CAPÍTULO 27El rumor
El rumor
El rumor empezó con Hugo riéndose.
Estábamos en el vestuario después del entrenamiento cuando Nico apareció por la puerta buscando una sudadera que había dejado la tarde anterior. Llevaba cinco minutos revolviendo bancos y bolsas mientras juraba que alguien se la había robado, hasta que Sergio señaló una percha detrás de él.
—Llevas mirándola desde que has entrado —dijo.
Nico cogió la sudadera.
—Estaba comprobando cuánto tardabais en ayudarme.
—Claro —respondió Sergio—. Era un experimento.
Nico se la puso y, antes de salir, se acercó a mi banco.
—¿Hoy tampoco vas a venir a cenar?
—No sabía que hubiera cena.
—Porque no lees el grupo.
—Tengo silenciado el grupo.
—Eso explica muchas cosas.
Hugo levantó la cabeza desde el otro lado.
—Déjalo, Nico. Ya sabes que Vargas solo te hace caso cuando Gabriel le da permiso.
Le lancé una toalla.
—Eres imbécil.
Hugo la atrapó.
—Yo no he dicho nada. Aquí el que lleva un mes intentando ligar contigo es él.
Nico se apoyó contra una taquilla .
—Un mes no. Tres semanas. No exageremos, que luego parezco desesperado.
Los demás se rieron.
Yo también.
—Gracias por aclararlo.
—De nada. Cuido mucho mi reputación.
Nico salió y uno de los chicos del otro grupo esperó apenas unos segundos.
—Entonces ¿vosotros dos tenéis algo o qué?
—No.
—Pues él está haciendo méritos.
Hugo intervino antes que yo.
—Vargas se hace el difícil porque funciona. Mira el interés que despierta.
—Tú cállate.
La conversación cambió a los pocos minutos. Al menos dentro del vestuario.
Por la tarde descubrí que fuera había durado más. Estaba llenando la botella junto a las máquinas de bebidas cuando un chico de fisioterapia al que conocía de vista pasó a mi lado.
—¿Dónde has dejado a tu novio?
Tardé un instante.
—¿A quién?
—A Nico.
Se echó a reír antes de seguir caminando.
—Era broma, tío.
—Ya.
Seguí llenando la botella .
Cuando me giré, Gabriel estaba al otro lado del pasillo hablando con Javier. No sabía cuánto había oído. Me miró una vez. Después continuó hablando.
La sesión de aquella tarde fue normal . Tan normal que durante media hora pensé que no había escuchado nada. Trabajamos desplazamiento lateral y transición, Gabriel corrigió dos veces mi posición y me hizo repetir una serie porque había empezado a atacar antes de tiempo.
Al final me llamó junto a la cesta.
—Mañana empezamos a las nueve en la pista tres. Javier se incorpora al segundo bloque porque quiere comparar el trabajo de devolución con el de la semana pasada.
—Vale.
Recogí la botella.
Gabriel no se movió.
—¿Qué ha pasado con Nico?
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—He oído el comentario del pasillo.
—Nada. Hugo ha empezado a hacer bromas en el vestuario y ahora parece que media residencia cree que Nico y yo nos estamos liando.
Gabriel miró hacia las pistas de al lado.
—¿Media residencia?
—Es una forma de hablar.
—¿Quién lo ha comentado?
Solté una risa.
—¿Quieres nombres?
—Quiero saber hasta dónde ha llegado el rumor.
—Gabriel, creen que estoy liado con Nico. No contigo.
—Ya sé lo que creen .
—Pues estupendo. Por una vez un rumor nos viene bien.
No sonrió.
—No.
—¿No qué?
—Que no nos viene bien.
Dejó una pelota en la cesta y bajó la voz.
—Que se equivoquen sobre la persona no cambia el hecho de que están empezando a hablar de con quién sales.
—Tengo dieciocho años. La gente habla de esas cosas. Y más cuando yo no he ocultado mi orientación.
—Aquí no eres solo un chico de dieciocho años.
—Otra vez eso.
—No estoy hablando de tu edad. Estoy hablando del centro.
Me colgué la bolsa al hombro.
—¿Y qué propones? ¿Que empiece a comportarme como un monje para que nadie tenga nada que comentar?
Gabriel tardó un momento.
—Propongo que durante unos días tengamos cuidado.
—Ya tenemos cuidado.
—Más.
La palabra quedó entre nosotros.
—¿Qué significa más?
