CAPÍTULO 22Cruzarla
Cruzarla
Durante casi tres semanas funcionó.
Gabriel siguió entrenándome. Javier llevó dos bloques cada semana, tal como había dicho, y resultó imposible enfadarme por ello cuando empecé a notar que algunas cosas mejoraban.
Los mensajes volvieron a ser horarios, vídeos y cambios de sesión.
Si Gabriel tenía que hablar conmigo después de entrenar, la puerta se quedaba abierta.
Yo dejé de inventarme motivos para pasar por las salas donde trabajaban los técnicos.
No era exactamente estar bien. Pero funcionaba.
Diego recibió las fechas definitivas de Bilbao y me mandó una captura donde había marcado en rojo las semanas presenciales.
Empezaba en enero. Pasamos una noche intentando averiguar cuánto costaría ir de Madrid a Bilbao si yo tenía algún fin de semana libre, hasta que terminó diciendo que probablemente nos saldría más barato encontrarnos en Portugal.
Seguíamos hablando. Tampoco hablamos de nosotros.
El primer sábado sin torneo ni entrenamiento por la tarde, Sergio se fue al centro con Hugo y otros dos jugadores. Me preguntaron si quería ir y dije que no porque llevaba toda la semana deseando no tener que escuchar a nadie hablar de tenis.
Dos horas después estaba sentado en un cine viendo una película que Gabriel me había recomendado.
Me di cuenta de la estupidez cuando ya llevaba media hora. La película era buena. Eso me molestó todavía más.
Al salir eran poco más de las nueve y la calle estaba llena de gente buscando dónde cenar. Me quedé junto a la entrada, abrí el móvil y vi la conversación de Gabriel bastante abajo, debajo de la de Diego, mi madre, el grupo del centro y varias notificaciones que no había leído.
Podía guardarlo.
Escribí :
La película era buena.
La respuesta tardó siete minutos.
Me alegra que hayas necesitado tres semanas para admitirlo.
Sonreí.
Necesitaba una segunda opinión.
¿Y quién ha sido la víctima?
He venido solo.
Esta vez tardó menos.
¿Dónde estás?
Miré el nombre del cine antes de contestar, como si pudiera haber olvidado la calle.
Se lo dije. Pasaron casi dos minutos.
Estoy bastante cerca.
Esperé.
No añadió nada.
Escribí:
Información muy valiosa.
La respuesta llegó enseguida.
Estoy intentando decidir si lo siguiente es una mala idea.
Me apoyé contra la pared.
¿Y?
Tardó más.
Hay una cafetería a cinco minutos. Te invito a tomar algo y puedes explicarme por qué estabas equivocado con la película.
Leí el mensaje dos veces. Después guardé el móvil y empecé a caminar.
Gabriel ya estaba allí cuando llegué .
Llevaba vaqueros, jersey oscuro y una chaqueta que no le había visto nunca. Había conseguido que tres semanas de distancia desaparecieran lo suficiente como para que volviera a resultarme extraño verlo vestido como una persona que no tenía una cesta de pelotas cerca.
—Has tardado —dijo.
—Cinco minutos.
—Siete.
Me senté enfrente.
—Eso es muy de entrenador.
—Y tú has llegado tarde. Eso es muy de Vargas.
Pidió café. Yo una Coca-Cola porque al día siguiente tenía entrenamiento físico por mi cuenta y sabía que, si pedía una cerveza, Gabriel encontraría alguna manera de utilizarlo contra mí.
Cuando llegó la bebida miró mi vaso.
—No iba a decir nada.
—Ya.
—En serio.
—No me lo creo.
Sonrió.
Durante un rato hablamos de la película.
Discutimos por el final, por un personaje que a Gabriel le parecía el único sensato y que a mí me había parecido insoportable, y por una escena que, según él, yo no había entendido porque estaba demasiado ocupado esperando que ocurriera algo.
—Te pasas la vida esperando que todo avance —dijo.
—Estás volviendo a analizarme.
—Estoy hablando de una película.
—Claro.
—Además, llevo casi tres semanas portándome perfectamente. Déjame disfrutarlo .
Aquello cambió algo. No mucho. Lo suficiente.
—Yo también me he portado perfectamente.
Gabriel giró la cucharilla dentro del café.
—Lo sé.
—No parece que te impresione.
—Me impresiona muchísimo que un adulto de dieciocho años haya conseguido pasar veinte días sin mandarle mensajes innecesarios a su entrenador.
—Veintiuno.
—Retiro lo dicho. Heroico.
Me reí. Gabriel también.
Fue tan normal que durante unos minutos conseguí olvidar por qué habíamos dejado de hacer cosas normales.
Cuando salimos, eran casi las diez y media. Gabriel vivía cerca. No me había dicho exactamente dónde, pero al llegar a una esquina señaló hacia una calle lateral.
—Yo voy por aquí.
La entrada del metro quedaba en dirección contraria.
—Vale.
Nos quedamos parados.
Había gente pasando junto a nosotros. Una pareja discutía delante de una terraza y alguien arrastraba una maleta por la acera con una rueda rota que golpeaba el suelo a intervalos regulares.
Gabriel metió las manos en los bolsillos.
—Ha estado bien verte.
—Me ves todos los días.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Debería haberme ido hacia el metro .
En vez de eso pregunté:
—¿Cuánto de cerca?
Gabriel me miró.
—¿Qué?
—Has dicho que vivías cerca.
No respondió inmediatamente.
—Dos calles.
—Ah.
—Álex.
—Solo he preguntado.
—Ya.
Empezó a caminar. Lo seguí . No hizo ningún comentario al darse cuenta.
