CAPÍTULO 19Los mensajes
Los mensajes
El lunes Gabriel me hizo ver nueve veces el mismo punto.
A la cuarta ya sabía qué iba a preguntarme. A la sexta empecé a responder antes de que parara el vídeo. A la novena se echó hacia atrás en la silla y dejó el mando sobre la mesa.
—Si vuelves a decirme que devolviste en paralelo porque «lo viste claro», voy a asumir que llevamos una hora perdiendo el tiempo.
—Lo vi claro.
Gabriel me miró.
—Perfecto. Hemos terminado.
Se levantó.
—Era broma.
—Entonces no es una buena broma.
Volví a mirar la pantalla. En la imagen estaba desplazado hacia mi derecha, con el rival todavía recuperando posición y media pista abierta al otro lado.
—Tenía espacio.
—Tenías espacio para jugar una pelota, no necesariamente para terminar el punto. Son cosas distintas y sigues confundiéndolas cuando vas por delante.
—Gané ese punto.
—Y también ganaste el partido. Si esa es toda la profundidad de análisis que necesitas, podemos ahorrarnos los vídeos.
Sonreí.
—Dos horas mirando tenis contigo. Qué vida.
Gabriel adelantó la grabación.
—Tienes dieciocho años. Todavía estás a tiempo de desarrollar alguna afición .
—Tú dijiste que tenías varias.
—Las tengo.
—Nunca me has contado ninguna.
Paró el vídeo.
—¿Quieres que te diga mis aficiones?
—Con una recomendación de película me conformo. Así, cuando vuelvas a tenerme aquí dos horas, puedo comparar.
Gabriel negó con la cabeza.
—Mañana te paso una. Ahora mira el pie derecho.
Seguimos trabajando . Cuando terminamos, me confirmó que entraba en el grupo que viajaría a la siguiente competición fuera de Madrid. Éramos seis jugadores del centro. Hugo también iba.
—¿Por el resultado del fin de semana? —pregunté.
—En parte. Estabas ya en la lista provisional, pero competir así ayuda.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
—No lo estropees.
Guardó el portátil.
—La revisión de diciembre sigue siendo la misma. Un buen torneo no te asegura nada y uno malo tampoco te condena. Lo que interesa es que empieces a repetir ciertas cosas cuando el nivel sube.
—Esperaba algo más emocionante.
—Puedes pedirle a tu padre que te lo explique.
Me reí porque no sabía cuánto acertaba.
Aquella noche hablé con Diego casi una hora.
Los de Bilbao le habían enviado documentación, fechas y una lista de cosas que necesitaba presentar antes de confirmar la plaza.
Empezaba en enero y duraba cuatro meses, aunque parte de las clases se concentraban los fines de semana y todavía estaba intentando averiguar dónde iba a quedarse durante las semanas más intensas .
—Mi madre ha encontrado una residencia que parece un convento —dijo—. Hay fotos de las habitaciones y juro que las camas tienen la misma colcha desde 1987.
—Eso te da material fotográfico.
—Puedo hacer una serie sobre la vida religiosa.
—Muy alegre.
Me mandó dos enlaces y pasamos un rato comparando habitaciones como si yo supiera algo de alquileres, residencias o Bilbao.
Cuando colgamos eran más de las once.
Tenía un mensaje de Gabriel de hacía veinte minutos.
Minuto 41:18 del segundo set. Mañana quiero que me digas qué opción tenías antes de devolver en paralelo.
Abrí el vídeo desde el enlace que había adjuntado.
Contesté:
Dormir era una opción bastante buena.
La respuesta llegó mientras me lavaba los dientes.
No figuraba entre las que tenías en la pista.
Escribí:
Entonces atacar profundo y recuperar el centro.
Bien.
Esperé. No llegó nada más.
Dejé el móvil en la mesa y terminé de prepararme para dormir. Cinco minutos después lo cogí para poner la alarma, aunque ya estaba puesta.
El martes escribió después de cenar. El miércoles fui yo. El jueves ninguno de los dos. No había ninguna norma sobre aquello, así que tampoco existía una hora a partir de la cual pudiera considerar que Gabriel ya no iba a escribir.
A las diez y cuarto estaba leyendo algo en el portátil .
