La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 9Ya lo saben
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CAPÍTULO 9Ya lo saben

Ya lo saben

Mi madre cumplió su promesa y no se lo contó a nadie durante los cuatro días siguientes, aunque descubrí que respetar una confidencia y comportarse con normalidad mientras la respetaba eran dos habilidades distintas.

El domingo, antes de salir hacia casa de mis abuelos para celebrar el cumpleaños de mi abuela, entró dos veces en mi habitación. La primera quería saber si me había cambiado de camiseta. La segunda se quedó apoyada en el marco de la puerta y empezó a hablar antes de encontrar una excusa.

—Quiero preguntarte una cosa antes de ir, pero no quiero que pienses que estoy intentando convencerte de nada. Si hoy alguien hace algún comentario sobre Madrid, sobre novias o cualquier cosa de esas, ¿qué quieres que hagamos nosotros?

Dejé de buscar una sudadera en el armario.

—¿Qué vas a hacer tú?

—Eso es precisamente lo que te estoy preguntando. El otro día dijiste que esto lo querías contar tú, y lo entiendo, pero tampoco sé si ahora esperas que tu padre y yo finjamos que no sabemos nada cuando alguien diga alguna tontería.

—No hace falta que finjáis.

—Entonces, si tu tía pregunta si tienes novia, ¿puedo decirle que no?

Me reí.

—También podía decírselo antes.

—Ya sabes a qué me refiero.

Saqué una sudadera y la dejé encima de la cama.

—No quiero que hagamos una reunión familiar para anunciarlo. Pero si sale, no pienso mentir.

Mi madre se quedó allí un momento, como si esperara una cláusula adicional .

—¿Y si preguntan más?

—Ya veré.

—Eso no es muy concreto.

—Pues te va a tocar sobrevivir.

Sonrió y empezó a marcharse, aunque antes de salir se volvió.

—Tu padre lleva toda la mañana diciendo que no va a comentar nada. Así que probablemente será el primero en meter la pata.

—Eso sí que es concreto.

En casa de mis abuelos éramos once alrededor de una mesa que normalmente estaba pensada para seis.

Mi padre se había quedado en una esquina junto a mi tío Javier, discutiendo sobre si ir en coche a Madrid era una estupidez teniendo tren, mientras mi abuela insistía en servir más comida a cualquiera que dejara el plato vacío durante más de veinte segundos.

Mi prima Irene, que estudiaba en Bilbao y aparecía por Comillas bastante menos de lo que mi abuela consideraba aceptable, estaba sentada frente a mí.

Durante casi una hora no pasó nada.

Hablamos de Madrid, pero solo del tenis. Mi tía preguntó por la residencia, mi abuelo quiso saber cuánto costaba todo aquello y mi padre explicó por tercera vez que gran parte estaba cubierta por el programa, como si llevara meses trabajando para la federación.

Yo estaba empezando a pensar que mi madre se había preocupado por nada cuando mi tía Elena dejó el tenedor sobre el plato.

—Bueno, y tú allí vas a estar encantado. Dieciocho años, Madrid, residencia, gente nueva... Tu madre preocupada por las lavadoras y él seguramente pensando en las chicas.

Mi padre me miró. Fue un gesto mínimo, pero lo vi.

Unos días antes habría esperado a que alguien cambiara de tema. Aquella vez seguí cortando el trozo de carne que tenía delante.

—Las chicas no creo que sean un problema.

Mi tía sonrió.

—Eso dices ahora .

—Lo digo porque no me gustan.

La conversación de mi tío con mi padre se detuvo. Irene levantó la vista del plato y mi abuela siguió sirviéndose agua como si no hubiera oído nada.

Mi tía fue la primera en reaccionar.

—Ah.

Esperé.

—Me gustan los chicos —añadí, porque su «ah» parecía necesitar información adicional.

Irene volvió a comer.

—Pues entonces tampoco te faltará gente en Madrid.

Mi madre le lanzó una mirada que no supe interpretar.

—¿Qué? —dijo Irene—. Estoy diciendo que es una ciudad grande.

Mi tío Javier se limpió la boca con la servilleta.

