La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 12Gabriel
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CAPÍTULO 12Gabriel

Gabriel

A los cuatro días ya había aprendido que Gabriel utilizaba mi apellido de tres maneras distintas.

«Vargas» significaba que me tocaba entrar en el ejercicio. «Vargas, otra vez» significaba que había hecho algo mal. Cuando decía mi apellido y se quedaba callado después, convenía repasar mentalmente los últimos treinta segundos antes de preguntarle nada.

Aquella mañana fue la tercera.

Habíamos empezado con un ejercicio de oportunidad de ataque en el que teníamos que aguantar seis golpes antes de buscar una decisión más agresiva. Hugo estaba al otro lado y, después de cinco bolas bastante profundas, me dejó una derecha a media pista que habría atacado en cualquier partido.

Entré y la crucé.

Hugo ni siquiera corrió.

—Bien jugado —dijo mientras recogía otra pelota.

Gabriel, desde un lateral, dejó de escribir en la carpeta.

—Vargas.

Esperé.

—¿Qué?

—¿Cuántos golpes llevabais?

Miré a Hugo.

—Cinco.

—Entonces has hecho mal el ejercicio.

—La bola estaba para entrar.

—Ya lo he visto.

—En un partido habría atacado .

Gabriel cerró la carpeta contra el muslo.

—Y si estuviéramos jugando un partido, habría sido un buen punto. Como estamos entrenando otra cosa, acabas de fallar, aunque la pelota haya entrado.

Cogí otra bola de la cesta.

—Pero tampoco tiene sentido dejar pasar una bola así.

—Tiene bastante sentido si quiero comprobar si eres capaz de obedecer una condición cuando tu primera decisión sería otra. Ya sé que sabes pegar una derecha desde media pista. Lo pone en todos tus informes y llevo cuatro días viéndolo.

Hugo se colocó para sacar.

—Te está diciendo que eres muy bueno.

Gabriel lo miró.

—A ti te estoy diciendo que dejes de ayudarme.

—Entendido.

—Y ahora probablemente estás pensando que eso también era ayudarme.

Hugo sonrió.

—Un poco.

Gabriel señaló la línea.

—Jugad.

La siguiente vez conté mentalmente los golpes. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hugo volvió a dejarme una bola corta en el sexto y esperé hasta que golpeó la siguiente antes de atacar. Llegué peor colocado, pero conseguí abrir la pista y terminar dos golpes después.

Gabriel anotó algo. Ni siquiera levantó la cabeza.

Seguimos durante casi veinte minutos. Cuando cambiamos de ejercicio, Hugo fue al banco a beber y yo me acerqué a Gabriel.

—¿Qué has apuntado?

—Cosas .

—Eso ya lo veo.

—Entonces estamos avanzando.

Miré la carpeta.

—¿Sobre mí?

Gabriel levantó los ojos.

—Sobre los cuatro. Para eso sirve la observación.

—¿Y qué pone?

—Que haces muchas preguntas durante los descansos.

Me reí porque pensé que estaba bromeando. Él siguió mirándome exactamente igual.

—Te lo digo en serio.

—Yo también. Cuando termine la semana hablamos de lo que he visto. Hasta entonces, prefiero seguir mirando antes de explicarte cada cosa que pienso.

—Santi me corregía en el momento.

—Pues durante años has tenido la suerte de entrenar con Santi. Ahora trabajas conmigo.

La frase me molestó más de lo razonable.

Gabriel debió de notarlo porque señaló la pista con el bolígrafo.

—Y antes de que conviertas eso en una competición entre entrenadores, vuelve con Hugo. Te quedan tres minutos de descanso y ya has gastado dos intentando leer mi carpeta.

La primera semana terminó con músculos que dolían incluso en sitios que creía entrenados y con una cantidad de ropa sucia que confirmó que mi madre había tenido razón en al menos una cosa.

Sergio tenía un sistema para la colada que incluía dos bolsas separadas, una aplicación en el móvil y una alarma para bajar a recogerla antes de que alguien sacara la ropa de la lavadora.

—Como dejes allí las cosas diez minutos, aparecen encima de una secadora mojadas y hechas una bola —me explicó mientras separaba camisetas blancas y oscuras sobre su cama—.

