La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 26Tu entrenador
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CAPÍTULO 26Tu entrenador

Tu entrenador

En Valladolid llegué a cuartos.

No parecía gran cosa dicho así, pero había ganado dos partidos contra jugadores que llevaban más tiempo que yo compitiendo en absoluto y el segundo duró casi tres horas.

En cuartos perdí siete cinco y seis cuatro contra un tipo de veintitrés años que aprovechó prácticamente cada segundo saque que dejé corto.

Cuando salí de pista, Gabriel estaba esperando junto a Javier.

—Has jugado bien —dijo.

Me quité la muñequera.

—He perdido.

—Las dos cosas pueden ocurrir a la vez. De hecho, te convendría acostumbrarte a la idea.

Javier sonrió.

—Yo me voy antes de que empecéis.

Gabriel esperó a que se alejara.

—Has aguantado mucho mejor las bolas neutras, no has intentado terminar cada punto a la primera y has defendido el segundo saque bastante mejor que en Zaragoza. Te ha faltado mantenerlo cuando ibas cuatro iguales en el segundo. Eso lo veremos el martes.

—¿El lunes no?

—El lunes descansas de pista.

Lo miré.

—¿Estás enfermo?

—Probablemente. Aprovecha antes de que se me pase.

No añadió nada más. Yo tampoco necesitaba que lo hiciera .

La revisión fue el miércoles. Había pasado tanto tiempo pensando en aquel día que, cuando llegó, resultó bastante menos espectacular de lo que esperaba.

Una mesa. Cuatro técnicos. Dos carpetas. Un portátil.

Gabriel sentado al fondo, junto a Marta Robledo, la misma mujer que había llamado a mi casa cuando tenía dieciséis años.

Me hablaron de evolución física, porcentaje de primeros saques, adaptación a torneos absolutos y capacidad para competir contra jugadores mayores.

También de cosas menos agradables: todavía precipitaba algunos finales de punto, necesitaba más fuerza en piernas y mi segundo saque seguía dejándome vendido cuando estaba cansado.

Todo era cierto.

Marta pasó una página.

—Nuestra propuesta es que continúes en el programa durante el siguiente bloque. Vamos a ampliar tu calendario absoluto y reducir algunas competiciones sub-18 que ya no nos aportan demasiado.

Esperé un momento.

—¿Eso significa que sigo?

Uno de los técnicos sonrió.

—Eso significa exactamente que sigues.

Miré a Gabriel. Él tenía un bolígrafo entre los dedos y ni siquiera sonrió.

—No lo mires a él —dijo Marta—. Te lo estamos diciendo nosotros.

—Ya.

Gabriel apoyó el bolígrafo.

—Y significa que ahora tienes que demostrar que puedes mejorar mucho más. Entrar era una evaluación. Seguir también.

—Gracias por dejarme disfrutarlo ocho segundos.

—Han sido casi diez.

Marta soltó una risa .

Salí de la sala con ganas de llamar a todo el mundo.

Mis padres contestaron a la primera. Santi tardó cinco minutos en responder:

Bien. Ya puedes dejar de pensar en diciembre y empezar a preocuparte por enero.

Diego contestó después.

Me alegro mucho. En serio. Te lo has currado.

Añadió un corazón. Nada sobre Bilbao. Nada sobre cuándo podríamos vernos. Guardé el móvil antes de decidir si aquello me molestaba.

Hugo organizó una cena para el viernes porque, según él, sobrevivir a una revisión justificaba cualquier gasto que no pagara él.

Éramos seis. Sergio, Hugo, Nico, dos chicos del otro grupo y yo.

Se lo comenté a Gabriel durante el entrenamiento del jueves porque estábamos terminando el trabajo y él había preguntado qué haría al día siguiente después de fisioterapia.

—Cenamos fuera.

—¿Quiénes?

Le dije los nombres mientras recogía pelotas.

Gabriel colocó dos conos dentro de la cesta.

—El sábado tienes pista a las nueve y media. Cena lo que quieras, pero intenta no convertirlo en una noche de cuatro horas y tres copas.

—No tomo tres copas.

—Ya lo sé. Era una forma de hablar.

—Entonces puedo ir.

Gabriel levantó la vista.

—No necesitas mi permiso para cenar con tus compañeros.

