CAPÍTULO 16La regla
La regla
Tardé cuatro días en decidir que Gabriel me estaba evitando.
El primero no ocurrió nada que pudiera demostrarlo.
Entrenamos devoluciones de saque durante casi dos horas, corrigió tres veces mi posición y terminó la sesión diciéndome que el apoyo estaba mejor que la semana anterior.
Lo único distinto fue que todas las correcciones llegaron desde fuera de la pista.
El segundo trabajamos saques.
Esperé sin querer a que se acercara cuando volví a caer demasiado hacia la izquierda.
—Vargas, estás saliendo otra vez por el lateral. Repite el movimiento y termina dentro de pista.
Lo hice.
—¿Así?
—Mejor. Otra.
Se quedó junto a la cesta.
El tercer día nos dividieron en dos grupos y Gabriel pasó más tiempo con Hugo y otros dos jugadores. A mí me dejó trabajando con uno de los técnicos del centro en una secuencia de defensa y contraataque.
Era un entrenamiento completamente normal. Eso empezaba a ser lo irritante.
El viernes, al terminar una serie, dejé la raqueta junto al banco y fui a por agua. Gabriel estaba revisando algo en una tableta con el otro técnico.
—El lunes quiero que Vargas haga el primer bloque con vosotros —dijo—. Sobre todo, desplazamiento lateral y recuperación.
Esperé a que terminara.
—¿Ya no lo haces tú?
Gabriel levantó los ojos .
—¿El qué?
—Ese bloque.
—Depende de la semana. El lunes les encaja mejor con ellos.
El otro técnico siguió mirando la pantalla, aunque durante un segundo tuve la sensación de que sobraba en una conversación que yo mismo había empezado.
—Vale.
Gabriel volvió a la tableta.
—¿Algo más?
—No.
Cogí la botella y me fui.
Diego hizo la entrevista de Bilbao aquel mismo día. Me escribió poco después de las seis.
Creo que bien. O he parecido una persona interesante o un psicópata que lleva demasiadas fotos de ventanas.
Esta vez contesté antes de abrir el horario del día siguiente.
Las dos cosas pueden ser compatibles.
Me llamó imbécil y después me mandó un audio de casi dos minutos contándome qué le habían preguntado. Lo escuché entero mientras bajaba hacia el comedor y le respondí antes de entrar.
Aquello debería haberme dejado de mejor humor. No ocurrió.
En la mesa, Sergio discutía con Hugo sobre si tenía sentido comprar una tostadora entre cuatro personas para la residencia. Hugo defendía que cualquier objeto compartido acabaría cubierto de queso en menos de una semana; Sergio sostenía que eso decía más de Hugo que de las tostadoras.
—Álex —dijo Sergio—, voto decisivo.
—¿Sobre qué?
Los dos me miraron.
—Llevamos cinco minutos hablando de esto —dijo Hugo.
—Entonces claramente mi opinión no os hace falta .
—Está en otro sitio —concluyó Sergio.
—Estoy comiendo.
Hugo miró mi plato.
—Llevas un minuto moviendo el arroz.
Dejé el tenedor.
—Comprad la tostadora.
—Gracias —dijo Sergio.
—Acabas de condenar una tostadora a llenarse de queso todas las mañanas —añadió Hugo.
La conversación siguió sin mí.
Gabriel entró en el comedor unos minutos después, acompañado por dos miembros del equipo técnico. Lo vi antes de decidir que no iba a mirarlo.
Se sentaron bastante lejos. No levantó la vista hacia nuestra mesa.
El lunes el otro técnico se encargó del primer bloque. No había nada extraño en ello. Había trabajado con él otras veces y, además, el ejercicio tenía exactamente el sentido que Gabriel había explicado: desplazamientos largos, recuperación de posición y salida desde defensa.
Aun así, cuando terminamos, busqué a Gabriel. Estaba en la pista contigua.
Me vio acercarme mientras hablaba con Hugo y otro jugador.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿Cómo has ido de piernas?
—Bien también.
Esperó un momento.
—Perfecto. Luego te veo en la sesión de la tarde.
Siguió hablando con Hugo. Me quedé allí medio segundo más de lo necesario antes de marcharme .
Aquella tarde consiguió pasar casi una hora corrigiéndome sin acercarse más de dos metros. Empecé a comprobarlo. No de forma consciente al principio.
