CAPÍTULO 24Nosotros
Nosotros
La primera vez que me desperté en casa de Gabriel pensé que llegaba tarde. Tardé unos segundos en recordar que era domingo.
La persiana dejaba pasar una franja de luz sobre la pared y, al otro lado de la cama, Gabriel seguía dormido con una tranquilidad que no le había visto nunca.
En el centro siempre parecía saber qué hora era, qué ejercicio venía después y quién estaba haciendo algo mal, aunque tuviera la espalda girada.
Dormido tenía el pelo aplastado por un lado . Me hizo bastante gracia.
—Como te rías, te vas —dijo sin abrir los ojos.
—Pensaba que dormías.
—Dormía hasta que has empezado a hacer ruido.
—No he hecho ningún ruido.
Gabriel abrió un ojo.
—Tienes una forma muy ruidosa de no hacer nada.
Me tumbé otra vez.
—Son las ocho y media.
—Es domingo.
—Ya lo sé.
—Pues deja de comportarte como si alguien fuera a descontarte puntos por seguir en la cama.
Cerró los ojos otra vez.
Aguanté cinco minutos.
—¿Siempre duermes tanto?
—Vargas.
—Solo estoy preguntando .
—Son las ocho y media de un domingo. Si sigues hablando, voy a empezar a considerarlo entrenamiento y te cobraré la sesión.
Me reí y Gabriel tiró de la sábana hasta taparse la cabeza.
Desayunamos casi una hora después. Su cocina era bastante menos impresionante que su capacidad para hablar de nutrición. Tenía café, yogures, huevos, dos plátanos demasiado maduros y tres tipos diferentes de pasta.
Abrí un armario.
—Esto me confirma muchas cosas.
Gabriel estaba preparando café.
—Si buscas una razón para marcharte, la puerta sigue donde estaba.
—Tienes seis paquetes de espaguetis.
—Estaban de oferta.
—Eso es exactamente lo que diría una persona con un problema de organización semanal.
—También tengo arroz.
Lo encontré en el estante de arriba.
—Caducó hace cuatro meses.
Gabriel se volvió.
—No hace falta que inspecciones mi cocina como si estuvieras buscando sustancias prohibidas.
—Voy a informar al nutricionista del centro.
—Hazlo. Les encantará descubrir que uno de sus entrenadores ha sobrevivido a un paquete de arroz caducado.
Me senté con el café. Estaba demasiado fuerte.
No dije nada hasta que Gabriel probó el suyo.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto una expresión rara .
—No he puesto ninguna cara.
—Llevo meses entrenándote. Sé cuándo has puesto una cara rara.
Deslicé la taza hacia él.
—Tu café es horrible.
Gabriel bebió otro poco.
—Está perfecto.
—Eso explica por qué necesitas controlar tantas cosas en pista. En algún sitio de tu vida tienes que acertar.
Me lanzó una servilleta.
Durante las dos semanas siguientes aprendí que Gabriel se dormía casi siempre antes de terminar una película, que acumulaba vasos de agua en la mesilla hasta que ya no cabía otro y que tenía una alarma los domingos a las diez para acordarse de llamar a su madre.
También descubrí que no cocinaba solamente pasta. Hacía arroz y pollo. La variedad era impresionante.
Yo empecé a dejar alguna cosa allí sin decidir exactamente que la estaba dejando. Primero una camiseta. Después un cargador. Una noche olvidé una sudadera encima de una silla y, cuando volví dos días más tarde, estaba doblada sobre el respaldo.
—Has lavado esto.
Gabriel miró la sudadera.
—Estaba en mi cesta de ropa.
—La dejé en una silla.
—Y terminó en la cesta.
—Eso suena a que la moviste tú.
—No recuerdo haber firmado ningún acuerdo sobre la limpieza de tu ropa.
Me la puse.
Olía al detergente que utilizaba él.
—Me queda mejor ahora .
—Es exactamente la misma sudadera.
—No entiendes de moda.
—Vivo perfectamente con esa carencia.
