CAPÍTULO 28El chico de mantenimiento
El chico de mantenimiento
La primera vez que hablé con Dani estaba intentando averiguar si podía ducharme.
Habían cerrado dos de los vestuarios porque una tubería había decidido vaciar medio circuito de agua caliente sobre el falso techo y, cuando terminamos el entrenamiento, había un cartel pegado en la puerta que decía FUERA DE SERVICIO con una cinta roja cruzando el acceso.
Hugo lo leyó.
—¿Y ahora qué?
Un chico que estaba arrodillado junto a una caja de herramientas levantó la cabeza.
—Ahora podéis probar a no sudar.
Hugo lo miró.
—Llevamos dos horas entrenando.
—Pues llego tarde con el consejo.
Me reí.
El chico debía de tener veintidós o veintitrés años. Llevaba pantalón de trabajo gris, una sudadera negra con el nombre de la empresa bordado en el pecho y una mancha oscura en una de las mangas que podía ser grasa o algo peor.
Hugo señaló el cartel.
—¿Hay algún vestuario abierto?
—El del pasillo del gimnasio. Pero como vayáis los veinte a la vez, dentro de diez minutos también tendré que arreglar ese.
—¿Por qué?
—Porque tenéis una capacidad impresionante para romper cosas que supuestamente están diseñadas para deportistas .
Se levantó y recogió un destornillador del suelo.
—Además, el agua sale fría durante unos minutos. Os vendrá bien para formar carácter.
—Yo ya tengo carácter —dijo Hugo.
El chico lo miró de arriba abajo.
—Eso parece.
Hugo se fue diciendo algo sobre presentar una queja. Yo seguí riéndome.
El chico volvió a agacharse.
—Tú ríete. Dentro de cinco minutos vas a estar insultándome desde la ducha.
—No sé tu nombre.
—Dani.
—Entonces te insultaré correctamente.
Le tendí la mano.
—Álex.
Dani tenía los dedos fríos y una pequeña rozadura cerca del pulgar.
—Ya sé.
—¿Nos conocemos?
—Llevas meses pasando por aquí prácticamente todos los días. Tampoco hace falta trabajar para los servicios secretos.
—Pensaba que los de mantenimiento no nos prestabais atención.
—Normalmente intento no hacerlo. Algunos sois muy engreídos.
Hugo gritó mi nombre desde el fondo del pasillo.
—¡Vargas, como tardes más nos toca el agua helada!
Dani señaló con la barbilla.
—Parece que tu marido te reclama.
—No es mi marido .
—Una pena. Hacíais buena pareja.
Me marché riéndome.
El agua salió fría. Dani tenía razón.
Aquella tarde entrené con Gabriel.
El siguiente bloque de competición empezaba en diez días y habían añadido dos sesiones específicas de devoluciones de saque porque seguía perdiendo demasiados puntos con segundos saques agresivos cuando el rival atacaba inmediatamente después.
Gabriel colocó tres marcas detrás de la línea.
—Estás retrocediendo otra vez.
—Estoy intentando ganar tiempo.
—Retroceder dos metros no fabrica tiempo. Solo consigues empezar el punto desde otro código postal.
Me coloqué más adelante.
—¿Aquí?
—Medio paso más.
Lo hice.
Gabriel lanzó una pelota.
—Y deja de preparar el golpe antes de saber a dónde va. Llevamos meses con esto.
—Estoy mejorando.
—Muchísimo. Por eso ahora tus errores son más visibles.
—Qué forma tan bonita de felicitar.
—He estado practicando.
La siguiente serie salió mejor. De diez saques metí ocho profundos y conseguí devolver seis primeros ataques de Hugo.
Cuando terminamos, Gabriel hizo una marca en la hoja.
—Eso sí.
—¿Ves? Puedes decir cosas buenas .
—No te acostumbres.
Recogimos juntos durante unos minutos. Javier estaba trabajando en la otra pista y había jugadores entrando y saliendo del gimnasio, así que no había nada raro en que Gabriel y yo estuviéramos allí.
Antes de irme me dijo:
—Esta noche estoy en casa.
Esperé.
—Bien por ti.
Gabriel sonrió de lado.
—Por si quieres venir.
—Eso ha sonado bastante más normal.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Me colgué la bolsa.
—Te escribo después de cenar.
—Vale.
Esta vez ninguno miró alrededor.
No fui. Sergio había convencido a varios de que necesitábamos comprar un tendedero para la habitación porque, según él, mi incapacidad para respetar los turnos de secadora había alcanzado «niveles incompatibles con la convivencia».
Acabamos en un centro comercial cercano discutiendo durante veinte minutos sobre si necesitábamos uno de seis o de ocho metros de cuerda.
Le escribí a Gabriel.
Sergio me ha secuestrado para comprar un tendedero.
Contestó:
Pagaré el rescate.
Cuesta 19,95.
Que te vaya bien en tu nueva vida.
Sonreí. No ocurrió nada más .
Volví a encontrar a Dani dos días después. La puerta lateral que comunicaba las pistas interiores con el pasillo de fisioterapia no reconocía las tarjetas y se había formado una pequeña cola de jugadores delante.
Dani tenía desmontado el lector.
—¿También hemos roto esto nosotros? —pregunté.
Levantó la vista.
—Tú concretamente. He revisado las cámaras.
—Eso parece una violación bastante grave de mi intimidad.
—Pues espera a que publique el vídeo.
Me apoyé contra la pared.
Los demás acabaron utilizando otra entrada, pero yo tenía diez minutos antes de fisioterapia y no me apetecía dar toda la vuelta.
Dani sacó una pieza minúscula del lector.
