CAPÍTULO 5Madrid por primera vez
Madrid por primera vez
A los veinte minutos de entrenamiento ya había descubierto dos cosas. La primera era que el chico de la pista de al lado sacaba bastante más fuerte que yo. La segunda, que allí eso no impresionaba a nadie.
—¡Vargas, otra vez! —gritó uno de los entrenadores.
Volví corriendo a la marca situada junto a la línea de fondo mientras el siguiente jugador ocupaba mi sitio. Éramos ocho repartidos entre dos pistas y llevábamos desde las nueve alternando ejercicios de desplazamiento, devoluciones y ataque. Apenas había tiempo para beber entre una serie y otra.
Habíamos llegado a Madrid la tarde anterior. Mi padre había insistido en acompañarme pese a que el programa organizaba el alojamiento y, después de comprobar tres veces que sabía dónde estaba mi habitación y de preguntarme otras cuatro si necesitaba dinero, se había marchado de regreso a Comillas.
A las ocho de la mañana ya no conocía a nadie . A las nueve y veinte tampoco me importaba demasiado.
—Más rápido —dijo el entrenador—. Llegas tarde al apoyo y después intentas arreglarlo con el brazo.
—Estoy llegando.
—Llegar después de la pelota no cuenta como llegar.
El chico que esperaba detrás de mí sonrió.
Se llamaba Hugo y venía de Valencia. Tenía diecisiete años, ocupaba uno de los puestos altos del ranking nacional de nuestra categoría y, durante el desayuno, había hablado de un torneo en Francia con la misma naturalidad con la que yo podía hablar de haber jugado en Torrelavega.
Me coloqué otra vez.
El entrenador lanzó la bola hacia mi derecha. Salí rápido, frené antes del golpe y conseguí cruzarla con profundidad.
—Mejor. Otra .
La siguiente fue al revés. Llegué tarde. La pelota se quedó en la red.
Hugo entró inmediatamente en pista y devolvió cuatro bolas seguidas sin perder posición . Me quedé observándolo desde detrás. No hacía nada espectacular. Ese era casi el problema. Parecía fácil.
—¿Cuánto llevas con Santi? —me preguntó cuando terminó su turno.
—Desde pequeño.
—Pues te tiene bien acostumbrado.
—¿Eso es bueno o malo?
Cogió su botella.
—Ya lo descubrirás.
No me gustó la respuesta.
—¿Tú cuántas concentraciones has hecho?
—Aquí, cuatro. Fuera alguna más. El año pasado estuve unas semanas entrenando en Barcelona.
—¿Y siempre es así?
Miró las pistas.
—Hoy están siendo buenos.
Pensé que estaba bromeando. No lo estaba.
Después de la parte técnica nos dividieron para jugar puntos. Me tocó con Hugo. Perfecto. Llevaba toda la mañana queriendo comprobar si realmente era tan bueno como parecía y tardé cuatro juegos en arrepentirme.
No me aplastó. Habría preferido eso.
Cuando alguien te gana porque saca a doscientos kilómetros por hora o pega golpes imposibles puedes decidir que poco tienes que hacer. Hugo jugaba de otra manera. Me obligaba a pegar siempre una bola más.
Cuando conseguía abrir pista, llegaba. Cuando atacaba demasiado pronto, me esperaba. Cuando intentaba acelerar porque empezaba a ponerme nervioso, aprovechaba el error .
Con uno a cuatro fallé una derecha después de un intercambio largo. La pelota salió por muy poco.
—Era buena idea —dije.
Hugo caminó hacia el otro lado.
—Pero ha sido fuera.
—Ya lo sé.
—Pues entonces la idea puede mejorar.
Lo miré. Él ya estaba preparado para sacar . Conseguí ganar el siguiente juego y celebré el dos a cuatro más de lo que habría celebrado un cuatro iguales en Cantabria.
El entrenador que supervisaba nuestras pistas apuntaba cosas en una carpeta. Intenté dejar de mirarlo. No funcionó.
Perdí seis a dos.
Hugo se acercó a la red.
—Juegas bien.
No sabía si aquello me tranquilizaba o me molestaba todavía más.
—Gracias.
—Pero tienes mucha prisa.
Le estreché la mano.
—Eso ya me lo han dicho.
—Pues será verdad.
Sonrió y se marchó hacia el banco. Me quedé recogiendo dos pelotas que habían quedado cerca de la red.
En Comillas estaba acostumbrado a que Santi utilizara jugadores mayores cuando quería complicarme un entrenamiento. Estaba acostumbrado a entrar en un torneo pensando que podía ganarlo. Incluso cuando perdía, normalmente sabía por qué.
Hugo acababa de hacerme sentir durante una hora que casi todas mis decisiones llegaban medio segundo antes de tiempo.
—Vargas .
Levanté la cabeza. No era ninguno de los entrenadores que habían trabajado con nosotros aquella mañana.
El hombre estaba en la pista de al lado, junto a una cesta de pelotas. Debía de tener treinta y tantos años y llevaba la misma ropa deportiva oscura que casi todos los técnicos del centro.
Señaló hacia donde yo había estado haciendo devoluciones de saque.
—En los segundos saques te estás colocando demasiado atrás.
Miré la línea.
—Así tengo más tiempo.
—No. Crees que tienes más tiempo. Lo que consigues es regalar terreno y luego entrar tarde en el punto.
Me salió responder antes de pensarlo.
—Santi me dice que no me precipite.
