CAPÍTULO 7La oferta
La oferta
Tres semanas después de marcar aquella casilla, Santi me hizo recoger las pelotas diez minutos antes de terminar. Eso nunca era buena señal.
—¿Qué he hecho?
—Por una vez, nada.
—Entonces podemos seguir.
—También podemos acabar cuando yo diga, que para algo sigo siendo tu entrenador unos meses más.
Me quedé con dos pelotas en la mano.
—¿Unos meses más?
Santi cerró la cremallera de la cesta y se sentó en el banco. No sonreía, pero tampoco tenía la expresión que utilizaba cuando iba a explicarme por qué mi saque era una catástrofe.
—Me han llamado esta mañana de Madrid. Quieren ofrecerte una plaza estable para la próxima temporada.
Las pelotas se me escaparon de la mano. Una rodó hasta la línea de fondo.
—¿En serio?
—No, Álex. He pensado que después de diez años juntos era buen momento para empezar a gastarte bromas elaboradas.
Me senté a su lado.
—¿Cuándo?
—La incorporación sería después del verano, ya con dieciocho. Residencia, planificación completa allí, preparación física, competiciones, seguimiento médico... Lo que ya conoces, pero sin volver a casa el domingo.
Había imaginado aquella conversación suficientes veces como para saber que en ninguna versión Santi hablaba tan despacio .
—¿Y entrenaría contigo alguna vez?
—Cuando estés aquí, si quieres y si el calendario lo permite.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Santi apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—No, no vas a seguir entrenando conmigo como hasta ahora. Tendrás un equipo técnico allí y yo dejaré de ser la persona que decide tu planificación.
Miré hacia la pista. La pelota que había rodado seguía junto a la línea.
—Vale.
—No pongas cara de entierro. Llevas años trabajando para esto.
—No tengo cara de entierro.
—Tienes exactamente la misma cara que cuando tenías doce años y te dije que dejabas de jugar con la raqueta infantil.
Me reí.
Santi también, apenas.
—¿Tengo que contestar ya?
—Ya contestaste.
Lo miré.
—Lo del papel no era aceptar una plaza.
—No, pero era bastante indicativo.
—Podría haber cambiado de opinión.
—¿La has cambiado?
—No.
—Entonces deja de buscar una puerta de salida que no quieres usar.
Aquello me hizo callar.
Santi abrió la carpeta que había dejado junto a él y sacó un documento de varias páginas .
—Esto se lo tienes que llevar a tus padres. Hay una reunión por videollamada la semana que viene para explicar condiciones, alojamiento, calendario y toda la parte aburrida que tu madre va a preguntar, aunque esté escrita aquí tres veces.
Cogí las hojas.
—Mi padre también preguntará cosas.
—Tu padre preguntará cuándo juegas Wimbledon.
—Puede.
Santi señaló el documento.
—Lee todo antes de empezar a celebrarlo. Esto no es un contrato profesional ni una garantía de nada. Te quieren allí porque creen que merece la pena invertir tiempo en ti. Si dentro de un año no evolucionas, las cosas pueden cambiar.
—Ya lo sé.
—No. Lo sabes cuando te lo digo aquí sentado. Quiero que también lo sepas cuando tu padre empiece a hablar como si ya hubieras ganado algo.
Guardé las hojas en la mochila.
—Tú también podrías alegrarte un poco.
Santi me miró durante un momento.
—Álex, si no me alegrara, habría encontrado hace años una forma bastante más cómoda de pasar las mañanas.
Se levantó y caminó hacia la pelota que había quedado junto a la línea de fondo. La recogió y la metió en la cesta.
—Ahora vete a contárselo a tus padres antes de que alguien me obligue a hacerlo por ti.
Mi padre leyó la primera página y decidió que las otras seis eran opcionales.
—Residencia incluida.
Mi madre le quitó el documento.
—Eso pone en la primera línea .
—Pues es importante.
—También es importante lo que pone después.
Estábamos los tres en la cocina. Yo había dejado la mochila en una silla y llevaba quince minutos respondiendo preguntas que, en la mayoría de los casos, podían contestarse leyendo.
