CAPÍTULO 15Demasiado cerca
Demasiado cerca
Gabriel no volvió a mencionar la conversación de la cafetería.
Durante los tres días siguientes me corrigió el apoyo después del saque, cambió dos veces mis ejercicios de devolución y me hizo repetir una serie completa porque, según él, había decidido dónde iba a golpear antes de que Hugo tocara la pelota.
Ni una referencia a Diego, a Comillas, a su ex ni a la comida que había recogido aquella noche.
Yo tampoco dije nada.
El jueves, mientras calentábamos, pasó junto a mí y señaló mi posición con la raqueta.
—Medio paso dentro. Si necesitas que vuelva a enseñarte el vídeo del otro día, todavía lo tengo.
—Puedes borrarlo. Empiezo a sospechar que lo guardas por entretenimiento.
—Tengo aficiones mejores.
Lo miré.
Gabriel ya estaba caminando hacia la otra pista.
Hugo dejó de botar la pelota.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues has puesto cara de que sí.
—Saca de una vez.
—Últimamente estás muy mandón.
—Últimamente pierdes mucho tiempo hablando.
Hugo sonrió.
—Eso debe de ser cosa de Gabriel .
Le devolví el primer saque tan profundo que tuvo que jugar casi desde la valla.
Diego me llamó aquella tarde cuando estaba saliendo del comedor .
Llevábamos varios días hablando a base de mensajes cortos, casi todos enviados cuando el otro estaba haciendo otra cosa.
Yo le escribía después de entrenar y él respondía una hora más tarde; cuando él mandaba una foto, yo la veía entre entrenamientos y contestaba al terminar.
Acepté la llamada mientras subía hacia la habitación.
—Pensaba que te habías olvidado de cómo funcionaba esto —dijo.
—Tú también puedes llamar.
—Eso estoy haciendo ahora.
—Entonces acabas de darme la razón.
—Madrid te está volviendo insoportable.
—Eso ya lo era antes.
Oí ruido al otro lado, una puerta cerrándose y después la voz de Diego algo más clara.
—Me han contestado los de Bilbao.
Me detuve en mitad del pasillo.
—¿Los del programa ese?
—Sí. Tengo entrevista la semana que viene. Es por videollamada, así que tampoco es que vaya a cruzar Europa, pero si sale bien podría hacer el curso a partir de enero.
—¿Cuánto duraba?
Hubo una pausa.
—Cuatro meses.
Recordé entonces que me lo había explicado antes de irme: fotografía y diseño, clases algunos fines de semana y una parte intensiva al final. También recordé haber dicho que sonaba bien mientras doblaba camisetas para Madrid.
—Ah, sí. El de cuatro meses .
—Exactamente ese.
Entré en la habitación. Sergio estaba en su escritorio, con los auriculares puestos, y levantó una mano sin apartar la vista del portátil.
—¿Y qué te preguntan en la entrevista?
—Supongo que por el portfolio, por qué quiero hacerlo, esas cosas. Clara dice que prepare respuestas y Mateo dice que, si preguntan por mis referentes, diga que él.
—Eso te garantiza que no te cojan.
—Opino lo mismo, Mateo es muy pesado.
Me senté en la cama y empecé a desatarme las zapatillas.
Diego me contó que había cambiado dos fotografías del portfolio y que una profesora del instituto le había ayudado con el texto de presentación. Yo lo escuchaba mientras intentaba recordar si al día siguiente empezábamos a las ocho o a las ocho y cuarto.
Cogí el móvil de la mesa para mirar el calendario y la llamada pasó al altavoz sin querer.
—¿Qué haces? —preguntó Diego.
—Nada. Estaba mirando una cosa.
—¿Del tenis?
Tardé demasiado en responder.
—El horario de mañana.
—Claro.
Dejé el móvil boca abajo.
—Sigue. Me estabas contando lo de las fotos.
—Ya te lo he contado.
—Pues dime cuáles has cambiado.
Diego guardó silencio un momento.
