CAPÍTULO 8Decírselo
Decírselo
No tenía pensado hacerlo aquella noche. Eso fue lo primero que pensé cuando mi madre se levantó para recoger los platos y mi padre preguntó si quedaba yogur.
Habíamos cenado tortilla. Mi madre seguía hablando de la videollamada con Madrid del día anterior, concretamente de una autorización médica que aseguraba haber leído tres veces sin entender si necesitaba firma de los dos.
Mi padre decía que seguramente bastaba con una.
Yo llevaba varios minutos sin participar.
—¿Quieres el último? —me preguntó él, con el frigorífico abierto.
—No.
—Pues me lo como yo.
—Qué sacrificio.
Mi madre pasó detrás de él con dos platos.
—Como sigas abriendo la nevera durante media hora para elegir un yogur, mañana podrás desayunar leche caliente directamente del cartón.
—Estoy pensando.
—Hay cuatro sabores.
Mi padre cogió uno de limón.
Los había observado discutir por cosas parecidas miles de veces. El lavavajillas, una factura, quién había dejado una luz encendida, dónde estaban las llaves del coche. Dentro de unos meses yo ya no estaría sentado allí para escuchar la mayoría.
Mi madre dejó los platos junto al fregadero.
—Álex, pásame tu vaso.
Se lo tendí.
—Me gustan los chicos .
Mi madre cogió el vaso. Mi padre dejó de abrir el yogur. Durante unos segundos solo se oyó el agua del grifo.
Había pensado tantas formas de decirlo que me resultó casi ofensivo que al final fueran cuatro palabras en una cocina con restos de tortilla encima de la mesa.
Mi madre cerró el grifo.
—¿Qué has dicho?
—Que me gustan los chicos.
Mi padre seguía con la tapa del yogur levantada a medias.
—Vale.
Lo dijo demasiado rápido. Mi madre se secó las manos con un paño.
—Siéntate un momento.
—Ya estoy sentado.
—Ya. Perdona.
Ella fue la que se sentó. Mi padre terminó dejando el yogur sobre la encimera y volvió a la mesa.
Nadie dijo nada.
—Podéis hablar —dije.
—Estoy pensando qué decir —respondió mi padre.
—Pues no hace falta que prepares un discurso.
—Ya, pero hace treinta segundos pensaba que íbamos a hablar de yogures.
Mi madre le lanzó una mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—No, dime qué he dicho mal ya y así avanzamos.
Me salió una risa corta que no esperaba.
Mi madre me miró .
—¿Desde cuándo lo sabes?
Ahí estaba. La primera pregunta.
—No sé. Hace tiempo.
—¿Cuánto tiempo es eso?
—Mamá.
—Estoy preguntando porque quiero entenderlo.
—Pues no tengo una fecha. No me desperté un martes y lo apunté en el calendario.
Mi padre apoyó los brazos en la mesa.
—¿Desde pequeño?
—No sé.
—Vale, vale. Era solo una pregunta.
—Es que acabáis de preguntarme dos veces lo mismo.
Mi madre apartó el paño que había dejado junto a ella.
—Tienes razón.
Aquello fue peor. Esperaba preguntas. Incluso alguna estupidez. No esperaba que empezaran a corregirse entre ellos como si hubiera un manual invisible encima de la mesa.
—No tenéis que hablarme raro.
—No te estamos hablando raro —dijo mi padre.
Lo miré.
—Has dicho «vale» como si te acabaran de informar de que mañana cambian la hora.
—Porque no sabía qué decir.
—Puedes decir eso.
—Pues no sabía qué decir.
Mi madre apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía, sin llegar a tocarme .
—¿Pensabas que nos iba a sentar mal?
—No exactamente.
—¿Entonces?
Miré los restos de pan de mi plato.
Podía haberle repetido la conversación de Santander. Explicar lo del desayuno del día siguiente, las preguntas, las bromas que dejarían de significar lo mismo . No quise.
—No quería que fuera una cosa.
Mi padre se echó hacia atrás.
—Bueno, ahora mismo es un poco una cosa.
—Gracias.
—Estoy intentando ser sincero.
Mi madre intervino:
—Lo que quiere decir tu padre...
