La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 23Como si nada
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CAPÍTULO 23Como si nada

Como si nada

El lunes Gabriel llegó a pista a las ocho y cuarto. Yo llevaba allí desde las ocho.

No porque quisiera verlo llegar. Teníamos entrenamiento a las ocho y cuarto y había aprendido hacía tiempo que presentarme justo a la hora era una buena manera de empezar la mañana escuchando algún comentario sobre profesionalidad.

Aun así, cuando lo vi entrar con una carpeta debajo del brazo y una cesta de pelotas junto a Javier, dejé de botar la pelota que tenía en la mano.

Gabriel habló primero con Hugo. Después conmigo.

—Vargas, empiezas devolviendo desde ventaja. Hugo saca. Quiero primer golpe profundo y, si quedas mal colocado, no cambies dirección hasta recuperar.

Eso fue todo.

—Vale.

Me fui al fondo.

Hugo me lanzó una pelota antes de colocarse para sacar.

—Tienes cara de haber dormido fatal.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Entonces gracias dos veces.

Gabriel levantó la vista de la libreta.

—Cuando acabéis de comentar vuestro descanso, podemos empezar.

Hugo sonrió. Yo me coloqué.

Durante los primeros veinte minutos Gabriel me corrigió cuatro veces.

Una porque estaba devolviendo demasiado lejos de la línea.

Otra porque volví a precipitar el golpe.

Las otras dos fueron sobre el apoyo exterior después del primer golpe .

Exactamente lo mismo que habría hecho cualquier lunes. Eso era lo peor.

En un ejercicio de puntos rápidos me puse cuatro a uno contra Hugo.

Gabriel detuvo la serie.

—Vargas, el último punto no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque has cambiado antes del tercer golpe.

—Pero lo he ganado.

Gabriel me miró como si acabara de escuchar una frase que llevaba meses esperando que dejara de decir.

—Entonces podemos borrar todo lo que llevamos trabajando desde que llegaste y limitar las sesiones a comprobar el marcador.

Hugo se apoyó en la raqueta.

—Yo voto a favor.

—Tú estás perdiendo cuatro a uno —dijo Gabriel—. Tu voto tiene poco peso.

Hugo levantó las manos.

Volvimos a colocarnos. Jugué el siguiente punto esperando el tercer golpe antes de cambiar y terminé perdiéndolo.

Gabriel no dijo nada.

En el siguiente hice lo mismo y gané.

—Mejor —dijo.

Nada más . No hubo una mirada distinta. Ni una pausa. Ni un tono que solo pudiera entender yo. Cuando terminó la sesión, repartió el trabajo del día siguiente, recordó a Hugo que tenía fisio y me dijo que por la tarde haríamos treinta minutos de vídeo.

—A las cuatro.

—Ya lo he visto.

—Perfecto .

Se volvió hacia Javier. Yo me quedé allí unos segundos con la raqueta en la mano.

Sergio pasó por detrás.

—¿Vienes?

—Sí.

Lo seguí hacia los vestuarios.

El vídeo de las cuatro fue todavía peor. La puerta permaneció abierta. Gabriel se sentó al otro lado de la mesa y durante treinta y cinco minutos hablamos de tenis. Solo de tenis.

Me enseñó seis puntos del partido contra Salcedo y tres del torneo anterior. Había preparado una comparación bastante útil sobre cuándo empezaba a buscar el golpe ganador después de una devolución corta.

Yo entendí lo que quería enseñarme. Eso también me molestó.

—Aquí —dijo, deteniendo la imagen—. Mira tus pies antes de que él golpee.

—Estoy entrando.

—Exacto. Has decidido que va a devolver corto porque las dos anteriores han sido cortas. Luego te juega profundo y ya llegas tarde.

Adelantó unos segundos.

—Aquí haces lo contrario. Esperas medio paso más, lees la profundidad y entonces entras.

—Sí.

—Es lo que quiero que empieces a repetir.

