CAPÍTULO 10Último verano
Último verano
Cumplí dieciocho años un martes y Santi decidió celebrarlo haciéndome repetir el mismo ejercicio durante cuarenta minutos.
Hacía calor incluso a primera hora, uno de esos días extraños en Comillas en los que el cielo parecía haberse olvidado de cubrirse, y la pista llevaba tanto tiempo recibiendo sol que el aire encima de la superficie temblaba ligeramente cuando miraba hacia el otro fondo.
—A partir de hoy puedes firmar tú solo algunas autorizaciones —dijo Santi mientras colocaba tres conos junto a la línea—. Eso significa que ya eres oficialmente responsable de tomar malas decisiones sin necesitar el permiso de tus padres.
—Pensaba que me ibas a felicitar.
—Te he felicitado cuando has llegado. Tampoco conviertas cumplir años en fiesta nacional.
Me pasó cuatro pelotas y señaló los conos.
El ejercicio consistía en defender dos golpes profundos, recuperar posición y atacar el tercero sin precipitarme. A esas alturas ya sabía para qué servía antes de que lo explicara, pero también sabía que preguntarle si podíamos saltarnos la explicación conseguía exactamente lo contrario.
—Dentro de tres semanas esto ya no lo voy a decidir yo —dijo mientras me preparaba—. Así que aprovecha para odiarme mientras todavía puedes hacerlo en persona.
Me quedé con una pelota en la mano.
—Vas a seguir siendo mi entrenador cuando vuelva.
—Cuando vuelvas de visita podemos entrenar, claro. Otra cosa es que me llames desde Madrid después de cada sesión para explicarme por qué el técnico que tengas allí no entiende tu saque.
—Eso dependerá de si entiende mi saque.
Santi me señaló con la raqueta .
—Eso es exactamente lo que quiero evitar. Te van a cambiar cosas, Álex. Algunas te gustarán, otras te parecerán absurdas y seguramente unas cuantas serán absurdas de verdad, porque los entrenadores también nos equivocamos. Antes de decidir cuál es cuál, haz el trabajo suficiente para comprobarlo.
—¿Me estás diciendo que allí no discuta?
—Te estoy diciendo que aprendas la diferencia entre discutir porque has pensado algo y discutir porque te molesta que otro haya decidido por ti. Tú mezclas bastante las dos.
Boté la pelota una vez.
—Qué discurso tan bonito para mi cumpleaños.
—Es mi regalo. El año pasado te compré unas muñequeras y ni siquiera me diste las gracias.
—Eran horribles.
—Por eso este año he decidido regalarte un discurso. Sale más barato.
Empezamos el ejercicio.
En la sexta repetición ataqué demasiado pronto y la pelota se fue larga.
Santi señaló el punto donde debería haber esperado medio segundo más, pero ya estaba colocando otra en juego antes de terminar la explicación.
Seguimos así hasta que acerté tres secuencias consecutivas y entonces cambió de lado sin felicitarme. Eso también iba a echarlo de menos.
Al terminar, mientras guardábamos las pelotas, vi una carpeta encima de su bolsa.
—¿Eso es mío?
—Parte del plan de Madrid. Calendario inicial, pruebas físicas, controles y algunas cosas que ya te han mandado por correo. Lo he revisado esta mañana.
Cogí la carpeta.
—¿Y?
—Y está bien. Empiezas fuerte, pero dentro de lo razonable. Tendrás unos días de adaptación y después ya te meten en dinámica completa .
Pasé la primera hoja sin leerla.
—¿Vas a hablar con ellos cuando me vaya?
Santi cerró la cesta.
—Claro. Durante un tiempo tendremos contacto porque llevo años trabajando contigo y hay información que necesitan. Después cada vez menos, que es como debe funcionar.
—Suena a que tienes muchas ganas de librarte de mí.
—Tengo unas ganas tremendas. Voy a utilizar tus horas para entrenar a alguien que haga caso a la primera.
—Te vas a aburrir.
Santi sonrió mientras echaba a andar hacia la salida.
—Probablemente.
Durante aquellas semanas todo empezó a tener fecha.
