La línea que cruzamos (Fuera de línea 1) CAPÍTULO 2Cuando nadie mira
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CAPÍTULO 2Cuando nadie mira

Cuando nadie mira

Diego llegó al club cuando yo estaba perdiendo cuatro a dos.

Lo vi detrás de la valla durante el cambio de lado, junto a Clara y Mateo, aunque intenté apartar la vista antes de que Santi pudiera darse cuenta.

Clara levantó una mano. Mateo hizo el gesto de golpear una derecha imaginaria y Diego se limitó a quedarse allí, con la mochila colgada de un hombro y una cámara pequeña entre las manos.

No me saludó. Seguramente porque sabía que lo estaba mirando demasiada gente. O porque seguía cabreado conmigo.

No tenía tiempo para decidir cuál de las dos opciones me molestaba más.

—Vargas.

Giré hacia Santi.

—¿Qué?

—Si vas a jugar contra los de fuera de la pista, avisa y pedimos otra raqueta.

Me levanté del banco.

—Estoy jugando.

—Vas cuatro a dos abajo contra un tío al que le estás regalando los puntos. Tú verás cómo quieres llamarlo.

Cogí las pelotas y caminé hacia la línea de fondo.

El técnico de la federación estaba sentado unas filas más arriba, hablando con un hombre al que no conocía. Me había prometido no buscarlo durante el partido y llevaba localizándolo desde el calentamiento.

Boté la pelota.

Primer saque fuera .

El segundo entró y mi rival devolvió. Aguanté tres golpes hasta conseguir desplazarlo hacia su revés; cuando dejó la bola corta, avancé y esta vez esperé medio segundo más antes de atacar.

Gané el punto.

Santi no reaccionó. Diego sí. No gritó mi nombre, pero dio un golpe con la palma contra la valla. Lo oí.

Los dos juegos siguientes fueron probablemente los primeros de toda la mañana en los que dejé de pensar en quién estaba mirando.

Mi rival empezó a jugar más corto y yo aproveché para meterme dentro de pista.

Empaté a cuatro, después rompí su saque y, cuando me puse cinco a cuatro, vi a Santi cambiar por fin de postura en el banco.

Eso era lo máximo que se acercaba a felicitarme antes de acabar un partido.

Gané el primer set seis a cuatro. El segundo fue peor. No por el rival, sino porque volví a acordarme del hombre de la grada, de Madrid y de todas las cosas que todavía no habían ocurrido y que, por algún motivo, ya estaba intentando no estropear.

Con cinco a cinco mandé una derecha sencilla fuera.

—¡Joder!

Santi se levantó inmediatamente.

—La siguiente.

No podía hablarme durante el punto, pero sabía leerle incluso cuando no decía nada. La siguiente. Siempre la siguiente. Era fácil cuando se trataba de una pelota. Menos cuando se trataba de cualquier otra cosa.

Acabé ganando siete a cinco.

Mateo fue el primero en llegar cuando salí de la pista.

—Te has puesto cinco a cinco porque eres un enfermo. Podías haber ganado seis a dos y has pensado: no, voy a darle emoción.

—Es mi forma de pensar en el público.

—Pues yo casi me voy.

Clara me abrazó sin importarle que estuviera sudando.

—Has jugado bien .

—Ha jugado fatal durante media hora —dijo Santi detrás de nosotros—. Después ha decidido hacerme caso.

—O sea, ha jugado bien —repitió Clara.

—A ratos.

Diego se acercó el último. Llevaba la cámara colgada al cuello y me enseñó la pantalla. Había una foto mía en pleno saque, suspendido antes de golpear, con el brazo izquierdo completamente estirado.

—Esta está bastante bien.

—Parezco más alto.

—Por eso está bien.

Sonreí.

—¿Cuántas has hecho?

—Como cien. En noventa sales con cara de estar estreñido.

Mateo se inclinó para mirar.

—Déjame ver esas.

Diego apartó la cámara.

—Tú no entiendes de arte.

—Tú tampoco.

Empezaron a discutir y yo busqué al técnico de la federación. Seguía hablando con Santi cerca de la entrada de las pistas.