—No lo traduzcas. Que cada vez que haces eso parece que soy idiota.
—Pues dilo mejor tú.
Mi padre me miró otra vez.
—Me ha sorprendido. Eso sí. Mucho. Pero una cosa es que me sorprenda y otra... —Se detuvo y pasó el pulgar por una pequeña mancha de la mesa—. Otra cosa distinta.
—¿Cuál?
—Pues que tengas que preocuparte por contármelo.
No respondí.
—Y no sé si eso es porque nosotros hemos hecho algo —continuó— o porque estas cosas son así o porque tú eres un maniático que le da vueltas a todo. Probablemente un poco de las tres.
—Bonita forma de arreglarlo.
—¿Ves? Eso sí que sé hacerlo. Insultarte con cariño .
Mi madre negó con la cabeza, pero sonreía un poco. Después volvió a mirarme.
—¿Hay alguien?
La pregunta llegó mucho antes de lo que quería.
—Puede.
Mi padre soltó aire por la nariz.
—¿Puede?
—Sí.
—¿Eso qué significa?
—Que puede haber alguien y que no quiero hacer ahora una confesión completa sobre mi vida.
Mi madre se quedó callada un momento.
—De acuerdo.
—¿Lo conocemos? —preguntó mi padre.
—He dicho que no quiero dar más explicaciones ahora.
—Era una pregunta.
—Papá.
Levantó las manos.
—Vale. Lo retiro.
Cogió el yogur que seguía intacto y empezó por fin a quitarle la tapa.
—Solo una cosa.
—¿Qué?
—Cuando antes he dicho lo de conocer chicas en Madrid...
Cerré los ojos.
—Por favor, no.
—Déjame terminar.
—No hace falta .
—Pues quiero terminar igual. No sabía esto. Ya está. No estaba intentando decirte cómo tiene que ser tu vida.
Abrí los ojos. Mi padre miraba el yogur, no a mí.
—Y si algún día traes aquí a alguien, chico, quiero decir... —Hizo una pausa—. Bueno, tampoco hace falta que lo traigas mañana.
Mi madre se echó a reír.
—Lo estabas haciendo bastante bien.
—Ya. Lo he notado justo cuando lo he estropeado.
—No voy a traer a nadie mañana —dije.
—Perfecto.
—Y deja de decir perfecto.
—Eso va a ser más difícil.
Mi madre alargó por fin la mano y me rozó los dedos.
—Gracias por contárnoslo.
No sabía qué hacer con aquella frase.
—No tenéis que darme las gracias.
—Pues yo te las doy.
Mi padre señaló con la cuchara.
—Yo también. Aunque parezca que he suspendido la conversación.
—Un cinco raspado.
—Me sirve.
Subí a mi habitación casi una hora después. No había ocurrido nada de lo que llevaba años imaginando. Tampoco había ocurrido exactamente lo contrario.
Mi madre me había preguntado dos veces si estaba seguro, hasta que mi padre le dijo que aquello probablemente era una de esas preguntas que no debían hacerse.
Él había utilizado la expresión «lo que seas» y después se había corregido solo.
Yo me había cabreado durante treinta segundos porque parecían elegir cada palabra antes de decirla .
Al final mi madre había puesto en marcha el lavavajillas. Mi padre se había comido el yogur. Yo había subido.
Me senté en la cama y cogí el móvil.
Tenía un mensaje de Diego de hacía veinte minutos.
¿Mañana sales antes?
Escribí:
Sí.
Lo envié. Después empecé otro.
Se lo he contado a mis padres.
Lo miré durante un rato. No lo mandé. Dejé el teléfono sobre la mesilla y me cambié.
A la mañana siguiente mi padre ya estaba en la cocina cuando bajé. Eso era raro. Normalmente salía antes que yo o desayunaba mientras hacía otras tres cosas a la vez. Aquella mañana estaba sentado con café y el móvil delante.
—Buenos días.
—Buenos días.
Abrí un armario.
—Hay tostadas —dijo.
—Ya veo.
—Y cereales.
—También los veo.
—Vale.
Me giré.
—Papá.
—¿Qué?
—Estás raro.
Dejó el móvil .
—Estoy intentando no estar raro.
—Pues te está saliendo fatal.
