La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 30Fuera de línea
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CAPÍTULO 30Fuera de línea

Fuera de línea

Con tres iguales en el tercer set tuve una derecha corta y, durante medio segundo, volví a verlo todo terminado.

Mi rival estaba fuera de pista, corriendo hacia su revés. La bola había quedado a media altura y yo podía atacar. Era exactamente el tipo de punto que llevaba años perdiendo por decidir demasiado pronto que ya lo había ganado.

Preparé la derecha. Y esperé.

Él llegó mal, consiguió devolver una bola alta al centro y entonces sí avancé. Derecha. Ganador. Cuarenta quince.

Desde la grada llegó un aplauso aislado que reconocí sin mirar. No necesitaba hacerlo. Volví a la línea.

El partido llevaba más de dos horas y había empezado bastante peor.

Había perdido el primer set seis cuatro intentando acelerar intercambios que no necesitaban acelerarse, especialmente cada vez que conseguía moverlo fuera del centro.

En el segundo, con cuatro iguales, Gabriel me había llamado durante el cambio de lado.

No hizo ningún discurso.

—En el segundo saque está buscando tu revés abierto porque sabe que retrocedes. Medio paso dentro. Y cuando consigas desplazarlo, deja de pensar que la siguiente bola tiene que ser la última. Está llegando. Hazle jugar otra.

—Ya lo sé.

Gabriel me miró.

—Entonces hazlo.

Había ganado el segundo siete cinco.

Ahora estábamos tres iguales en el tercero y mi rival empezaba a tardar más entre puntos. Tenía veintidós años, tres temporadas jugando casi exclusivamente cuadros absolutos y un primer saque que durante la primera hora me había hecho sentir que devolvía desde otra pista .

Ya no.

Me puse cuatro tres. En el cambio de lado bebí agua y miré una vez hacia la grada. Hugo estaba dos filas detrás de Gabriel, comiendo algo de una bolsa. Sergio se había sentado a su lado y parecía estar explicándole alguna cosa con las manos.

Gabriel tenía los brazos cruzados. Cuando nuestras miradas se encontraron, levantó dos dedos.

Medio paso. Eso fue todo.

Rompí su saque en el siguiente juego. No porque hiciera nada espectacular.

De hecho, el punto que me dio la ventaja fue probablemente uno de los más feos de todo el partido: tres bolas profundas sin cambiar de dirección, un revés defensivo demasiado alto y, cuando él intentó terminar antes de tiempo, la derecha se le quedó en la red.

Miré la marca que había dejado la pelota. Fuera. Ventaja.

En el siguiente segundo saque avancé ese medio paso. Devolví profundo. Él atacó mi revés, yo conseguí devolver y aguantamos nueve golpes antes de que dejara una bola corta.

Jugué una más.

La siguiente sí quedó limpia. Cinco tres. Hugo gritó algo que no entendí. Gabriel no hizo nada.

Saqué para el partido. Quince cero. Quince quince. Treinta quince. Treinta iguales después de una doble falta.

Me alejé de la línea y pedí otra pelota.

El ruido alrededor había aumentado; o quizá yo volvía a escucharlo. Zapatillas sobre la pista, una conversación en la grada, alguien golpeando en las pistas contiguas.

Boté tres veces. Primer saque fuera. Cogí la segunda pelota. Por un momento pensé en la doble falta anterior. La solté. Pedí otra. El juez me la lanzó.

Segundo saque al cuerpo. Mi rival devolvió profundo y empezamos de nuevo.

Uno. Dos. Tres. En el cuarto golpe tuve espacio para atacar y no lo hice. En el sexto él cambió posición. Llegué .

En el octavo fui yo quien consiguió sacarlo de pista.

La siguiente bola quedó corta. Entré. Derecha. Él la tocó con el marco y la pelota salió hacia un lateral. Cuarenta treinta.