Cerró el vídeo.

—Mañana lo trabajamos en pista.

Se levantó. Lo miré. Gabriel volvió a abrir la carpeta.

—¿Algo más?

—¿En serio?

Se quedó quieto .

—¿Qué?

—Nada.

Cogí mi botella.

—Nos vemos mañana.

Salí.

Llegué hasta el final del pasillo antes de darme cuenta de que acababa de hacer exactamente lo que llevaba años criticándole a Diego: esperar que alguien adivinara lo que quería decir después de asegurar que no pasaba nada.

No volví.

El martes fue igual. El miércoles también. Gabriel era correcto, exigente y bastante bueno haciendo como si el sábado por la noche yo no hubiera estado en su cama.

Yo descubrí que era mucho peor en eso.

Diego me mandó un audio el miércoles por la tarde explicándome que había encontrado una habitación en Bilbao que no parecía un escenario de asesinato. Lo escuché mientras salía del gimnasio.

Le respondí andando hacia la residencia.

—Mándame fotos antes de pagar nada, porque tu gusto inmobiliario está al nivel de tu criterio para las películas.

Diego contestó casi inmediatamente:

—Habla el tío que vive en una residencia con otro hombre que clasifica los calcetines.

Miré hacia la puerta del edificio de técnicos. Seguí caminando. Aquella noche hablé con Diego unos veinte minutos. No mencioné el sábado. Él tampoco preguntó nada que me obligara a hacerlo.

El jueves perdí la paciencia. No ocurrió por algo importante. Precisamente por eso.

Estábamos trabajando saque y primera bola. Fallé dos devoluciones seguidas porque intenté adelantarme demasiado y Gabriel se acercó hasta la línea lateral .

—Vargas, si te metes otro medio metro sin haber leído el saque, vas a terminar devolviendo desde la zona de saque.

—Ya lo sé.

—Entonces haz algo novedoso y corrígelo.

—También podrías decirlo sin hablarme como si tuviera doce años.

Hugo dejó de botar la pelota.

Gabriel me miró.

—Cinco minutos.

—No necesito descansar.

—Yo sí necesito que dejes de entrenar enfadado durante cinco minutos.

Señaló hacia el banco. Fui.

Gabriel continuó con Hugo. Bebí agua mientras intentaba encontrar una razón deportiva para estar cabreado. No la encontré.

Cuando acabamos, esperé a que los demás salieran.

Gabriel empezó a guardar pelotas.

—¿Qué pasa?

—¿Vas a seguir haciendo esto?

No dejó de recoger.

—Necesito algo más concreto.

—El sábado me acompañaste hasta la puerta después de decirme que no sabías qué íbamos a hacer el lunes. Ha llegado el jueves y llevas cuatro días actuando como si hubiéramos tomado un café.

Gabriel dejó una pelota en la cesta.

—En pista tengo que actuar como tu entrenador.

—No estoy hablando de la pista.

—Llevamos cuatro días viéndonos casi exclusivamente aquí.

—Porque tú lo has decidido .

Gabriel apoyó la raqueta contra la cesta.

—Pensaba que necesitábamos unos días.

—Podías haberme preguntado.

—Sí.

Esperé.

—¿Y?

—Y seguramente debería haberlo hecho.

Aquello me quitó parte del enfado y me molestó todavía más.

—Eres agotador.

—Tú tampoco haces esto especialmente fácil.

—Ni siquiera sé qué es «esto».

Gabriel miró hacia la puerta abierta de la pista.

—Yo tampoco.

—Pues al menos ya estamos de acuerdo en algo.

Cogí mi bolsa.

—Me voy a duchar.

—Álex.

Me giré.

Por primera vez desde el sábado utilizó mi nombre estando dentro del centro.

—¿Qué haces esta noche?

A las ocho y media estaba otra vez delante de su portal. Esta vez no hablamos de si era una mala idea.

Gabriel abrió y me dejó pasar.

—Has tardado menos.

—No había película.

