La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 17Celos
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CAPÍTULO 17Celos

Celos

La idea de salir fue de Hugo.

Eso aseguró durante toda la tarde, aunque Sergio decía que llevaba dos semanas proponiéndolo y que Hugo simplemente había esperado hasta encontrar un viernes en el que pudiera fingir que se le había ocurrido a él.

—La diferencia —dijo Hugo mientras se cambiaba de camiseta en mi habitación— es que mis planes terminan ocurriendo.

Sergio cerró el armario.

—Tus planes consisten en copiar los planes de los demás.

—Eso también es iniciativa.

Yo estaba sentado en la cama terminando de contestar a Diego.

Los de Bilbao todavía no le habían dicho nada después de la entrevista y había empezado a convencerse de que el silencio significaba que no lo querían. Le escribí que habían pasado cuatro días y que quizá las instituciones tenían cosas mejores que hacer que organizar su vida alrededor de él.

Respondió con un insulto y una fotografía de Mateo dormido encima de unos apuntes.

Guardé el móvil.

—¿Dónde vamos?

Hugo se quedó mirándome.

—Llevamos hablando de eso diez minutos.

—Entonces empieza a preocuparme que Sergio tenga razón sobre mí.

Sergio señaló hacia la puerta.

—Gracias. Ya podemos irnos.

Acabamos en un local pequeño al que habían ido otros chicos del centro alguna vez, a unos veinte minutos en metro.

Nada especialmente parecido a la vida nocturna que mi padre probablemente imaginaba cuando hablaba de Madrid: música demasiado alta, mesas pegadas unas a otras y una camarera que parecía considerar una ofensa personal que alguien tardara más de diez segundos en pedir.

Éramos seis. Conocía a cuatro. Al quinto lo había visto entrenar alguna vez en las pistas de atrás.

Se llamaba Nico, tenía diecinueve años y entrenaba con otro grupo. Se sentó frente a mí porque era la única silla libre y, durante la primera media hora, hablamos casi exclusivamente de gente que ambos conocíamos.

—¿Tú eres el de Cantabria? —preguntó.

—Depende de lo que hayas oído.

—Que Gabriel te tiene haciendo horas extras.

Miré a Hugo.

Él levantó las manos.

—A mí no me metas.

Nico sonrió.

—Lo dijo uno de mi grupo. Que te quedaste entrenando con él un día después de perder un partido.

—Una vez.

—Pues aquí una vez ya sirve para construir un relato completo.

—Eso estoy descubriendo.

Trajeron las bebidas. Yo había pedido cerveza y Sergio agua porque al día siguiente tenía entrenamiento físico temprano y llevaba media tarde anunciándolo como si los demás hubiéramos decidido sabotear su carrera.

Nico señaló mi vaso.

—¿Tú mañana no entrenas?

—A las diez y media.

—Entonces eres de los privilegiados .

—O de los que no son suficientemente importantes para entrenar antes.

—Eso tiene arreglo. Pierde otro seis uno y seguro que Gabriel te monta algo a las siete.

Lo miré.

—¿También sabes mis resultados?

—He dicho que aquí una vez sirve para que todos hablemos.

Me reí.

Hugo empezó a discutir con alguien sobre un partido de la semana anterior y la conversación se dividió. Nico se inclinó un poco para poder oírme por encima de la música.

—¿Llevas mucho en Madrid?

—Un mes, más o menos.

—Tienes cara de llevar seis.

—¿Eso es bueno?

—Todavía no lo he decidido.

Había sonreído al decirlo.

Tardé algo más de lo normal en contestar.

—Cuando decidas, me avisas.

—Pensaba hacerlo.

Aquello ya no necesitaba demasiada interpretación.

Cogí el vaso. Nico siguió hablando como si no hubiera ocurrido nada.

Me contó que era de Granada, que llevaba año y medio en Madrid y que odiaba los domingos porque medio centro desaparecía y él acababa comiendo solo o con quien encontrara. Yo le hablé de Comillas cuando preguntó de dónde era exactamente.

—¿Tienes novio allí?

La pregunta llegó con la misma naturalidad que las anteriores .

Miré hacia la mesa. Hugo seguía en su discusión y Sergio estaba explicándole algo a uno de los otros chicos.

—Hay alguien.

Nico levantó un poco las cejas.

—Eso suena peligrosamente a que sí.

—Porque hay algo, nada serio aún.

—Entonces retiro oficialmente cualquier intento de meterme en problemas.

—Muy maduro.

—Tengo momentos.

No cambió de silla ni dejó de hablar conmigo. Eso me gustó.

También me gustó que hubiera entendido la respuesta sin pedirme una explicación sobre Diego, sobre Madrid o sobre qué significaba exactamente «hay alguien».