Me giré hacia la línea de fondo. Gabriel seguía sentado. Esta vez no lo miré.

El último punto duró once golpes. Después de la mano en la red tardé unos segundos en acordarme del marcador. Seis cuatro. Había ganado.

Hugo llegó antes que Gabriel.

—Te estás volviendo insoportable.

Me abrazó con tanto entusiasmo que casi me hizo perder el equilibrio.

—Pensaba que eso ya lo era.

—Antes por personalidad. Ahora también jugando.

Sergio me dio una botella de agua.

—Has tardado bastante.

—Gracias por el apoyo.

—Llevo dos horas y cuarenta minutos sentado. Creo que mi apoyo está demostrado.

Gabriel esperó a que Hugo se apartara . No me abrazó. Tampoco habría tenido sentido hacerlo allí después de las últimas semanas.

Se acercó con la carpeta bajo el brazo.

—El resto del segundo saque ha cambiado el partido.

—He ganado y empiezas por eso.

—Has jugado bien.

Esperé.

Gabriel arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Nada. Quería comprobar que eras capaz de dejarlo ahí.

—No abuses .

Sonreí.

—¿La derecha con tres iguales?

—Bien.

—¿Solo bien?

—Vargas, si quieres que te puntúe cada golpe vamos a necesitar otra carpeta.

Hugo apareció detrás.

—Yo le doy un nueve.

Gabriel lo miró.

—Nadie te ha preguntado.

—Por eso mi valoración es objetiva.

Nos echamos a reír.

Dos horas después supe que mi siguiente rival se había retirado por una lesión y que pasaba directamente a la semifinal del domingo.

La perdí.

Seis cuatro, siete cinco.

Y, por una vez, no salí de pista buscando una explicación que convirtiera la derrota en algo distinto de lo que había sido.

El otro había jugado mejor. Yo había jugado bien. Las dos cosas cabían en el mismo marcador.

El domingo por la noche fui a casa de Gabriel. Había pedido comida antes de que llegara y esta vez no tuve que confirmar tres veces que iba.

Cuando entré, señaló la bolsa sobre la mesa.

—He pedido para dos. He asumido un riesgo enorme.

—Estás aprendiendo a vivir al límite.

—Desde que te conozco.

Dejé la mochila junto al sofá.

—Eso parece que te ha molestado .

—No me ha molestado, es una observación.

Cenamos viendo los resultados del torneo en el portátil. Gabriel pasó rápidamente por mi semifinal y se detuvo en el partido del sábado.

—Aquí.

—¿Otra vez?

—Sí. Quiero guardar este partido.

—Qué romántico.

—Deja de llamar romántico a todo lo relacionado con tus archivos.

Retrocedió algunos puntos.

—Mira esto. Hace dos meses con esta bola habrías intentado terminar.

En la pantalla aparecía yo entrando en pista y jugando cruzado en vez de buscar la paralela.

—Puede.

Gabriel giró la cabeza.

—No empieces.

Me reí.

—Vale. Sí.

—Estás leyendo mejor. Y, sobre todo, estás dejando de jugar puntos que todavía no existen.

Cerró el portátil.

—En el siguiente bloque quiero meterte más cuadros absolutos. Menos partidos donde seas favorito y más partidos como este.

—Suena divertido.

—No tiene que ser divertido.

—Ahí está otra vez el entrenador.

Gabriel apoyó la espalda contra el sofá.

—Ese no se va a ir .

Esta vez la frase no me molestó.

Le quité el portátil de las piernas y lo dejé sobre la mesa.

—¿Y el otro?

Gabriel me miró.

—Tampoco quiero que se vaya.

No contesté inmediatamente.

Él continuó antes de que pudiera convertir aquello en una conversación más grande.

—Cuando termine este bloque tengo tres días sin viajar. Tú también deberías tener dos, si no cambian el calendario.

—¿Me estás invitando a algo?