El hombre cogió una pelota del suelo con la raqueta.
—No precipitarte no significa empezar dos metros más atrás.
Me quedé callado. Señaló otra vez la posición.
—Prueba medio paso dentro la próxima vez. Si no funciona, vuelves atrás.
Después se giró hacia la otra pista.
—Carlos, cambia la dirección de la serie. Están anticipando todos.
Y dejó de prestarme atención.
Hugo apareció detrás de mí.
—Te acaba de corregir Gabriel.
—¿Quién?
—Gabriel. Uno de los técnicos.
Miré hacia la pista de al lado. Ya estaba hablando con otro jugador.
—¿Siempre va dando consejos a gente que no entrena con él?
Hugo bebió agua .
—Si haces algo mal delante de él, sí.
No volví a preguntar.
En el siguiente bloque adelanté medio paso. La primera devolución del saque se me fue larga. La segunda entró profunda y me dejó atacando desde el principio.
Volví a colocarme en el mismo sitio.
Durante la comida me dolían músculos que no sabía que podían doler . Compartía mesa con Hugo y otros tres jugadores. Uno era de Zaragoza, otro de Málaga y el tercero llevaba entrenando allí desde septiembre. Hablaban de preparadores, torneos y jugadores que yo solo conocía por resultados.
Intenté participar sin hacer demasiadas preguntas.
—¿Tú de dónde eres exactamente? —preguntó el de Málaga.
—De Comillas.
—Eso está por Santander, ¿no?
—En Cantabria.
—Nunca he ido.
Y siguió comiendo.
Me sorprendió.
En Cantabria bastaba con decir mi apellido en determinados torneos para que alguien supiera quién era Santi, dónde entrenaba o contra quién había jugado el fin de semana anterior. Allí podía decir Comillas y obtener únicamente un «nunca he ido».
Hugo señaló mi móvil, que acababa de iluminarse sobre la mesa.
—¿Novia controlando si sigues vivo?
Miré la pantalla. Era Diego. Había mandado una fotografía del mar tomada desde Comillas.
Aquí hace un día de mierda. Para que no lo eches de menos.
Guardé el teléfono sin abrir la imagen.
—No tengo novia .
—Mejor —dijo el de Zaragoza—. En temporada solo sirven para enfadarse porque nunca estás.
Uno de los demás se rio.
La conversación pasó inmediatamente a otra cosa. Nadie me preguntó si tenía novio. Nadie sabía que existía Diego. Nadie sabía lo de Clara, Mateo, mis padres o la cafetería de Santander.
Me descubrí mirando otra vez el móvil. Podía decir cualquier cosa. Incluso la verdad.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Hugo.
—Por nada.
Cogí el teléfono y contesté a Diego debajo de la mesa.
Aquí hace sol. Te jodes.
Guardé el móvil. No había mentido. Tampoco había contado nada.
Por la tarde hicieron pruebas físicas. Velocidad, resistencia, cambios de dirección y una serie de ejercicios que consiguió que la derrota contra Hugo empezara a parecer la parte agradable del día.
En velocidad quedé cuarto. En resistencia, sexto.
—Esto está trucado —dije cuando crucé la última marca.
Hugo estaba inclinado con las manos apoyadas sobre las rodillas.
—Sí. Han traído oxígeno especial para los buenos.
—Vete a la mierda.
—Mañana.
Por primera vez desde que había llegado me reí sin estar pendiente de si alguien me estaba evaluando.
Uno de los preparadores empezó a leer los horarios del día siguiente. Desayuno a las siete y media. Activación a las ocho y cuarto. Pista a las nueve. Vídeo a las doce. Entrenamiento por la tarde.
Había imaginado Madrid muchas veces desde que Santi pronunció la palabra en Comillas. Nunca había imaginado estar tan cansado a las seis .
Cuando subí a la habitación, mi compañero todavía no había llegado. Me duché, dejé la ropa mojada sobre una silla y me tumbé en la cama con el móvil.
Tenía seis mensajes. Dos de mi madre. Uno de mi padre. Uno de Clara. Dos de Diego.
Mi madre quería saber si había comido bien. Mi padre quería saber cómo había jugado. Clara preguntaba si Madrid ya había descubierto que era insoportable.
Abrí los de Diego.
La primera era otra fotografía: el paseo junto al mar casi vacío bajo un cielo completamente gris.
La segunda decía:
¿Qué tal el primer día?
Empecé a escribir que bien. Me detuve.
He perdido 6-2 contra uno de Valencia. En las pruebas físicas casi me muero y un entrenador que ni siquiera era el mío me ha dicho que hago devoluciones de saque mal.
Diego contestó antes de un minuto.
Entonces perfecto.
Sonreí.
¿Perfecto?
Sí. Si fueras allí y fueras el mejor de todos el primer día, no necesitarías estar allí.
Me quedé mirando la pantalla. Por una vez no le contesté que tenía razón.
Escribí:
Te gustaría esto para hacer fotos.
Diego tardó un poco más.
Puede. Pero prefiero el mar .
Dejé el teléfono sobre la cama y fui hasta la ventana. Desde allí no se veía nada que reconociera. Edificios, carreteras, luces empezando a encenderse y gente que no conocía caminando por lugares cuyos nombres todavía no sabía.
Aquella mañana había querido demostrar que había conseguido llegar. Ahora ya sabía que no bastaba con llegar. Mañana tendría que volver a intentarlo.