La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 13No eres tan bueno
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CAPÍTULO 13No eres tan bueno

No eres tan bueno

Perdí seis tres y seis uno, contra un chico al que había ganado cuatro meses antes.

El resultado parecía peor escrito en la hoja que dentro de mi cabeza, porque durante el partido había encontrado suficientes explicaciones para casi todo.

La pista era más lenta de lo que esperaba, él estaba sacando mejor, yo llevaba dos semanas cargando más horas de entrenamiento físico y en el segundo set había tenido tres juegos con treinta iguales que podrían haber cambiado bastante las cosas.

Gabriel esperaba junto a la salida cuando terminé.

No dijo nada sobre el resultado.

—Dúchate, come algo y a las cuatro nos vemos en la sala de vídeo.

Miré el reloj. Faltaban casi tres horas.

—Podemos verlo ahora.

—Ahora estás cabreado y vas a intentar explicarme cada error antes de que yo termine la frase. Prefiero ahorrarnos tiempo a los dos.

—Estoy bien.

Gabriel recogió la carpeta que había dejado sobre un banco.

—Entonces aprovecha esas tres horas para seguir estando bien.

Se marchó antes de que pudiera responder.

Hugo estaba terminando de guardar sus cosas unos metros más allá. Había ganado en tres sets y tenía una bolsa de hielo apoyada sobre el hombro.

—¿Cuánto?

—Seis tres, seis uno.

Hizo una mueca.

—Joder.

—El segundo ha sido más igualado de lo que parece .

Hugo me miró durante un instante.

—Pues espero que te den puntos por eso.

—Vete a la mierda.

—Yo también te quiero.

Cogí la bolsa y salí sin esperarlo.

A las cuatro menos cinco estaba sentado delante de una pantalla con Gabriel.

Había comido poco y mal, dado una vuelta por las instalaciones y contestado a mi padre con un «mal partido, luego te llamo» antes de silenciar el teléfono.

Diego había mandado una fotografía de Comillas acompañada de un comentario sobre el tiempo; la había visto en la pantalla sin abrir la conversación.

Gabriel entró con su portátil, conectó el vídeo y arrastró una silla.

—Vamos a hacerlo de una forma sencilla. Primero dime tú qué ha pasado.

—He jugado mal.

—Eso ya lo sé. Necesito algo que podamos utilizar mañana.

Crucé los brazos.

—Él ha sacado muy bien y la pista estaba lenta. Me costaba hacer daño con la primera bola y, cuando los puntos se alargaban, me empujaba bastante hacia atrás.

Gabriel escribió algo en una hoja.

—Sigue.

—En el segundo set he tenido opciones. Con uno dos he tenido treinta iguales, con uno tres también y luego he tenido una bola para dos cuatro. Si saco alguno de esos juegos, el resultado cambia bastante.

—El resultado, probablemente. El partido, no tanto.

Lo miré.

Gabriel adelantó el vídeo hasta un punto del primer set. Yo devolvía los saques. Mi rival sacó abierto, devolví corto y tres golpes después estaba defendiendo casi pegado al fondo .

—¿Qué ves?

—Una devolución mala.

—Mira la siguiente.

El punto empezó de forma distinta y terminó casi igual. Después otro. Y otro.

A la quinta repetición dejé de mirar la pantalla para mirarlo a él.

—Ya lo he entendido.

—Todavía no te he explicado nada.

—Me voy hacia atrás.

—Eso es una parte. Fíjate en cuándo ocurre.

Volvió a poner el primer punto.

Esta vez me obligué a seguir mis propios pies en lugar de la pelota. Después la devolución del saque recuperaba posición y, en cuanto mi rival aceleraba dos golpes seguidos, cedía terreno, aunque la bola todavía no me estuviera obligando.

—Estoy defendiendo antes de tener que defender.

—Exactamente. Y cuando haces eso contra alguien que se siente cómodo atacando, le regalas el tipo de partido que quiere jugar. Te pasas media hora intentando encontrar una bola para atacar después de haberte colocado tú solo dos metros más atrás.

—La pista estaba lenta.

Gabriel dejó el vídeo en pausa.

—La pista era la misma para él.

—Ya, pero su juego funciona mejor ahí.

—También. Y eso lo sabíamos antes de empezar.