Mi madre pasó otra página.
—Aquí dice que habrá concentraciones y torneos fuera de Madrid. ¿Cuánto tiempo puede estar fuera seguido?
—No lo sé.
—Pues habrá que preguntarlo.
Mi padre abrió la nevera.
—Si está compitiendo, estará compitiendo. Tampoco importa si son cuatro días o seis.
Mi madre levantó la vista.
—A mí sí me importa saber dónde está mi hijo seis días.
—Va a tener dieciocho años.
—Por ese motivo seguirá siendo mi hijo seis días.
Cogí una botella de agua.
—Voy a poder llamaros. No me mandan a una mina.
—Gracias por aclararlo —dijo ella—. Ya puedo tachar una pregunta.
Mi padre se rio y me dio un golpe suave en el hombro al pasar.
—Es una oportunidad enorme.
—Ya lo sé.
—Hace dos años estábamos hablando de que quizá te vieran competir y ahora te quieren viviendo allí. Tienes que darte cuenta de lo que significa.
Mi madre volvió a las hojas .
—Significa también que tendrá que organizar los estudios, los viajes, la ropa, el dinero, los médicos si se pone malo y cómo vuelve a casa cuando tenga tres días libres. Todo eso también significa algo.
—Mamá, puedo poner una lavadora.
—Hace tres semanas metiste una camiseta roja con ropa blanca.
—Fue una vez.
—Tenemos seis pares de calcetines rosas que dicen lo contrario.
Mi padre empezó a reírse.
—Los calcetines no afectan al revés.
—Hasta que tenga que jugar vestido entero de rosa porque ha destrozado el resto de la ropa.
Me apoyé contra la encimera. Había esperado aquella conversación durante dos años y ahora mis padres estaban discutiendo sobre coladas.
—Voy a ir —dije.
Los dos se callaron.
Mi madre dejó las hojas sobre la mesa.
—Ya sabemos que vas a ir.
—Parece que estás buscando razones para que no.
—Estoy buscando razones para que cuando estés allí no descubras que nadie había pensado en cosas que ahora parecen poco importantes.
—Pues ya las pensaré cuando esté allí.
—Claro. Y algunas las harás mal. Como todos. Pero si te vas dentro de unos meses, prefiero que no pasemos esos meses fingiendo que lo único que existe es el tenis.
Mi padre cerró la nevera.
—Nadie está fingiendo eso.
Ella lo miró.
—Tú un poco sí.
Él iba a responder, pero terminó cogiendo un yogur .
—Estoy orgulloso de él. No creo que sea un delito.
—Yo también estoy orgullosa.
Mi madre se volvió hacia mí.
—Y voy a echarte de menos. Las dos cosas pueden ocurrir a la vez.
No encontré una respuesta que no sonara demasiado pequeña. Mi padre sí.
—Bueno, tampoco se va a Australia.
—No le des ideas.
Durante los días siguientes Madrid empezó a aparecer en conversaciones que no tenían nada que ver con Madrid.
Mi madre preguntó cuánto espacio tendría en la habitación de la residencia porque quería saber qué podía llevarme. Mi padre buscó cuánto tardaba el tren, aunque yo le recordé que ya había hecho aquel trayecto muchas veces.
Clara decidió que mi habitación quedaría libre y que deberían cedérsela a ella. Mateo preguntó si en la residencia dejaban entrar alcohol.
Cuando le dije que probablemente esa no era la primera información que debía buscar, respondió que por eso me iba yo y no él.
A Diego se lo conté el último. No había sido una decisión. O al menos eso me dije. Lo encontré al salir del instituto, sentado en el muro de piedra donde habíamos terminado tantas veces sin saber exactamente qué hacer después. Aquella vez no llevaba cámara.
Me senté a su lado.
—Me han ofrecido lo de Madrid.
Diego permaneció mirando hacia delante.
—La plaza de verdad.
—Sí. Para después del verano.
—¿Y has aceptado?
—Todavía tienen que mandar todo y mis padres tienen que firmar algunas cosas, pero sí .
Diego movió una piedra pequeña con la punta de la zapatilla.