—Ha sonado bastante parecido .

—Te estoy recordando que entrenas por la mañana porque soy el entrenador que prepara esa sesión. Si mañana cenas con tu abuela y llegas a las tres, te diría lo mismo.

—Mi abuela tiene más aguante que Hugo.

—Eso me lo creo.

Me pasó la última pelota. No había nada que discutir. Por eso fui.

La cena se alargó más de lo previsto, aunque no demasiado. Bebí una cerveza. A las doce y veinte Sergio anunció que se marchaba y me fui con él. Hugo protestó porque quería seguir la noche de celebración.

Nico se quedó.

Antes de salir me cogió del brazo.

—El próximo sábado quédate más. Siempre te vas cuando empieza lo divertido.

—El próximo sábado ya veremos.

—Eso significa que no.

—Significa que ya veremos.

Sonrió.

—Cada día te pareces más a tus entrenadores.

Le enseñé el dedo corazón y salí detrás de Sergio.

Gabriel estaba despierto cuando llegué a su casa. Habíamos quedado en que dormiría allí.

Abrió la puerta con pantalón de chándal y una camiseta vieja.

—Has sobrevivido.

—Por poco. He bebido una cerveza. Creo que necesitaré rehabilitación.

—Mañana evaluamos los daños.

Me besó y entré.

Mientras me quitaba las zapatillas preguntó:

—¿Se quedó todo el mundo ?

—Sergio se vino conmigo. Hugo, Nico y los otros siguieron.

Gabriel fue hacia la cocina.

—¿Nico también?

Lo seguí.

—Sí.

Abrió la nevera.

—¿Qué?

—Nada.

—Has preguntado por Nico.

Gabriel sacó una botella de agua.

—Porque sé quién es.

—También sabes quién es Hugo y no has preguntado si se quedó.

Bebió directamente de la botella antes de contestar.

—Vale. No me encanta Nico.

Sonreí.

—Eso suena bastante menos a entrenador.

—Porque ahora no estoy hablando como entrenador.

—Me parece perfecto.

—No he dicho que tengas que dejar de verlo.

—Todavía mejor.

Gabriel cerró la nevera.

—Pero tampoco me gusta que lleve semanas tirándote la caña y tú actúes como si no te dieras cuenta.

—Me doy cuenta.

La respuesta lo dejó callado un instante.

—¿Y?

—Y nada. No he hecho nada con él .

—No he dicho que lo hayas hecho.

—Entonces no tenemos ningún problema.

Gabriel apoyó la botella en la encimera.

—Supongo que no.

Lo besé antes de que pudiera convertir aquello en algo más. Esa noche no volvimos a hablar de Nico.

El sábado entrené bien. Eso habría terminado el asunto si Gabriel no hubiera esperado al final para decirme que la siguiente semana quería cambiar dos cosas del horario.

—El martes elimino el entrenamiento físico de última hora. Estás acumulando demasiada carga después de Valladolid y la revisión. Y el jueves haces solo una sesión.

—¿Por qué?

—Porque el siguiente bloque va a ser más duro y quiero que llegues con margen. Llevamos tres semanas subiendo volumen.

—Vale.

Cogí la toalla.

Gabriel miró la hoja.

—Y esta semana intentaría evitar otra salida el viernes.

Dejé de secarme la cara.

—¿Intentarías?

—El sábado quiero hacer un bloque largo de puntos y luego tienes gimnasio.

—Pero todavía no sabes a qué hora voy a salir.

—Por eso he dicho intentaría.

—Qué considerado.

Gabriel levantó los ojos de la hoja.

—¿Qué pasa ?

—Nada. Me hace gracia que ayer no necesitara tu permiso para cenar y hoy ya estés organizándome el viernes siguiente.

—Estoy organizando tu entrenamiento. Es literalmente mi trabajo.

—¿Y si quiero salir?

—Sales.

—¿Y luego?

—Luego entrenas.

—¿Y si llego cansado?

Gabriel dejó la hoja sobre el banco.

—Entonces probablemente entrenarás peor y tendremos que ajustar. Álex, no entiendo dónde quieres llegar.

Yo tampoco lo tenía del todo claro.

Hasta que preguntó:

—¿Has quedado otra vez con Nico?

Ahí sí.

—¿Eso también está en la planificación?

