CAPÍTULO 20El viaje
El viaje
Tenía a Diego en Comillas, aunque cada vez resultara más difícil saber qué significaba exactamente tenerlo.
Seguíamos hablando casi todos los días, acabábamos de pasar una hora comparando residencias de Bilbao y todavía había una parte de mi vida en la que su nombre ocupaba un sitio que nadie más había ocupado.
Al mismo tiempo llevaba varias noches pendiente de si Gabriel me escribía, recordaba sus silencios mejor que algunas conversaciones y había terminado sacando el móvil de un cajón porque la posibilidad de que apareciera un mensaje suyo me importaba más de lo que quería reconocer.
Puesto así, la pregunta era bastante sencilla. Gabriel tenía treinta y cuatro años y era mi entrenador; participaba en mis entrenamientos, mis competiciones, mi evaluación y en decisiones que podían afectar a lo que llevaba años intentando conseguir.
Yo acababa de llegar a Madrid. En diciembre revisarían si seguía mereciendo aquella plaza. ¿Tenía algún sentido poner todo eso en peligro por algo que quizá nunca llegara a ocurrir?
Podíamos seguir escribiéndonos durante meses y no pasar de ahí. Podía haber interpretado demasiado un abrazo, un silencio o una conversación que duraba más de la cuenta. La respuesta sensata era que no merecía la pena correr el riesgo.
Guardé el móvil en la mochila antes de subir al autobús . Durante cuatro días podía comportarme como si de verdad pensara eso.
Viajábamos seis jugadores, dos técnicos, un preparador físico y Gabriel. Hugo se sentó conmigo porque había decidido que dormir tres horas durante el trayecto a Zaragoza formaba parte de su preparación competitiva.
A los veinte minutos ya estaba ocupando parte de mi asiento.
—Como vuelvas a apoyarte en mí te empujo al pasillo.
Abrió un ojo .
—Eso perjudicaría al equipo.
—El equipo se recuperaría.
—Gabriel no pensaría lo mismo.
Miré dos filas hacia delante. Gabriel estaba hablando con uno de los técnicos, una carpeta abierta sobre las rodillas.
Volví hacia la ventanilla.
—Duérmete.
Hugo sonrió sin abrir los ojos.
—Eso intento.
No saqué el móvil hasta la primera parada.
Tenía un mensaje de mi madre preguntando si habíamos llegado y otro de Diego con una fotografía de una habitación de Bilbao que, según él, conseguía que el convento anterior pareciera un hotel de lujo.
Ninguno de Gabriel.
Contesté a los dos. Después guardé el teléfono. Compartía habitación con Hugo.
El torneo empezaba al día siguiente y mi primer rival era Iker Salcedo, veintiún años, tres temporadas jugando cuadros absolutos y suficiente experiencia como para que Gabriel hubiera pasado parte del entrenamiento anterior insistiendo en una cosa.
—No intentes demostrarle que eres más agresivo que él. Si conviertes esto en una competición de quién pega antes, le haces un favor.
—Lo sé.
—Precisamente cuando dices «lo sé» es cuando más me preocupa que vayas a hacerlo.
Habíamos estudiado algunos puntos. Salcedo restaba bien el segundo saque, jugaba bastante plano y cambiaba dirección antes que la mayoría de los rivales con los que yo había competido aquella temporada.
Nada que pareciera imposible. Eso fue probablemente parte del problema .
Al día siguiente me puse cinco tres arriba en el primer set. Salcedo sacó al cuerpo, conseguí bloquear y entramos en el punto. Después de seis golpes dejó una pelota algo corta sobre mi derecha.
Podía haberlo movido. Intenté terminar. La mandé larga.
Perdí los cuatro juegos siguientes. En el segundo llegamos cuatro iguales y tuve cero treinta con su saque. Fallé una devolución intentando atacar demasiado y, dos puntos después, él cerró el juego.
