La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 4Lo que saben los amigos
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CAPÍTULO 4Lo que saben los amigos

Lo que saben los amigos

Mateo consiguió estropear tres fotos antes de que Diego amenazara con tirarlo a la bahía.

—Te estoy diciendo que te apartes porque llevo diez minutos intentando sacar una sin que aparezcas haciendo el idiota por detrás.

—Eso se llama darle vida a la fotografía. Sin mí tienes un edificio y cuatro jubilados paseando.

Diego bajó la cámara y lo miró.

—Pero es que quiero una foto del edificio.

Habíamos ido a Santander porque Diego necesitaba más fotografías para el trabajo que llevaba semanas preparando y porque Clara había decidido que pasar un sábado entero en Comillas después de cinco días de instituto era una forma lenta de morirse.

Mateo se había apuntado porque, según él, cualquier plan que incluyera coger un autobús ya podía considerarse viajar.

Yo había aceptado porque era el primer sábado en varias semanas en el que Santi no podía inventarse nada para ocuparme la mañana.

El Centro Botín quedaba detrás de Diego, recortado contra un cielo que amenazaba lluvia sin terminar de decidirse. El viento que entraba desde la bahía me movía el pelo continuamente y había empezado a arrepentirme de no haber cogido una sudadera.

—Ponte tú —me dijo Diego.

—¿Dónde?

Señaló un punto junto a la barandilla.

—Ahí. Y no hagas nada raro.

Mateo soltó una carcajada.

—Le estás pidiendo demasiado.

—Puedes irte .

—No pienso irme. Quiero comprobar cuánto tarda en pedirte que te quites la camiseta por motivos artísticos.

Clara le dio un golpe en el brazo.

—Algún día vas a decir algo gracioso y no vamos a estar preparados.

Fui hasta donde había señalado Diego.

—¿Así?

—Mira hacia el agua.

—Siempre me dices que no mire a cámara.

—Porque cuando sabes que te estoy haciendo una foto pones cara de anuncio de colonia.

—No sé qué cara es esa.

—Una insoportable.

Mateo apareció a mi lado y apoyó un brazo sobre mi hombro.

—Haznos una juntos. Luego se la manda Álex a sus padres y les dice que por fin tiene novio.

Me quedé inmóvil. Diego bajó la cámara.

Clara miró a Mateo.

—Eres imbécil.

—¿Qué he dicho?

Me aparté de su brazo.

—¿Tú sabes lo mío con Diego?

Mateo movió la nariz como si acabara de preguntarle si sabía mi nombre.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No sé. Bastante.

—¿Qué significa bastante ?

—Pues bastante, Álex. No tengo un calendario de vuestra vida sentimental.

Diego se estaba riendo. Eso empezó a molestarme.

—¿Y cómo lo sabes?

Mateo abrió los brazos.

—Porque tengo ojos. Lo que no tengo es interés suficiente para hacer una investigación.

Clara empezó a caminar hacia los Jardines de Pereda.

—Os dije que lo sabía.

—No me dijiste eso.

—Te dije que seguramente lo sabía.

—No es lo mismo.

Mateo vino detrás de nosotros.

—¿Pensabas que era imbécil?

—A veces.

—Eso es ofensivo para los imbéciles —dijo Diego.

Mateo le levantó el dedo corazón y siguió andando.

Yo miré alrededor casi por costumbre. Había gente por todas partes, pero nadie nos prestaba atención. En Santander me pasaba algo raro: seguía teniendo la sensación de que podía cruzarme con alguien conocido, aunque supiera que las posibilidades eran mucho menores que en Comillas.

Diego se puso a mi lado.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que Mateo acaba de descubrir un secreto de Estado.

—Pensaba que no lo sabía.

—Pues ya sabes que sí.

—¿Y no te importa ?

Diego tardó un momento en contestar.

—Me importa que lo sepa alguien si tú no quieres que lo sepa. Que Mateo sepa que me gustas no cambia demasiado mi vida.

