CAPÍTULO 25Lo que no podemos contar
Lo que no podemos contar
Mi madre había cambiado las sábanas de mi cama. No entendí por qué hasta que dejé la mochila en el suelo y vi que también había colocado una toalla limpia encima de la silla, como si llevara seis meses fuera en lugar de unas semanas.
—Sabes que sigo teniendo manos —le dije desde el pasillo.
Ella apareció desde la cocina.
—Me alegro muchísimo. Puedes utilizarlas para llevar la mochila a tu habitación sin dejarla en medio.
—Ya está en mi habitación.
—Entonces el milagro es doble.
Mi padre levantó la voz desde el salón.
—¿Ha llegado entero?
—Le faltan modales —respondió mi madre—. Lo demás parece estar.
Entré a saludarlo.
Estaba viendo un partido de fútbol con el volumen demasiado alto y tardó exactamente treinta segundos en preguntarme por Valladolid.
—¿Cuándo os vais?
—El jueves.
—¿Y después viene ya la revisión esa?
—La semana siguiente.
Bajó el volumen.
—¿Y tú qué crees?
—Que sigo dentro.
—Eso no te lo he preguntado.
Me senté en el brazo del sofá .
—Pues no sé. Estoy jugando mejor.
—Entonces bien.
—Papá, hay seis jugadores mejores que yo cualquier mañana.
—También los había cuando empezaste a ir a Madrid con dieciséis y sigues allí.
Aquello sonaba sospechosamente razonable.
—Mamá —grité—, ¿qué le has hecho?
Mi padre me empujó con una mano.
—Vete a deshacer la maleta.
No lo hice. Me quedé viendo el partido con él casi media hora.
Mi habitación seguía pareciendo preparada para que volviera al instituto el lunes.
Los libros estaban donde los había dejado, las medallas antiguas seguían acumulando polvo en una estantería y mi madre había conservado encima del escritorio una fotografía que Diego me hizo con dieciséis años, apoyado contra una pared y mirando fuera de cámara.
Cogí el marco. Seguía gustándome.
El móvil vibró dentro del bolsillo.
Gabriel: ¿Has llegado?
Contesté:
Sí. Mi madre sigue convencida de que Madrid me ha incapacitado para hacer una cama.
La respuesta apareció mientras volvía a dejar la fotografía.
Tu madre parece una mujer sensata.
No la conoces.
Ya, pero seguro que conserva una opinión excelente de mí, que soy tu entrenador.
Sonreí.
Después escribió :
Disfruta de estar en casa. Hablamos luego.
Guardé el móvil. No había preguntado cuándo regresaba. Lo sabía. Tampoco había intentado alargar la conversación.
Bajé a cenar.
Mi madre esperó hasta el postre. No lo hizo de una forma especialmente sutil.
Llevaba un rato preguntando por Sergio, por Hugo, por si comíamos bien en la residencia y por una fisioterapeuta cuyo nombre yo estaba bastante seguro de no haber mencionado nunca.
—¿Tú interrogas también a papá cuando vuelve de trabajar?
—Tu padre no se muda a otra ciudad a los dieciocho años.
Mi padre dejó la cuchara.
—Tampoco tengo nada interesante que contar.
—Eso es verdad —dije.
—Gracias.
Mi madre ignoró a los dos.
—¿Y sales algo o sigues pasando la vida entre la pista y la habitación?
—Salgo.
—¿Con gente del centro?
—Normalmente.
—Bien.
Cogió su yogur.
Pensé que habíamos terminado.
—¿Y has conocido a alguien?
Mi padre levantó la mirada, pero tuvo el buen criterio de no participar.
Yo seguí raspando la tapa del yogur con la cuchara.
—Conozco a mucha gente .
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Mamá.
—No estoy preguntando para hacerte un interrogatorio. Solo me has parecido... no sé. Contento.
Mi padre intervino:
—Ahora sí parece un interrogatorio.
—Tú cállate.
Me miró otra vez.
—Si hay algún chico, puedes decirlo. Y si no quieres decirlo, también.
Ahí estaba . La respuesta podía haber sido tan sencilla como la pregunta.
—No hay nadie.
Mi madre mantuvo la mirada un instante.
—Vale.
Cogió otro yogur de la mesa y se lo pasó a mi padre.
Él protestó porque era de fresa y quería natural. La conversación siguió. Yo terminé el mío.
Al día siguiente quedé con Clara, Mateo y Diego.
Mateo llegó diez minutos tarde y aseguró que técnicamente seguía siendo puntual porque ninguno de nosotros tenía una hora oficial.
—Eso no significa nada —dijo Clara.
—Significa que el tiempo es muy relativo aquí en Comillas.
—Significa que eres incapaz de salir de casa cuando dices.
—También.
Fuimos a tomar algo y durante casi una hora consiguieron hacer que Madrid pareciera menos importante de lo que era.
Mateo había suspendido otra vez un examen que, según él, estaba diseñado para que aprobaran solo los empollones.
Clara estaba preparando solicitudes para varias cosas que todavía cambiaban de nombre cada vez que hablábamos.
Diego llevaba en el móvil fotografías de la habitación de Bilbao, de la calle y hasta de un supermercado cercano.
—Has fotografiado un Mercadona —dije.
—Necesitaba enseñarle a mi madre que puedo comprar comida sin cruzar una autopista.
Mateo amplió la imagen.