—Tu madre me ha dicho exactamente lo mismo.
Cogí el pan.
—Entonces igual tiene razón.
—No te acostumbres a decir eso delante de ella.
Metí dos rebanadas en la tostadora.
Mi padre bebió café.
—He estado pensando una cosa.
Cerré los ojos un instante.
—Son las siete y media.
—Lo sé.
—¿No puede esperar?
—Sí.
Esperé.
—Pero la vas a decir.
—Probablemente.
Me apoyé contra la encimera.
—Venga.
Mi padre giró la taza entre las manos.
—Ayer dijiste que no querías que esto se convirtiera en una cosa.
—Sí.
—Pues intentaré que no.
Esperé algo más.
—¿Eso era?
—Más o menos.
La tostadora saltó .
—Pues muy bien.
—Aunque seguramente meteré la pata.
—Eso ya lo hacías antes.
—Perfecto. Entonces no ha cambiado nada.
Lo dijo sonriendo. Me reí.
Mi madre entró en la cocina todavía arreglándose un pendiente.
—¿De qué os reís?
—De nada —dije.
Mi padre cogió el móvil.
—Tu hijo dice que ya metía la pata antes.
—Ah. Entonces de cosas que conocemos todos.
Él le enseñó el dedo corazón por debajo de la mesa.
Mi madre lo vio.
—Muy maduro.
Fui a coger mantequilla y ella abrió la nevera al mismo tiempo . Nos chocamos.
—Perdón —dijo.
Se apartó demasiado rápido. Cogí la mantequilla.
—Mamá, puedes empujarme para llegar a la leche. No me voy a romper.
—No estaba haciendo nada.
—Ya.
Me miró un segundo y después me dio un pequeño golpe con la cadera para apartarme.
—Muévete, entonces.
—Eso está mejor.
Sacó la leche. Parecía que la conversación había terminado, pero cuando me senté volvió a empezar .
—Esta tarde voy a llamar a tu tía para lo del cumpleaños de tu abuela.
Levanté la vista.
—Vale.
—No voy a contarle nada.
—No pensaba que fueras a hacerlo.
—Bien. Solo quería que lo supieras. Esto lo cuentas tú a quien quieras, si quieres.
Mi padre intervino sin levantar los ojos del teléfono.
—Eso también lo hablamos ayer.
—Ya sé que lo hablamos. Se lo estoy diciendo a él.
—Y yo solo digo que...
—No empieces.
Sonreí sobre la tostada. Eso sí era normal.
Al salir de casa encontré a Diego cerca del instituto. No llevaba cámara. Tenía una sudadera gris y estaba comiendo algo de una bolsa.
—Llegas pronto —dijo.
—Tú también.
—Me han traído.
Me ofreció la bolsa. Cogí una galleta. Caminamos unos metros.
—Ayer se lo conté a mis padres.
Diego dejó de masticar.
—¿Qué?
—Que soy gay.
Se quedó mirándome lo suficiente para que una chica que venía detrás tuviera que rodearnos.
—¿Y?
—Y nada.
—Álex .
—Qué.
—No puedes soltarme eso al lado del instituto y después decir «y nada».
Seguí andando. Diego me alcanzó.
—¿Cómo reaccionaron?
—Mi madre hizo demasiadas preguntas. Mi padre dijo cosas raras. Nadie me echó de casa.
—Eso último ya lo suponía.
—Yo también.
—¿Les has hablado de mí?
Lo preguntó mirando hacia delante.
—No.
—Vale.
No añadió nada.
—¿Querías que lo hiciera?
Diego metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
—No sé.
—Buena respuesta.
—Estoy aprendiendo de ti.
Lo empujé con el hombro.
—Imbécil.
Él sonrió.
Llegamos a la entrada del instituto. Había varios grupos junto a la puerta y dos chicos de nuestra clase fumaban apartados junto a la verja.
Diego empezó a separarse hacia donde estaban Clara y Mateo. Esta vez fui yo quien lo llamó.
—Diego.
Se volvió .
—Luego te cuento.
—Vale.
—Lo demás, quiero decir.
Él tardó un instante.
—Vale.
Y se fue con los otros. Entré detrás sin comprobar quién había oído.