Seguí andando.

Él había dicho me gustas con una tranquilidad que me hizo mirar otra vez alrededor, aunque había hablado suficientemente bajo para que nadie pudiera oírlo.

Diego lo vio. No dijo nada.

Entramos en una cafetería cerca de los jardines cuando empezó a llover.

Mateo pidió algo de comer pese a que no habían pasado ni dos horas desde el desayuno y Clara se sentó frente a mí. Diego estaba a su lado, revisando fotografías mientras se quejaba de que Mateo había aparecido en demasiadas.

—Entonces —dije—, ¿desde cuándo lo sabes?

Mateo levantó la vista del bocadillo.

—¿Seguimos con eso?

—Sí.

—Desde aquella fiesta en casa de Pablo, más o menos.

Intenté recordarla.

—Eso fue hace cuatro meses.

—Pues cuatro meses.

—¿Qué pasó en la fiesta?

—Nada. Os pasasteis toda la noche desapareciendo a la vez y volviendo con cinco minutos de diferencia. Tampoco hacía falta llamar a la Guardia Civil.

Clara se rio.

—Yo te dije que era evidente.

—Para ti todo es evidente cuando ya lo sabes.

Mateo dejó el bocadillo en el plato .

—Álex, no sé qué esperas que haga con esa información. ¿Quieres que te pregunte oficialmente si eres gay para que puedas contestarme oficialmente que sí?

La forma en que lo dijo me hizo sentir bastante idiota.

—No.

—Pues ya está.

—Tampoco es tan sencillo.

—Para mí sí.

Diego levantó la cabeza de la cámara.

—Porque no eres tú.

Mateo lo miró y esta vez no hizo ninguna broma.

—Ya lo sé. No estoy diciendo que sea sencillo para Álex. Digo que para mí saberlo no cambia nada.

Aquello me dejó sin una respuesta inmediata . Había dedicado bastante tiempo a imaginar conversaciones que nunca había tenido. Con Mateo, con mis padres, con gente del instituto. En casi todas tenía que explicar algo, defenderlo o esperar una reacción.

Mateo había decidido saltarse la conversación entera.

Clara removió el café.

—La pregunta no es por qué Mateo lo sabe.

Supe lo que venía antes de que terminara.

—No.

—Ni siquiera he preguntado.

—Pero vas a hacerlo.

—Pues entonces me ahorro el principio. ¿Por qué ellos no?

Diego dejó la cámara sobre la mesa. Mateo volvió al bocadillo.

Yo miré hacia la cristalera. La lluvia había aumentado y la gente corría por la acera pegándose a los edificios.

—Porque no .

Clara sonrió.

—Una explicación impecable.

—No tengo que contárselo.

—No he dicho que tengas que hacerlo.

—Ha sonado exactamente a eso.

—Te estoy preguntando por qué no quieres hacerlo.

Me incliné hacia atrás.

—No sé.

Diego no intervino. Agradecí que no lo hiciera.

—¿Crees que reaccionarían mal? —preguntó Clara.

—No.

La respuesta me salió demasiado rápido. Mateo dejó de comer.

—Entonces eso es bueno, ¿no?

—Supongo.

—Pues sigo sin entenderlo.

—Porque no es tu casa.

Mateo levantó las manos.

—Vale. No digo nada.

Clara continuó mirándome, pero al menos tuvo la inteligencia de no insistir inmediatamente.

Cogí una servilleta y empecé a doblarla por la mitad.

—Mi padre lleva toda la vida hablando de las mismas cosas. El tenis, estudiar, qué voy a hacer después, que si algún día conoceré a una chica que consiga aguantarme... Dice esas cosas sin pensarlas.

—Eso último parece bastante difícil —dijo Mateo.

Clara le dio una patada por debajo de la mesa.

—Sigue.

Desdoblé la servilleta .

—No creo que me eche de casa ni nada parecido. Es que después tendría que seguir viviendo allí.

Diego me miró.

Clara tampoco pareció entenderlo.