A las diez y media acompañé a Sergio a una máquina de la planta baja porque había decidido que necesitaba chocolate y después pasó cinco minutos comparando dos paquetes con el mismo precio.
A las once menos diez me duché . El teléfono seguía igual.
—¿Esperas algo? —preguntó Sergio cuando volví a mirar la pantalla mientras él colocaba una alarma para sacar una lavadora al día siguiente.
—No.
—Pues llevas toda la noche comprobando el teléfono.
—Estoy mirando la hora.
Sergio levantó el móvil que tenía en la mano.
—Existe un objeto específicamente diseñado para eso.
—Gracias.
—De nada.
Me metí en la cama. Gabriel no escribió.
A la mañana siguiente estaba en pista antes que nosotros y no parecía haber ocurrido nada.
—Vargas, hoy empiezas con saques. Quiero diez al cuerpo y diez abiertos desde cada lado antes de pasar al primer golpe.
—Vale.
Esperé mientras Hugo sacaba una raqueta de la bolsa.
Gabriel ya estaba hablando con otro jugador. Durante el entrenamiento me corrigió exactamente igual que siempre. Eso debería haber sido suficiente.
A media mañana apareció la lista definitiva del viaje. Mi nombre estaba debajo del de Hugo. La vi pegada en el tablón cuando salíamos del gimnasio y le hice una foto para mandársela a mis padres.
Mi padre respondió:
Muy bien!!! Otro paso.
Mi madre:
Enhorabuena. ¿Qué día es exactamente ?
Antes de contestarle abrí la conversación de Gabriel.
La cerré.
—¿Qué haces? —preguntó Hugo.
—Nada.
—Últimamente estás mucho tiempo con el móvil en la mano.
—Y tú hablas demasiado.
—Eso no es verdad.
Nico pasó por detrás y me dio un golpe suave en el hombro.
—Enhorabuena por la lista.
—Gracias.
—Nos abandonas.
—Son cuatro días.
—Suficientes para que encuentre otro cántabro.
—Suerte.
Siguió andando.
Hugo lo miró alejarse y después me miró a mí.
—Muy decepcionante.
—¿Qué?
—Esperaba más emoción.
—Busca una serie en la televisión.
Entramos al comedor. No volví a mirar el teléfono hasta después de comer.
Esa tarde Gabriel escribió primero. No sobre la lista.
He visto la película. Retiro la recomendación.
Me quedé mirando el mensaje mientras caminaba hacia la residencia.
Tardé unos segundos en recordar la conversación del lunes.
Gracias por el consejo .
Te estoy evitando dos horas malas de tu vida. Deberías agradecerlo.
Ahora quiero verla.
Eso confirma muchas cosas sobre tu forma de jugar al tenis.
Sonreí solo en mitad del pasillo.
Contesté:
¿Cuál era?
Gabriel mandó el título.
Si la ves y luego te quejas, quedas avisado.
Aquello no tenía absolutamente nada que ver con tenis.
Guardé el móvil.
Llegué hasta la puerta de mi habitación y volví a sacarlo.
¿Y una buena?
Esta vez tardó varios minutos.
Me mandó tres títulos. Uno antiguo que no conocía, otro que había visto con Clara hacía años y un tercero del que Diego me había hablado alguna vez.
La segunda es malísima.
Entonces no confío en tu criterio cinematográfico.
Tampoco confías en mi derecha y aquí seguimos.
Pasó casi un minuto.
Tu derecha me preocupa menos.
Leí la frase dos veces.
Después apareció otra.
La película es buena. Tú no tienes paciencia.
Contesté que eso ya lo habíamos comprobado los dos.
Gabriel mandó:
Exacto .
La conversación terminó ahí . O eso pensé.
A las once y veinte, cuando ya estaba en la cama, volvió a escribir.
¿Cuál has puesto?
Miré la pantalla. Había elegido la primera.
Le mandé una foto del portátil.
Llevo veinte minutos y todavía no ha explotado nada.
Intenta sobrevivir.
¿Tú la estás viendo?
La respuesta tardó.
No. Estoy leyendo.
Eso suena más aburrido.
Algún día descubrirás que existen actividades que no requieren un mando.
No veo la ventaja.
