CAPÍTULO 11Kilómetro cero
Kilómetro cero
Mi madre tardó menos de cinco minutos en descubrir que el armario era demasiado pequeño.
Habíamos entrado en la habitación con dos maletas, una mochila, la bolsa de las raquetas y una caja que mi padre había insistido en traer porque, según él, meter dentro cables, un par de herramientas y una linterna, convertía aquello en una buena previsión.
La residencia olía a detergente y a aire acondicionado, y desde el pasillo llegaban ruedas de maletas, puertas cerrándose y voces que todavía no sabía asociar a nadie.
—Te dije que trajéramos menos ropa —comentó mi padre mientras intentaba abrir uno de los cajones del escritorio sin apartar la caja que había colocado delante.
Mi madre lo miró.
—Tú querías traer una cafetera.
—Porque va a vivir aquí.
—Tiene comedor.
—También tiene dieciocho años. En algún momento querrá un café sin pedir autorización a la federación.
Dejé las raquetas junto a la cama.
—Podéis seguir esta conversación en Comillas si queréis. Estáis a tiempo.
Mi madre abrió el armario otra vez, como si durante los últimos treinta segundos pudiera haber aparecido un estante nuevo.
—Tú ríete, pero dentro de una semana vas a llamarme preguntando dónde tienes los pantalones largos.
—Sabré dónde están porque voy a guardarlos yo.
Mi padre soltó una carcajada.
—Eso sí que quiero verlo .
La habitación era más pequeña de lo que recordaba de las concentraciones, aunque quizá entonces me había dado igual porque sabía que el domingo volvería a casa.
Dos camas, dos escritorios, un armario dividido por la mitad y una ventana desde la que se veía parte de las pistas exteriores detrás de otro edificio.
En la cama de al lado había una mochila negra y una sudadera doblada, señal suficiente de que mi compañero ya había pasado por allí.
Sobre mi mesa habían dejado una carpeta con mi nombre.
La abrí mientras mis padres seguían repartiendo mi vida entre cajones. Horarios, normas de residencia, contacto médico, planificación de las primeras semanas y una tarjeta con los accesos autorizados. En la última página aparecían tres fechas marcadas como revisiones de seguimiento.
Mi padre se inclinó por encima de mi hombro.
—¿Eso qué es?
—Evaluaciones.
—¿De qué?
—De mí, supongo.
Mi madre dejó de colocar camisetas.
—¿Evaluaciones para qué?
Leí el párrafo entero antes de responder.
—Rendimiento, adaptación, objetivos deportivos, esas cosas. Van revisando el programa durante la temporada.
Mi padre cogió la hoja.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí, pero ahora pone fechas.
Me devolvió el papel.
Durante años había tenido fechas de torneos, concentraciones, exámenes y viajes. Aquellas eran distintas. El doce de diciembre no tenía que ganar un partido concreto. Tenía que seguir pareciendo una buena apuesta.
Mi madre se acercó y leyó por encima .
—Pues el doce de diciembre harán una revisión. Hasta entonces tendrás unos cuantos meses para trabajar y para aprender cómo funciona todo esto. No empieces ya a convertir una fecha en una sentencia.
Sonreí.
—Santi te ha estado dando clases.
—Santi y yo llevamos años intentando que no te vuelvas insoportable. Hemos tenido que coordinarnos.
Mi padre terminó de colocar la caja bajo el escritorio y se incorporó.
—Además, si estás aquí es porque creen que puedes estar. Nadie te ha regalado nada.
—Eso tampoco significa que me lo hayan dado para siempre.
Él iba a contestar, pero mi madre se adelantó.
—Exactamente. Así que tendrás que ganártelo. Que es bastante distinto a pensar desde hoy en cuándo pueden quitártelo.
La puerta se abrió antes de que pudiera responder.
Un chico alto, con el pelo todavía mojado, apareció con una bolsa de deporte al hombro y se quedó mirando la cantidad de gente que habíamos conseguido meter en la habitación.
—Creo que esta también es mi habitación, aunque viendo esto ya no estoy seguro.
Mi padre apartó una maleta inmediatamente.
—Perdona. Estamos ocupando medio edificio.
El chico dejó la bolsa junto a la otra cama.
—Tranquilo. Mis padres hicieron lo mismo en enero. Mi madre incluso trajo perchas de casa porque decía que las de aquí parecían de hotel barato.
Mi madre miró las cuatro perchas que había metido ella en mi armario.
—Una mujer inteligente.
—Mamá .
El chico sonrió y me tendió la mano.
—Sergio. Zaragoza.
—Álex. Comillas.