—Eso explica muchas cosas .

Dejé la chaqueta en la misma silla que la otra vez. Gabriel había preparado pasta.

Miré el plato.

—¿Esto es lo que tu ex consideraba que no contaba como cocinar?

—Puedes irte.

—Acabo de llegar.

—Todavía estás a tiempo.

Probé la salsa.

—Está bastante bien.

—Qué entusiasmo.

—No quiero que te vengas arriba.

Cenamos en la mesa pequeña del salón.

Durante casi media hora hablamos de cualquier cosa menos de nosotros: del próximo bloque de competiciones, de un compañero que había roto dos cuerdas de la raqueta en una misma sesión, de una profesora que Gabriel había tenido cuando estudiaba y que seguía enviándole felicitaciones de Navidad quince años después.

Después recogimos. Yo estaba dejando un vaso junto al fregadero cuando Gabriel se quedó detrás de mí. No demasiado cerca.

Lo suficiente.

—Esto es exactamente lo que no deberíamos convertir en costumbre —dijo.

Me giré.

—Has cocinado pasta. Tampoco te emociones.

Gabriel sonrió.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Esta vez no esperé tres semanas. Lo besé . No hablamos después de si había sido un error. Eso ya era un cambio .

Nos quedamos un rato en el sofá, con una película puesta que ninguno estaba mirando demasiado. Gabriel tenía un brazo sobre el respaldo y yo estaba apoyado contra él de una forma que habría resultado absurda intentar explicar como cualquier otra cosa.

—Hay algo que sí tenemos que hacer bien —dijo.

—Sabía que acabaría apareciendo una norma.

—No es una norma.

Lo miré.

—Tienes cara de que vas a poner una norma.

—En el centro no puede cambiar nada.

—Ya lo he comprobado, eres capaz de hacerlo.

—Álex.

—Vale.

Gabriel bajó el volumen de la televisión.

—No quiero mensajes personales mientras estemos trabajando. Ni que vengas a buscarme después de una sesión porque hemos discutido por otra cosa. Y si algún día tienes un problema conmigo fuera del centro, no quiero que eso termine convertido en un problema de entrenamiento.

—Eso último también depende de ti.

—Lo sé.

—Bien.

Gabriel esperó.

—¿Qué?

—Pensaba que ibas a discutir más.

—Puedo hacerlo si te hace ilusión.

—No especialmente.

Me acomodé otra vez.

—Yo tengo una.

—¿Una qué ?

—Una norma.

Gabriel dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Adelante.

—No puedes hacer como esta semana.

—¿Entrenarte?

—Sabes que no me refiero a eso. Si necesitas distancia, me lo dices. No desapareces y esperas que yo entienda qué estás haciendo.

Gabriel estuvo unos segundos sin contestar.

—Vale.

—¿Solo vale?

—Has pedido una norma. La he aceptado. No sé qué parte quieres discutir.

Sonreí.

—Ninguna.

—Eso es un milagro.

Volvió a subir el volumen.

Regresé a la residencia antes de medianoche. Sergio estaba despierto, sentado en la cama con el portátil encima de las piernas.

—¿Dónde estabas?

Me quité las zapatillas.

—Fuera.

—Información completísima.

—He cenado.

—Eso reduce mucho la noche.

Cerró el portátil.

—¿Mañana sigues entrando a las ocho y cuarto?

—Sí .

—Entonces pon alarma porque yo entro a las diez y no pienso despertarte.

—La tengo puesta.

Apagó su lámpara. Yo dejé el móvil cargando en la mesa y me metí en la cama.

A la mañana siguiente, Gabriel ya estaba en pista cuando llegué. Hugo sacaba pelotas de una cesta.

Gabriel levantó la vista.

—Vargas. Calienta diez minutos y después empiezas conmigo.

Dejé la bolsa en el banco.

—Vale.

Cogí la raqueta y fui hacia la línea de fondo. Esta vez no necesité que dijera nada más.