—Estoy planteando una posibilidad. He aprendido que contigo es mejor no exigir respuestas inmediatas.

Le di con el pie.

—Idiota.

—Podríamos salir de Madrid una noche. A algún sitio donde no tengamos que estar pendientes del centro cada cinco minutos.

—¿Eso existe?

—Me han hablado de ello.

—¿Y sabes cocinar fuera de Madrid?

—Podemos comprobarlo.

—Entonces lleva dinero para pedir comida.

Gabriel sonrió.

Me quedé mirándolo unos segundos. Era muy fácil, sentado allí, imaginar aquellos tres días. También el siguiente torneo. Enero. Las semanas siguientes. No dije nada de eso.

Me acerqué y lo besé.

Dos días después salí del gimnasio algo antes de lo previsto. Gabriel estaba reunido con Javier y otros dos entrenadores, así que había terminado la sesión con uno de los preparadores físicos. Tenía casi una hora libre antes de fisioterapia.

Dani estaba sentado en uno de los bancos del pasillo exterior comiendo un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

Esta vez fui yo quien se acercó.

—¿No tienes nada que arreglar hoy?

Miró alrededor.

—Estoy en descanso. Intento que los aparatos aprendan a sobrevivir sin mí durante veinte minutos.

Me senté en el otro extremo del banco.

—Parece arriesgado.

—Mucho. Si se cae algo, negaré haber estado aquí.

Dio otro mordisco al bocadillo.

—¿Tú no deberías estar golpeando cosas?

—He terminado antes.

—Entonces el tenis está perdiendo nivel.

—O estoy mejorando.

Dani me miró.

—Eso suena bastante más engreído de lo que dijiste el otro día.

—He ganado un partido importante. Tengo permitido unas horas.

—¿Solo uno?

—Después perdí.

—Ah. Entonces cincuenta por ciento.

—Las matemáticas no funcionan así.

—En mantenimiento sí. Si arreglo una puerta y rompo otra, nadie me felicita.

Me reí.

Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa .

Dani había pasado el domingo en Getafe porque era el cumpleaños de su hermana y se quejó de que su madre seguía cocinando para quince personas, aunque fueran cinco.

Yo le conté que la mía hacía algo parecido cuando volvía a Comillas y que, si avisaba con tiempo, era capaz de organizar comida para una semana.

—¿Vuelves mucho?

—Menos de lo que me gustaría.

—¿Lo echas de menos?

La pregunta me hizo mirar hacia las puertas de las pistas.

—A veces.

Dani terminó el bocadillo y dobló el papel varias veces hasta dejarlo convertido en un cuadrado pequeño.

—Yo pensaba que me iría de Getafe en cuanto pudiera.

—¿Y?

—Me fui seis meses.

—¿A dónde?

—A Valencia. Compartí piso con tres desconocidos que eran incapaces de limpiar el baño y la cocina, y acabé descubriendo que Getafe no estaba tan mal.

—Una experiencia muy positiva.

—Muchísimo. Ahora valoro cosas básicas. Tener una madre cerca, una lavadora y una ducha en la que pueda meterme sin preocuparme por la limpieza.

Me reí otra vez.

Un grupo pasó por delante de nosotros camino del gimnasio. Nadie nos prestó atención.

Dani tiró el papel a una papelera cercana y miró el reloj.

—Me quedan cinco minutos antes de volver a fingir que soy importante.

—Aprovéchalos .

Se quedó sentado.

—Oye, un día podríamos tomar algo fuera de aquí.

La frase salió con la misma naturalidad con la que había estado hablando del baño de Valencia.

—Sin pistas, sin máquinas rotas y sin gente vestida como si fuera a jugar Wimbledon.

Lo miré. La respuesta apareció completa. Tengo pareja. Solo tenía que decirla. No lo hice.

Dani esperó.

—Sí —dije—. Cuando quieras.

Sonrió.

—Te tomo la palabra.