La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 6Dos años
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CAPÍTULO 6Dos años

Dos años

La segunda vez que fui a Madrid ya sabía dónde estaba el comedor, qué ducha del vestuario tardaba menos en calentarse y que los entrenadores utilizaban la palabra activación para referirse a ejercicios que a las ocho de la mañana no activaban nada salvo mis ganas de volver a la cama.

También sabía quién era Hugo.

—Como vuelvas a tirarme una derecha al medio, te juro que dejo de correr —dijo después de devolverme la quinta bola de un intercambio.

—Eso sería estupendo.

—Para ti, sí.

Ataqué la siguiente hacia su revés y esperé antes de entrar. Hugo llegó forzado, dejó la pelota corta y terminé el punto con una derecha cruzada.

—Quince treinta.

Él miró hacia el entrenador que controlaba nuestro partido.

—Se puede saber quién le ha enseñado paciencia a este tío.

—Cállate y saca.

En mi primera concentración me había ganado seis a dos. Aquella mañana terminamos jugando un desempate después de casi una hora.

Lo perdí. Siete a cinco . Pero cuando nos acercamos a la red, Hugo me dio la mano y después tiró de mí hacia él para golpearme la espalda.

—Ahora eres bastante más pesado.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me sirve igual.

Fuimos juntos hacia los bancos. Había dejado el móvil encima de la mochila y la pantalla se encendió justo cuando Hugo se agachaba a buscar su botella .

Era una fotografía que Diego me había mandado la noche anterior. Salía él frente al mar, con la cámara colgada al cuello y el pelo completamente desordenado por el viento.

Hugo señaló la pantalla.

—¿Quién es?

Cogí el teléfono.

—Diego.

Esperó un momento.

—¿Tu novio?

La pregunta llegó sin cambiarle la cara.

Miré hacia las pistas. Dos chicos estaban discutiendo por una bola dudosa y uno de los entrenadores acababa de mandar repetir el punto.

—Algo así.

Hugo soltó una risa.

—Qué respuesta más rara.

—La relación también es rara.

—Pues vale.

Abrió la botella.

—¿Viene alguna vez a verte jugar?

—A veces.

—El sábado hacemos partidos. Dile que venga.

—Vive en Comillas.

—Entonces igual no puede.

Volvió a beber y empezó a quejarse del entrenamiento de la tarde . Eso fue todo. No tuve que explicar desde cuándo me gustaban los chicos ni si mis padres lo sabían ni por qué había dicho algo así en vez de novio. Cinco minutos después estábamos discutiendo sobre quién tenía peor revés .

No se lo conté a Diego. No porque quisiera esconderlo. Simplemente no sabía muy bien qué había que contar.

Cuando cumplí diecisiete llevaba una maleta medio preparada casi todas las semanas. Madrid. Zaragoza. Valladolid. Barcelona. Algún torneo fuera de España que mi padre mencionaba más veces que yo, sobre todo delante de gente que no le había preguntado.

Empecé a perder clases con la suficiente frecuencia como para que algunos profesores dejaran de preguntarme dónde había estado y se limitaran a entregarme ejercicios.

Diego dejó de preguntar qué fin de semana estaba libre. Me mandaba directamente una fecha. A veces funcionaba. Otras no.

—Te dije lo del viernes hace un mes —dijo una tarde.

Estábamos sentados en las escaleras exteriores del instituto. Diego tenía una carpeta grande apoyada contra las piernas y yo acababa de decirle que no podría ir a Santander.

—Ya lo sé, pero han cambiado el cuadro. Si gano el jueves, juego el viernes por la tarde.

—¿Y si pierdes?

—Entonces vuelvo.

Diego se quedó mirándome.

—Qué ilusión. Ojalá pierdas.

—Muy gracioso.

—No era una broma.

Aparté la vista.

El viernes presentaba una selección de fotografías en una actividad de varios institutos. Llevaba meses preparando el trabajo y me había enseñado prácticamente todas las fotos antes de decidir cuáles mandaría.

—Puedo intentar llegar después.

—Empieza a las seis.

—Pues si termino pronto...

—Álex, estás en Zaragoza .

—Ya sé dónde estoy.

Diego cerró la carpeta.

—Entonces deja de decir que puedes llegar.

Me molestó porque tenía razón y porque llevaba bastante tiempo sabiendo que la tendría.

—No he elegido la fecha del partido.

—Ya. Nunca eliges nada.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Diego se levantó.

—Que siempre consigues que parezca que todo simplemente te pasa. Cambian un entrenamiento, cambian un torneo, te llama Santi, te llama la federación, aparece una concentración... y tú nunca has decidido nada.

—¿Qué quieres que haga, que deje un torneo para ir a ver tus fotos?

—No.

—Pues parece que sí.

—Quiero que dejes de ofrecer soluciones que sabes que no existen para poder sentirte mejor.

Se colgó la mochila. Aquello sí me enfadó.

—Tampoco puedes cabrearte cada vez que tengo un partido de tenis. Sabías cómo era mi vida antes de que empezáramos con esto.

Diego se quedó quieto.

—¿Con qué?

No contesté.

Él esperó unos segundos y acabó sonriendo sin gracia.

