La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 21Evitarse
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CAPÍTULO 21Evitarse

Evitarse

Hablé con Diego cuarenta minutos aquella noche.

Le conté el partido casi entero: el cinco tres, la bola de set, el segundo saque que intenté atacar demasiado pronto y la sensación de haber perdido contra alguien al que podía ganar.

Diego escuchó sin fingir que entendía más tenis del que entendía y después pasó diez minutos explicándome que quizá mi problema consistía en dedicarme a un deporte donde perder seguía contando, aunque uno creyera haber aprendido algo.

No le dije que Gabriel había estado en mi habitación.

Tampoco tuve que mentir. Diego no preguntó quién había conseguido que bajara a cenar ni qué había ocurrido durante los veinte minutos anteriores.

Cuando colgamos me deseó suerte para el entrenamiento del día siguiente y yo le dije que me mandara las fechas definitivas de Bilbao en cuanto las tuviera.

A la mañana siguiente desayuné frente a Gabriel sin cruzar una palabra con él. Dos mesas nos separaban. Fue suficiente.

Volvimos a Madrid el domingo por la tarde.

El lunes a las ocho menos diez encontré mi nombre en una pista distinta. La planificación semanal estaba colgada en el panel junto a los vestuarios. Primer bloque con Javier, uno de los técnicos del centro. Segundo con el grupo habitual. Por la tarde, entrenamiento físico y vídeo.

Volví a leerlo.

Hugo apareció detrás de mí con una tostada a medio terminar.

—¿Qué buscas?

—Nada.

—Pues no estás buscando “nada” con mucha intensidad.

Señalé mi nombre.

—¿Tú sigues con Gabriel ?

Hugo miró el horario.

—Sí. ¿Por?

—Por nada.

—Otra vez nada. Estás teniendo una mañana muy productiva.

Me aparté del panel.

Javier ya me había entrenado otras veces. Era bueno, llevaba años en el centro y no había ninguna razón deportiva para que trabajar con él fuera un problema.

Entré en pista enfadado igualmente.

El bloque tenía sentido. Eso fue lo peor.

Javier había preparado una secuencia de saque, primera derecha y recuperación de posición, exactamente el tipo de trabajo que podía ayudarme después del partido contra Salcedo. Cambiaba la profundidad de la devolución y me obligaba a decidir si podía atacar o tenía que defender el punto.

A los veinte minutos me paró.

—Estás entrando demasiado en todas. Si la devolución te cae en los pies, no necesito que demuestres que puedes pegar una derecha desde cualquier sitio.

—Ya.

—No me digas «ya» si luego haces lo mismo.

Cogió otras tres pelotas.

—Una profunda, una corta y una aleatoria. No sabes cuál. Si atacas la profunda sin posición, empezamos la serie otra vez.

Miré hacia la pista contigua.

Gabriel trabajaba con Hugo y otros dos jugadores.

Javier botó una pelota con la raqueta.

—Vargas.

Volví hacia él.

—Estoy .

—Pues intenta que se note.

La siguiente devolución cayó profunda. Jugué al centro, recuperé y esperé la segunda.

—Mejor —dijo Javier—. Otra vez.

Seguimos . Gabriel no se acercó en toda la sesión.

Después del entrenamiento fui a buscarlo. Lo encontré en una de las salas de trabajo hablando con otro técnico. Esperé fuera hasta que terminaron y, cuando Gabriel salió con el portátil debajo del brazo, me vio inmediatamente.

—¿Qué tal con Javier?

—Bien.

—Me ha dicho que el ejercicio ha ido mejor en la segunda mitad.

—¿Por qué estoy con él?

Gabriel siguió andando.

—Porque trabaja muy bien ese tipo de situaciones.

Fui a su lado.

—También las trabajabas tú la semana pasada.

—Y las volveremos a trabajar.

—¿Cuándo?

Se detuvo.

Había gente entrando y saliendo del pasillo, así que bajó un poco la voz.

—Álex, tengo más jugadores. Los grupos cambian.

—No me tomes por idiota.

