CAPÍTULO 3La llamada
La llamada
Mi padre me hizo señas para que no hablara en cuanto abrí la puerta de casa. Estaba de pie en el salón, con el móvil apoyado sobre la mesa y el altavoz puesto. Mi madre tenía delante una libreta donde ya había escrito varias cosas que no alcancé a leer desde la entrada.
—Sí, está aquí ahora mismo —dijo ella—. Acaba de llegar.
Dejé la mochila en el suelo.
—¿Quién es?
Mi padre señaló el teléfono como si la respuesta estuviera dentro.
—La federación.
Me quedé donde estaba.
Una mujer hablaba al otro lado sobre documentación, autorizaciones y un correo que iban a enviar esa misma tarde. No entendí la mitad porque entré en la conversación cuando ya llevaba un rato empezada, pero reconocí algunas palabras . Seguimiento. Entrenamientos. Madrid.
Mi madre me indicó que me acercara.
—Álex, soy Marta Robledo —dijo la mujer—. Estuve hablando con tu entrenador después del partido del sábado. Imagino que Santi ya te habría explicado un poco cómo funciona esto.
—Un poco.
Mi padre me lanzó una mirada.
Corregí:
—Me dijo que estaban siguiendo a varios jugadores.
—Eso es. No supone entrar en ningún centro ni cambiar ahora mismo tu lugar de entrenamiento.
Lo que queremos es incorporarte al grupo de seguimiento sub-18 durante los próximos meses y ver cómo evolucionas.
Seguirías entrenando en Cantabria con Santi, pero tendrías una planificación coordinada con nosotros, algunos torneos del calendario nacional y concentraciones periódicas en Madrid .
Mientras hablaba me acerqué a la libreta de mi madre. Había tres fines de semana rodeados con círculos. El primero empezaba dentro de tres semanas.
—¿Tengo que ir esos tres? —pregunté.
—Si aceptas el programa, sí. El primero será una concentración de evaluación.
Después habrá otras dos antes del verano y, dependiendo de resultados y evolución, iremos viendo el siguiente bloque de la temporada.
No queremos que dejes lo que estás haciendo bien.
Queremos comprobar cómo respondes cuando aumenten el nivel y la exigencia.
Mi padre sonrió como si acabaran de confirmar que iba a jugar el Roland Garros. Mi madre seguía escribiendo.
—¿Y los estudios? —preguntó—. Porque tiene dieciséis años y hasta ahora ha podido compaginarlo bastante bien, pero si empiezan a ser viernes, viajes y torneos entre semana...
—Se intenta adaptar el calendario, aunque habrá ausencias —respondió Marta—.
Esa parte tenemos que hablarla con el centro educativo y con vosotros.
También necesitamos que Álex entienda que entrar en seguimiento implica compromiso.
Si un fin de semana hay concentración, no puede decidir el jueves que tiene otros planes.
Miré otra vez los círculos de la libreta . Hasta ese momento Madrid había sido una palabra. Ahora tenía fechas.
—¿Y si un torneo coincide con un examen? —preguntó mi madre.
Mi padre se movió en el sofá.
—Bueno, algo podrán hacer en el instituto.
—Estoy preguntando.
—Y yo solo digo que habrá soluciones.
—Pues deja que nos las expliquen.
Marta se rio suavemente al otro lado.
—Esa conversación la tienen prácticamente todos los padres. Os mandaremos información más concreta. Hoy solo quería confirmar que queremos contar con él y saber si, en principio, está interesado.
Los tres me miraron. Me habría gustado que tardaran un poco más en hacerlo .
—Sí.
Mi madre dejó el bolígrafo.
—Piénsalo primero.
—Ya lo he pensado.
—Álex, te lo están proponiendo ahora mismo.
—Llevo pensando en esto desde que Santi me dijo que iba a ir alguien a verme.
Mi padre intervino:
—Si quiere hacerlo, tendrá que probar. Otra cosa es que dentro de seis meses veamos que no funciona.
Mi madre no respondió enseguida. Pasó la página de la libreta, aunque la anterior todavía estaba casi vacía.
—Yo no estoy diciendo que no vaya. Estoy diciendo que tiene dieciséis años y que, cuando todos os emocionáis con estas cosas, alguien tendrá que acordarse de que sigue teniendo dieciséis años.
No supe si aquello iba dirigido a mi padre, a la mujer del teléfono o a mí. Probablemente a los tres.
—Quiero hacerlo —dije.
Esta vez mi madre me miró directamente.
—Entonces lo haremos.
Santi me quitó media hora de pista al día siguiente y la sustituyó por entrenamiento físico. No me pareció una forma especialmente elegante de celebrar nada.
—Pensaba que hoy íbamos a entrenar saque.
—Y yo pensaba que ayer te habían explicado que esto iba a ser más exigente.
Estábamos en una zona lateral del club. El suelo todavía conservaba humedad de la noche y cada vez que apoyaba las manos para hacer uno de los ejercicios acababa con las palmas manchadas.
—Me lo explicaron .
—Pues parece que creías que “más exigente” significaba que te iban a regalar una camiseta nueva.
Terminé la serie y me incorporé.
—¿Tú ya sabías que me iban a coger?
—Sabía que había opciones.
—Podías habérmelo dicho.
—También podía haberte puesto una pancarta antes del partido para ayudarte con los nervios.
Cogió su libreta y tachó algo.
—Descansa un minuto.
—¿Esto cambia mucho?
—Sí.
No esperaba una respuesta tan rápida.
Santi se sentó en el banco y me hizo sitio a su lado.
—Hasta ahora podíamos organizar la temporada pensando bastante en ti.