Había tardes en las que iba después de entrenar y regresaba a la residencia antes de dormir. Otras terminaba quedándome.
Nunca entrábamos juntos al centro por la mañana . Gabriel salía primero o yo me adelantaba hasta el metro, según el horario. Al principio aquello me pareció absurdo. Después aprendí a hacerlo sin hablarlo.
Una mañana lo vi entrar por la puerta principal diez minutos después que yo y ni siquiera me miró.
Hugo estaba a mi lado. No ocurrió nada. Eso también empezó a resultar normal.
La lista del siguiente bloque de competición apareció un martes. Mi nombre estaba entre los seis que viajarían a Valladolid para un cuadro absoluto. Hugo también iba.
Debajo había una nota sobre la revisión de diciembre. Tres semanas. Me quedé mirando el papel un poco más de lo necesario.
—Si consigues atravesarlo con los ojos, igual te adelantan la revisión —dijo Hugo.
—Estoy comprobando las fechas.
—Llevas dos minutos comprobándolas.
—Tú llevas dos minutos mirándome.
—Porque eres más entretenido que el horario.
Le di un golpe con el hombro y saqué el móvil para hacer una foto. La envié a mis padres. Después a Santi.
Contestó antes que mi padre.
Buen bloque. Ahora intenta que te vuelvan a poner en el siguiente.
Sonreí.
Podías felicitarme primero .
Tardó poco.
Eso era la felicitación. Madrid te está ablandando.
Guardé el teléfono.
Cuando entramos en pista, Gabriel ya había preparado el trabajo. No mencionó la lista.
Durante casi una hora entrenamos devoluciones de saque y búsqueda del punto. Al final añadió una serie de puntos libres contra Hugo.
Gané seis de diez . Gabriel anotó algo.
—Mañana quiero que repitas el mismo bloque con Javier.
—¿Por qué con Javier?
Levantó la vista.
—Porque yo trabajo con el otro grupo a esa hora.
La respuesta era completamente normal. Me molestó durante aproximadamente medio segundo. Después cogí otra pelota. Eso también era nuevo.
La primera discusión llegó tres días más tarde. Había dormido en su casa. Habíamos llegado al centro por separado.
A las nueve y media llevaba cuarenta minutos entrenando mal. No desastroso. Mal de una forma bastante más irritante: tarde a las bolas sencillas, demasiado rápido a las difíciles y continuamente medio paso fuera del sitio.
Gabriel paró una serie.
—Vargas, otra vez estás preparando la derecha antes de terminar la recuperación. Llegas bien y te colocas mal tú solo.
—Estoy llegando.
—Llegar no sirve si después golpeas desde donde no toca. Haz dos más sin intentar terminar el punto en el primer hueco que veas.
Volví al fondo.
La siguiente entró profunda. Recuperé, esperé y Hugo dejó una bola corta. Ataqué. Fuera .
Gabriel dejó caer los brazos.
—Eso es exactamente lo que te acabo de decir.
—La bola estaba para atacar.
—La bola estaba para devolver. Tú has intentado terminar porque llevabas tres golpes esperando hacerlo.
Cogí otra pelota.
—Vale.
—No me digas «vale» como si el problema fuera que estoy siendo pesado.
Lo miré.
—Igual estás siendo pesado.
Hugo dejó de moverse al otro lado.
Gabriel permaneció junto a la cesta.
—Cinco minutos.
Solté una risa.
—Qué sorpresa.
—Álex.
Hugo levantó las cejas.
Gabriel corrigió inmediatamente:
—Vargas. Al banco.
Fui. El resto de la sesión continuó sin problemas, pero al terminar esperé mientras Hugo salía con los demás.
Gabriel empezó a recoger.
—Antes has utilizado mi nombre.
—Sí.
—Delante de Hugo.
—Y me he corregido.
—Ya .
Metió tres pelotas en la cesta.
—¿Qué pasa de verdad?
—Quiero saber si estabas cabreado conmigo.
Gabriel se quedó mirándome.