Me moví en la silla.

—Entonces, ¿qué querías que hiciera? Si intentaba entrar antes, fallaba.

—Quería que aceptaras cometer algunos errores intentando cambiar el partido. Has hecho lo contrario: cuando has empezado a perder, has buscado seguridad. El problema es que tu versión segura hoy era exactamente la versión que él necesitaba.

Pasó al segundo set . Vimos un juego entero sin hablar. Con uno a tres tuve treinta iguales. Gané el primer punto con una derecha paralela y en el siguiente dejé dos bolas cortas hasta que él terminó entrando.

Gabriel pausó otra vez.

—Aquí.

—He llegado tarde.

—Antes.

Retrocedió.

—Aquí.

—La bola viene profunda.

—Antes.

Volvió a retroceder hasta dejar congelada mi posición justo después del saque.

Tardé unos segundos.

—Estoy demasiado atrás.

—Y llevamos semanas trabajando eso.

Me molestó que utilizara el plural.

—No lo hago siempre.

—Hoy lo has hecho diecisiete veces después del primer golpe. Las he contado.

Solté una risa corta.

—Claro que las has contado.

—Para eso me pagan.

Volvió a reproducir el punto.

—También has tenido cosas buenas. Cuando has conseguido jugar dentro de pista, le has hecho daño. Tu primer saque ha funcionado razonablemente bien y has ganado bastantes puntos cuando has podido mandar con la derecha.

Esperé.

—Pero.

Gabriel giró la silla un poco hacia mí.

—Pero cada vez que el partido se ha ido a un sitio que no te gustaba has intentado solucionarlo haciendo más fuerte lo que ya sabes hacer, en lugar de aceptar que hoy necesitabas otra cosa.

—Hace una semana me dijiste que dejara de intentar demostrar lo que sé hacer.

—Y hoy has vuelto a hacerlo.

—He perdido un partido. Tampoco significa que todo lo que hago esté mal.

—Eso no lo he dicho.

—Ha sonado a eso.

Gabriel se quedó mirándome y durante unos segundos solo se oyó el ruido del aire acondicionado.

—¿Qué quieres que te diga, Álex?

—Nada.

—Pues llevas dos semanas intentando averiguar qué pienso de ti y ahora que estamos hablando de tu juego parece que prefieres que pare.

Me incorporé en la silla.

—Quiero saber qué piensas, pero tampoco necesito que conviertas un seis tres y un seis uno, en que de repente no sé jugar.

—Eso tampoco es lo que pienso.

—Entonces dime qué piensas.

Gabriel apartó el portátil hacia un lado.

—Pienso que tienes talento. Bastante. Tienes una derecha que puede hacer daño a jugadores mejores que tú, lees bien algunas situaciones y cuando juegas convencido eres capaz de cambiar un punto antes que mucha gente de tu edad.

Esperé el resto . Llegó.

—También pienso que estás acostumbrado a que tener esas cosas te resuelva demasiados problemas.

Aquí no va a pasar. Casi todos tienen algo especial, Álex.

Un saque enorme, unas piernas increíbles, una capacidad absurda para competir o una técnica que llevan trabajando desde niños.

Si tu plan consiste en llegar cada día y demostrar que tienes talento, vas a descubrir muy rápido que tu talento no basta.

La frase quedó entre nosotros sin necesidad de que levantara la voz.

Me puse de pie.

—Pues para pensar que no basta, lleváis bastante tiempo siguiéndome.

Gabriel no se movió.

—Precisamente porque creemos que puede bastar si haces algo con él.

—Eso suena muy bien después de decirme lo contrario.

—No te he dicho lo contrario. Tú estás escuchando «no eres suficientemente bueno» porque es la frase que llevas esperando desde que llegaste.

Cogí la botella que había dejado junto a la silla.

—No sabes lo que llevo esperando.

Gabriel respiró por la nariz y miró un momento la pantalla antes de responder.

—Puede ser. Ahí tienes razón.

Aquello me frenó un segundo.

—Lo que sí sé —continuó— es lo que veo cuando juegas.

Y hoy, después de perder el primer set, has empezado a tomar decisiones pensando más en evitar que el resultado empeorara que en encontrar una manera de ganar.