—Álex, no pasa nada. De verdad. Estás cansado y yo también tengo que terminar unas cosas. Hablamos otro día con más tiempo .
—Tengo tiempo ahora.
—Hace treinta segundos estabas mirando a qué hora entrenabas mañana.
—Porque no me acordaba.
—Ya. Y no estoy enfadado.
La frase consiguió que sonara exactamente a cuando sí lo estaba.
—Diego...
—Que no pasa nada. Si me cogen, te lo cuento.
—También puedes contármelo antes.
—Lo estoy intentando.
No supe qué responder inmediatamente.
Diego habló primero.
—Te llamo después de la entrevista, ¿vale? Así al menos tendré algo nuevo que decirte.
—Eso ha sonado bastante mal.
—Puede.
Oí a alguien llamarlo desde otra habitación.
—Me tengo que ir.
—Vale.
—Descansa.
—Tú también.
La llamada terminó.
Sergio se quitó uno de los auriculares.
—¿Todo bien?
—Sí.
Me miró durante un segundo, volvió a ponerse el auricular y siguió estudiando .
Dejé las zapatillas donde estaban y abrí el calendario. Entrenábamos a las ocho.
Al día siguiente mandé tres devoluciones de saque seguidas fuera. La primera larga, la segunda contra la red y la tercera casi hasta la pista de al lado.
Gabriel paró la serie.
—Estás llegando tarde.
—Ya lo sé.
—Entonces corrígelo.
Volví a colocarme.
La siguiente bola entró, pero la dejé corta y Hugo atacó inmediatamente.
Gabriel caminó hacia mí.
—¿Has dormido?
—Sí.
—¿Te duele algo?
—No.
—Entonces deja de jugar como si llevaras dos horas aquí cuando acabamos de empezar.
Recogí una pelota con la raqueta.
—Estoy jugando normal.
—Vargas, llevo casi un mes viéndote entrenar. Puedo distinguir bastante bien cuándo estás jugando normal y cuándo tienes la cabeza en otro sitio.
Esperé a que continuara.
Gabriel bajó la voz porque los otros dos jugadores estaban colocándose.
—Si es por la revisión del programa, todavía faltan semanas y obsesionarte ahora con eso solo va a conseguir que llegues agotado.
—No es por la revisión .
—Entonces por el partido.
—Tampoco.
Gabriel me estudió un instante.
—Bien. Sea lo que sea, durante esta hora necesito que lo dejes fuera.
Aquello me irritó más de lo que esperaba.
—No todo lo que me pasa tiene que ver con el tenis.
Gabriel mantuvo la mirada.
—No he dicho eso.
—Acabas de darme dos opciones y las dos eran tenis.
Los demás esperaban en el fondo.
Gabriel miró hacia ellos y después volvió a mí.
—Tienes razón. Me he equivocado.
La respuesta me quitó parte de las ganas de discutir.
—Volvemos a empezar —continuó—. Si quieres hablar de lo otro, habla con quien tengas que hablar. Aquí solo puedo ayudarte con lo que pasa en la pista.
Esperé algo más.
Gabriel ya estaba regresando a su posición.
—Hugo, otra serie. Empieza abierto.
Me coloqué para las devoluciones de saque. La primera bola entró.
Entrené mejor durante el resto de la mañana. No solucioné nada con Diego, pero al menos dejé de intentar hacerlo mientras Hugo sacaba.
Después del entrenamiento físico comimos todos juntos y Sergio pasó quince minutos explicando por qué alguien había vuelto a dejar ropa mojada dentro de una secadora. Hugo defendía que, si la ropa llevaba allí más de veinte minutos, pasaba a formar parte de la ropa comunitaria.
Yo intervine lo suficiente para que dejaran de preguntarme si estaba callado .
Por la tarde Gabriel organizó una sesión de saques con dos jugadores por pista. Trabajamos dirección y primer golpe durante casi una hora hasta que los otros terminaron y se fueron hacia el gimnasio.
Estaba guardando las pelotas cuando Gabriel se acercó.
—Quédate dos minutos.
Dejé la cesta.