—Eso pensaba.

Se marchó antes de que pudiera arreglarlo .

El viernes gané. Después también gané el sábado. Cuando llegué a casa el domingo, Diego había subido una fotografía de la exposición. Clara y Mateo estaban con él.

No le escribí hasta la noche. Él tampoco lo hizo.

Dos semanas después fue Diego quien canceló.

—No puedo quedar mañana —me dijo al salir de clase—. Me voy a Bilbao.

Tardé un momento en entenderlo.

—¿A qué?

—Tengo una entrevista para un curso de fotografía.

—¿Qué curso?

—Uno de verano.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

Diego cerró la cremallera de su mochila.

—Ahora.

—No. Ahora me estás diciendo que mañana no puedes quedar. Es distinto.

—Mandé las fotos hace más de un mes. No sabía si me iban a llamar.

Me quedé mirándolo.

—Hace más de un mes.

—Sí.

—¿Y Clara lo sabe?

Diego dudó lo suficiente.

—Sí.

Aquello me molestó mucho más de lo que debería.

—Perfecto.

—No empieces.

—No estoy empezando nada .

—Estás poniendo exactamente esa cara que pones cuando vas a empezar algo.

Caminé hacia la salida del instituto y él vino detrás.

—Podías habérmelo contado.

—Podía.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Diego tardó en responder.

—Porque estaba cansado de hablar contigo de planes que quizá ocurran dentro de seis meses mientras tú me contestas mirando el calendario del tenis.

Me giré.

—Eso es una gilipollez.

—Puede.

—Además, tú llevas dos años diciéndome que quieres irte de Comillas. Pensaba que se suponía que tenía que alegrarme.

—Puedes alegrarte y estar enfadado a la vez. Yo llevo bastante práctica.

No pude evitar reírme.

Diego también, aunque intentó disimularlo.

—Eres imbécil.

—Eso ya lo sabías.

Se acercó un poco.

—Si me cogen son solo seis semanas.

—¿En Bilbao?

—Sí.

—¿Y te irías?

Diego me sostuvo la mirada.

—Claro .

La respuesta me molestó. Y eso me molestó todavía más.

A tres meses de cumplir dieciocho, Santi dejó una hoja sobre el banco antes de empezar a entrenar.

—Rellena eso.

Cogí el papel.

—¿Qué es?

—Una previsión.

—¿De qué?

—Del año que viene.

Había varias preguntas sobre estudios, disponibilidad para viajar, objetivos deportivos y alojamiento. Cerca del final aparecía una que releí dos veces.

En caso de recibir una propuesta de incorporación estable al programa de Madrid, ¿estarías dispuesto a trasladar tu residencia?

Debajo había dos casillas.

Sí.

No.

Miré a Santi.

—¿Esto significa algo?

—Significa que quieren saber qué jugadores estarían disponibles.

—¿Me lo están preguntando por algo?

—Se lo están preguntando a más gente.

—No te he preguntado eso.

Santi colocó una cesta junto a la línea.

—Y yo no te voy a decir algo que no sé. Estás teniendo buenos resultados, has cumplido los objetivos que te marcaron y sigues dentro del seguimiento. Eso es lo que hay.

Volví a mirar el papel.

—¿Y tú qué pondrías ?

—Mi nombre no es Álex Vargas.

—Qué respuesta de mierda.

—Es una pregunta bastante sencilla.

No lo era . Hasta entonces siempre había podido hablar de Madrid como algo que dependía de otra persona. De que me llamaran. De que me eligieran. De que pensaran que era suficientemente bueno.

Saqué un bolígrafo de la mochila.

Marqué sí .

Santi cogió la hoja cuando se la tendí, la dobló por la mitad y la guardó dentro de su carpeta.

—Calienta.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas una medalla?

Cogí la raqueta.

—Un poco.

—Pues ponte unos auriculares y escucha música de victoria.

Esa tarde encontré a Diego sentado en el muro junto al paseo. Había vuelto hacía pocos días de las seis semanas en Bilbao y estaba más moreno de lo habitual. Tenía la cámara apoyada entre las piernas.

Me senté a su lado.

—Hoy he dicho que sí a Madrid.

Diego dejó de revisar las fotografías.

—¿Te lo han ofrecido?

—No. Han preguntado si me iría si me lo ofrecieran.

—Ah.

Esperé algo más.

—¿Eso es todo?

Diego sonrió .

—¿Esperabas música?

Lo miré.

—Vete a la mierda.

—¿Eso también te lo ha dicho Santi?

—Casi.

Diego volvió a mirar la cámara.

—Entonces has puesto que sí.

—Sí.

—Bien.

—¿Bien?

—Álex, llevas dos años queriendo que te lo pregunten. No voy a fingir sorpresa ahora.

Me enseñó la pantalla de la cámara. Había una fotografía mía tomada desde lejos, caminando hacia él por el paseo.

—¿Cuándo has hecho eso?

—Antes de que te sentaras.

—Salgo fatal.

—Sales andando.

—Pues ando fatal.

Diego guardó la cámara y se puso en pie.

—Ven, quiero hacer otra antes de que se vaya la luz.

Esta vez no le pregunté dónde. Fui detrás de él.