CAPÍTULO 18Ganar
Ganar
Con cuatro iguales en el tercer set dejé pasar una derecha que cayó dentro por casi medio metro.
No fue una decisión táctica. La vi salir de la raqueta de mi rival, calculé que se iba larga y me quedé mirándola hasta que el juez cantó buena.
Gabriel no dijo nada desde la grada. Eso fue peor.
Volví hacia la línea de fondo, cogí las pelotas y miré el marcador: seis cuatro para él, siete cinco para mí, cuatro iguales. Llevábamos dos horas y veinte minutos y, por primera vez desde el comienzo del partido, las piernas empezaban a pesarme de verdad.
Mi rival era el cuarto cabeza de serie del torneo y llevaba toda la tarde haciendo exactamente lo que Gabriel me había advertido la víspera: cambiar alturas, obligarme a retroceder y esperar a que yo decidiera que una pelota corriente necesitaba convertirse en un golpe extraordinario.
Durante el primer set había funcionado. En el segundo dejé de regalarle eso. En el tercero estaba intentando volver.
Boté la pelota. Primer saque al cuerpo.
Devolvió corto y tuve una derecha fácil para atacar. Preparé el golpe y, durante una fracción de segundo, vi el punto terminado antes de golpearlo.
Cambié. Jugué cruzado. Él llegó, devolvió más corto y entonces sí entré con la derecha.
Quince cero.
Desde la grada alguien aplaudió. Hugo había terminado su partido hacía más de una hora y seguía allí con Sergio, que no jugaba aquel torneo, pero había aparecido por la tarde con una botella enorme y la misma expresión con la que observaba una secadora mal utilizada.
Gabriel estaba dos filas más abajo. No lo miré otra vez .
El siguiente punto duró diecisiete golpes. El siguiente, tres. Con cuarenta quince mandé el primer saque fuera y me quedé un segundo demasiado largo preparando el segundo.
—Vargas.
La voz de Gabriel llegó desde la grada.
Levanté la cabeza.
—Juega el punto.
Eso fue todo. El segundo saque entró. Cinco cuatro.
Había llegado al torneo sin necesidad de ganarlo. Eso era lo que llevaba repitiéndome Gabriel desde el lunes.
El cuadro formaba parte del bloque de competiciones que el centro utilizaba antes de la revisión de diciembre, pero un resultado concreto no decidía si seguía allí. Nadie iba a echarme por perder en cuartos ni a ofrecerme un contrato profesional por llegar a una final.
Aun así, el hombre que tenía enfrente había ganado a Hugo dos meses antes. Y yo quería ganarle.
En el cambio de lado bebí sin sentarme demasiado tiempo. La sombra empezaba a cubrir una esquina de la pista y el aire estaba algo más frío, aunque la camiseta seguía pegada a mi espalda.
Mi rival sacó para mantenerse en el partido.
Quince cero. Quince iguales. Treinta quince.
En el siguiente punto me desplazó dos veces hacia el revés y dejó una bola corta. Llegué con tiempo para atacar, pero estaba mal colocado y tuve que frenar antes de golpear.
Jugué profundo al centro. Él quiso abrir demasiado rápido y mandó la pelota fuera . Treinta iguales.
Oí una palmada de Hugo. Después otra. Gabriel seguía sin hablar.
La siguiente devolución la bloqueé bajo. Mi rival entró dentro de pista, atacó a mi derecha y yo corrí casi hasta la valla lateral. Llegué forzado, levanté una pelota alta y tuve tiempo suficiente para recuperar posición mientras él esperaba que bajara .
Atacó. Llegué. Otra alta. Esta vez se precipitó y la mandó a la red . Treinta cuarenta. Bola de partido.
Me alejé un momento de la línea. La primera imagen que apareció fue el resultado. La segunda, diciembre. La tercera fue Gabriel diciendo que dejara de intentar terminar los puntos antes de jugarlos.
Volví a colocarme.
Mi rival sacó abierto. Metí la devolución del saque, profundo, casi al centro. Él atacó mi revés.
Uno . Otra vez . Dos . Cambió hacia mi derecha.
Llegué bien. La pelota que me devolvió quedó algo más corta. Entré. Esperé hasta tenerla delante. Derecha paralela . No intenté decidir si era ganadora . Golpeé.
Mi rival corrió, estiró la raqueta y apenas rozó la pelota antes de que botara por segunda vez . Durante unos segundos no hice nada. Después cerré el puño.
Hugo gritó desde la grada algo que no entendí. Había ganado.
En la red mi rival me estrechó la mano y dijo que había jugado bien. Le respondí lo mismo, recogí la raqueta y caminé hacia el banco.
Había gente bajando ya por las escaleras.
Busqué a Gabriel. No pensé en hacerlo. Simplemente levanté la cabeza y recorrí la grada hasta encontrarlo. Estaba de pie junto al pasillo.
Me miraba. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, mucho menos escandalosa que la de Hugo, que venía bajando casi corriendo, pero me bastó para empezar a caminar hacia allí antes de recoger siquiera la bolsa.
Hugo llegó primero.
—¡Por fin has entendido que un partido puede durar más de cuarenta minutos sin que tengas que suicidarte!
Me abrazó con tanta fuerza que casi me tiró la raqueta.
—Gracias por el apoyo moral.
—El segundo set ha sido buenísimo. En el tercero has vuelto a ser imbécil un rato, pero te has recuperado.
—¿Has venido a felicitarme o a insultarme ?
—Las dos cosas.
Sergio apareció detrás.
—Enhorabuena. Y dúchate.
—Qué bonito.
—Llevas casi tres horas sudando.