Gabriel contestó con una recomendación de un libro que, según él, probablemente abandonaría antes de la página cincuenta.
Le dije que tenía demasiada fe en mí.
Seguimos escribiendo. Cuando miré la hora eran las doce y siete.
El último mensaje fue suyo.
Duerme. Mañana entrenas a las nueve.
Escribí:
Tú también trabajas a las nueve.
No respondió. Apagué el portátil.
Dos días después fue distinto. Había entrenado mal por la mañana y Gabriel me había corregido más de lo habitual, pero sin enfadarse. Por la tarde hicimos entrenamiento físico y terminé con las piernas cargadas.
A las diez y media me escribió:
¿Cómo están los aductores ?
Siguen conmigo.
Respuesta inútil.
Cargados, pero bien.
Si mañana sigues igual, antes de pista pasa por fisio.
Sí, entrenador.
Gabriel tardó.
Eso es exactamente lo que soy.
Me quedé mirando aquellas palabras. Podían haber sido una broma. También podían ser otra cosa.
Contesté:
Lo recuerdo.
No escribió más.
Al día siguiente, cuando llegué a pista después del fisio, Gabriel ya había colocado las cestas.
—¿Mejor?
—Sí. Me han dicho que puedo entrenar normal.
—Bien. Hoy bajamos algo el nivel.
Me pasó una pelota con la raqueta. Nada en su voz indicaba que la conversación de la noche anterior hubiera tenido importancia.
Empezamos.
Los mensajes continuaron. Nunca exactamente igual.
Algunas noches Gabriel terminaba una conversación sobre entrenamientos. Otras veces me preguntaba por un punto del entrenamiento y veinte minutos después estábamos discutiendo si Sergio era capaz de programar una alarma para recordar otra alarma.
Un domingo me mandó una fotografía de un plato de pasta.
Antes de que preguntes: sí, esto cuenta como cocinar.
Recordé la conversación de la cafetería y me reí.
Tu ex tenía razón .
Retiro todo lo que te conté sobre mi vida privada.
Demasiado tarde.
Gabriel no contestó durante varios minutos.
Después:
Ese es el problema contigo.
Esperé.
Llegó otro mensaje.
Nunca sabes dejar una pelota pasar.
Sonreí.
Ahora sí hablamos de tenis otra vez.
Mucho más seguro.
Dejé el móvil sobre la mesa.
Lo volví a coger casi inmediatamente.
¿Seguro para quién?
Esta vez la respuesta no llegó.
Pasaron cinco minutos. Luego diez. Cerré la conversación. Sergio ya dormía. Apagué la luz.
A la mañana siguiente Gabriel estaba junto a la red hablando con uno de los preparadores. Cuando me vio entrar hizo un gesto hacia el fondo de la pista.
—Vargas, empieza calentando con Hugo.
Nada más.
Entrené cuarenta minutos antes de que se acercara a mi lado.
—En el viaje vas a jugar el primer día —dijo—. Todavía no tenemos rival confirmado, pero será cuadro absoluto y seguramente haya gente con más experiencia que tú. No quiero que cambies nada por eso.
—¿Nada?
—Nada que no te pida yo .
—Eso suena bastante autoritario.
—Es una de las ventajas del puesto.
Me pasó una pelota.
—Y otra cosa.
Esperé.
—Ayer debería haber terminado la conversación antes.
No estaba preparado para que dijera eso allí.
Miré hacia Hugo, que recogía pelotas al otro lado.
—La terminaste.
—Más tarde de lo que debía.
—No pasó nada.
Gabriel sostuvo mi mirada.
—Ya hemos tenido esa conversación.
Sí.
La habíamos tenido.
—Entonces no escribas.
La frase salió antes de que pudiera suavizarla.
Gabriel se quedó quieto.
—Podrías hacer tú lo mismo.
—Yo no puse la regla.
Durante un momento solo se oyó una pelota botando en la pista contigua.
Gabriel bajó la vista hacia la que llevaba en la mano.
—Tienes razón.
Me la lanzó.
—Calienta.
Se alejó hacia Hugo .
Aquella noche no me escribió. Yo tampoco.
A las once guardé el móvil dentro del cajón de la mesilla. Cinco minutos después lo saqué y lo dejé encima, con la pantalla hacia arriba.