La expresión le cambió.

—No lo estoy haciendo.

—Ayer volvemos de Zaragoza y hoy de repente tengo otro entrenador en el primer bloque .

—Javier también es entrenador del programa. No te he mandado con alguien que pasaba por la puerta.

—Sabes perfectamente de qué estoy hablando.

Gabriel miró alrededor.

—Aquí no.

—Claro.

Aquello salió con más desprecio del que pretendía.

Gabriel apretó el portátil contra el costado.

—A las doce tengo media hora. Sala tres.

—Tengo entrenamiento físico.

—A las doce y media.

—Perfecto. Ya me colocas tú también la discusión en el horario.

Me fui antes de escuchar la respuesta.

Llegué a la sala tres a las doce veintinueve . Gabriel estaba dentro. La puerta permanecía abierta. Lo noté nada más entrar.

Me senté frente a la mesa.

—¿También forma parte del nuevo protocolo?

Gabriel miró hacia la puerta.

—Sí.

—Muy discreto.

—No estoy intentando ser discreto. Estoy intentando hacer bien mi trabajo.

—Pues empieza por decirme por qué has cambiado mis entrenamientos.

Gabriel juntó las manos sobre la mesa.

—Porque después de Zaragoza creo que necesitamos un poco de distancia fuera de lo estrictamente necesario.

—Eso no me aclara el por qué cambiaste el entrenamiento .

—Para que lo estrictamente necesario no dependa siempre de mí.

Me quedé mirándolo.

—O sea que sí.

—Sí, Álex.

La respuesta directa me frenó un momento.

Gabriel continuó:

—Javier puede hacer ese bloque igual de bien que yo, y quiero que trabaje contigo algunas sesiones durante estas semanas. No vas a perder entrenamiento, no cambia tu planificación y yo sigo siendo uno de los responsables de tu programa.

—Uno de los responsables.

—Sí.

—Pero tú decides que necesito distancia y automáticamente aparece otro entrenador.

Gabriel tardó un instante.

—En este caso, sí.

Me incliné hacia delante.

—¿Y yo qué decido?

—Sobre tu entrenamiento, muchas cosas se deciden entre el equipo técnico y tú.

—No estoy hablando del entrenamiento.

—Ya lo sé.

—Entonces contesta.

Gabriel miró un segundo hacia el pasillo antes de hacerlo.

—Puedes decidir que estás enfadado conmigo. Puedes decidir que no quieres escribirme, que quieres hacerlo o que lo que pasó en Zaragoza te parece importante. Lo que no puedes decidir es cómo tengo que actuar yo con eso.

—Tú sí puedes decidir por los dos .

—No.

—Acabas de cambiarme de entrenador.

—Un bloque.

—Eso es decidir.

Gabriel dejó pasar unos segundos.

—Vale. Sí. En esa parte tienes razón.

No esperaba que lo admitiera tan rápido.

—Y ahí está precisamente el problema —continuó—.

Yo puedo cambiar un bloque. Puedo proponerte para una competición.

Puedo decirte que mañana haces menos carga porque creo que estás pasado o mandar un informe sobre tu evolución antes de la revisión de diciembre.

Mi opinión pesa en cosas que son importantes para ti.

No dije nada.

—Por eso esto no funciona como si fuéramos dos personas que se han conocido en un bar.

—Yo nunca he dicho que lo seamos.

—A veces actúas como si bastara con que los dos queramos lo mismo.

Lo miré.

—¿Y queremos lo mismo?

Gabriel apartó la vista.

—No conviertas esto en otra conversación.

—Tú la has convertido.

—Estoy intentando exactamente lo contrario.

—Pues no se te da muy bien.

Se levantó y caminó hasta la ventana. La sala daba a una de las pistas interiores y se oían golpes apagados detrás del cristal.

—No estamos en igualdad de condiciones, Álex.

La frase quedó allí .

—Ya sé que tienes treinta y cuatro años.

Gabriel se giró.