No se acercó a felicitarme. Ni siquiera me miró.

—No seas pesado —dijo Clara.

—¿Qué?

—Llevas treinta segundos mirando hacia allí.

—Es el técnico.

—Ya sé quién es.

—Pues entonces entenderás que mire.

Clara bajó la voz .

—Has ganado. No puedes hacer nada más ahora.

Tenía una facilidad irritante para decir cosas que parecían obvias después de haberlas pensado mejor que yo.

—Vamos a tomar algo —propuso Mateo—. Tengo hambre.

—Tú siempre tienes hambre —dijo Diego.

—Es porque mi cuerpo está creciendo.

Clara lo miró de arriba abajo.

—Pues debe de estar haciéndolo hacia dentro.

Nos echamos a reír y empezamos a caminar hacia la salida.

Diego se quedó a mi lado unos segundos, hasta que pasamos cerca de otros jugadores del torneo. Entonces aceleró y se puso junto a Mateo. No hizo falta que dijera nada.

Acabamos los cuatro en una cafetería cerca de las pistas.

Mateo contó durante diez minutos cómo había suspendido Matemáticas por culpa de un profesor que, según él, tenía algún problema personal con su familia desde varias generaciones atrás. Clara intentó explicarle que sacar un tres y medio era difícil de atribuir a una venganza hereditaria.

Diego editaba las fotografías en la pantalla de la cámara mientras los escuchaba a medias.

—Enséñame las otras —le dije.

—Luego.

—¿Por qué?

—Porque estoy borrando las malas.

—Has dicho que eran noventa.

—Pues dame tiempo.

Clara sonrió por encima de su vaso.

Ella lo sabía. No porque se lo hubiera contado yo, sino porque una tarde nos había visto besándonos detrás del polideportivo y tuvo la delicadeza de fingir que no había visto nada hasta que, dos días después, me preguntó si pensaba contárselo algún día.

Mateo era distinto . A veces tenía la sensación de que sospechaba algo y otras de que podría vernos casándonos delante de él sin entender del todo qué ocurría.

—¿Y si te llaman? —preguntó Clara.

Diego dejó de tocar los botones de la cámara.

—¿Quién?

—Los de la federación.

—Todavía tienen que decidirlo —respondí.

—Pero si te dicen que tienes que ir a Madrid una semana, ¿vas?

—Claro que va —intervino Mateo—. Yo me iría, aunque fuera para no venir al instituto.

—Tú te irías a Reinosa si te librara del instituto —dijo Clara.

—También.

Diego continuó mirando la cámara . Le di una patada suave en la zapatilla por debajo de la mesa. Levantó los ojos. Nada más.

Clara lo vio. Mateo, por supuesto, estaba intentando robarme una patata.

Regresamos a Comillas por la tarde.

Clara y Mateo se fueron hacia el centro y Diego dijo que tenía que hacer unas fotografías para un trabajo. Estaba preparando una serie sobre edificios antiguos para una asignatura de Plástica y llevaba semanas empeñado en que aquello podía servirle para empezar un portfolio.

—¿Un portfolio para qué? —le había preguntado Mateo.

—Para no acabar trabajando contigo.

Diego quería estudiar algo relacionado con diseño o fotografía cuando termináramos el instituto. Todavía cambiaba el nombre de la carrera cada dos semanas, pero nunca cambiaba de idea sobre una cosa: no pensaba quedarse en Comillas .

Eso hacía que algunas de sus reacciones conmigo resultaran todavía más difíciles de entender.

Caminamos hasta una zona más tranquila y se detuvo frente a una fachada.

—Ponte allí.

—¿Yo?

—No, el señor de ochenta años que viene detrás de ti.

Miré hacia atrás. Había efectivamente un hombre caminando hacia nosotros.

—Eres idiota.

—Ponte.

Me apoyé contra la pared.

Diego levantó la cámara.

—No mires aquí.

—¿Entonces dónde miro?

—Donde te dé la gana. Ese es normalmente tu sistema para todo.

—Sigues enfadado.