—Sé dónde está. Mi abuela veranea por San Vicente.
Aquello ya era más información sobre Cantabria de la que había conseguido obtener de casi nadie durante mis primeras concentraciones.
Sergio señaló el pasillo.
—A las seis hay reunión para los nuevos en la sala de abajo. Si llegas tarde el primer día, consigues que te conozcan todos los entrenadores de golpe, pero no de la mejor manera.
Miré el reloj. Faltaba menos de media hora.
Mi madre también lo vio.
—Entonces nosotros nos vamos.
La frase cambió la habitación más deprisa que las maletas.
Mi padre consiguió despedirse en el pasillo sin darme ningún consejo deportivo, algo que probablemente le costó un esfuerzo enorme.
—Llama cuando quieras, aunque sea para decir que estás ocupado y que no puedes hablar. Así al menos sabremos que sigues vivo.
—Esa llamada parece bastante inútil.
—A tu madre le encantará.
Ella me abrazó antes de que pudiera responder. Lo hizo durante unos segundos, se separó y volvió a tocarme el brazo como si el primer abrazo no hubiera terminado de convencerla.
—Come bien. Duerme. Y si algo va mal, nos lo cuentas antes de llevar tres semanas diciendo que todo está estupendo.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Ya lo sé.
Mi padre me abrazó después y, cuando se apartó, señaló hacia la habitación .
—Y abre la caja antes de comprar nada. He metido más cosas de las que parece.
—Eso me preocupa bastante.
—Debería.
Los acompañé hasta el ascensor. Mi madre entró, mi padre sujetó la puerta un instante y durante unos segundos los tres nos quedamos mirándonos como si faltara alguna frase imprescindible.
Al final él levantó una mano.
—Aprovecha la oportunidad.
Sonaba exactamente a mi padre.
—Lo haré.
La puerta se cerró. Regresé a la habitación sin correr.
En la reunión éramos nueve jugadores nuevos, aunque reconocí a dos de concentraciones anteriores. Hugo estaba sentado en la última fila y levantó una mano cuando me vio.
—Mira quién ha conseguido que lo admitan.
Me senté a su lado.
—Pensaba que aquí tenían nivel.
—Han bajado los requisitos este año.
Seguía hablando exactamente igual.
Delante de nosotros, una mujer del equipo técnico explicó horarios, normas de residencia, asistencia obligatoria, uso del gimnasio, fisioterapia y el sistema de planificación.
Nada era completamente nuevo, pero escuchar aquello con una llave de habitación en el bolsillo hacía que cada norma pesara de otra manera.
Cuando llegó al seguimiento deportivo, proyectó en una pantalla el calendario de evaluaciones.
—La incorporación al programa supone que creemos que tenéis capacidad para progresar aquí.
Eso tampoco convierte vuestra plaza en indefinida.
Los grupos, calendarios y recursos se revisan durante la temporada según evolución, compromiso, resultados y necesidades deportivas.
La intención no es que viváis pendientes de una evaluación, pero sí que entendáis desde el principio que formar parte del programa también implica responder al nivel de exigencia.
Hugo se inclinó hacia mí.
—Traducción: corre mucho y no seas idiota.
—Eso deberían ponerlo en la carpeta.
—Sale en la página dos, debajo de la letra pequeña.
Sonreí, aunque volví a mirar las fechas de la pantalla.
En las concentraciones anteriores había intentado demostrar que merecía volver. Ahora tenía que demostrar que merecía quedarme.
Diego llamó cuando estaba terminando de guardar la ropa. Sergio había bajado a cenar con unos chicos que ya conocía, así que me senté en la cama y acepté la llamada.
—¿Qué tal tu nueva vida de estrella? —preguntó—. Espero que la habitación tenga al menos vistas al Bernabéu.
—Veo una pista, un edificio y un aparato de aire acondicionado. Estoy viviendo un sueño.
—Pues tu madre me ha escrito para decirme que habéis llegado bien. Creo que ya formo parte del grupo familiar.
—¿Mi madre te ha escrito?
—Sí. Dos palabras: “Ya instalado”. Creo que está intentando respetar tu intimidad con mucha intensidad.
Me reí.
—Se han ido hace un rato. Mi compañero parece normal, aunque lleva aquí desde enero y eso le da una superioridad moral bastante molesta.
—Dentro de dos semanas serás tú quien explique a otro dónde está el comedor como si hubieras nacido en Madrid.
Miré la toalla que había dejado encima de la silla mientras sacaba el resto de las cosas.
—¿Qué has hecho hoy ?