—Que no vengas a casa esta semana.
Lo miré.
Gabriel añadió enseguida:
—Y que fuera del entrenamiento evitemos quedarnos solos aquí si no es necesario. Hasta que se olviden.
—El rumor es sobre Nico .
—Álex.
—Es verdad.
—Por eso. Hoy es Nico porque lo han visto tonteando contigo. Mañana puede ser cualquier otra cosa. No hace falta que alguien llegue directamente a la respuesta correcta. Basta con que empiecen a mirar.
Aquello sí lo entendí.
No hizo que me gustara más.
—Vale.
Cogí la bolsa.
Gabriel me observó.
—No estoy desapareciendo. Te lo estoy diciendo.
Me detuve. Había recordado la regla que le puse semanas atrás. Si necesitaba distancia, tenía que decirlo.
—Ya lo sé.
—Entonces no me contestes como si estuviera haciendo exactamente lo mismo.
—No estás haciendo lo mismo.
—Bien.
—Ahora me estás avisando antes.
Su expresión cambió apenas. Me fui.
Durante los cuatro días siguientes descubrí que «más cuidado» admitía bastantes interpretaciones.
Gabriel siguió entrenándome. Y siguió haciéndolo bien.
El martes detectó que estaba acortando demasiado el gesto del revés cuando me mandaban bolas profundas.
El miércoles cambió una serie de velocidad porque me notó cargado después del gimnasio.
El jueves discutió con Hugo durante diez minutos porque insistía en jugar cada devolución de saque como si fuera punto de partido.
Conmigo era correcto. Conmigo era profesional. Conmigo era exactamente como con los demás. El problema apareció fuera de la pista .
La primera vez que me lo crucé en la cafetería estaba solo con un café. Me acerqué porque necesitaba preguntarle si el entrenamiento del sábado seguía a las nueve y media.
Antes de que llegara a su mesa entraron dos jugadores.
Gabriel me vio.
—El horario está en la aplicación, Vargas.
Me detuve.
—Ya.
Uno de los chicos siguió hacia la barra.
Ni siquiera nos estaba mirando.
—Solo quería confirmar...
—Si cambia algo os aviso a todos.
Cogí el café y miró el móvil. Seguí caminando. El sábado seguía a las nueve y media.
Aquella noche cené con Sergio. No porque tuviera ningún plan mejor, sino porque él estaba en la habitación organizando su ropa en dos bolsas distintas y me preguntó si bajaba.
—¿Por qué tienes otra vez dos bolsas? —pregunté.
—Una es ropa para lavar y la otra ropa pendiente de secadora.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido si no quieres terminar usando calcetines húmedos.
—Nunca me ha ocurrido.
—Porque tu sistema consiste en esperar a que otra persona necesite la lavadora y te avise de que llevas tres horas ocupándola.
Bajamos. Nico estaba con Hugo y otros dos en una mesa. Nos hicieron sitio. Me senté junto a Sergio.
Nico me pasó la carta.
—Tranquilo, no voy a intentar ligar contigo hoy. Parece que nos están vigilando .
Lo dijo suficientemente alto para que Hugo se riera.
—Ya eres oficialmente la pareja del mes.
—Espero al menos una placa —dije.
—Eso se entrega en enero —respondió Hugo—. Falta votación.
Sergio dejó la carta.
—Sois agotadores.
Nico me dio un golpe suave con el hombro.
—A mí me viene bien. Nunca había tenido novio tenista.
—Disfrútalo mientras dure.
—¿Eso es una ruptura?
—Eso es que pidas ya porque tengo hambre.
Seguimos cenando. Podía bromear con Nico delante de todos. Podía hablar con naturalidad de nuestros gustos. Podía sentarse pegado a mí. Podía decir que éramos novios y conseguir que tres personas se rieran. Nadie bajaba la voz.
El viernes Gabriel me escribió antes de terminar la tarde. No para decirme que fuera a su casa. Para preguntarme si podíamos hablar al salir.
Nos encontramos en una cafetería que no era la de siempre y que quedaba bastante más lejos del centro.
Lo señalé en cuanto me senté.
—Esto sí que es discreción.
Gabriel dejó el móvil boca abajo.
—No empieces.
—No he empezado. Solo digo que hemos tardado veinte minutos en llegar a un sitio donde no conozco a nadie.
—Era la idea.
Pedí una Coca-Cola.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Lo del otro día en la cafetería fue demasiado —dijo finalmente .