Me rompió en el siguiente. Siete cinco, seis cuatro. Duró una hora y cuarenta y ocho minutos. No había jugado mal. Sabía perfectamente por qué había perdido.
Eso no ayudaba.
Gabriel me esperaba fuera de la pista . Me dio una botella antes de decir nada.
—Camina cinco minutos antes de sentarte. Luego recuperación con Marcos.
Empecé a andar por el pasillo lateral.
Gabriel vino conmigo.
—En el cinco tres has cambiado tres veces antes de tener posición y en el segundo set has hecho lo mismo con cero treinta.
—Ya lo sé.
—Esta vez sí.
Lo miré.
—Qué generoso.
—No necesitas que te explique el partido. Necesitas dejar de tratar dos puntos importantes como si fueran una emergencia.
Seguí andando.
—Podía ganarle.
—Sí.
Esperaba algo después.
No llegó .
—Eso es todo.
Gabriel se detuvo.
—¿Qué quieres que te diga? Era un partido que podías ganar y lo has perdido. No es lo mismo que perder uno que tenías obligación de ganar.
—Para mí se parece bastante.
—Pues hoy estás equivocado.
Señaló hacia la zona de recuperación.
—A las ocho cenamos todos. Mañana entrenas a las diez y, si sigues enfadado, puedes utilizarlo para algo útil.
Entró de nuevo hacia las pistas. Yo continué caminando.
La semana anterior había llegado a semifinales jugando mejor de lo que llevaba meses jugando. Me habían metido en aquel viaje, en un cuadro de mayor nivel, y durante unos días había sido fácil imaginar que una cosa conducía naturalmente a la siguiente.
Luego había aparecido Salcedo. Y yo volvía a estar fuera el primer día.
A las siete y media Hugo empezó a cambiarse para bajar a cenar . Yo seguía tumbado encima de la cama con la televisión encendida sin sonido.
—¿Vienes?
—Luego.
—Eso significa que no.
—Significa luego.
Hugo terminó de ponerse una sudadera.
—Gabriel ha dicho que cenamos todos a las ocho.
—Gracias. También estaba allí.
—Pues haz lo que quieras. Pero si preguntan voy a decir que estás aquí teniendo una crisis dramática.
Le lancé una almohada.
La esquivó .
—Ahora además violento.
—Vete.
—Con mucho gusto.
La puerta se cerró. Apagué la televisión.
Diego había escrito hacía unos minutos.
¿Qué tal?
Contesté:
He perdido.
La respuesta apareció enseguida.
Mierda. ¿Mal partido?
Pensé antes de escribir.
No. Eso casi me jode más.
Diego respondió que podía llamarme después de cenar si quería. Le dije que sí . Dejé el teléfono al lado de la cama.
A las ocho y diez llamaron a la puerta. Pensé que Hugo se habría olvidado la tarjeta. Abrí.
Gabriel estaba fuera.
—No has bajado.
—No tengo hambre.
—Eso no era una pregunta.
Me apoyé en el marco.
—¿Hugo te ha mandado?
—Hugo ha dicho que estabas aquí y Marcos me ha recordado que después de jugar casi dos horas quizá convendría que cenaras algo.
—Estoy bien.
Gabriel miró hacia el interior de la habitación.
—¿Puedo pasar?
Tardé demasiado en apartarme. Entró .
La habitación era demasiado pequeña para recibir a nadie sin que pareciera que estaba ocupando un espacio que no le correspondía. Gabriel se quedó junto al escritorio. Yo me senté en mi cama.
—No he venido a analizar el partido otra vez —dijo—. Ya sabes lo que has hecho.
—Qué alivio.
—He venido porque eres uno de mis jugadores, has perdido, no has bajado a cenar y mañana sigues teniendo trabajo.
—Muy romántico.
La palabra salió sola.
Gabriel me miró.
—Álex.
—Era una broma.
—Ya.
Se hizo un silencio.
Cogí la botella que tenía en la mesilla, aunque no quería beber.
—Pensaba que estaba más cerca.