Aquí la gente puede memorizar quince patrones de saque, pero el concepto de esperar a que termine una lavadora parece demasiado complejo.

Yo había metido toda mi ropa en una misma bolsa.

—Mi sistema es más rápido.

—Tu sistema convierte camisetas blancas en rosas.

Lo miré.

—Eso solo me ha pasado una vez.

—¿En serio?

—Prefiero no hablar del tema.

Sergio empezó a reírse.

Acabamos bajando juntos al comedor. Hugo ya estaba allí con dos jugadores del grupo y nos hizo sitio en la mesa.

La conversación empezó con el entrenamiento de la mañana y terminó, sin que supiera exactamente cómo, en qué entrenadores eran peores cuando perdías.

—Gabriel —dijo uno de los chicos—. Si has jugado mal, te explica por qué has jugado mal con tanta calma que prefieres que te grite.

Hugo negó mientras cortaba un trozo de pollo.

—Peor es cuando has ganado jugando mal. Tú llegas contento y él empieza a desmontarte el partido hasta que parece que has perdido seis cero.

—Eso es porque sois unos creídos y solo queréis que os digan que sois buenísimos —dijo Sergio.

—Tú llevas aquí desde enero y ya hablas como un entrenador.

—Llevo desde enero escuchándoos quejaros.

Miré a Hugo.

—¿Cuánto tiempo lleva Gabriel aquí?

—Bastante. Cuando yo vine por primera vez ya estaba. Antes trabajó en otro centro, creo, aunque no sé dónde.

El chico sentado enfrente intervino .

—En Barcelona estuvo una temporada. Mi hermano coincidió con él allí.

—¿Jugando? —pregunté.

—Entrenando. Gabriel dejó de competir bastante joven.

Hugo señaló con el tenedor hacia otra mesa.

—Pregúntale tú, que llevas toda la semana haciendo una investigación sobre él.

—Solo he preguntado cuánto lleva aquí.

—Ayer querías saber qué apuntaba de ti. Anteayer me preguntaste si siempre cambia los ejercicios a mitad. Esta mañana me has preguntado si conmigo también utiliza el apellido cuando se cabrea.

—No he dicho que se cabree.

—Peor. Has preguntado si conmigo “habla así”.

Sergio me miró divertido.

—Te preocupa bastante caerle bien.

—Me preocupa saber qué piensa de cómo juego.

—Eso es una manera mucho más deportiva de decirlo.

Le lancé una servilleta.

En la mesa de al lado alguien comentó algo sobre una cena del fin de semana y uno de los chicos que estaba con nosotros se giró.

—Gabriel tampoco viene a esas cosas, ¿no?

Hugo siguió comiendo.

—Alguna vez. El año pasado vino a una con el chico con el que estaba saliendo.

—Pensaba que era su hermano.

—Pues espero que no, porque se besaron al irse.

Sergio hizo una mueca.

—Buena investigación.

—Yo estaba allí. Tampoco tuve que infiltrarme en su casa .

La conversación siguió hacia una discusión sobre quién tenía permitido salir el sábado y a qué hora había que volver.

Me serví agua y pregunté a Sergio qué programa utilizaba para las lavadoras. No había mucho más que preguntar.

El lunes siguiente Gabriel cambió las parejas antes de empezar.

Hugo se fue con uno de los mayores y a mí me dejó con un chico zurdo al que apenas conocía. El ejercicio era sencillo sobre el papel: saque, tres bolas cruzadas y cambio de dirección únicamente cuando Gabriel lo indicara.

A los diez minutos estaba perdiendo la paciencia.

—Puedes soltarla un poco más —le dije al otro chico después de que mandara una devolución corta.

—Estoy haciendo lo que ha pedido.

—Ya, pero si me la dejas ahí todo el rato tampoco sirve de mucho.

Gabriel apareció detrás.

—Sirve para ver cuánto tardas en intentar organizar también el entrenamiento de los demás.

Me giré.

—Solo le he dicho que puede pegar más.

—Y él te ha contestado que está haciendo lo que le he pedido. De momento me parece suficiente.

—Así no tengo que defender casi ninguna.