Más tarde fuimos a otro sitio porque Hugo decidió que la música era mala, aunque en el siguiente estaba exactamente igual de alta. Nico caminó a mi lado durante casi todo el trayecto.

En un semáforo me enseñó una cicatriz en la mano después de que yo preguntara por ella, y cuando volvió a guardársela en el bolsillo me rozó el brazo . Fue un gesto normal. Lo noté igualmente.

Pensé en Gabriel durante menos de un segundo. Me molestó haber pensado en él.

Volvimos antes de la una. Sergio se había encargado de repetir tres veces cuál era la hora límite y Hugo había terminado acusándolo de ser un funcionario atrapado en el cuerpo de un deportista.

Nico se quedó en la entrada de la residencia porque su edificio estaba al otro lado del complejo.

—Nos vemos mañana —dijo.

—Si sobrevivo.

—¿Por haber bebido una cerveza?

—Gabriel puede encontrar motivos con menos .

Nico sonrió.

—Entonces procura que no se entere de que has tenido una vida durante cuatro horas.

—Intentaré ocultárselo.

Me dio un golpe suave con los dedos en el brazo antes de irse.

Hugo apareció a mi lado.

—Ese te estaba tirando la caña.

—Gracias por la información.

—Lo digo por si en Cantabria funciona distinto.

—En Cantabria tenemos ojos.

Sergio abrió la puerta.

—Entrad antes de que Hugo descubra otra cosa.

Subimos. No miré el móvil hasta meterme en la cama.

Diego había enviado:

Siguen sin contestar. Empiezo a pensar que me odian.

Le contesté:

Mañana te digo algo para animarte. Ahora soy incapaz.

Dejó un corazón en el mensaje unos minutos después. Apagué la pantalla.

A las diez y media del día siguiente hacía demasiado calor para septiembre. Llevábamos veinte minutos trabajando devoluciones de saque y yo llegaba tarde a casi todos los primeros apoyos.

Gabriel paró la serie.

—Vargas, otra vez. Estás entrando con el peso atrás y luego tienes que recuperar medio golpe antes de empezar el punto.

Me pasé la muñequera por la frente.

—Lo sé.

—Pues si lo sabes, prefiero que lo corrijas antes de que tengamos que dedicarle la mañana entera .

Volví a colocarme.

Hugo sacó abierto. Llegué tarde y mandé la devolución larga.

Gabriel hizo una señal hacia la cesta.

—Otra.

La siguiente entró. En la tercera me quedé demasiado estático.

Gabriel volvió a detenernos.

—¿A qué hora te acostaste?

Lo miré.

—No sé. Una y algo.

—Entonces sí sabes.

—Antes de la una y media.

—¿Bebiste?

—Una cerveza.

—Perfecto. No me interesa hacer de tu padre, pero si al día siguiente entrenas así, pasa a interesarme.

Había otros tres jugadores en pista.

—No estoy jugando mal por una cerveza.

—Tampoco he dicho eso. Estoy diciendo que llegas tarde, tienes menos activación que ayer y anoche saliste. Son datos bastante sencillos de relacionar hasta que me demuestres otra cosa.

Me molestó porque tenía razón suficiente como para no poder discutir sin parecer idiota.

Hugo recogió una pelota.

—Para ser justos, Álex estuvo bastante entretenido.

Lo miré.

—Hugo.

Sonrió .

—¿Qué? Solo digo que no estuvo precisamente corriendo una maratón.

Gabriel se volvió hacia él.

—¿Y eso mejora cómo estás entrenando tú?

—No.

—Entonces preocúpate de tu lado de la pista.

Hugo levantó la raqueta.

—Entendido.

Gabriel miró hacia mí.

—Seguimos.

Sacó Hugo. Esta vez devolví el saque dentro. Después otra vez.

Durante los siguientes quince minutos Gabriel apenas habló conmigo salvo para corregir cosas concretas, pero aumentó el ritmo del ejercicio y añadió una serie que normalmente habríamos hecho más tarde.

Cuando terminamos, tenía la camiseta completamente empapada.

—Cinco minutos de agua y volvéis —dijo.

Me senté en el banco.

Hugo se dejó caer a mi lado.

—Está encantador hoy.

—Cállate.

—Yo no he hecho nada.

—Ya, por eso, sigue así y no digas nada.

Abrió una botella.

—Nico ha preguntado por ti esta mañana.

Giré la cabeza.

—¿Cuándo?

—En el gimnasio. Quería saber si habías sobrevivido a tu cerveza peligrosa .

—¿Y qué le has dicho?

—Que estabas ingresado.

—Eres imbécil.

—Eso ya está muy discutido y no hay una conclusión clara.

Gabriel apareció para coger unas pelotas de la cesta situada junto al banco.