Gabriel tardó unos segundos.
—Lo estás.
—Hoy no lo parecía.
—Porque estás confundiendo avanzar con dejar de perder partidos que puedes ganar. Eso no va a ocurrir. Ni ahora ni si algún día eres mucho mejor de lo que eres.
—Siempre consigues que todo suene fácil.
—No he dicho que lo sea.
Se apoyó ligeramente contra el escritorio.
—La semana pasada jugaste un torneo muy bueno. Hoy has perdido contra un jugador con tres años más de experiencia en este tipo de competiciones y has tenido opciones reales de ganarle. Si quieres convertir eso en una prueba de que no estás progresando, no voy a poder impedírtelo.
Miré el suelo entre las dos camas.
—Dejé muchas cosas para venir aquí.
Gabriel no respondió inmediatamente.
—Lo sé.
—No. Sabes que me mudé.
—También sé que llevabas años intentando llegar.
Levanté la vista.
—Entonces entenderás que no me apetezca descubrir dentro de seis meses que no era suficiente.
—Eso puede pasar.
La respuesta me hizo mirarlo.
Gabriel continuó antes de que pudiera contestar.
—Puede pasar, aunque hagas todo bien. Nadie puede prometerte otra cosa. Lo único que puedo decirte es que hoy eres mejor jugador que cuando llegaste.
Aquello era probablemente lo que necesitaba oír. El problema era que había venido a decírmelo él. Gabriel miró la hora.
—Baja a cenar.
—Ahora voy.
Se separó del escritorio y caminó hacia la puerta.
Lo vi llegar hasta ella.
—Gabriel.
Se detuvo . No tenía preparada la frase siguiente.
—¿Qué?
—Nada.
Esperó . Podría haber abierto la puerta. No lo hizo .
Me levanté.
—Por mensajes esto es más fácil.
Gabriel apartó la mano del picaporte.
—¿El qué?
—Hablar.
—Estamos hablando.
—Sabes a qué me refiero.
Miró hacia la puerta un instante y después hacia mí.
—Por mensajes puedo terminar una conversación cuando empieza a irse donde no debería.
—Aquí también puedes.
—Sí.
Seguía allí. Había menos de dos metros entre nosotros.
Di un paso, más por dejar de hablar desde el otro extremo de la habitación que por cualquier otra cosa, pero la distancia cambió de una forma que reconocí inmediatamente.
Gabriel también.
Ninguno se movió durante unos segundos.
—Entonces vete —dije.
No sonó como quería.
Gabriel me sostuvo la mirada.
—Eso estoy intentando hacer.
—No parece muy complicado.
—No lo hagas más difícil.
—Yo no estoy haciendo nada.
Gabriel dejó escapar una risa breve, sin humor.
—Esa frase empieza a ser poco creíble .
Me quedé callado. Podía verle otra vez la pequeña marca junto a la ceja izquierda . No había pensado en ella desde aquel entrenamiento.
Gabriel bajó la mirada un segundo, hacia algún punto entre mi cara y mi camiseta, y volvió a mirarme a los ojos.
Después abrió la puerta.
—Baja a cenar, Álex.
Esta vez utilizó mi nombre.
—Vale.
Salió . La puerta se cerró sin hacer apenas ruido.
Me quedé quieto unos segundos y después cogí la sudadera de encima de la silla. El móvil seguía sobre la cama.
Diego había enviado otro mensaje.
Te llamo luego entonces.
Contesté:
Sí. Después de cenar.
Guardé el teléfono en el bolsillo.
Cuando llegué al comedor, Hugo estaba terminando el primer plato y me señaló la silla libre a su lado . Gabriel estaba al fondo, sentado con los técnicos. No levantó la vista cuando entré.
Cogí una bandeja, me serví más comida de la que me apetecía y me senté junto a Hugo.
—Mira quién ha sobrevivido —dijo.
—Cállate y pásame el agua.
Hugo me acercó la botella. Empecé a cenar.