Gabriel se quedó quieto.

—No.

—Pues entonces no me preguntes por Nico cuando estamos hablando de entrenamientos.

—Lo he preguntado porque llevamos treinta segundos discutiendo sobre una salida que todavía ni existe.

—Y tú has supuesto que tiene que ver con él.

—Porque anoche hablamos de él.

—Anoche eras mi novio.

Gabriel apartó la vista un momento hacia las pistas.

—Baja la voz.

Eso terminó de cabrearme .

—No estoy gritando.

—Hay gente al otro lado.

—Siempre hay gente al otro lado. Ese es parte del problema.

Cogí la bolsa.

Gabriel se puso delante del banco, sin bloquearme el paso.

—No estoy intentando decidir con quién sales.

—Pues a veces lo parece bastante.

—Te acabo de decir que salgas si quieres.

—Después de recomendarme que no salga porque entreno. Y después de preguntarme si estará Nico.

—Son dos conversaciones distintas.

—Ese es justo el problema, Gabriel. Para ti siempre son dos conversaciones distintas.

Se quedó mirándome.

Continué antes de que pudiera responder.

—Si salgo hasta tarde, eres mi entrenador y me explicas el descanso. Si resulta que está Nico, eres mi novio y no te gusta. Si al día siguiente juego mal, vuelves a ser mi entrenador. Y yo tengo que saber cuál de los dos está hablando en cada momento.

—No creo que sea tan difícil distinguirlo.

Me reí.

—Claro. Porque tú eres el que cambia.

La frase le molestó. Se le notó en cómo cogió la hoja y volvió a dejarla sin hacer nada con ella.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que deje de decirte que descanses porque estamos juntos?

—Quiero que no uses ser mi entrenador para ganar una discusión que tienes como novio.

—No estoy haciendo eso .

—Todavía no.

Gabriel dio un paso atrás.

—Eso no es justo.

—Puede.

—No, Álex. No «puede». Si estás cansado te lo voy a decir. Si estás haciendo una mala semana de entrenamiento, también. Y si creo que una salida te perjudica antes de una sesión importante, te lo diré, aunque estés cenando con Nico, con Hugo o con el presidente del Gobierno.

—Perfecto.

—Pero si me preguntas si me gusta que Nico flirtee contigo, la respuesta es que no. No voy a fingir que me da igual para parecer mejor persona.

Eso me frenó. Porque era exactamente lo que le había pedido otras veces: que dijera las cosas.

—Entonces dilo así.

—Lo acabo de hacer.

—Después de meterlo todo en el mismo saco.

Gabriel pasó una mano por el borde de la carpeta.

—Estamos aprendiendo a hacer esto.

—Pues quizá deberías dejar de actuar como si tú supieras las reglas y yo tuviera que aprenderlas.

Le cambió la expresión.

—Nunca he dicho eso.

—No hace falta.

Cogí la bolsa.

—Álex.

Me giré. Y entonces salió.

—No puedes ser mi entrenador cuando te conviene y mi novio cuando te interesa .

Gabriel abrió la boca. Esta vez no tuvo una respuesta rápida.

Esperé unos segundos.

—Eso pensaba.

Me fui . No fui a su casa aquella noche. Tampoco porque quisiera castigarlo.

Sergio estaba viendo una serie cuando entré en la habitación y movió los pies para dejarme sitio al final de la cama.

—Pensaba que no cenabas aquí.

—Cambio de planes.

—Hay pizza abajo si bajas antes de que Hugo descubra que es noche de pizza.

Dejé la bolsa.

—Voy ahora.

Sergio volvió a mirar la pantalla.

—¿Todo bien?

—Sí.

La palabra salió demasiado fácil. Bajé con él.

Al día siguiente Gabriel dirigió mi entrenamiento igual que siempre. Corrigió el segundo saque, me hizo repetir tres veces una transición mal hecha y redujo diez minutos el último bloque porque estaba empezando a cargar demasiado el hombro.

No discutí ninguna de las tres cosas.

Cuando terminamos, cerró la carpeta.

—Mañana a las ocho y media.

—Lo sé.

Cogí la botella.

Esta vez sabía perfectamente que estaba hablando mi entrenador. Lo que todavía no sabía era cuánto iba a durar esa diferencia.