Mi madre había pegado en la nevera una lista con cosas que faltaban por comprar y mi padre añadió al lado, con otro bolígrafo, una columna titulada cosas que tu madre piensa que faltan y probablemente no hacen falta . La lista de mi padre estuvo menos de un día.
La maleta grande apareció abierta encima de una silla del cuarto de invitados, aunque todavía faltaban casi tres semanas para irme.
Mateo decidió que aquello era una señal de enfermedad.
—En mi casa hacemos las maletas la noche anterior y siempre acabamos llevando todo —dijo cuando vino una tarde con Clara y Diego—. La organización está sobrevalorada.
Mi madre lo oyó desde el pasillo.
—Por eso una vez te fuiste de excursión sin calcetines.
—Eso fue un olvido, solo me pasó una vez.
—Te llevó tu madre una bolsa al instituto.
—Claro, para eso están las madres.
Clara estaba sentada en el suelo de mi habitación revisando una caja de cosas que mi madre pretendía que decidiera si quería conservar .
—¿Por qué tienes siete trofeos de torneos de cuando eras niño?
—Porque los gané.
—En uno pone benjamín participación.
—Sigue siendo un trofeo.
Mateo lo cogió.
—Este me lo quedo. Es probablemente el mayor logro deportivo al que voy a acercarme en mi vida.
Se lo quité antes de que lo metiera en su mochila.
Diego estaba apoyado junto a la ventana, escuchándonos mientras miraba uno de los papeles del centro de Madrid que yo había dejado sobre el escritorio.
—Aquí pone que la primera semana tienes pista por la mañana y preparación física por la tarde, todos los días.
—Más o menos.
—¿Y luego clases también?
—Tengo que seguir con los estudios, sí. Me lo están organizando para que pueda acabar sin volverme completamente idiota.
Mateo levantó una mano.
—Si necesitas asesoramiento sobre esa última parte, tengo experiencia.
Clara le lanzó un cojín.
La tarde pasó así, entre cosas que tenía que guardar, papeles de Madrid y conversaciones que empezaban en cualquier sitio.
En algún momento bajamos los cuatro a comprar algo y terminamos sentados cerca de la playa, comiendo patatas de una bolsa mientras Mateo explicaba un plan absurdo para venir a Madrid y vivir durante una semana en mi residencia sin que nadie se diera cuenta.
Diego hablaba menos, aunque parecía tranquilo.
Cuando Clara y Mateo se fueron, él se quedó conmigo.
—¿Tienes que volver ya a casa ?
—Mi madre cree que si desaparezco más de tres horas perderé alguna autorización importante.
—Podemos caminar un rato y luego vuelves. Tampoco hace falta organizar hasta eso.
Fuimos hacia el paseo marítimo.
El día había empezado despejado, pero por la tarde habían entrado nubes desde el mar y el aire estaba bastante más fresco. Diego llevaba las manos metidas en los bolsillos y yo caminaba a su lado sin prisa, algo que durante años había sido difícil conseguir.
—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que Madrid parecía una cosa que iba a pasar dentro de veinte años? —pregunté.
—Me acuerdo de que tú te cabreaste porque yo no estaba suficientemente contento.
—También.
Diego sonrió.
—Eras bastante insoportable con dieciséis.
—Ahora soy mucho mejor.
—Claro. Madrid recibe una versión completamente madura de Álex Vargas.
—Les ha tocado la lotería.
Seguimos hasta donde había menos gente y nos sentamos en el muro, mirando el agua. Durante unos minutos hablamos del curso de Bilbao, porque Diego estaba preparando una solicitud para otro programa relacionado con fotografía y diseño que empezaría después del verano.
—Entonces tú también vas a estar bastante fuera —dije.
—Si me cogen, algunos fines de semana. Y el año que viene quiero intentar estudiar fuera de Cantabria de todas formas, así que tampoco tiene mucho sentido montar mi vida alrededor de quedarme aquí.
—¿Dónde quieres ir?
—Todavía estoy mirando. Bilbao me gusta, pero también he visto cosas en Madrid y Barcelona. Dependerá de notas, dinero y de dónde consiga entrar .
—Podrías acabar en Madrid.
—Podría acabar en Cuenca si sigo mandando solicitudes sin mirar bien dónde están las cosas.