A mitad de la segunda calle dijo:
—Todavía puedes ir al metro.
—Tú también puedes dejar de caminar.
Gabriel soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Esto es exactamente lo que llevamos tres semanas intentando no hacer.
—Lo sé.
—No lo parece.
—Porque sigo andando.
Llegamos a un portal . Gabriel sacó las llaves, pero no acercó ninguna a la cerradura.
—Si entramos, no quiero que dentro de diez minutos me digas que pensabas que íbamos a seguir hablando de cine.
—No pensaba decir eso.
—Estoy hablando en serio .
—Yo también.
Gabriel miró hacia la calle.
Después hacia mí.
—Todavía podemos irnos cada uno por su lado.
—Sí.
Esperó.
—¿Quieres hacerlo?
No contestó. Abrió el portal. Entré detrás.
Su apartamento estaba en un tercer piso . Cuando abrió la puerta encendió una lámpara junto al salón y dejó las llaves sobre un mueble. Alcancé a ver una estantería llena de libros, una mesa con un portátil abierto y unas zapatillas junto a una pared. Nada especialmente revelador.
Gabriel se quitó la chaqueta.
Yo seguía con la mía puesta.
—¿Quieres agua?
—No.
—Vale.
No se movió.
Me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo de una silla.
—¿Ahora qué?
—No lo sé.
—Eso sí que no me lo esperaba.
Gabriel se rio muy poco.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
—Llevas tres semanas empezándolo y parándolo.
—Tú me has invitado a tomar algo .
—Y tú has preguntado dónde vivo.
Nos miramos.
—Entonces estamos empatados.
—Ya hemos hablado de que esto no funciona así.
—No estaba hablando de eso.
Gabriel se quedó callado.
Di un paso. Esta vez no había una puerta de hotel detrás de él ni una cena esperando abajo . Gabriel no retrocedió. Me acerqué lo suficiente para poder detenerme.
Él seguía sin moverse.
—Álex.
—No me expliques otra vez todo lo que ya sé.
—No iba a hacerlo.
—Entonces dime que me vaya.
Me miró durante varios segundos.
—Deberías irte.
No me moví.
—Eso no es lo mismo.
—Ya lo sé.
Fui yo quien lo besó . Duró apenas un instante porque Gabriel se apartó lo suficiente para mirarme. Pensé que iba a abrir la puerta. En vez de eso volvió a acercarse.
El segundo beso no tuvo nada que ver con el primero.
Me agarró de la chaqueta que ya no llevaba, encontró la camiseta y terminó apoyando una mano en mi espalda. Yo le toqué la cara y noté bajo el pulgar la pequeña marca junto a la ceja que llevaba semanas intentando no mirar durante los entrenamientos.
Nos separamos.
—¿Seguro? —preguntó .
—Sí.
—No te lo estoy preguntando como entrenador.
—Ya lo sé.
Volví a besarlo. Después dejamos de hablar durante un rato.
Nada ocurrió deprisa. Quizá por eso fue más difícil fingir después que nos habíamos equivocado durante un segundo.
Hubo tiempo para parar. Más de una vez. Tiempo para mirarnos, para preguntar, para decidir seguir.
Terminamos en su habitación.
No pensé en diciembre, ni en la revisión, ni en la lista de competiciones, ni en Diego, aunque todos seguían existiendo exactamente igual que una hora antes.
Durante un rato solo existió aquello. Después volvieron las demás cosas.
Estaba sentado en un lado de la cama poniéndome la camiseta cuando Gabriel se levantó y recogió la suya del suelo.
Ninguno decía nada.
—Esto ha sido un error —dijo finalmente.
Lo miré.
—No.
Gabriel terminó de vestirse.
—Álex.
—No me llames así como si fueras a explicarme otra vez mi propia vida.
—No estoy haciendo eso.
—Pues no digas que ha sido un error.
Se quedó de pie frente a mí.
—Sabíamos que no debíamos hacerlo.
—Eso no significa que no quisiéramos .
—Nunca he dicho que no quisiera.
La frase me hizo callar.
Gabriel se pasó una mano por el pelo y caminó hasta la puerta de la habitación antes de volver.
—Ese es el problema.
—Para ti todo acaba siendo el problema.
—Porque mañana tengo que volver a entrenarte.
—Y yo tengo que volver a entrenar contigo.
—No es lo mismo.
—Ya me lo explicaste.
—Y parece que sirvió muchísimo.
Me puse las zapatillas.
—¿Te arrepientes?
Gabriel tardó.
—Me arrepiento de haber dejado que llegáramos hasta aquí.
—No es lo que te he preguntado.
—Es lo que puedo contestarte ahora.
Me levanté.
—Pues yo no.
La respuesta salió antes de comprobar si era completamente cierta.
Gabriel me miró, pero no discutió. Me acompañó hasta la puerta. Todavía tenía tiempo de volver a la residencia sin problemas.
Antes de abrir, Gabriel apoyó una mano en el marco.
—No sé qué hacemos el lunes.
—Entrenar.
—Sabes que tampoco me refiero a eso.
—Pues ya lo veremos .
—Eso no suele tranquilizarme viniendo de ti.
—A mí tampoco me tranquilizan mucho tus planes y aquí estamos.
Durante un segundo pareció que iba a sonreír. No lo hizo.
Abrió. Salí al rellano.
—Buenas noches —dije.
—Buenas noches, Vargas.
Aquello me hizo mirarlo. Gabriel seguía junto a la puerta. Entré en el ascensor y pulsé el cero.
Cuando las puertas empezaron a cerrarse, todavía estaba allí.