Fallé una salida después del saque y repetí la posición sin preguntarle. Gabriel corrigió desde fuera.
En la siguiente exageré un poco el giro.
—Menos, Vargas.
Volví a hacerlo.
—Ahí.
Ni un paso hacia mí.
En otro ejercicio dejé la raqueta demasiado baja durante la preparación. Antes me habría movido el brazo o señalado la posición de la empuñadura. Esta vez levantó su propia raqueta para enseñármelo desde el lateral.
Al cuarto intento ya estaba seguro.
Terminé la sesión enfadado. Lo peor era que no tenía ninguna razón razonable para estarlo.
Esperé hasta el miércoles. Después del entrenamiento, Gabriel pidió a Hugo que se quedara revisando cinco minutos de vídeo y a mí me dijo que podía irme.
—Quiero hablar contigo.
Estaba guardando unas hojas dentro de la carpeta.
—Si es sobre el entrenamiento, mañana vemos el bloque completo.
—No es sobre el entrenamiento.
Gabriel dejó de ordenar papeles.
Habíamos sido los últimos en salir de la pista. Desde el pasillo llegaba el golpe irregular de alguna pelota de una sesión que todavía no había terminado más lejos.
—Vale —dijo—. Habla.
Aquella facilidad me molestó porque llevaba dos días imaginando formas mejores de empezar .
—¿He hecho algo?
Gabriel tardó un momento.
—Hoy, varias cosas. Estás cargando demasiado la derecha cuando te desplazan y sigues—
—Sabes que no hablo de eso.
Cerró la carpeta.
—Álex.
Hacía días que no utilizaba mi nombre.
—Eso. También eso.
—¿Qué significa «eso»?
—Que llevas una semana llamándome Vargas como si me hubieran borrado el nombre, no te quedas conmigo ni cinco minutos y, si tienes que corregirme algo, parece que estás intentando hacerlo desde otra provincia.
Gabriel bajó la vista hacia la carpeta y después volvió a mirarme.
—Estás exagerando.
—Pues acércate y dímelo.
La frase salió antes de que pudiera decidir si quería decirla.
Gabriel se quedó quieto . Yo también.
—Álex, no hagas esto.
—¿Hacer qué? Te estoy preguntando qué pasa.
—Y yo te estoy diciendo que no pasa nada.
—Eso no es verdad.
—No me llames mentiroso.
—Entonces explícame por qué estás haciendo todo distinto desde el otro día.
Gabriel pasó la lengua por el interior de la mejilla y miró un instante hacia el pasillo.
—Porque creo que es lo mejor .
—Eso no me explica nada.
—Explica bastante.
—A mí no.
Durante unos segundos ninguno habló.
Gabriel dejó la carpeta sobre el banco.
—El otro día estaba corrigiéndote el saque.
—Ya lo sé.
—Y estábamos demasiado cerca.
La frase sonó más sencilla de lo que había sido dentro de mi cabeza durante una semana.
—Me estabas colocando el hombro.
—También lo sé.
—Lo has hecho otras veces.
—No así.
Lo miré.
Gabriel apartó la vista primero, apenas un instante.
—¿Qué significa «no así»?
—Significa exactamente lo que acabo de decir. Hubo un momento incómodo y prefiero que no vuelva a ocurrir.
—Yo no estaba incómodo.
—Eso no mejora la conversación.
—¿Tú sí?
Gabriel recogió la carpeta otra vez.
—No voy a responderte a eso.
—Entonces sí.
—He dicho que no voy a responderte.
Me apoyé contra el banco .
—No entiendo por qué estamos haciendo como si hubiera pasado algo. No pasó nada.
—Precisamente por eso, porque no ha pasado nada.
—¿Precisamente?
Esta vez me contestó sin moverse.
—Soy tu entrenador.
Esperé.
—Ya lo sé.
—Pues entonces no debería hacer falta mucho más.
—Eso lo eras la semana pasada también.
—Sí.
—Y en la cafetería.
—Sí
—Y cuando te quedaste conmigo entrenando después del partido.
—Álex.
—Solo digo que no ha cambiado nada.
Gabriel me observó durante unos segundos.
—Ha cambiado que ahora estamos teniendo esta conversación.
Me callé.