Hugo siguió hablando.

—También ha dicho que igual se apunta si volvemos a salir el próximo viernes.

Gabriel dejó de mover las pelotas apenas un instante. O quizá fui yo quien esperaba que lo hiciera.

—Vargas —dijo sin mirarme—, cuando termines de beber quiero diez minutos de devolución solo de revés.

—Pensaba que volvíamos al ejercicio anterior.

—He cambiado de idea. Estás llegando peor por ese lado y prefiero corregirlo ahora.

Era una explicación perfectamente razonable.

—Vale.

Gabriel cogió la cesta y se alejó.

Hugo me dio con la rodilla.

—Te ha caído bien Nico, ¿no?

—Sí.

—Y tú también a él.

Miré hacia donde estaba Gabriel organizando la otra pista.

—Ya me había dado cuenta.

Hugo siguió bebiendo.

—Milagro.

Los diez minutos se convirtieron en veinte .

Gabriel se puso detrás de Hugo y le indicó dónde servirme cada vez. Abierto, cuerpo, abierto, cuerpo. Yo tenía que bloquear el los saques y recuperar la posición antes de la siguiente pelota.

Fallé cuatro de las seis primeras.

—Llegas tarde —dijo Gabriel.

—Ya.

—No quiero un «ya». Quiero que empieces el movimiento antes.

La frase podría haberla dicho Santi.

Corregí. Entraron tres seguidas.

—Mejor.

En la siguiente Hugo sacó al cuerpo y conseguí devolver profundo.

Gabriel señaló la línea con una pelota.

—Eso es. Otra igual.

Seguimos.

A mitad de la serie apareció Nico por el pasillo exterior con una bolsa al hombro. Levantó la mano cuando me vio.

Se la devolví.

—¡Luego te veo! —gritó.

—Vale.

Gabriel estaba mirando hacia la cesta.

Hugo botó la pelota.

—¿Seguimos?

Gabriel levantó la vista.

—Sí. Y saca más rápido entre bola y bola. Quiero que Vargas deje de tener tiempo para organizarlo todo antes de devolver los saques.

Me coloqué. Hugo sacó. La primera se me fue a la red.

—Otra —dijo Gabriel.

La segunda entró .

Nico ya había desaparecido por el pasillo.

Terminamos casi media hora después de lo previsto. Cuando fui a recoger la bolsa, Gabriel estaba escribiendo algo en su carpeta.

—¿Mañana a qué hora? —pregunté.

—Nueve.

Esperé.

Él siguió escribiendo.

—¿Algo más?

La pregunta era exactamente la misma que me había hecho unos días antes.

—No. Solo preguntaba.

Cerró la carpeta.

—Hoy has entrenado mal la primera media hora y bastante bien después. Salir una noche no es un problema. Que afecte al trabajo sí.

—Lo sé.

—Bien.

Cogí la bolsa.

Di dos pasos y me detuve.

—Nico no tuvo nada que ver con que llegara tarde.

Gabriel me miró.

—No sé quién es Nico.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

—El chico que ha pasado antes.

—Álex, me da exactamente igual con quién salieras.

Podía haberlo dejado ahí.

—Vale.

Empecé a caminar.

—Mientras llegues en condiciones de entrenar —añadió .

Me giré.

—Claro.

Gabriel ya había abierto de nuevo la carpeta.

Por la tarde coincidí con Nico en la entrada del gimnasio.

—¿Sigues vivo?

—Por poco. Según mi entrenador, una cerveza me ha destruido deportivamente.

—Qué frágiles sois algunos tenistas.

Se quedó hablando conmigo unos minutos y después me preguntó si quería bajar a cenar con él y otros dos chicos.

Estuve a punto de decir que ya había quedado con Sergio.

No había quedado con Sergio.

—Vale. Dame diez minutos para cambiarme.

Nico sonrió.

—Te espero abajo.

Subí a la habitación.

Sergio estaba sentado en su escritorio.

—¿Vienes a cenar? —preguntó.

—He quedado con Nico y unos chicos.

—Vale. Yo iré con Hugo.

Abrí el armario.

—¿Gabriel te ha parecido raro hoy?

Sergio dejó de escribir y me miró.

—¿Raro cómo?

La pregunta me obligó a escucharme.

—Nada. Estaba más pesado.

—Has entrenado como el culo al principio .

—Gracias.

—Has preguntado.

Volvió al portátil.

Me cambié de camiseta. Antes de salir miré el móvil. Diego no había escrito nada nuevo. Lo guardé en el bolsillo.

En el ascensor pensé en decirle a Sergio que quizá tenía razón.

Cuando llegué abajo y vi a Nico esperándome junto a la puerta, dejé de pensar en el entrenamiento.

Casi.