Si quieres discutir eso, volvemos a poner el vídeo desde el principio.

Si quieres enfadarte conmigo, también puedes hacerlo, pero el vídeo va a seguir aquí mañana .

Desconectó el portátil. La conversación había terminado para él. Para mí, no.

A las seis y cuarto debería haber estado en la residencia. En lugar de eso, pedí una cesta de pelotas y volví a una de las pistas exteriores.

El sol ya quedaba bajo detrás de los edificios y en la pista contigua entrenaban dos jugadores más jóvenes con otro técnico. Empecé con saques, pero después de diez minutos me pareció una forma bastante evidente de evitar lo que acababa de ver en vídeo.

Moví la cesta al fondo . Saque imaginario, primer golpe, recuperar posición sin ceder terreno.

Otra . Saque, derecha cruzada, paso dentro.

Al principio lo hacía sin pelota; después utilicé la pared lateral para iniciar el movimiento y terminé pidiendo a uno de los chicos que recogía material si podía lanzarme algunas desde el otro fondo.

Llevaba casi media hora cuando oí la voz de Gabriel.

—Vas a conseguir que mañana tenga que explicar al preparador físico por qué has añadido una sesión que no estaba planificada.

Fallé la derecha y la pelota se fue al pasillo lateral.

—Solo llevo haciéndolo media hora.

—Eso dicen todos antes de convertir media hora en una hora y cuarto.

Gabriel venía del edificio con una mochila colgada de un hombro. Ya no llevaba la carpeta.

—He terminado.

—Perfecto. Entonces recoge.

Cogí otra pelota.

—Quiero probar una cosa.

—Mañana tienes pista a las ocho.

—Lo sé.

Me coloqué en la línea.

Gabriel dejó la mochila junto al banco .

—Enséñamela.

Le expliqué el movimiento: mantener posición después del primer golpe y obligarme a avanzar si recibía una pelota neutra, aunque el ataque siguiente no fuera perfecto.

Me escuchó sin interrumpir.

—La idea está bien —dijo cuando terminé—, pero haciéndolo solo vas a acabar anticipando el movimiento antes de ver la bola. Estarás entrenando otra versión del mismo problema.

Solté la pelota que tenía en la mano dentro de la cesta.

—Entonces dime cómo hacerlo.

Gabriel miró el reloj.

—Diez minutos.

Cogió cuatro pelotas y caminó hacia el otro lado de la pista.

—Yo inicio desde aquí. Tú recuperas después del primer golpe y decides según lo que te mande. Si entras porque toca, seguimos. Si entras porque has decidido hacerlo antes de que yo golpee, paramos.

—Diez minutos no sirven para mucho.

—Ya estamos gastando uno discutiendo.

Fui hacia el fondo . Gabriel lanzó la primera.

Las tres siguientes me obligaron a mantenerme. En la cuarta dejó una bola más corta y avancé demasiado rápido, casi antes de verla salir de su raqueta.

—Otra vez —dijo.

Seguimos.

A los pocos minutos dejé de contar cuántas pelotas llevábamos.

Gabriel variaba profundidad y dirección sin avisar, y cuando me precipitaba simplemente detenía la serie y empezaba otra.

Después de uno de los intercambios conseguí aguantar dos bolas profundas, recuperar posición y entrar con una derecha que cayó cerca de la línea.

Miré hacia él.

Gabriel ya tenía otra pelota en la mano .

—Esa.

—¿Esa qué?

—Esa decisión. Otra vez.

Volvió a lanzarla. Cuando terminamos habían pasado casi veinte minutos.

Gabriel recogió su mochila.

—Mañana no añadas nada después de la sesión. Si quieres trabajar esto, lo metemos en el entrenamiento y controlamos la carga.

—Vale.

—Y duerme. También forma parte del programa, aunque os cueste creerlo.

Empezó a marcharse.

—Gabriel.

Se giró.

Tardé un momento más de lo necesario en encontrar qué quería preguntarle.

—¿Tan malo ha sido el partido?

Gabriel me miró desde fuera de la pista.

—Sí.

Esperé.

—Pero mañana entrenamos.

Recogí la última pelota y la dejé en la cesta. Cuando salí de la pista, él ya se había ido.

A la mañana siguiente llegué diez minutos antes.