La línea que cruzamos (Fuera de línea 1)
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CAPÍTULO 1La pista junto al mar
La pista junto al mar
La primera bola se me fue larga por medio metro y la segunda acabó en la red.
—Otra vez —dijo Santi desde el otro lado de la pista—. Y esta vez deja de mirar hacia fuera, porque la línea está aquí.
No hacía falta que señalara dónde. Llevaba casi nueve años viendo aquellas líneas blancas, aunque algunas mañanas parecieran cambiar de sitio solo para joderme. Boté la pelota tres veces, lancé hacia arriba y golpeé el saque intentando no pensar en nada más.
Entró.
Santi devolvió corto y avancé para atacar con la derecha. Me precipité, como siempre que veía un punto ganado antes de terminarlo, y mandé la bola contra la cinta.
—Eso es exactamente lo que te digo.
—Ha tocado la red.
—Gracias, Álex. Llevo treinta años jugando al tenis y no había visto nunca una red.
Recogí otra pelota sin contestar. El cielo estaba cubierto, pero al menos no llovía, lo que en Comillas ya podía considerarse un acontecimiento importante.
Desde las pistas llegaba el olor húmedo de la mañana y, cuando el viento soplaba desde el mar, traía ese punto de sal que yo apenas notaba porque había estado allí toda mi vida.
Santi apoyó las manos sobre la cesta.
—¿Vas a seguir enfadado conmigo o podemos entrenar?
—No estoy enfadado.
—Entonces esa cara viene de serie.
Le lancé una pelota y la atrapó con una mano.
—Saca .
Esta vez entraron cuatro primeros seguidos. En el quinto me fui demasiado hacia atrás después del golpe y Santi paró el ejercicio.
—No. Otra vez. Si haces eso contra uno que sepa atacar la devolución del saque, has perdido el punto antes de que te devuelva la bola.
—Ya.
—No me digas ya. Corrígelo.
Había días en que lo odiaba un poco. Sobre todo, porque casi siempre tenía razón.
Volví a colocarme. Primer saque abierto, paso dentro de pista, derecha al lado contrario. Lo repetimos hasta que dejó de parecer una secuencia de movimientos que tenía que recordar y volvió a convertirse en tenis.
Solo entonces Santi miró el reloj.
—Cinco minutos.
Me senté en el banco y cogí la botella. Habíamos empezado a las ocho, antes de que tuviera que ir al instituto, y la camiseta ya se me pegaba a la espalda. Santi se acercó despacio, pero en vez de corregirme algo se quedó de pie frente a mí.
—El sábado juega con cabeza.
—Lo intento siempre.
—Ya. Ese es uno de tus problemas.
Bebí agua mientras lo miraba.
—¿Qué pasa el sábado?
Tardó un segundo de más en responder.
—Va a ir alguien a verte.
Bajé la botella.
—¿Quién?
—Un técnico de la federación .
Durante unos segundos seguí oyendo las pelotas de la pista de al lado, el golpe seco contra las cuerdas, las zapatillas arrastrándose sobre la superficie, pero todo pareció colocarse un poco más lejos.
—¿A verme a mí?
Santi sonrió.
—No, Álex. A mí. Está impresionado con mi revés a una mano.
—Habla en serio.
—Estoy hablando en serio. Lleva tiempo siguiendo resultados de jugadores de tu edad y quiere verte competir. Eso es todo.
Eso no era todo y los dos lo sabíamos.
—¿Para qué?
—Para ver si merece la pena incluirte en seguimiento. Concentraciones, entrenamientos con otros jugadores, torneos fuera... Dependerá de muchas cosas. No empieces a montarte una película.
Ya me la estaba montando.
—¿Madrid?
—He dicho que no te montes una película y has tardado cinco segundos.
Me levanté.
—Pero puede ser Madrid.
Santi recogió una pelota con el pie y me la pasó.
—Puede ser muchas cosas. También puede ser que el sábado juegues como un idiota porque sabes que hay alguien mirando y dentro de una semana esto no sea más que una conversación que tuvimos un martes.
Me molestó que tuviera razón otra vez.
—Pues no jugaré como un idiota.
—Eso espero.
Volví a la línea de fondo, aunque ahora la pista parecía distinta. No más grande, ni más importante, pero sí como si lo que ocurriera dentro pudiera llevarme a algún sitio que hasta entonces solo había existido en conversaciones.
Madrid.
Había estado muchas veces fuera de Cantabria para competir, pero siempre volvía. Mi habitación seguía allí. Mi instituto seguía allí. Los mismos amigos. Las mismas calles en las que podía cruzarme con alguien conocido, aunque saliera cinco minutos a comprar pan.
Nunca había pensado demasiado en qué significaba irse de verdad. Hasta aquella mañana.
Mi madre se enteró antes de que yo llegara a casa.
No sé cómo lo hacía Santi, pero cualquier cosa relacionada con el tenis parecía pasar por ella antes de llegar a mí. Cuando entré después del instituto, estaba terminando de poner la mesa y mi padre ya estaba sentado con el móvil en la mano.
—Así que viene un técnico a verte —dijo.
Dejé la mochila junto a la puerta.
—Solo va a ver el partido.
—¿Solo?
—Papá.
—Yo no he dicho nada.
Mi madre dejó una fuente en medio de la mesa.