—Claro —dijo—. Esa suele ser la idea.

—No me refiero a eso. Quiero decir al día siguiente.

Y al otro. Desayunar con ellos sabiendo que están pensando en lo que les he dicho.

Que mi madre empiece a preguntarme cosas.

Que mi padre intente demostrar que le da igual y se pase una semana diciendo estupideces.

Que de repente cada vez que quede con Diego sepan por qué.

Diego desvió la vista hacia la cámara.

—Ah.

—No es por ti.

—Ya.

—Lo digo en serio.

—He dicho ya.

Su tono bastó para que decidiera no seguir explicándolo.

Clara apoyó los brazos sobre la mesa.

—Entonces no te preocupa que dejen de quererte.

Negué con la cabeza.

—Me preocupa que cambie todo, aunque digan que no cambia nada.

Esta vez nadie contestó enseguida. Mateo cogió el bocadillo otra vez.

—Eso sí lo entiendo un poco más.

—Gracias por tu aprobación.

—De nada. Estaba empezando a pensar que eras simplemente cobarde.

Le lancé la servilleta.

Mateo la atrapó y la dejó junto a su plato.

—También puedes ser las dos cosas .

Me reí. Y quizá por eso pude seguir hablando.

—Además, ahora está lo del tenis.

Diego levantó la mirada.

—¿Qué tiene que ver?

—Nada. O sí. No sé.

Clara esperó.

—Empieza a haber gente pendiente de mí. La federación, otros entrenadores... El otro día uno de los chicos del club hizo una broma sobre un tenista diciendo que seguro que era gay porque no se le conocía ninguna novia.

—¿Y? —preguntó Mateo.

—Nada. Todos se rieron.

—¿Tú también?

Lo preguntó Diego. No me gustó que fuera él.

—No.

—No te he preguntado si hiciste la broma. Te he preguntado si te reíste.

Miré la mesa.

—Un poco.

Diego asintió muy despacio y volvió a la cámara.

—Fue por no quedarme ahí como un imbécil —añadí.

—No tienes que justificarte conmigo.

Eso era exactamente lo que parecía que estaba haciendo.

Clara bebió un poco de café.

—¿Crees que si alguien sabe que eres gay puede perjudicarte con el tenis?

—No lo sé.

—¿Santi ?

—Santi no.

De eso sí estaba seguro.

—¿Entonces quién?

Miré otra vez la lluvia.

—No sé quién va a estar mirando dentro de dos años.

Cuando salimos había dejado de llover.

Mateo y Clara caminaron delante de nosotros hacia la estación. Diego y yo nos quedamos unos metros atrás porque él quería sacar una última foto de los edificios reflejados en el suelo mojado.

Esperé junto a él.

—¿Te ha molestado lo que he dicho?

Diego ajustó el objetivo.

—¿Qué parte?

—Lo de mis padres.

—No.

—Ha sonado a que sí.

Hizo la foto antes de contestar.

—A veces me gustaría saber si me escondes porque no quieres que sepan que eres gay o porque no quieres que sepan que estás conmigo. No siempre tengo claro que sea lo mismo.

Se colgó la cámara y empezó a andar. Lo alcancé.

—No es por ti.

—Eso es lo que dices.

—Porque es verdad.

Diego me miró.

—Entonces algún día tendrás que demostrarte a ti mismo que es verdad. A mí no.

Seguimos hacia la estación .

Unos metros más adelante, Mateo se giró.

—Como perdamos el autobús porque vosotros dos necesitáis tener una conversación intensa cada quinientos metros, me vuelvo con Clara y os dejo aquí.

Diego aceleró. Yo fui detrás.

Al llegar a su altura, le agarré la mano. No había ninguna esquina donde esconderse, ni una calle vacía, ni tiempo para comprobar quién podía vernos. Diego me miró, sorprendido, pero no dijo nada.

Caminamos así unos metros. Después fui yo quien la soltó. Esta vez, al menos, no había sido porque apareciera nadie.