—Hasta hace una semana —continuó— podía corregirte un movimiento, quedarme contigo diez minutos o sentarme a hablar fuera del centro sin preguntarme si tú ibas a interpretar algo que no debías. Ahora ya no puedo hacerlo de la misma manera.
—¿Porque yo lo voy a interpretar o porque tú lo vas a interpretar?
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—Ese tipo de pregunta es exactamente la razón por la que estoy intentando poner un poco de distancia.
Aquello fue suficiente .
También fue menos de lo que quería.
—Entonces sí pasó algo.
—No.
—Gabriel...
—No pasó nada. Y quiero que siga siendo así.
Su voz no había subido, pero ya no sonaba como cuando discutíamos sobre una derecha o una decisión táctica.
—No te estoy acusando de nada —añadió—. Tú no has hecho nada mal. Yo tampoco. Esto no es un castigo ni tiene nada que ver con cómo estás entrenando.
—Pues parece un castigo.
—Lo entiendo.
—No lo parece.
Me miró.
—Vale. Te creo.
Eso me enfadó todavía más.
—Qué fácil.
—¿Qué quieres que haga?
—Que dejes de tratarme como si hubiera intentado algo contigo.
—No te estoy tratando así.
—Has cambiado grupos.
—Un bloque.
—Ya.
—Porque te venía bien ese trabajo, no para evitarte.
—Y has dejado de quedarte conmigo.
Gabriel apoyó la carpeta contra el muslo.
—Porque no quiero que se convierta en una costumbre estar solos después del entrenamiento .
Ahí estaba.
Ya no tuve que buscar más ejemplos.
—¿Y hablar conmigo fuera del centro también estaba mal?
—No he dicho eso.
—Parece que ahora todo lo está.
—Álex, escucha.
Esperé.
—Me caes bien. Me interesa cómo piensas, incluso cuando consigues convertir una corrección sencilla en una discusión de media hora, y me importa que estés bien porque trabajo contigo y porque, evidentemente, no eres una raqueta que dejo en un armario cuando termina la sesión.
Hizo una pausa.
—Y por eso necesito tener claro dónde está el límite.
—¿Y cuál es?
Gabriel respondió sin pensarlo demasiado.
—Yo soy tu entrenador. Esa es la regla.
Sonaba demasiado simple.
—¿Y si estamos fuera del centro?
—Sigo siendo tu entrenador.
—¿Y si no estamos hablando de tenis?
—También.
—Entonces la cafetería fue un error.
Gabriel negó despacio.
—No. Fue una conversación.
—Pero no quieres que vuelva a pasar.
—No quiero empezar a buscarla.
Eso me hizo callar.
Gabriel volvió a coger las hojas que había dejado en el banco .
—Podemos hablar. Podemos bromear. Puedes decirme si algo te pasa y, si puedo ayudarte, lo haré. Lo que no voy a hacer es fingir que da igual cómo se construye una relación entre un entrenador y un jugador.
—Suena bastante dramático para no haber pasado nada.
—Porque prefiero parecer dramático ahora que estúpido después.
La respuesta me arrancó una sonrisa que intenté esconder. Gabriel también sonrió durante un instante.
Desapareció enseguida.
—¿Estamos bien?
Podría haber dicho que sí.
—No lo sé.
Aceptó la respuesta con un movimiento breve de la cabeza.
—Vale.
Cogí mi bolsa.
Antes de salir me giré.
—¿Mañana vuelvo contigo en el primer bloque?
Gabriel miró el horario que llevaba sujeto a la carpeta.
—Sí. A las ocho.
—Bien.
—Y llega a las ocho, no a las siete y media para demostrarme nada.
—Eso fue una vez.
—Con una vez me bastó.
Salí antes de que pudiera verme sonreír otra vez.
A la mañana siguiente Gabriel trabajó conmigo desde el principio. Nada había vuelto a ser exactamente normal, aunque desde fuera probablemente lo parecía.
En un ejercicio de saque repetí el error del lateral.
Gabriel dejó la cesta, levantó su propia raqueta y señaló desde donde estaba .
—Vargas, el hombro. Estás abriendo antes.
Me coloqué de nuevo.
Por un instante esperé.
Gabriel no se acercó. Ajusté yo solo la posición y saqué.
La pelota entró abierta.
—Esa —dijo desde el fondo.
Cogí otra. Esta vez no esperé a que se acercara.