—Entonces ya está.
—¿Ya está qué?
—Que te vas.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Sabíamos que probablemente te ibas. No es lo mismo.
—Hace tres semanas te dije que había puesto que sí.
—Y yo te dije que me parecía bien.
—Pues no lo parece.
Diego se levantó del muro.
—Porque me puede parecer bien y no gustarme, Álex. No sé por qué todavía te cuesta tanto entender eso.
—Lo entiendo.
—No, siempre quieres que una cosa gane a la otra. O estoy contento por ti o estoy enfadado porque te vas. Y puedo estar las dos cosas.
Me levanté también.
—Yo no te estoy pidiendo que estés contento.
—No, me estás preguntando por qué no parezco estarlo cinco minutos después de decirme que dentro de unos meses te vas a vivir a cuatrocientos kilómetros.
Aquello me molestó.
—Tú te fuiste seis semanas a Bilbao y parecía que tenía que aplaudir.
Diego se giró.
—¿En serio vas a comparar seis semanas con mudarte?
—No estoy comparando. Estoy diciendo que cuando eres tú el que se va parece que es un proyecto importante y cuando soy yo resulta que te estoy abandonando.
—Yo nunca he dicho eso.
—No hace falta .
—Pues no pongas en mi boca cosas que no he dicho.
Pasó una pareja junto a nosotros y guardamos silencio hasta que se alejaron.
Diego fue el primero en hablar.
—Además, hay una diferencia.
—Claro que la hay.
—Cuando me fui a Bilbao no llevaba dos años haciendo que todo el mundo organizara su vida alrededor de cuándo podía verme.
—Eso es bastante injusto.
—Puede que sí.
La respuesta me sorprendió.
Diego se frotó la nuca y miró hacia la calle.
—Vale. Es injusto. Pero hoy estoy enfadado y no voy a fingir que no lo estoy para decir las cosas perfectamente.
No respondí.
—Me alegro de que te hayan cogido —continuó—. De verdad. Sé lo que significa para ti. Solo necesito que no me pidas que en el mismo minuto me parezca estupendo que te vayas.
Esta vez fui yo quien miró al suelo.
—No te lo estoy pidiendo.
—Un poco sí.
—Vale. Un poco.
Diego dejó escapar una risa.
—Qué milagro.
Le di un empujón con el hombro.
—No te acostumbres.
Caminamos hacia el centro sin hablar durante un rato.
Al llegar a una esquina, Diego preguntó :
—¿Cuándo te irías exactamente?
—Todavía no hay día, pero después del verano.
—Entonces quedan meses.
—Sí.
—Pues no pienso pasarme meses despidiéndome de ti.
—Me parece bien.
—Y tampoco pienso ir a verte cada fin de semana a Madrid.
Lo miré.
—Ni te lo había pedido.
—Ya. Pero quería dejarlo claro antes de que te creyeras importante.
Sonreí.
—Demasiado tarde.
Aquella noche mi padre apareció en mi habitación con un metro enrollable.
—¿Qué haces?
—Medir la maleta grande.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tu madre dice que no cabe en el armario de la residencia.
—Ni siquiera sabemos cómo es el armario.
—Eso mismo he dicho yo.
Dejó el metro sobre el escritorio y miró alrededor.
—Bueno, esta habitación no se toca.
—¿Quién ha dicho que se vaya a tocar?
—Clara, según me han informado.
Me reí.
Mi padre cogió uno de los trofeos pequeños que tenía en una estantería .
—Cuando vengas los fines de semana seguirás teniendo aquí tus cosas. Y tus amigos. Ya conocerás gente allí, claro. Alguna chica, supongo.
Dejó el trofeo exactamente donde estaba. Yo seguía sentado en la cama.
—Supongo —dije.
Mi padre recogió el metro.
—Tu madre quiere que cenemos pronto mañana porque tiene no sé qué después. No llegues tarde.
—Vale.
Salió de la habitación y dejó la puerta abierta.
Miré durante unos segundos hacia el pasillo. Después me levanté y la cerré. No con llave. Solo la cerré.