La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 14Fuera del horario
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CAPÍTULO 14Fuera del horario

Fuera del horario

El lunes llegué diez minutos antes y jugué peor. El martes intenté corregirlo y conseguí llegar tarde a bolas que normalmente habría golpeado sin pensar.

El miércoles perdí un set de entrenamiento contra Hugo por seis dos y, cuando terminó, él se quedó sentado en el banco bebiendo agua mientras yo recogía pelotas con más fuerza de la necesaria.

—Como sigas intentando arreglar en tres días todo lo que Gabriel te ha dicho desde que llegaste, para el viernes juegas con la mano izquierda.

Le lancé una pelota.

—Ocúpate de tu vida.

—Estoy intentando conservar la mía. Casi me arrancas la cabeza en el último juego.

Gabriel estaba hablando con otro entrenador al fondo de la pista. Lo miré solo el tiempo suficiente para comprobar que no nos prestaba atención.

Hugo lo vio.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Nada. Sigue disimulando.

Esta vez la pelota que le lancé pasó bastante más cerca.

El jueves fue peor. Habíamos estado trabajando salida después del servicio y durante la primera media hora conseguí pensar tanto en mantener la posición, leer la profundidad y no decidir el siguiente golpe antes de tiempo que acabé haciendo tarde las tres cosas.

Gabriel paró el ejercicio.

—Fuera.

Me quedé con la raqueta en la mano .

—¿Qué?

—Cinco minutos. Bebe agua y vuelve.

—Estoy bien.

—No te he preguntado cómo estás. Te he dicho que salgas cinco minutos.

Me fui al banco.

Gabriel siguió con los otros tres como si yo no estuviera allí. Cada vez que una pelota cruzaba la pista encontraba algo que habría hecho distinto: uno retrocedía demasiado, otro entraba antes de tiempo, Hugo dejaba una derecha corta. A los dos minutos ya estaba moviendo el pie contra el suelo.

Gabriel se acercó antes de que se cumplieran los cinco.

—¿Qué estás haciendo?

—Esperando.

—Estás jugando el entrenamiento desde el banco.

Dejé la botella.

—Quiero volver.

—Precisamente por eso todavía no vas a volver.

Me apoyé contra el respaldo.

—La semana pasada me dijiste que trabajara más.

—Te dije que trabajaras mejor. Son frases distintas y te conviene aprender la diferencia.

Aquello me hizo callar.

Gabriel señaló la pista.

—Desde el partido estás intentando aprobar cada ejercicio. Te digo que mantengas posición y conviertes cada bola en un examen sobre si mantienes posición. Te digo que leas mejor y empiezas a dudar hasta de una pelota que viene medio metro fuera. Así tampoco juegas.

—Entonces, ¿qué hago?

—Hoy, descansar esta tarde. Mañana veremos .

—Tengo entrenamiento físico.

—Ya no.

—Gabriel...

—He hablado con el preparador. Vas cargado y llevas cuatro días intentando compensar una derrota con horas. Esta tarde libre.

Sonaba a castigo. Por mi cara, probablemente se notó.

—Y antes de que preguntes —añadió—, tener una tarde libre no significa que vayamos a echarte del centro.

—No iba a preguntar eso.

—Estás progresando.

Llamé a casa después de cenar.

Mi madre contestó desde la cocina y durante los primeros minutos hablamos de una factura que había llegado a mi nombre, de una vecina que había preguntado por mí y de mi padre, que según ella llevaba dos días diciendo que algún fin de semana podían acercarse a Madrid como si hubiera descubierto una ruta nueva.

—Está aquí —dijo—. Te pongo el altavoz.

—No hace falta.

Ya era tarde.

—¿Qué tal los entrenamientos? —preguntó mi padre desde algún punto más lejano.

—Bien.

—¿Y después del partido del otro día?

Miré las zapatillas que había dejado junto al escritorio.

—También bien. Ya hemos visto lo que hice mal y estamos trabajando en ello.

—Eso es lo importante.

Mi madre tardó un poco más en hablar.

—Tienes cara de cansado .

—Porque estoy cansado.

—Ya, Álex. Eso lo veo.

—Estoy entrenando más que allí. Es normal.

Mi padre apareció por fin en la pantalla y se inclinó tanto hacia el móvil que durante unos segundos solo vi media cara.

—Pues aprovecha ahora que tienes todo eso allí. Entrenadores, fisios, preparadores... Si estás cansado, que te controlen ellos.