No esperaba que empezara él.
—Sí.
—Había gente entrando y reaccioné mal.
—También había gente respirando. Últimamente parece suficiente.
Gabriel se quedó mirando la mesa.
—Sé que estás enfadado.
—No estoy enfadado porque tengamos que escondernos. Eso ya lo sabía cuando entré en tu casa la primera vez.
—Entonces ¿por qué?
La camarera dejó mi bebida y esperé a que se alejara.
—Porque una cosa es que nadie sepa lo nuestro y otra que tengas que comportarte como si hablar conmigo delante de alguien fuera sospechoso.
—Ahora mismo puede serlo.
—Te preguntaba una hora de entrenamiento.
—Ya lo sé.
—Entonces respóndeme una hora de entrenamiento.
Gabriel movió el vaso de agua unos centímetros.
—Hoy uno de los preparadores me ha preguntado si sabía algo de ti y de Nico.
Me reí.
—¿Ves? Todo solucionado. Tenemos una coartada.
—No tiene gracia.
—A mí un poco sí.
—A mí no, Álex.
Esta vez su tono me hizo callar.
—Si alguien empieza a revisar horarios, quién se queda después de entrenar, quién hace vídeo contigo, por qué sales del centro y apareces determinadas mañanas desde la misma zona... no necesito que sepan nada. Solo necesito que alguien considere que merece la pena preguntar.
—¿Y qué pasaría?
Gabriel tardó demasiado en responder.
—No lo sé exactamente.
Aquello fue peor que una respuesta preparada.
—Podrían apartarme de tu grupo mientras revisan la situación. Podrían abrir un procedimiento interno. Podrían considerar que he incumplido normas del centro. Y contigo tendrían que valorar si tu planificación ha estado condicionada de alguna manera.
—No lo ha estado.
—Lo sé.
—Entonces...
—No basta con que lo sepamos nosotros.
Bebí.
El hielo chocó contra el vaso.
—Así que seguimos escondiéndonos.
—Por ahora, sí.
—¿Y cuánto es por ahora?
Gabriel me miró.
—No tengo una fecha.
—Claro.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Convertir una respuesta que no te gusta en una prueba de que estoy intentando controlarte.
Apoyé el vaso.
—No estaba hablando de control .
—Llevamos una semana en la que cualquier cosa que digo termina volviendo a eso.
Me quedé callado.
Gabriel continuó:
—Y tú tampoco me lo estás poniendo siempre fácil. Nico te gusta.
La frase me pilló desprevenido.
—¿Perdona?
—No he dicho que estés enamorado de él. He dicho que te gusta que te busque, que bromee contigo, que todo el mundo lo vea. El otro día me dijiste que sabías perfectamente que estaba flirteando contigo.
—¿Y qué?
—Que a veces parece que empujas justo donde sabes que me molesta y después te enfadas porque reacciono.
Abrí la boca y la cerré. No tenía una respuesta especialmente buena.
Gabriel cogió el vaso.
—No estoy diciendo que el rumor sea culpa tuya. Ni que tengas que dejar de hablar con él. Pero no hagamos como si tú estuvieras simplemente sentado mientras todo ocurre alrededor.
Miré hacia la ventana.
—Vale.
—Ese «vale» no significa nada.
—Ahora mismo significa que no quiero discutir contigo.
Gabriel dejó pasar unos segundos.
—Yo tampoco.
Nos quedamos allí bastante más tiempo.
Hablamos del siguiente bloque de competición, de Sergio y su sistema de lavandería y de una película que Gabriel seguía insistiendo en que yo había entendido mal. Durante casi media hora volvimos a parecernos bastante a nosotros .
Cuando salimos, caminamos juntos hasta una esquina desde la que nuestros caminos se separaban.
Gabriel se detuvo.
—Puedes venir a casa.
Lo miré.
—Pensaba que esta semana no.
—Ha pasado una semana.
—Han pasado seis días.
—Vargas, no conviertas esto en una discusión sobre lo que significa una semana.
Me reí a pesar de mí mismo.
Después miré la calle.
—Hoy prefiero volver a la residencia.
Gabriel tardó un instante.
—¿Por qué?
—Porque mañana entreno a las nueve y media.
—Eso nunca te ha impedido quedarte.
—Ya.
No añadí nada. Gabriel tampoco. Nos despedimos sin tocarnos.
Caminé hacia el metro y, al llegar al paso de peatones, me giré por costumbre. Él ya se había marchado.