

—Te dije que no lo sabía.

—Y después no dijiste nada.

—He estado haciendo cosas .

—Álex, no pasa nada porque hagas cosas. Solo necesitaba saber si pedía cena para ti.

—Pues has pedido.

—Sí, porque pensé que vendrías.

Abrí el recipiente que quedaba cerrado.

—Problema solucionado.

Gabriel apoyó una mano en la encimera.

—No estoy buscando un problema.

—Pues parece que lo has encontrado.

—No. Estoy diciendo que, si alguien te pregunta a las seis si vas a cenar y a las nueve sigues sin contestar, avisar no es una exigencia especialmente absurda.

Dejé la tapa sobre la mesa.

—No sabía que ahora también tuviera que avisarte de dónde estoy.

—No te he preguntado dónde estabas.

—Todavía.

Gabriel apartó la vista.

—Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Esto. Digo una cosa y tú discutes con la siguiente que imaginas que voy a decir.

—Porque normalmente acabo acertando.

—¿Cuándo te he preguntado dónde estabas esta noche?

—No hace falta que lo hagas.

—Entonces explícame por qué estamos discutiendo, porque yo creía que era sobre pedir dos cenas.

Me apoyé contra la encimera.

—Eso es lo que siempre haces .

—¿Qué hago?

—Reducirlo todo hasta que parece una estupidez. La hora de volver al entrenamiento. Nico era solo una pregunta. La cafetería era solo interés. Ahora esto son dos cenas.

Gabriel se quedó callado unos segundos.

—Porque algunas cosas son exactamente eso.

—Y otras no.

—Claro que otras no. Pero no puedes meterlas todas en el mismo saco cada vez que te molesta algo.

—Tú sí puedes separarlas cuando te conviene.

Vi cómo cambiaba su cara antes de que contestara.

—Ya tuvimos esta conversación.

—Y seguimos aquí.

—Porque quisimos seguir con esto.

Gabriel se apartó de la encimera y recogió su vaso.

—Desde el rumor parece que cualquier cosa que hago confirma algo para ti. Si te digo que descanses, te controlo. Si intento ser cuidadoso, te escondo. Si te pregunto si vienes a cenar, tengo que saber dónde estás. Si no te escribiera, me dirías que vuelvo a desaparecer.

—No he dicho eso.

—Todavía.

Utilizó mi propia palabra.

Me molestó que funcionara.

—Muy bien.

—No, no está muy bien. Porque tampoco sé qué esperas de mí.

—Que una semana no me digas que deje un cepillo en tu baño y a la siguiente que no aparezca por tu casa porque alguien ha hecho una broma sobre Nico, eso sería un comienzo.

Gabriel dejó el vaso .

—Sabes perfectamente por qué pasó eso.

—Sí. Porque tuviste miedo.

—Porque había un riesgo real.

—Para ti.

—Para los dos.

—No igual.

Gabriel me miró fijamente.

—Exactamente. No igual.

Solté una risa sin ganas.

—Y siempre acabamos ahí.

—Porque no desaparece por mucho que te enfade.

—Ya lo sé.

—Pues a veces parece que no.

Me separé de la encimera.

—Lo sé desde antes de entrar por esa puerta la primera vez. Me lo has explicado suficientes veces.

—Entonces deja de actuar como si cada consecuencia fuera una sorpresa que yo he inventado después.

Eso dolió.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel tardó un momento, como si estuviera decidiendo si continuar.

Continuó.

—Que tú también eliges cosas, Álex. Te gusta que Nico flirtee contigo y que la gente lo vea. Me lo reconociste. Te gusta comprobar si me molesta. Hoy podías decirme que venías, que no venías o que no te apetecía verme. Has dejado pasar tres horas y has aparecido cuando te ha apetecido.

—No tiene nada que ver con Nico.

—No he dicho que tenga que ver .

—Pues lo has sacado tú.

—Porque estoy intentando explicarte algo y, otra vez, estás contestando a la parte que más te conviene.

Me quedé callado.

Gabriel siguió, esta vez más despacio.

—A veces dejar las cosas sin decidir te viene muy bien.

—No me analices.

—No te estoy analizando. Llevo meses viéndote hacer exactamente eso.

—Eres mi entrenador, no mi terapeuta.

—Y ahí estamos otra vez.

Cogí la chaqueta del respaldo de la silla.

—¿Sabes qué? Igual no debería haber venido.

Gabriel se movió.

—No hagas eso.

—¿El qué? ¿Decidir algo? Pensaba que era justo lo que querías.

—Irte en mitad de una discusión no es tomar una decisión.

—Claro. Tú también decides cuáles cuentan.

—Joder, Álex.

Era raro oírle levantar la voz. No mucho. Lo suficiente.

—¿Qué quieres que haga? —continuó—. Dímelo de verdad. ¿Quieres que deje de entrenarte? ¿Quieres que dejemos esto? ¿Quieres que finja que no me importa cuando tonteas con otro delante de todo el mundo? ¿Quieres que deje de preocuparme por quién mira, aunque pueda costarme el trabajo?

—Siempre el trabajo.

Gabriel se quedó quieto.

Supe que había elegido mal las palabras y seguí igualmente .

—Al final todo acaba en eso. Tu puesto, tu grupo, lo que pueden hacerte, lo que tienes que proteger. Parece que esto solo puede existir mientras a ti no te cueste demasiado.