—Pensaba que últimamente querías que descansara.
—Y quiero. Por eso he dicho dos minutos, no cuarenta.
Cogió una raqueta.
—En los últimos saques estás cayendo demasiado hacia la izquierda. No es grave, pero luego empiezas el punto corrigiendo la posición en vez de aprovechar el saque.
Me coloqué en la línea.
—Santi decía que hacía eso cuando buscaba demasiado el abierto.
—Pues hoy Santi vuelve a tener razón. Saca.
La primera pelota entró.
Gabriel hizo un gesto para que repitiera. En la segunda terminé claramente desplazado.
—Ahí. Quédate.
Se acercó y señaló mis pies.
—Estás empezando bien. El problema aparece después.
Repitió el movimiento sin pelota delante de mí, marcando el giro de hombros y la caída.
—Tú lanzas, golpeas y, en lugar de entrar hacia aquí, terminas escapándote hacia el lateral. Otra vez.
Lo intenté sin pelota.
—Sigues haciendo lo mismo.
—Porque sin pelota es rarísimo .
—Con pelota también lo haces, solo que estás demasiado ocupado mirando si entra.
Volví a preparar el gesto.
Gabriel se colocó a mi lado.
—Más recto.
Moví el pie.
—¿Así?
—Espera.
Me tocó el antebrazo para bajar un poco la posición de la raqueta y después colocó una mano en mi hombro.
—Desde aquí. Gira.
Lo hice despacio.
—Ahora deja que el cuerpo vaya hacia delante. No abras antes.
Repitió el movimiento conmigo, guiándome apenas lo necesario.
Era una corrección como otras que había recibido cientos de veces de Santi, de preparadores y de técnicos que te colocaban un brazo o te empujaban medio paso porque explicar una posición podía llevar cinco minutos y moverla con la mano llevaba dos segundos.
—Otra vez —dijo Gabriel.
Repetí.
Su mano seguía apoyada en mi hombro. Giré demasiado pronto para preguntarle si estaba mejor. Gabriel estaba mucho más cerca de lo que esperaba.
Me quedé quieto.
Desde aquella distancia pude verle una pequeña marca clara junto a la ceja izquierda que nunca había observado desde el otro lado de una pista.
Él retiró la mano.
—Sí. Mejor.
Dio un paso hacia atrás .
Yo miré hacia la línea de saque.
—No he sacado.
—Ya.
Cogió una pelota de la cesta y me la lanzó.
—Ahora con bola.
La atrapé.
Preparé el saque, pero el primero se fue largo.
—Otra vez —dijo Gabriel desde varios pasos más lejos.
Boté la siguiente pelota. Esta entró abierta.
Avancé dentro de pista y me giré hacia él.
—¿Así?
Gabriel tardó un momento.
—Así.
Recogió la raqueta que había dejado en el suelo.
—Ya está. Mañana seguimos.
Guardamos el resto de las pelotas sin hablar demasiado. Caminó hacia el pasillo de los entrenadores y yo seguí hacia los vestuarios.
Aquella noche llamé a Diego. Esta vez dejé el horario del día siguiente dentro de la mochila antes de marcar.
Me contó cuáles eran las dos fotografías que había cambiado y por qué una profesora le había dicho que quitara una imagen que a él le gustaba. Discutimos durante cinco minutos sobre una foto que yo ni siquiera había visto y acabó mandándomela para demostrar que tenía razón.
—Es bastante buena —admití.
—Gracias. Ahora tu opinión importa muchísimo.
—Puedo colgar y retirarla.
—Ni se te ocurra .
Seguimos hablando. Cuando terminamos, Sergio ya dormía y la habitación estaba casi a oscuras.
Dejé el teléfono sobre la mesa. Al quitarme la camiseta para meterme en la cama, me acordé durante un instante de la mano de Gabriel sobre mi hombro y de aquella marca junto a su ceja.
Cogí el móvil otra vez. Abrí la fotografía que Diego acababa de mandarme. La amplié y me quedé mirándola hasta que la pantalla se apagó.