—¿No tienes prisa?
—Tengo fisio a las cuatro.
Miró su reloj.
—Son menos diez.
—Puedo llegar en cuarenta segundos.
—Los deportistas sois muy optimistas con el tiempo cuando no se trata de llegar puntuales a entrenar.
—¿Tú sabes a qué hora entrenamos?
—Sé a qué hora empezáis a hacer ruido.
Volvió a meter la pieza.
—¿Eres de Madrid?
—Cantabria.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas ?
—Todavía las estoy analizando.
—Buena respuesta para no tener ninguna.
Se rio.
—¿De qué parte?
—Comillas.
—Eso es donde está la universidad esa enorme, ¿no?
—Hay una universidad.
—Entonces he acertado.
—Has acertado en que existe una universidad.
—Me vale. Yo soy de Getafe. Si tú sabes que Getafe tiene un estadio, te doy el mismo nivel de precisión.
—Sé que tiene un estadio.
—Perfecto. Intercambio cultural terminado.
El lector emitió un pitido.
Dani pasó mi tarjeta. La luz se puso verde.
—Ya puedes seguir con tu importante vida de deportista.
Abrí la puerta.
—Todavía llego pronto.
—Te quedan treinta segundos.
—Me sobran diez.
Atravesé el pasillo casi corriendo. Llegué a fisioterapia con cinco segundos de margen. No se lo conté a nadie.
Esa noche sí fui a casa de Gabriel. Había pedido comida porque, según dijo, cocinar después de las nueve era ensuciar demasiado la cocina para después tener que limpiar.
—Pensaba que tus principios eran pasta y huevos —dije mientras abría uno de los recipientes.
—He evolucionado .
—Has usado una aplicación.
—La tecnología también es evolución.
Cenamos en el sofá.
La película que puso era bastante mejor que la anterior y, aun así, Gabriel se quedó dormido cuando faltaban veinte minutos.
Le quité el mando de la mano.
—Eres incapaz de terminar una película.
Abrió los ojos.
—La estaba viendo.
—¿Qué acaba de pasar?
Miró la pantalla.
—Algo importante.
—No te has enterado de nada.
Me tumbé otra vez junto a él. Gabriel me rodeó con un brazo y apoyé la cabeza contra su pecho. Durante un rato aquello volvió a ser fácil.
Cuando terminó la película —para mí, porque Gabriel volvió a dormirse— fui al baño y encontré mi cepillo exactamente donde lo había dejado. Seguía allí.
Al volver al salón, Gabriel estaba despierto.
—¿Te quedas?
—Sí.
No hubo que hablar de rumores. Ni de Nico. Ni de quién podía vernos. Aquella noche dormí allí.
El lunes siguiente Dani estaba arreglando una de las máquinas de bebidas. Lo vi mientras salía del gimnasio con la camiseta pegada a la espalda y una toalla alrededor del cuello.
Pasé de largo. Después me detuve.
—¿Ahora también hemos roto el café?
Dani estaba agachado delante de la máquina .
—No. Esta vez la máquina ha decidido estropearse sola y salvaros de ese café tan malo.
—Yo no tomo café de ahí.
—Entonces ya tienes más gusto que la mitad del edificio.
Se incorporó y tenía una pequeña mancha negra en la muñeca.
—¿Qué tomas?
—Agua.
—Qué vida tan triste.
—A veces Coca-Cola.
—Retiro lo de deportista profesional.
—Nunca he dicho que sea profesional.
Dani apoyó una mano sobre la máquina.
—Pues aquí todo el mundo anda como si fuera a jugar la final de Wimbledon después de comer.
—Algunos la jugarán.
—¿Y tú?
La pregunta salió sin ninguna ironía.
Me apoyé en la pared.
—No lo sé.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Si hubieras dicho que sí, habría pensado que eras insoportable. Si dices que no, puedes fingir modestia.
—Has hecho una pregunta demasiado compleja.
—Trabajo arreglando máquinas. Tengo mucho tiempo para pensar.
Un hombre con uniforme de limpieza pasó junto a nosotros y saludó a Dani.
Él respondió sin dejar de hablar .
—¿Y cuánto llevas aquí?
—Unos meses.
—Pensaba que llevabas más.
—¿Por qué?
—Porque siempre te veo.
—Eso empieza a sonar un poco inquietante.
—Trabajo aquí. Es bastante difícil no veros. Además, tú eres el que siempre va mirando el móvil mientras anda y casi se come aquella puerta automática el mes pasado.
Me quedé mirándolo.
—Eso no pasó.
—Pasó.
—La puerta tardó en abrirse.
—Claro.
—Estaba defectuosa.
—La arreglé yo esa tarde. Funcionaba perfectamente.
Empecé a reírme. Dani también.
Un grupo de jugadores pasó por detrás de nosotros. Uno saludó. Yo respondí sin moverme de la pared.
Dani volvió a agacharse junto a la máquina.
—Bueno, tengo que fingir que trabajo antes de que algún encargado aparezca por aquí.
—Buena suerte con el café.
—Gracias, Álex.
Me alejé. A mitad del pasillo me di cuenta de que se acordaba de mi nombre.
Al día siguiente no lo vi. Tampoco el miércoles. El jueves estaba cruzando el edificio después del entrenamiento cuando distinguí la sudadera negra de mantenimiento al otro lado del vestíbulo .
Dani llevaba una escalera pequeña al hombro y hablaba con otro trabajador.
Seguí caminando. Cuando llegué a la puerta que daba a la residencia, miré hacia atrás. Seguía allí. Esta vez no había nada roto que necesitara preguntarle.
Aun así, durante un instante pensé en volver.