Bajó la cámara.

—No estoy enfadado.

—Eso dije yo el otro día y Santi me dijo que tenía cara de venir enfadado de serie.

—Santi parece un hombre listo.

Se acercó para enseñarme la foto.

—Esta me gusta.

—Ni siquiera miro a cámara.

—Por eso me gusta, porque se te ve natural.

En la imagen estaba apoyado contra la pared, mirando hacia la calle. No parecía un tenista. Tampoco parecía el chico al que alguien de la federación había estado observando aquella mañana .

Solo era yo.

—¿Me la mandas?

—Puede.

Seguimos andando hasta alejarnos de la zona donde había más gente. Diego guardó la cámara en la mochila y, cuando doblamos una esquina, me cogió de la camiseta y se acercó.

El beso duró poco. No porque quisiéramos. Oímos voces antes de separarnos y dos mujeres aparecieron al fondo de la calle. Diego dio un paso hacia atrás con tanta rapidez que casi resultó cómico.

Las mujeres pasaron junto a nosotros hablando de alguien que había aparcado mal. Esperamos hasta que doblaron la siguiente esquina.

—Esto es ridículo —dije.

—¿El qué?

—Esto.

Diego apoyó la espalda contra la pared.

—Qué precisión.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí, pero quiero que lo digas tú.

Lo miré.

—No podemos ni besarnos tranquilos.

—Podemos. Solo que prefieres que no nos vea nadie.

—Tú también te has apartado.

—Porque sé que tú quieres que me aparte.

No respondí inmediatamente. Diego se agachó para recolocarse un cordón de la zapatilla y volvió a levantarse.

—Clara lo sabe.

—Clara es Clara.

—Y Mateo seguramente también .

—Mateo cree que estudiar es una obligación de sus padres. No sabe nada.

Diego se rio, aunque esta vez la sonrisa desapareció enseguida.

—No te estoy pidiendo que se lo cuentes a nadie.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Se quedó mirándome.

—Nada. Ese es el problema. Nunca te pido nada porque ni siquiera sé qué puedo pedirte.

Quise bromear, pero no encontré cómo.

—Diego...

—No quiero que dejes el tenis. Y tampoco quiero que rechaces Madrid si algún día te lo ofrecen, por si es eso lo que estás pensando.

—No estaba pensando eso.

—Bien. Porque sería absurdo.

Se apartó de la pared y volvió a colgarse la mochila.

—Yo también quiero irme de aquí algún día.

—Entonces no entiendo qué te preocupa.

—Que tú sí sabes lo que eres cuando estás en una pista.

La frase me hizo callar.

Diego señaló primero hacia mí y después hacia él.

—Pero con esto nunca sabes nada.

—¿Qué quieres que seamos?

—No lo sé. Pero al menos yo sé que hay un esto.

Me apoyé en la pared donde había estado él.

—Claro que lo hay.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Y qué es ?

Abrí la boca. No salió nada especialmente útil.

Diego sonrió de lado.

—Exacto.

Me molestó que hubiera preparado una pregunta para la que sabía que no tenía respuesta.

—No hace falta poner nombre a todo.

—Eso lo dices porque te viene muy bien.

—¿Qué significa eso?

—Que, si no somos novios, no tienes que contar que tienes novio. Si no estamos juntos, tampoco tienes que pensar qué pasa conmigo si te vas. Todo es bastante cómodo mientras nadie pregunte.

—No es tan fácil.

—Ya sé que no es fácil.

Esta vez no había ironía. Miró hacia la calle antes de acercarse un poco.

—Solo digo que algún día tendremos que hablar de nosotros cuando no estemos escondidos detrás de una esquina.

No contesté. Diego sacó la cámara de la mochila y volvió a caminar.

—Ven. Quiero hacer una foto antes de que se vaya la luz.

Lo seguí . Unos metros más adelante se detuvo, miró alrededor y, sin esconderse detrás de ninguna pared ni comprobar quién venía, me cogió la mano durante apenas unos segundos.

Después la soltó y siguió andando. Yo tardé un momento en alcanzarlo.