—Estabas entrenando mal.
—¿Y?
—Estaba cabreado porque te estaba diciendo lo mismo por cuarta vez y seguías haciéndolo. Exactamente igual que me cabreaba hace dos meses.
Me apoyé en la red.
—Anoche estabas perfectamente.
Gabriel tardó un momento.
—Y esta mañana también, hasta que empezaste a jugar como si cada pelota tuviera que demostrar algo.
La respuesta me hizo bajar la vista hacia la pista.
—Entonces era tenis.
—Sí.
—Vale.
Gabriel dejó la cesta en el suelo.
—Pero si cada vez que te corrija vas a preguntarte si viene de otra cosa, tenemos un problema.
—No he dicho eso.
—Esta es la primera vez que lo insinúas.
—Pues entonces tenemos una primera vez.
Me miró unos segundos y acabó sonriendo.
—Eres desesperante.
—Eso ya lo sabías antes de acostarte conmigo.
La sonrisa desapareció tan rápido que tuve que reírme .
—Álex, estamos en una pista.
—No hay nadie.
—Esa no es la regla.
Cogí mi bolsa.
—Pues deja de sonreírme.
—Vete.
—Eso sí ha sonado a entrenador.
—Porque lo soy.
Me marché todavía sonriendo.
Aquella noche Diego me llamó cuando estaba en casa de Gabriel. Vi su nombre en la pantalla mientras Gabriel intentaba decidir qué pedir para cenar porque yo me había negado a comer pasta otra vez.
—Cógeselo —dijo.
—Ya le llamo luego.
Gabriel dejó el móvil sobre la mesa.
—Llevas mirando la pantalla desde que ha empezado a sonar.
Acepté la llamada y fui hacia la cocina.
—¿Qué pasa?
—Bonita forma de contestar —dijo Diego—. Pensaba que igual te habían secuestrado porque últimamente por las noches desapareces bastante.
Miré hacia el salón. Gabriel seguía revisando restaurantes.
—Estoy teniendo semanas largas.
—Ya. Eso me lo imaginaba.
Diego me contó que había pagado la reserva de la habitación de Bilbao y que Clara quería ir con él el primer fin de semana para ayudarlo a instalarse.
—¿Y tú sabes ya si podrás venir alguna vez? —preguntó.
Abrí el frigorífico sin necesitar nada .
—Todavía no. Hasta la revisión de diciembre y el siguiente calendario no voy a saber mucho.
Hubo una pausa corta.
—Antes mirábamos trenes, aunque tampoco lo supieras.
Cerré la puerta.
—Podemos mirarlos.
—No hace falta ahora. Solo te lo decía.
Seguimos hablando unos minutos más. Cuando colgué, Gabriel había elegido un sitio de comida tailandesa.
No preguntó quién era. Yo tampoco se lo conté.
Una semana después encontré un cepillo de dientes nuevo junto al suyo . Lo saqué del vaso.
—¿Esto qué es?
Gabriel estaba en el dormitorio cambiándose la camiseta.
—Un cepillo de dientes.
—Gracias. Pensaba que era material de entrenamiento.
—El que traías en la mochila parecía que era el de limpiar juntas de baldosas. Estaba muy viejo.
Lo dejé otra vez en el vaso.
—Podías haberme dicho que comprara uno.
Gabriel apareció en la puerta.
—También podía comprarlo yo. Costaba dos euros.
Miré los dos cepillos.
—¿Y dónde está la norma sobre esto?
—Todavía no la he redactado.
—Te estas ablandando mucho.
Gabriel pasó por mi lado camino de la cocina .
—Pide la cena antes de que acabemos comiendo pasta y discutiendo por un cepillo de dientes.
Fui detrás de él . Mi cargador seguía enchufado junto al sofá. La sudadera estaba otra vez sobre una silla y en el baño había un cepillo que ya no tendría que meter en la mochila cuando me marchara.
Saqué el móvil para pedir la comida. Esta vez dejé el cepillo donde estaba.