—Exactamente.

Esperé alguna explicación más.

Gabriel cogió una pelota del suelo.

—Llevas una semana intentando demostrarme que puedes atacar desde cualquier sitio. Empiezo a creerlo. Lo que todavía quiero ver es qué haces cuando la sesión no te permite enseñar lo que mejor haces.

—También sé defender.

—Entonces hoy tienes una oportunidad estupenda para que se note .

Volvió al lateral.

El chico de enfrente me miró.

—¿Sigo igual?

Estuve a punto de decirle que sí de mala gana.

—Sí, pero cuando te diga que cambies, cambia de verdad. Si me la tiras al medio no cuenta.

Gabriel habló desde fuera sin levantar la voz.

—Vargas, si también vas a escribir las normas del ejercicio, te busco una carpeta.

El otro chico se echó a reír.

—Tú juega.

A partir de ahí dejé de hablar.

Durante la siguiente serie, Gabriel tardó muchísimo más en dar la orden de cambio de dirección. Mantuvimos ocho, diez, doce bolas cruzadas hasta que las piernas empezaron a pesar y yo tuve que dejar de pensar en cómo terminar el punto para concentrarme en llegar bien al siguiente golpe.

Cuando finalmente gritó «ahora», cambié paralelo demasiado deprisa y la bola se marchó larga.

Gabriel se acercó.

—Otra.

—He esperado doce.

—Y has pasado doce golpes pensando en el decimotercero.

Cogí otra pelota.

—Eso no puedes saberlo.

—Tienes razón. Igual estabas pensando en la lavadora.

El chico de enfrente soltó una risa . Yo también acabé sonriendo.

Gabriel se quedó junto a la línea .

—Escúchame. Tu problema no es que ataques demasiado.

Si fuera solo eso, sería fácil de corregir.

El problema es que en cuanto sabes qué quieres hacer dentro de tres golpes, empiezas a jugar los dos anteriores de forma automática.

Llegas peor, dejas de leer lo que hace el otro y, cuando aparece la bola que estabas esperando, muchas veces ya estás mal colocado para aprovecharla.

Miré hacia el otro fondo.

—Santi decía que veía el punto ganado antes de terminarlo.

—Pues Santi lo explicaba mejor que yo.

—Eso parece.

Gabriel sonrió apenas.

—Perfecto. Entonces no tengo que convencerte. Otra vez.

Volvimos al ejercicio.

Esa tarde terminamos casi veinte minutos más tarde de lo previsto porque Gabriel repitió varias series con mi grupo. Cuando por fin dijo que habíamos acabado, los demás empezaron a recoger inmediatamente.

Yo fui hacia el banco a por la botella.

—Vargas.

Me giré.

Gabriel estaba guardando las pelotas.

—Mañana quiero que trabajes con el grupo de las siete y media durante la primera hora.

—Mi horario pone ocho y cuarto.

—Ya lo sé. Lo he cambiado.

—¿Por qué?

—Porque ese grupo trabaja con más ritmo en defensa y te va a venir bien.

Miré hacia las otras pistas.

—¿Estoy bajando de grupo?

Gabriel apoyó la cesta en el suelo .

—Acabo de decirte exactamente para qué te cambio y tu primera pregunta es si significa algo malo sobre ti.

No contesté.

—A las siete y media —continuó—. Luego vuelves con tu grupo normal.

Cogió la cesta.

—Y desayuna antes. El primer día que alguien aparece sin comer porque quería dormir veinte minutos más, lo mando de vuelta a la residencia.

—Eso iba por mí o por alguien que ya lo ha hecho.

—Mañana lo averiguamos.

Se marchó hacia el almacén.

Cuando llegué a la residencia, Sergio estaba sentado en su escritorio con auriculares, estudiando. Dejé la bolsa en el suelo y cambié la alarma del móvil.

Diego me había escrito hacía casi una hora.

¿Sigues vivo?

Contesté mientras preparaba la ropa para la mañana.

De momento. Mañana empiezo antes.

Dejé el teléfono sobre la mesa, metí una camiseta limpia en la mochila y comprobé dos veces que la alarma estuviera puesta a las seis y cuarto.

A las siete y media quería estar en pista.