Diego empezó a contarme que había terminado una parte de la solicitud y que Mateo había aparecido por su casa para convencerlo de salir. Durante unos minutos hablamos igual que otras tardes, solo que él estaba en Comillas y yo sentado en una cama que todavía crujía de una forma que no conocía.
Antes de colgar, Diego se quedó callado un momento.
—¿Estás bien de verdad?
Miré alrededor.
—Sí. Es raro, pero sí. Mañana empiezo a las siete y media y ya tengo tres evaluaciones apuntadas antes de Navidad, así que me han dado unas horas para instalarme antes de empezar a cuestionar todas mis decisiones.
—Eso suena bastante a ti.
—Gracias.
—Lo digo porque llevas años queriendo estar ahí. Puedes echar de menos cosas y seguir queriendo estar ahí, Álex. Una cosa no quita la otra.
La idea me resultaba demasiado conocida como para volver a discutirla.
—Mañana te cuento qué tal.
—Hazlo cuando puedas. Yo también tengo cosas que hacer.
Sonrió al decirlo; lo oí en la voz.
—Buenas noches.
—Descansa.
Colgamos.
Terminé de colocar la ropa y encontré la toalla que mi madre había metido en la maleta el último día. La doblé y la guardé en el estante más alto porque allí cabía mejor.
Durante dos años había querido llegar a aquel sitio.
Para conseguirlo acababa de dejar una casa en la que conocía cada ruido, a mis padres, a Clara y Mateo, a Santi, las pistas donde había aprendido a jugar y a Diego, con quien apenas estábamos empezando a intentar que aquello se pareciera a algo capaz de sobrevivir fuera de esquinas, excusas y horarios libres .
La pregunta apareció mientras cerraba el armario.
¿Era feliz?
Había algo absurdo en formularla allí, rodeado de las cosas que acababa de abandonar precisamente para conseguir lo que llevaba años persiguiendo.
Podría haberme quedado en Comillas. Seguir entrenando con Santi, competir desde Cantabria, terminar los estudios cerca de casa y descubrir más adelante hasta dónde podía llegar. Esa vida también contenía cosas que quería.
Madrid contenía otra.
Encima del escritorio estaba el horario del día siguiente: desayuno a las siete, activación a las siete y media, pista a las ocho y cuarto, entrenamiento físico después, comida, estudio y otra sesión por la tarde.
Lo leí dos veces.
Quería que llegaran las ocho y cuarto. Eso decía bastante.
El problema era otro. Todo lo que había dejado tendría una explicación sencilla si alguien pudiera asegurarme que dentro de cinco años estaría jugando torneos profesionales.
Nadie podía hacerlo. La federación me había dado una habitación, entrenadores, tiempo y una oportunidad; el resto seguía dependiendo de demasiadas cosas.
Había dejado mucho por una posibilidad. Y aun así quería levantarme al día siguiente.
A las ocho y diez ya estaba junto a la pista con Hugo y otros tres jugadores. Sergio se había quedado en el gimnasio con otro grupo y yo todavía intentaba recordar qué pasillo llevaba más rápido desde los vestuarios cuando uno de los técnicos apareció con una carpeta.
Reconocí a Gabriel antes de que él llegara hasta nosotros.
Habían pasado casi dos años desde aquella mañana en que me corrigió la posición de devolución de saque, y después siguió trabajando como si yo hubiera sido una pelota más fuera de sitio.
Seguía llevando ropa deportiva oscura y la misma expresión de alguien que parecía llegar a una pista sabiendo exactamente qué quería hacer en ella.
Revisó los nombres de la carpeta .
—Hugo Martínez.
—Aquí.
—Álex Vargas.
Levanté la mano.
Gabriel me miró durante un par de segundos.
—Hemos coincidido antes, ¿verdad?
—En algunas concentraciones.
—Puede ser. Aquí pasa mucha gente.
Hugo me miró de lado, claramente disfrutando más de aquella respuesta de lo necesario.
Gabriel continuó con los otros nombres y después cerró la carpeta.
—Durante este bloque vais a trabajar conmigo en pista. Quiero ver cómo llegáis, qué habéis hecho durante el verano y cuánto de lo que aparece en vuestros informes se parece a la realidad. Hoy empezaremos sencillo: control, desplazamiento y puntos con condiciones. Ya habrá tiempo para complicarlo.
Dejó la carpeta sobre el banco y cogió una cesta de pelotas.
—Vargas y Martínez, fondo. Los otros dos, resto.
Hugo caminó hacia la línea.
—Dos años para volver y ni se acuerda de ti.
Cogí la raqueta.
—Cállate.
Gabriel lanzó la primera pelota antes de que termináramos de colocarnos. Corrí hacia ella.