Gabriel bajó los últimos escalones.
Hugo le cedió espacio.
—Buen partido —dijo Gabriel.
—¿Solo bueno?
—Si quieres, puedo empezar por las nueve devoluciones que has jugado desde demasiado atrás.
—Acabo de ganar.
—Eso es. Y es el mejor momento para que no te inventes que has hecho todo bien.
Me estaba riendo cuando me tendió una mano. Se la agarré.
Gabriel tiró de mí hacia él y terminó convirtiendo el gesto en un abrazo breve, uno de esos que había visto cientos de veces después de un partido entre entrenadores y jugadores.
Duró quizá dos segundos.
Una mano en mi espalda. La otra todavía sujetando mi hombro . Después se apartó.
—Has jugado muy bien los últimos tres juegos.
Tardé un poco en responder.
—Gracias.
Gabriel miró hacia mi bolsa.
—Ahora recuperación, algo de comer y nada de celebrar como si hubieras ganado Wimbledon. Mañana juegas.
—Hablas exactamente como Santi.
—Cada vez me cae mejor ese hombre .
Hugo ya estaba recogiendo mi bolsa del banco.
—Yo lo puedo celebrar por él.
—Tú tampoco —dijo Gabriel.
—No eres mi entrenador.
Gabriel señaló hacia uno de los técnicos que esperaba arriba.
—Puedo arreglarlo.
Hugo me devolvió la bolsa.
—Tu entrenador da miedo.
Gabriel ya se alejaba hacia la salida de la pista. Lo seguí con la vista unos segundos.
Después Sergio me empujó la botella de agua contra el brazo.
—Bebe antes de que te deshidrates mirando cosas.
—Estaba mirando por dónde salíamos.
—Claro.
No insistió.
En el vestuario tenía once notificaciones. Mi padre había escrito seis mensajes, cuatro de ellos durante el partido pese a saber que yo no llevaba el teléfono encima.
Mi madre había enviado:
Enhorabuena. Llámanos cuando puedas y cuando tu padre deje de explicar el partido como si fuera tu entrenador.
Debajo había uno de Santi.
Buen último set. Mañana empieza 0-0.
Sonreí.
Le contesté:
Qué entusiasmo.
Respondió casi inmediatamente:
Te preparo para mañana .
Diego había escrito veinte minutos después de terminar.
Clara dice que has ganado a uno muy bueno. Como no sé quién es, he decidido creerla.
Le respondí:
Hazlo. Por una vez tiene razón.
Miré el nombre de Diego un momento antes de bloquear la pantalla. Llamaría luego. Primero tenía que ir al fisio.
Perdí la semifinal al día siguiente. No jugué mal. Eso fue casi más extraño que perder. Mi rival sacó mejor, defendió dos bolas de ventaja en el primer set y aprovechó la única que tuvo en el segundo. Seis cuatro, siete cinco.
Cuando terminé, estaba enfadado, pero no como después de aquel día que Gabriel había desmontado el vídeo.
Sabía dónde había perdido . Gabriel también.
—Has tenido cuatro bolas para ganar —dijo mientras caminábamos hacia el interior del centro—. En tres has intentado cambiar antes de tiempo. La cuarta la ha salvado él con un saque muy bueno.
—Ya.
Gabriel me miró.
—Ese «ya» hoy te lo permito porque parece que sabes de qué estás hablando.
—Gracias.
—No te acostumbres.
Seguimos andando. No mencionó el abrazo. Yo tampoco.
Al llegar al pasillo se desvió hacia la zona de entrenadores.
—Mañana a las diez. Recuperación por la mañana y por la tarde vemos los dos partidos.
—¿Los dos enteros?
—Si te portas mal, tres veces.
—Eso no parece muy productivo .
—Pon una queja en dirección.
Se marchó.
Aquello se parecía tanto a cualquier conversación de las últimas semanas que durante unos segundos conseguí olvidarme del día anterior.
A las once y cuarto estaba en la habitación con hielo en una pierna y Sergio organizando ropa sobre su cama en cuatro montones distintos.
—Has añadido montones nuevos —dije.
—No.
—Hay cuatro montones.
—Uno no es ropa para lavar. Es ropa pendiente de decidir.
—Eso es muy complicado de entender.
—No voy a discutir contigo sobre esto.
Mi móvil vibró. Pensé que sería mi padre.
Era Gabriel.
Buen torneo.
Me quedé mirando la pantalla . Nos habíamos escrito alguna vez por cuestiones de horarios, concentraciones o cambios de entrenamiento. Nada raro.
Contesté:
He perdido hoy.
La respuesta llegó al poco tiempo.
Sé leer un marcador.
Sonreí.
Entonces “buen torneo” es una valoración técnica oficial?
Tardó algo más.
Sí. Has hecho varias cosas mejor que hace dos semanas. Mañana te diré también todo lo que has hecho mal para que no te emociones.
Escribí :
Menos mal. Me estaba preocupando.
Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron.
Descansa, Vargas.
Miré el mensaje. Podía dejarlo ahí. Bloqueé el teléfono.
Sergio levantó una camiseta.
—¿Esto es tuyo?
—No.
—Está en mi silla.
—Entonces quizá tu organización no es tan buena.
—Cállate.
El móvil vibró otra vez. Lo cogí demasiado deprisa.
Era Diego.
Me han cogido en Bilbao.
Me incorporé en la cama.
Abrí inmediatamente la conversación.
¿En serio?
Mientras esperaba su respuesta, la notificación de Gabriel seguía justo encima, todavía visible en la pantalla.
Diego empezó a escribir . Esta vez no abrí ningún horario.