—Bueno, mientras tú estés bien, a nosotros nos da exactamente igual. Estas cosas hoy en día son mucho más normales que antes.

La frase no me molestó hasta que llegó a estas cosas .

—No es una enfermedad rara, tío.

—No he dicho eso.

—Ya sé que no lo has dicho. Pero ha sonado un poco como si fueras a añadir que ahora hay tratamientos.

Irene se rio y mi tío la miró.

—Estoy intentando decir algo bueno.

—Entonces para cuando todavía estés a tiempo —dijo ella.

Mi padre empezó a sonreír y mi madre le dio una patada por debajo de la mesa. Lo supe porque él se movió de golpe.

Mi abuela, que hasta entonces no había intervenido, dejó el vaso.

—¿Tienes novio?

La pregunta fue tan directa que durante un segundo nadie habló .

—Más o menos.

Irene soltó una carcajada.

—Eso sí que necesita una explicación.

—No necesariamente.

Mi abuela no parecía satisfecha.

—O tienes novio o no tienes novio.

—Pues con nosotros es un poco más complicado.

—Eso es porque os gusta complicarlo todo.

Mi padre se tapó la boca con la servilleta.

—Mamá...

—¿Qué he dicho?

—Nada. Sigue.

Mi abuela volvió a mirarme.

—¿Lo conozco?

Pensé en decir que no. No porque quisiera ocultar a Diego, sino porque hasta ese momento había hablado de mí. La siguiente respuesta ya tenía un nombre.

—Es Diego.

Mi madre dejó de cortar el pan.

—¿Diego, el que viene contigo muchas veces? —preguntó mi abuela.

—Sí.

—El de las fotos.

—Ese.

Mi abuela cogió otra vez el tenedor.

—Es educado.

Irene empezó a reírse tanto que tuvo que beber agua.

—Abuela, acabas de aprobarle como novio porque saluda .

—Hay gente que ni eso.

Mi tío intentó intervenir con una broma sobre que al menos mis padres se ahorrarían embarazos no deseados. Esta vez mi madre ni siquiera necesitó mirarlo.

—Javier, come.

—Era una broma.

—Pues come en silencio, sin añadir nada.

La conversación terminó desviándose hacia el cumpleaños de mi abuela y después hacia una prima que no había podido ir porque estaba trabajando. Nadie volvió a interrogarme. Eso fue casi lo más extraño.

Diez minutos más tarde mi tía me estaba preguntando si pensaba llevarme una bicicleta a Madrid.

Al salir, Irene me alcanzó en las escaleras mientras los demás se repartían entre coches.

—Por cierto, si te sirve de algo, el tío Javier habla así de todo. Cuando le dije que quería estudiar Bellas Artes me explicó durante veinte minutos que conocía a un señor que pintaba escaparates.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

—Era la intención.

Bajamos hasta la calle.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Solo pensaba que sería más raro.

Irene se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Dales tiempo. Todavía necesitan procesarlo.

—Gracias.

—De nada. Y Diego parece guapo en las fotos.

Me detuve.

—¿Qué fotos?

—Las que has subido alguna vez con Clara y los demás. No soy una acosadora .

—No he subido fotos con él.

—Pues las habrá subido alguien. Lo he visto, Álex.

Continuó andando hacia el coche. Me quedé un momento detrás de ella. Comillas seguía siendo Comillas.

A Diego se lo conté esa misma tarde. Habíamos quedado cerca del paseo, aunque hacía bastante viento y terminamos refugiándonos junto a una pared desde la que apenas se veía el mar.

Le expliqué lo de mi tía, la reacción de mi abuela y el comentario de mi tío, que a Diego le hizo más gracia de la que yo consideraba razonable.

—Tu familia parece bastante normal.

—Eso es un insulto enorme para algunos de ellos.

—Ya, pero sabes lo que quiero decir. Podía haber sido peor.

—También podía haber sido mejor.

—Tu abuela ha dicho que soy educado. Creo que he alcanzado el máximo al que aspiraba viniendo de ella.

Lo miré.

Diego tardó un poco en darse cuenta.

—¿Qué?

—He dicho tu nombre.

La sonrisa se le borró.

—¿A quién?

—A mi familia.

—¿A todos?