Pensé en contarles que esa misma tarde me habían quitado una sesión porque llevaba cuatro días intentando entrenar como si pudiera recuperar un partido perdido a base de repetir golpes.

—Sí. Lo controlan.

Mi madre seguía mirándome.

—¿Seguro que estás bien?

—Mamá.

—Solo he preguntado.

—Y te he dicho que sí.

Hubo un silencio pequeño. Luego mi padre empezó a contar que Santi le había dicho algo sobre un torneo del mes siguiente y la conversación continuó.

Cuando colgamos habían pasado veinticinco minutos. No les había mentido exactamente. Tampoco habría sabido explicarles la diferencia.

Sergio estaba estudiando y me pidió que utilizara auriculares si iba a ver algo, así que cogí la sudadera y bajé.

—¿A dónde vas?

—A dar una vuelta.

Miró la hora.

—Qué vida tan peligrosa.

—Si no vuelvo, quédate con mis perchas.

—Las tuyas son una mierda .

Salí antes de que pudiera seguir.

Fuera hacía más fresco de lo que esperaba. Caminé sin pensar demasiado hacia una calle donde había una cafetería que cerraba tarde y un supermercado pequeño en el que Sergio compraba yogures porque aseguraba que los del comedor tenían una textura desagradable.

Entré a por agua, aunque tenía agua en la habitación. Cuando salí, Gabriel estaba esperando junto a la cafetería con una bolsa de papel en una mano.

Me vio casi al mismo tiempo.

—Espero que esto forme parte de tu tarde de descanso.

Levanté la botella.

—Hidratación.

—Muy profesional.

Llevaba vaqueros y una camiseta oscura debajo de una chaqueta ligera. Había algo raro en verlo sin ropa deportiva, aunque tardé un momento en entender que simplemente nunca lo había visto vestido para otra cosa.

Señalé la bolsa.

—Eso no parece comida de deportista.

—Una de las ventajas de no competir es que puedo decepcionar al nutricionista sin consecuencias.

—Pensaba que los entrenadores vivíais dentro del centro.

—Solo los que no encuentran piso.

Sonreí.

La cafetería tenía tres mesas fuera. Gabriel miró hacia ellas y después la hora en el móvil.

—Estoy esperando un pedido. Si quieres sentarte cinco minutos, puedes, pero te aviso de que fuera del centro no pienso analizarte ninguna jugada.

—Qué decepción .

Nos sentamos . Durante unos segundos no tuvimos nada que decir. Dentro sonaba una máquina de café y, cada vez que se abría la puerta, llegaba olor a comida caliente.

Gabriel apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Siempre llamas a casa cuando tienes mala semana o solo cuando quieres convencerles de que no la estás teniendo?

Lo miré.

—¿Cómo sabes que he llamado?

—No lo sabía.

—Pues eso ha sonado bastante a trampa.

—Ha funcionado.

Negué con la cabeza.

—Les he dicho que estoy bien.

—¿Y lo estás?

—Supongo.

Gabriel esperó.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de entrenador esperando que complete la respuesta.

Se rio.

—Vale. Cambio de tema.

—¿Tienes alguno?

—Unos cuantos. Tengo treinta y cuatro años, Álex. He desarrollado aficiones fuera del tenis.

Era la primera vez que decía su edad delante de mí.

—¿Como pedir comida que no aprobaría el nutricionista?

—Es uno de los principales .

La puerta de la cafetería se abrió, pero salió una pareja que pasó junto a nosotros sin mirar.

Gabriel siguió:

—También leo bastante, aunque últimamente menos. Voy al cine cuando consigo convencer a alguien de que una película de dos horas no debería empezar a las diez y media. Y mi ex decía que cocinar no podía considerarse una afición si todo lo que hacía era pasta.

La palabra se quedó unos segundos en mi cabeza.

—¿Tu ex?

Gabriel me miró.

—Sí.

—¿El chico del que hablan por aquí?

Levantó las cejas.

—Veo que en la residencia interesa muchísimo mi vida privada.

—Salió en una conversación.

—Me tranquiliza mucho.

Cogí la botella.

—¿Te molesta?

—¿El qué?

—Que sepan que eres gay.

La pregunta salió más directa de lo que había planeado.

Gabriel dejó de sonreír, aunque tampoco pareció incómodo.

—Ahora, no demasiado. Hace años era distinto.

Esperé y esta vez fui yo quien no hizo más preguntas.

—Cuando competía —continuó—, casi nadie lo sabía.