Me reí.
Diego arrancó un trozo diminuto de pintura del muro con la uña y lo dejó caer entre sus zapatillas.
—¿Tú qué crees que va a pasar con nosotros?
La pregunta llegó tranquila, casi metida dentro de la conversación anterior.
Lo miré.
—No tengo ni idea.
—Ya. Yo tampoco.
Esperé que añadiera algo, pero Diego siguió mirando hacia el mar.
—Puedo venir —dije—. Cuando tenga fines de semana libres volveré a casa. Y tú puedes ir alguna vez a Madrid si te apetece.
—Seguro que ocurrirá alguna vez. Lo que no quiero es que nos pasemos meses diciendo que vamos a hacer cosas que luego ninguno puede hacer.
Había aprendido a reconocer esa frase en él. No era un ataque.
—¿Piensas que voy a olvidarme de ti cuando llegue allí?
Diego giró la cabeza.
—A veces sí.
—Pues eres idiota.
—Gracias por tranquilizarme.
—Te estoy diciendo en serio que no voy a olvidarte.
—Ya sé que no vas a borrarme de la memoria, Álex.
Me refiero a que allí vas a tener otra vida.
Vas a conocer gente, vas a entrenar todo el día, vas a estar pendiente de partidos y de si consigues quedarte.
Yo voy a hacer mis cosas también. Puede llegar un momento en que hablar conmigo deje de ser lo primero que te apetece hacer cuando acabes .
—También puede ocurrirte a ti.
—Claro.
Su respuesta me molestó menos de lo que habría hecho unos meses antes.
Diego se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre las piernas.
—Por eso prefiero que no prometamos cosas raras ahora.
Si dentro de dos meses seguimos llamándonos todos los días, genial.
Si dentro de seis estamos cada uno en un sitio y hablamos una vez por semana, será eso.
Lo único que me daría rabia es que intentáramos fingir durante meses que nada está cambiando.
Miré el agua.
—Siempre consigues que las conversaciones agradables acaben fatal.
—Tú has empezado preguntando por una discusión de hace dos años.
—Era nostalgia.
—Pues eres malísimo con eso.
Le di con el hombro y él devolvió el golpe.
Nos quedamos callados un rato. Desde donde estábamos llegaban las voces de gente que seguía en la playa y el sonido regular del agua contra las piedras del muro.
Diego se acercó un poco.
—Todavía quedan semanas.
—Tres.
—Eso son semanas.
—Veintiún días.
—Ves, por eso me caes mal. Nadie normal convierte tres semanas en días para que parezcan menos.
—Parecen más.
—Peor todavía.
Me incliné y lo besé .
Fue un beso tranquilo, sin la urgencia de cuando teníamos dieciséis y cualquier ruido nos hacía separarnos, aunque después Diego miró hacia el paseo por costumbre. Yo también lo hice, pero ninguno se movió.
—¿Te vas a acordar de mí? —preguntó al separarse.
—Ya te he contestado.
—Quería comprobar si habías cambiado de opinión en los últimos treinta segundos.
—Sigo pensando que eres idiota.
Sonrió y apoyó la frente contra la mía durante un instante.
Después nos levantamos. En la esquina donde nuestros caminos se separaban, Diego señaló hacia mi casa.
—Vete antes de que tu madre active una búsqueda.
—Mañana entreno temprano. ¿Te veo por la tarde?
Diego pensó un momento antes de responder.
—Tengo que terminar unas cosas de la solicitud, pero cuando acabe te escribo y hacemos algo. Si sales tarde, tampoco pasa nada; aún quedan días.
—Veintiuno.
—Vete a la mierda, Álex.
Me reí mientras él echaba a andar en dirección contraria.
Al llegar a casa encontré la maleta abierta en el cuarto de invitados y a mi madre colocando encima una toalla que yo llevaba años usando para los torneos.
—Esa cabe en cualquier sitio y seca bien —dijo antes de que pudiera preguntarle.
Cogí la toalla, la doblé otra vez porque la había dejado demasiado grande y la metí en una esquina de la maleta.
Mi madre siguió buscando cosas en el armario. Yo dejé espacio al lado.