—Buena composición. Muy valiente el uso de la sección de panadería.
Diego le quitó el móvil.
—Por eso nadie te quiere.
—Mi madre sí.
—Porque está obligada a hacerlo —dijo Clara.
Me reí. Durante unos minutos fue fácil.
Después Clara preguntó cuándo volvía a Madrid.
—Mañana después de comer.
Diego dejó el vaso sobre la mesa.
—Pensaba que te quedabas hasta el lunes.
—Entreno el lunes temprano.
—Eso ya lo sé. Pero podrías irte el mismo lunes.
—Prefiero llegar con tiempo.
No era mentira. Diego no discutió.
Volvió a mirar el móvil mientras Mateo intentaba convencer a Clara de que Bilbao era prácticamente otro país porque llovía más que en Santander.
Cuando salimos, Clara y Mateo se fueron hacia el centro. Diego y yo seguimos en dirección contraria sin decidirlo.
—¿Te molesta que vuelva mañana? —pregunté .
—No.
—Has sonado bastante molesto.
—No me molesta que vuelvas mañana. Me molesta enterarme ahora de que vuelves mañana.
—No sabía que tuviera que presentarte un calendario.
Diego me miró de lado.
—Ahí estás.
—¿Dónde?
—En Madrid.
Aquello me hizo reír, aunque él no parecía estar bromeando.
—Estoy aquí.
—Físicamente, sí.
Seguimos caminando.
Había empezado a caer una lluvia tan fina que nadie se molestaba en abrir un paraguas. Diego llevaba la capucha puesta y las manos dentro de los bolsillos.
—Últimamente cuando hablamos parece que siempre tienes algo después —dijo—. Entrenar, cenar, dormir, lo que sea. Antes también estabas ocupado, pero por lo menos discutías conmigo sobre cómo encontrar un hueco.
—No puedo inventarme tiempo.
—No te estoy pidiendo que lo inventes.
—Entonces no entiendo qué quieres.
Diego soltó una risa breve.
—Eso sigue sin cambiar.
Lo miré.
—¿Qué significa?
—Nada. Déjalo.
—Acabas de empezar tú .
Se detuvo cerca de una de las calles por las que habíamos caminado cientos de veces al salir del instituto.
—Solo digo que antes sabía cuándo estabas ocupado y ahora muchas veces parece que simplemente no estás. Es distinto.
Podía haber contestado muchas cosas. Que Madrid era más exigente. Que la revisión estaba cerca. Que Valladolid empezaba en menos de una semana.
Todas eran verdad.
—Estoy intentando acostumbrarme a todo —dije.
Diego sostuvo mi mirada unos segundos.
—Vale.
Esta vez no pregunté qué quería decir con vale.
Pasamos por delante de la calle donde años atrás nos habíamos apartado para besarnos sin que nadie nos viera. Diego ni siquiera miró hacia allí.
Yo sí.
—¿Te acuerdas de la foto que me hiciste cerca de aquí? —pregunté.
—Te he hecho como diez mil.
—La que tengo en mi habitación. Estoy apoyado en una pared.
—Ah. Sí. Salías bien porque no estabas mirando a cámara.
—Sigue en el escritorio.
Diego sonrió un poco.
—Tu madre tiene buen gusto por las fotos bonitas.
—No se lo digas. Se viene arriba.
Seguimos caminando . Al llegar a la esquina donde teníamos que separarnos, Diego se quedó quieto.
—Avísame cuando llegues mañana.
—Sí.
—Y suerte en Valladolid .
—Todavía faltan unos días.
—Ya. Pero como ahora hay que pedir cita para hablar contigo, aprovecho.
—Idiota.
Sonrió.
—Nos vemos.
Se acercó y me abrazó. No había ninguna necesidad de mirar alrededor. Había gente pasando por la acera y un coche esperando en el paso de peatones.
Le devolví el abrazo. Duró poco. Después se fue.
Cuando regresé a casa, mi madre estaba doblando ropa en el salón. Me dejó una pila encima del sofá.
—Esto es tuyo.
—¿Has lavado también lo que traía puesto?
—No me des ideas.
Me senté y empecé a separar camisetas.
El móvil vibró.
Gabriel había escrito.
He encontrado tu cargador debajo del sofá. Empiezo a pensar que estás ocupando mi casa por fases.
Mi madre levantó la vista justo cuando sonreí.
—¿Seguro que no hay nadie?
Bloqueé la pantalla.
—Seguro.
Esta vez no apartó la mirada enseguida.
—Vale.
Siguió doblando.
Cogí una camiseta .
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto una cara rara.
Mi madre sonrió.
—Eso lo dices tú siempre.
Seguí doblando ropa . Un rato después dejó una camiseta encima de mi pila y fue hacia la cocina.
Miré el móvil.
Escribí a Gabriel:
El cargador ya es tuyo.
Él respondió:
No quiero tus cosas. Ya tengo demasiadas.
Miré la maleta abierta junto al sofá. Mi madre había colocado dentro la toalla limpia que había preparado para mí el día anterior.
La saqué.
—Mamá.
—¿Qué?
—La toalla se queda aquí. En Madrid tengo.
—Pues déjala encima de la lavadora.
Fui hasta el baño y la dejé donde me había dicho.
A la mañana siguiente estaría otra vez doblada en algún armario. Algunas cosas podían quedarse en casa sin que nadie tuviera que preguntar qué significaban.