A partir de ahora tendrás torneos que interesan por nivel, concentraciones, gente que va a mirar resultados y otros jugadores peleando por lo mismo.
Eso no significa que tengas que ganar todo.
Significa que ya no basta con ser uno de los mejores de aquí.
Miré las pistas. Había un niño entrenando con su padre en una de ellas. Debía de tener ocho o nueve años y celebraba cada bola que conseguía meter al otro lado.
Yo también había hecho eso.
—¿Y qué tengo que conseguir?
Santi cerró la libreta.
—Que dentro de seis meses quieran seguir llamándote.
Esperaba algo más concreto.
—Eso no depende solo de mí.
—Bien. Ya has aprendido tu primera lección .
Lo miré.
—Qué útil eres.
—Muchísimo. La segunda es que dejes de pensar que te han premiado por algo. Te han abierto una puerta para mirar qué haces cuando entras. Son cosas distintas.
Se levantó.
—Y la tercera te va a gustar menos. Los domingos por la mañana vamos a meter preparación física durante unas semanas.
—¿Todos?
—Tú.
—Había quedado.
—Pues cancela los planes.
—Santi...
—Álex, si no quieres hacerlo, no pasa nada. De verdad. Pero no puedes querer la parte en la que vienen a verte y saltarte la parte en la que tienes que trabajar más.
No discutí. No porque estuviera de acuerdo. Porque acababa de recordar con quién había quedado.
Diego estaba sentado en uno de los bancos del Corro de Campíos cuando llegué.
Tenía la cámara entre las piernas y estaba revisando fotografías.
Habíamos quedado el domingo para ir por la mañana a hacer fotos por la zona y después comer algo.
Era idea suya, pero yo llevaba toda la semana diciéndole que sí cada vez que preguntaba si seguía en pie.
Me senté a su lado.
—Me han cogido.
Diego levantó la cabeza. Tardó un instante en entender de qué hablaba y después sonrió. No una de esas sonrisas suyas que utilizaba antes de decir alguna estupidez.
Una de verdad.
—¿En serio ?
—Me llamaron ayer. Bueno, llamaron a casa. Entro en un programa de seguimiento. De momento sigo aquí, pero voy a tener concentraciones y más torneos.
—Álex, eso es increíble.
Dejó la cámara a un lado y me abrazó.
Había gente cruzando la plaza, pero no me aparté. Tampoco él hizo nada que pudiera parecer extraño desde fuera. Dos amigos felicitándose por algo. Exactamente lo que éramos siempre que había alguien mirando.
—¿Cuándo empiezas?
—Ya.
—¿Ya cómo?
—Santi ha decidido que mi premio es hacer más entrenamiento físico.
Diego soltó una risa.
—Eso te pasa por tener sueños.
—Y dentro de tres semanas tengo que ir a Madrid.
Su expresión cambió muy poco. Lo suficiente para que lo viera porque estaba pendiente.
—¿Cuánto tiempo?
—Un fin de semana. Luego hay otros dos antes del verano. Y torneos. Todavía no sé cuáles.
Diego cogió otra vez la cámara.
—Pues está bien.
—Sí.
Movió el objetivo sin necesidad de hacerlo.
—Muy bien.
Esperé. No añadió nada.
—Hay otra cosa.
—Claro, siempre hay algo más cuando hablas de tenis .
—No puedo quedar el domingo.
Esta vez sí me miró.
—¿Qué pasa el domingo?
—Santi quiere meter preparación física por la mañana.
—¿Este domingo?
—Sí.
Diego dejó la cámara sobre sus piernas.
—Llevamos dos semanas hablando de ir.
—Ya lo sé.
—Pues dile que empiezas el siguiente.
—No funciona así, no puedo hacerlo.
—¿Cómo sabes cómo funciona si te llamaron ayer?
—Porque me lo acaba de explicar.
Diego miró hacia la plaza antes de contestar.
—Vale. Pues ya iremos otro día.
Lo dijo sin discutir y eso me incomodó más que si hubiera empezado otra pelea.
—Puedo quedar después.
—No pasa nada, Álex. En serio. Haré las fotos por la mañana y, si acabas pronto, me escribes.
—No sé a qué hora terminaré.
—Pues entonces me escribes cuando lo sepas.
Se levantó y se colgó la cámara.
—Tengo que irme. He quedado con Clara para enseñarle unas fotos antes de que vuelva a decir que todas están mal enfocadas.
—Diego.
Se volvió.
—Me alegro por ti .
—Ya.
—No te lo digo por decir. Me alegro de verdad.
Lo miré intentando decidir qué respuesta no iba a sonar mal.
—Gracias.
Diego sonrió un poco.
—Nos vemos mañana.
Lo observé alejarse hacia una de las calles que salían de la plaza y me quedé sentado unos minutos más, hasta que empezó a caer una lluvia fina que nadie en Comillas parecía considerar motivo suficiente para correr.
Aquella noche abrí el correo que había enviado la federación. Había horarios, documentos que debían firmar mis padres, recomendaciones, fechas y una lista de material para la primera concentración.
Guardé los tres fines de semana en el calendario del móvil. Después añadí los entrenamientos nuevos que Santi me había escrito en una hoja. Martes y jueves, antes de clase. Domingo por la mañana.
Cuando terminé, casi todos los días de aquella semana tenían algo.
El móvil vibró sobre la mesa. Diego.
Ahora sí que te vas a ir.
Escribí que no. Lo borré.
Escribí que todavía faltaba mucho. También lo borré.
Al final puse:
Todavía estoy aquí.
Dejé el teléfono boca abajo y programé la alarma media hora antes de lo habitual. A las seis y cuarto.