Tampoco tenía una gran estrategia. Era más sencillo: alguien preguntaba si tenía novia y decía que no.

Hacían un comentario sobre una chica y me reía si tocaba reírse.

Alguna vez estuve con alguien y, si aparecía cerca de un torneo, era un amigo.

Funcionaba bastante bien mientras nadie preguntara demasiado .

Bajé la vista hacia la botella.

—Yo hacía algo parecido.

Gabriel me observó unos segundos.

—¿En Comillas?

Levanté la cabeza. No recordaba haberle contado que había alguien allí.

—Hugo habla demasiado.

—Hugo habla incluso cuando duerme. Pero eso me lo acabas de contar tú.

Tenía razón.

—Se llama Diego.

Gabriel no preguntó más.

Eso hizo que siguiera hablando.

—Mis amigos lo sabían. Mis padres desde poco antes de venir aquí. Bueno, algunos amigos. Y luego mi familia. Fue... bastante normal.

—Eso suena bien.

—Sí. Lo fue.

Giré la botella entre las manos.

—Creo que me preocupaba más el día siguiente que decírselo. Que todo cambiara, aunque me dijeran que no iba a cambiar.

Gabriel apoyó la espalda en la silla.

—Eso sí lo entiendo.

La respuesta fue tan sencilla que esperé algo más.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres, una conferencia?

—Pensaba que ibas a decir algo profundo.

—Te estás confundiendo de entrenador.

Me reí .

Gabriel miró hacia la calle.

—A mí me costó más tiempo. Y algunas cosas cambiaron, aunque seguramente menos de lo que yo esperaba.

También era otro momento y otro entorno.

Cuando dejé de esconderlo ya había gente que llevaba años creyendo que me conocía de una manera determinada y algunos necesitaron recolocar cosas en su cabeza.

—¿Te trataron distinto?

—Algunos sí. Otros hicieron un esfuerzo tan grande por demostrarme que no les importaba que acabó importándome bastante.

Me acordé de mi padre esperando en la cocina la mañana después de contárselo.

—Eso también lo conozco.

Gabriel sonrió.

—Luego se pasa.

—Mi padre todavía tiene días.

—El mío tardó años en dejar de presentarme mujeres solteras como si fueran oportunidades interesantes.

Solté una carcajada.

—Eso es bastante peor.

—Mi padre es un hombre conservador.

La camarera apareció en la puerta con otra bolsa. Gabriel levantó una mano para indicar que no era la suya.

—¿Y en el tenis? —pregunté—. ¿Te perjudicó?

Esta vez tardó más.

—No sé contestarte bien. Hubo comentarios.

Algún vestuario incómodo. Un entrenador con el que trabajé un tiempo empezó a medir cada palabra cuando estaba conmigo y eso era casi peor que antes.

También hubo gente a la que le dio exactamente igual.

Un patrocinador pequeño no renovó un año, pero nunca me dijeron que fuera por eso y sería muy fácil inventarme ahora una explicación que quizá no es verdad.

—¿Y te arrepentiste ?

—Algunos días, sí. En general, no.

La respuesta me sorprendió más por no ser perfecta.

—Pensaba que dirías que no.

—Entonces me conoces menos de lo que crees.

Lo dijo sin dureza.

La camarera volvió a salir y esta vez llamó su nombre. Gabriel se levantó.

—Ese sí es mi pedido.

Yo también me puse de pie.

—Gracias.

—¿Por qué?

La pregunta me dejó sin una respuesta clara.

—Por contármelo.

Gabriel cogió la bolsa.

—Me has preguntado.

Empezamos a caminar en la misma dirección durante unos metros.

Antes de separarnos, me señaló con la bolsa.

—Y mañana, cuando te diga que estás dos metros demasiado atrás, esto no te da derecho a decir que soy un insensible.

—Pensaba utilizarlo exactamente para eso.

—Pues tendrás que buscar otra estrategia.

Nos despedimos en la esquina.

A la mañana siguiente Gabriel ya estaba en pista cuando llegué. Me había convencido durante el camino de que después de la conversación de la noche anterior algo sería diferente, aunque no habría sabido decir exactamente qué.

Dejó una cesta junto a la línea.

—Vargas, calienta cinco minutos y luego empiezas con Hugo .

Eso fue todo.

Entré en pista. Diez minutos después mandé una derecha larga y Gabriel levantó la mano desde el lateral.

—Estás decidiendo demasiado pronto. Espera a ver la bola.

Volví a colocarme. Hugo lanzó la siguiente . Esta vez esperé.