—No estoy hablando solo de la edad. Estoy hablando de que mañana puedo escribir tu nombre en una lista de competición y tú no puedes escribir el mío en ninguna.

De que, si te digo que hagas veinte minutos menos, esperas que exista una razón deportiva detrás.

De que cuando te digo que estás mejorando me crees porque forma parte de mi trabajo saberlo.

Volví a mirar la puerta abierta.

—Entonces deja de ser mi entrenador.

Gabriel no respondió enseguida.

—Lo he pensado.

Aquello sí me sorprendió.

—¿Y?

—Y cambiarte ahora completamente de grupo porque hemos tenido una conversación que no debíamos y estuvimos demasiado cerca en una habitación, también tendría consecuencias para ti.

Preguntas. Una planificación nueva. Otro entrenador que tendría que empezar a conocerte.

No voy a resolver una mala decisión mía haciendo que tú pagues toda la reorganización.

—¿Mala decisión?

—Entrar en tu habitación y quedarme más de lo necesario.

—Fuiste porque no había bajado a cenar.

—Entrar tenía sentido. Quedarme después dejó de tenerlo.

Me apoyé contra el respaldo.

—Para mí sí lo tenía.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Eso tampoco ayuda.

—Siempre dices eso cuando digo algo que no quieres escuchar .

—Porque últimamente tienes una habilidad considerable para decir exactamente eso.

Casi sonreí.

No lo hice.

—¿Y si soy yo quien decide que me da igual?

Gabriel volvió a sentarse, aunque no se acercó a la mesa.

—Puedes decidir que te da igual el riesgo. Puedes decidir que me deseas, si eso es lo que estás intentando decir sin decirlo. Puedes decidir incluso que crees que merece la pena.

Se detuvo.

—Pero no puedes decidir que somos iguales aquí. Porque no lo somos.

Esta vez fui yo quien apartó la mirada.

Por el pasillo pasó alguien empujando un carro con material. Las ruedas hicieron ruido hasta perderse al otro lado de la puerta.

—Entonces siempre ganas tú.

—No hay nada que ganar.

—Tú decides cuándo escribimos. Cuándo dejamos de escribir. Cuándo entreno contigo. Cuándo tengo que mantener distancia. Y luego me dices que no hay nada que ganar.

Gabriel se quedó callado.

—Estoy intentando evitar hacerte daño.

—Pues podrías empezar por no usar mi entrenamiento para resolverlo.

Eso sí le llegó.

Miró el portátil que había dejado sobre la mesa.

—Puede que haya hecho mal eso.

No respondí.

—Javier seguirá llevando algunos bloques porque quiero que trabajes con más de un técnico y eso tiene sentido deportivo —continuó—. Pero no voy a cambiarte sesiones simplemente para no estar contigo. Si necesito distancia, tendré que encontrar otra forma.

—¿Cuál?

Gabriel sonrió sin ninguna gracia.

—Cuando la encuentre, te aviso.

Aquella tarde volvió a estar en mi pista. No durante todo el entrenamiento. Tampoco me prestó más atención que a los demás.

En una serie de devolución fallé dos veces por entrar demasiado pronto.

Gabriel esperaba al otro lado con una pelota en la mano.

—Vargas, estás adelantando el apoyo porque ya has decidido dónde quieres jugar antes de ver el saque.

—Lo sé.

Levantó una ceja.

—Qué miedo me da esa frase.

Repetí.

Esta vez esperé. Saqué profundo al centro y recuperé posición.

Gabriel lanzó la siguiente pelota sin comentar nada. Trabajamos así casi una hora. Cuando terminó la sesión, Hugo empezó a recoger mientras yo guardaba la raqueta.

Gabriel pasó junto a mí con la cesta. No se detuvo.

—Mañana ocho y cuarto. Primer bloque conmigo.

—Lo he visto en el horario.

—Bien.

Siguió caminando . Lo observé llegar hasta el almacén y desaparecer detrás de la puerta.

Aquella noche dejé el móvil cargando al otro lado de la habitación. No escribió. Yo tampoco. Esta vez no fui a buscarlo.