—Me preguntaron si había alguien y luego mi abuela quiso saber quién era.

Diego desvió la vista hacia el paseo.

—Podías haber dicho que preferías no contarlo.

—Podía, pero tampoco pensé que fuera un problema.

—Ya .

El viento empujó una bolsa vacía por el suelo hasta que quedó enganchada en una papelera.

—¿Lo es?

Diego tardó en contestar.

—No sé si es un problema. Me habría gustado que me preguntaras antes.

—Tú llevas dos años diciéndome que te molesta que te esconda.

—No he dicho que quiera que se lo cuentes a once personas durante una comida familiar.

—No eran once desconocidos, Diego. Son mis padres, mis abuelos, mis tíos y mi prima.

—Para ti.

Aquello me irritó.

—¿Qué significa eso?

—Que para ti son gente de confianza. Para mí son personas que viven aquí y conocen a más personas que viven aquí. Mi madre conoce a tu tía Elena. Mi padre se cruza con tu abuelo. Esto no es Madrid.

No contesté inmediatamente. Había utilizado exactamente el argumento que yo habría usado dos años antes.

—No van a ir contándolo.

—No puedes saberlo.

—Mi madre ya les ha dicho que no es algo para ir comentando.

—¿Después de decir mi nombre?

Su tono empezaba a molestarme.

—Tampoco he dado una rueda de prensa. Me preguntaron y contesté.

—Pues ese es el problema. Que ahora para ti contestar es fácil.

—¿Y eso es malo?

Diego apoyó la espalda contra la pared.

—No. Pero en mi casa no lo saben, Álex .

Aquello frenó la discusión.

—Pensaba que sospechaban.

—Sospechar no es lo mismo. Mi madre puede sospechar lo que quiera y yo puedo seguir sin tener esa conversación si no quiero tenerla todavía.

—No iba a decírselo nadie.

—Espero que no.

—Parece que me estás echando la culpa de algo que ni siquiera ha pasado.

—Te estoy diciendo que cuando cuentas que estás conmigo también estás contando algo de mí.

No respondió con una frase perfecta después. Se quedó mirando el suelo y empujó con la zapatilla una piedrecita atrapada entre dos baldosas.

—Yo qué sé. Igual estoy exagerando. Pero podrías haber pensado en preguntarme.

Esta vez no encontré una respuesta rápida.

—Sí —dije al final—. Podría haberlo hecho.

Diego levantó la mirada, quizá esperando que añadiera una defensa. No lo hice.

—No quiero que vuelvas a esconderme —continuó—. Tampoco quiero enterarme después de que toda tu familia sabe quién soy. Tiene que haber algo entre esas dos cosas.

—Vale. A partir de ahora te pregunto antes de decir tu nombre.

—No hace falta que me pidas permiso cada vez que hables.

—Acabas de decir que sí.

—He dicho que pienses.

—Eso es mucho más trabajo.

Diego sonrió a pesar suyo.

—Puedes practicar en Madrid .

Nos quedamos allí unos minutos más, hablando de otras cosas, aunque al despedirnos no intentó besarme y yo tampoco me acerqué.

Cuando llegué a casa, mi madre estaba doblando ropa en el salón.

—¿Has estado con Diego?

La pregunta me hizo detenerme. Hasta hacía una semana, habría dicho simplemente que había estado con los demás.

—Sí.

Mi madre siguió doblando una camiseta.

—Tu abuela ha llamado. Dice que le ha caído bien siempre y que ahora entiende por qué venía tanto por aquí.

—Genial.

Ella levantó la vista.

—No se lo va a contar a nadie, Álex. Se lo he dicho a todos antes de irnos.

Dejé la mochila junto al sofá.

—Gracias.

—¿Ha pasado algo?

Miré hacia el pasillo y después otra vez a ella.

—No. Solo que en su casa todavía no lo saben.

Mi madre dejó la camiseta sobre el montón.

—Entonces tendremos mucho cuidado.

No preguntó nada más. Yo tampoco necesitaba que lo hiciera.

Subí a mi habitación mientras ella seguía doblando ropa, y por primera vez tener que callarme una parte de mi vida no era para protegerme a mí.