—Pues mejor. Porque entre Santi diciéndole que no se haga ilusiones y tú comprándole ya una casa en Madrid, el niño va a llegar al sábado con una presión estupenda.
—No le estoy metiendo presión.
—Acabas de decir Madrid.
—Lo ha dicho Santi.
—Como posibilidad —intervine.
Mi padre levantó las manos .
—Pues eso. Una posibilidad. Y las posibilidades están para aprovecharlas.
Me senté frente a él. Llevaba años escuchándole decir versiones distintas de la misma frase.
Cuando tenía doce era que había que aprovechar los torneos importantes.
A los catorce, que había que aprovechar que Santi creyera en mí.
A los quince, que había que aprovechar que todavía podía compaginar los estudios con entrenar más horas.
Supongo que crecer consistía en que las posibilidades fueran haciéndose cada vez más caras.
—Primero tendrá que acabar el instituto —dijo mi madre.
—Claro.
—Y si algún día se va, habrá que ver adónde se va, con quién, cómo funciona aquello...
—Mamá, todavía no me han ofrecido nada.
—Por eso lo digo ahora.
Mi padre me miró.
—¿Tú te irías?
La pregunta cayó en la mesa con una naturalidad que me molestó más que si hubiera hecho un discurso.
Cogí el tenedor.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Pues que no sé. Ni siquiera sé qué me van a ofrecer.
Mi madre se sentó.
—Y tampoco tienes que saberlo ahora.
Mi padre iba a contestar, pero ella lo miró y decidió dedicarse a la comida. Yo también.
Lo raro era que sí sabía la respuesta. Si aquello significaba jugar de verdad, entrenar con gente mejor que yo y averiguar hasta dónde podía llegar, me iría . Lo que no sabía era qué parte de mi vida tendría que dejar aquí para hacerlo.
A Diego lo esperé detrás del instituto. Habíamos empezado a quedar allí porque al principio resultaba práctico y después porque cambiar de sitio habría obligado a reconocer que aquello era una costumbre.
Salió casi diez minutos tarde.
—Pensaba que te habías ido.
—He tenido que acabar un trabajo.
—Podías avisar.
—Podías no ser un viejo de setenta años.
Se puso a caminar y fui detrás de él.
—Llevo aquí diez minutos.
—Eso no es una tragedia.
Con Diego las cosas funcionaban así. Si alguien nos veía juntos, éramos amigos. Si coincidíamos con gente del instituto, hablábamos de cualquier cosa. Si estábamos solos, las distancias cambiaban sin necesidad de decidirlo.
Al llegar a una calle más tranquila me rozó la mano con la suya, apenas un instante, y siguió andando.
—¿Vienes esta tarde?
—Tengo entrenamiento físico.
—Siempre tienes algo.
—Pues sí.
—Qué vida más emocionante.
Lo dijo sonriendo, pero lo conocía lo suficiente para notar cuándo una broma no era solo una broma.
—El sábado tengo torneo.
—También lo sé.
—Va a venir un tío de la federación a verme .
Diego se detuvo.
Yo seguí dos pasos antes de girarme.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara de pensar algo.
—No he puesto ninguna cara.
—Diego.
Reanudó la marcha.
—¿Y qué significa?
—No lo sé exactamente. Seguimiento, quizá concentraciones. Entrenar fuera algunos días.
—Madrid.
Me sorprendió que él llegara al mismo sitio que mi padre.
—Puede ser.
—Vale.
—¿Vale?
—¿Qué quieres que diga?
Me puse delante para obligarlo a parar.
—No sé. Algo.
Diego me miró un momento y después apartó la vista hacia una casa del otro lado de la calle.
—Que está muy bien, Álex. De verdad. Es lo que quieres.
—Pero parece que te molesta.
—No me molesta.
—Pues lo parece.
Volvió a mirarme .
—Lo que me molesta es que llevas meses hablando de irte como si fuera una cosa que ocurrirá dentro de veinte años y ahora resulta que quizá empiece el sábado.
—No me voy el sábado.
—Ya sé que no te vas el sábado.
—Entonces no entiendo por qué estamos discutiendo.
Se rio, aunque sin ganas.
—Ese es justo el problema.
Me quedé callado.
Diego y yo nunca habíamos hablado de qué éramos. Habíamos hablado de quedar, de vernos, de si podía ir a su casa cuando sus padres no estaban, de qué amigos sabían que me gustaban los chicos y cuáles no. De todo menos de nosotros.
Aquello tenía una ventaja: si nunca definíamos nada, tampoco había nada que pudiera romperse . Hasta que uno de los dos empezaba a hablar de marcharse.
—Todavía no ha pasado nada —dije.
—Ya.
Seguimos caminando hacia el centro de Comillas. Había gente en algunas terrazas y nos separamos un poco sin comentarlo. Diego metió las manos en los bolsillos y empezó a contarme una historia sobre un profesor que le había pillado copiando una fórmula en la calculadora.
Lo escuché, incluso me reí en el momento adecuado. Pero durante todo el camino pensé en algo que no había querido pensar aquella mañana. Madrid no estaba a cuatrocientos kilómetros . Todavía no.
De momento estaba mucho más cerca: en la distancia exacta que había aparecido entre Diego y yo en cuanto alguien pronunció su nombre.