—¿De verdad crees que no me está costando?

—No he dicho eso.

—Lo acabas de decir.

—He dicho que cuando tienes miedo, el que desaparece soy yo.

—Porque si esto se sabe, a mí pueden apartarme mañana.

—Y ahí está. Siempre tienes más que perder.

—Profesionalmente, sí.

—Entonces tu miedo manda siempre.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—No manda mi miedo. Manda una realidad que ya conocías.

—Y tú tenías treinta y cuatro años cuando decidiste meterte en ella.

El silencio fue inmediato.

Gabriel no apartó la mirada. Yo habría querido recuperar la frase antes incluso de terminarla.

—Sí —dijo.

Nada más. Eso fue peor. Dejé la chaqueta otra vez sobre la silla.

Gabriel pasó una mano por su cara y se sentó en el extremo del sofá.

—En eso tienes razón.

—No quería decir...

—Sí querías.

Me quedé de pie.

—Quería hacerte daño.

—También.

Su voz había bajado .

Me senté enfrente, en la mesa baja, porque el sofá quedaba demasiado cerca.

Gabriel miró hacia el suelo.

—Yo tengo treinta y cuatro años. Soy tu entrenador. Sabía exactamente por qué era una mala idea y crucé la línea igual. Eso no es responsabilidad tuya, aunque tú quisieras hacerlo.

No contesté.

—Pero tampoco puedo convertir eso en que tú ya no eliges nada desde entonces —añadió—. No eres un espectador de tu propia vida.

—Nunca he dicho que lo sea.

—A veces te comportas como si decidir que quieres algo significara que las consecuencias dejan de contar.

Pensé en responder. Esta vez esperé.

—Y tú —dije— a veces te comportas como si haberme avisado de las consecuencias te permitiera decidir cuánto espacio ocupa esto cada vez que te asustas.

Gabriel me miró.

—Puede ser.

—No quiero que digas puede ser porque quieres que terminemos la discusión.

—No lo digo por eso.

Se inclinó hacia delante.

—Lo de la cafetería fue una mierda. Y decirte que no fueras a casa durante una semana también te hizo pagar a ti mi miedo. Lo sé.

—Pues no lo hagas.

—Voy a intentarlo.

—Eso suena a poco.

—Es lo que puedo prometerte sin mentir.

Nos quedamos callados. La calefacción hacía un ruido leve cerca de la ventana. Sobre la encimera seguía mi cena cerrada .

Gabriel la señaló.

—Se te va a quedar fría.

—Probablemente ya está horrible.

—También.

Me levanté y fui hacia la cocina.

—¿Tienes cubiertos limpios?

—Alguno quedará.

—Qué casa tan preparada para recibir visitas.

—La visita llevaba tres horas sin confirmar.

Lo miré. Gabriel también me miró. Y, contra toda lógica, me reí. Él tardó un poco más.

Cenamos casi a las once. La comida estaba fría y demasiado salada. Gabriel intentó recalentarla y consiguió que una parte quedara hirviendo mientras la otra seguía prácticamente igual.

—Tu talento en la cocina tiene límites muy claros —dije.

—Puedo echarte todavía.

—Ahora sí sería control.

—Come.

Después recogimos.

Cuando terminó de meter los recipientes en la basura, se quedó de pie frente a mí.

—No quiero que cada vez que tenga miedo te aparte.

—Bien.

—Y tampoco quiero que tú empieces una pelea cada vez que te pregunto algo que no te gusta.

—Eso va a ser más difícil.

—Ya me imaginaba.

Me acerqué .

Gabriel me tocó la cara con una mano.

—¿Te quedas?

Esta vez contesté antes de que hubiera nada que dejar abierto.

—Sí.

Lo besé. No arreglamos nada más aquella noche. Tampoco seguimos discutiendo.

Terminamos en la habitación y, durante un rato, recuperamos esa forma sencilla de estar juntos que había existido antes de que todo empezara a necesitar reglas. Después Gabriel se quedó dormido de lado, con una mano apoyada sobre mi cintura. Yo tardé bastante más.

Por la mañana mi cepillo seguía junto al suyo. Me lavé los dientes, me puse la camiseta del día anterior y encontré el cargador debajo del sofá.

Gabriel preparó café.

—El torneo empieza el viernes —dijo mientras me pasaba una taza—. Hoy quiero bajar volumen. Mañana hacemos intensidad corta y el jueves solo activación.

—Vale.

—Y hoy no quiero verte intentando ganar el entrenamiento.

—Eso no puedo hacerlo.

—Tendrás que intentarlo.

Sonreí.

A las ocho y diez salí primero. Gabriel lo hizo después.

Me crucé con Dani junto a la entrada del gimnasio. No estaba arreglando nada. Llevaba un rollo de cable en una mano y caminaba en dirección contraria.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me miró un segundo más de lo habitual.

—¿Estás bien ?

La pregunta no llevaba broma.

—Sí.

Dani siguió mirándome.

—Vale.

—He dormido poco.

—Eso sí me lo creo.

Se hizo a un lado para dejar pasar a dos jugadores.

—Pues duerme mejor esta noche.

—Gran consejo.

—Es gratis. Los siguientes tienen un precio.

Sonreí.

—Nos vemos.

—Nos vemos, Álex.

Seguí hacia las pistas. Esta vez no miré hacia atrás.