La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 19
49%

CAPÍTULO 19

EL PADRE ELEGIDO

León no introdujo la llave. Se la entregó a Mateo.

Eso sorprendió a todos. Especialmente a Mateo.

—Es tuya —dijo León.

—La encontraste vos.

—La dejó su madre.

—También era tu abuela.

—La cinta dice “para mis dos hijos”.

León miró a Elías.

—Yo todavía no estoy invitado.

Mara no dijo nada.

Pero sonrió apenas.

Mateo observó la pequeña pieza de latón. Después a su hermano.

Elías seguía junto a la pared.

—¿Querés saberlo? —preguntó Mateo.

Elías tardó.

—No.

—Yo tampoco.

—Entonces no la abrimos.

Mateo cerró la mano. León asintió.

Y durante un instante pareció terminado. No el caso.

La pregunta.

Después Elías levantó la vista.

—Pero él sí tiene derecho.

Miró a León.

—¿A saber quién fue su padre?

Elías negó.

—No.

Pausa.

—A saber qué hizo nuestra madre con su vida antes de que existiera.

Mateo respiró.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Entonces?

Elías se acercó.

—Escuchemos para entenderla.

Miró a su hermano.

—No para obedecerla.

Mateo introdujo la llave.

• • •

No ocurrió nada durante cuatro segundos. Después el pequeño reproductor emitió un clic.

La sección transparente de la cinta comenzó a desplazarse. No contenía sonido grabado de manera convencional.

La llave activaba un segundo cabezal. Óptico.

Una línea blanca recorría la película transparente y convertía pequeñas perforaciones casi invisibles en pulsos.

Después en voz.

Elena Varda regresó.

—Si decidieron continuar, espero que lo hayan decidido juntos.

Mateo cerró los ojos. Elías soltó aire.

—Y si uno convenció al otro, ya empezamos mal.

Mara miró a León.

—Me cae bien.

León susurró:

—Espere.

La voz continuó.

—Voy a contarles la peor cosa que hice creyendo que era necesaria.

Silencio.

—Elegí cuál de ustedes tendría una vida afuera.

Mateo dejó de respirar. Elías no.

Parecía haber esperado esas palabras durante medio siglo.

—Origen necesitaba un Varda dentro.

—Yo necesitaba que al menos uno creciera lejos de él.

La cinta crujió.

—Elegí a Mateo.

Clara cerró los ojos. Mateo miró al suelo.

Elías permaneció completamente quieto.

—Mateo tendría documentos.

—Escuela.

—Amigos.

—Una historia verificable.

—La posibilidad de enamorarse sin que alguien hubiera elegido antes para qué debía servir ese vínculo.

Pausa.

—Elías permanecería conmigo.

Mateo miró a su hermano.

Elías no devolvió la mirada.

—No porque lo quisiera menos.

La voz de Elena se quebró por primera vez.

—Ésa es la mentira que me conté durante años.

Silencio.

—Lo hice porque creí que dos injusticias iguales eran peores que una sola injusticia distribuida.

León cerró los ojos. La lógica de Origen.

Incluso mientras intentaba combatirlo, Elena había pensado con sus categorías.

—Me dije que uno sería libre.

—Y que el otro entendería algún día por qué había sido sacrificado.

Elías murmuró:

—No entendí.

Mateo lo miró.

—No tenías por qué.

Elías finalmente levantó los ojos. Había odio.

Pero no dirigido hacia él.

Eso lo volvía más difícil.

• • •

La cinta continuó.

—Algo ocurrió cuando tenían diecisiete años.

Elías sonrió con tristeza.

—Se encontraron sin mi permiso.

Mateo recordó la estación. Dos andenes.

Su propia cara del otro lado.

—Después volvieron a hacerlo.

—A los veintitrés.

—A los veintisiete.

—Cada vez que intenté separarlos, encontraron una forma de volver a cruzarse.

Elena respiró.

—Entonces comprendí algo que Origen nunca había entendido.

León se acercó al reproductor.

—Una relación puede heredarse.

—Puede imponerse.

—Puede diseñarse.

Pausa.

—Pero también puede empezar sin autorización.

Daniel observaba desde el corredor. No comprendía todo.

Había comprendido lo suficiente. Tío.

Una palabra había abierto una puerta que cincuenta años de protocolos no habían podido abrir.

—Cuando se llamaron Mateo y Elías entre ustedes por primera vez, hicieron algo que yo no había previsto.

Elías cerró los ojos.

—Dejaron de ser una contradicción construida.

—Se convirtieron en hermanos.

Silencio.

La frase parecía pequeña.

Era enorme.

• • •

León miró la puerta blanca.

RELACIÓN NO PREVISTA.

Ahora entendía. Origen había sido construido para rastrear transmisión.

Padres. Hijos.

Maestros. Instituciones.

Funciones.

Cadenas.

Podía interpretar relaciones heredadas. Incluso podía inferir influencias.

Pero tenía dificultades con aquello que surgía entre personas sin que una arquitectura lo hubiera preparado.

No porque fuera incapaz de verlo. Porque no sabía cuál de las dos personas debía ser considerada origen.

—Relaciones recíprocas —dijo.

Mara lo miró.

—¿Qué?

—Origen necesita dirección.

Señaló el árbol que habían visto en las transmisiones.

—Una rama sale de otra.

—Padre a hijo.

—Maestro a alumno.

—Institución a individuo.

Alma comprendió.

—Causa y resultado.

—Sí.

Mateo miró a Elías.

—Pero dos hermanos…

Mara terminó:

—Pueden cambiarse mutuamente.

León asintió.

—Sin un origen único.

Elías miró hacia la puerta.

—Por eso nos necesitaban como una sola identidad.

—Sí.

—Así el desacuerdo parecía estar dentro de un solo nodo.

—Sí.

—Y no entre dos personas.

León lo miró.

—Ustedes rompieron eso cuando decidieron llamarse por sus propios nombres.

• • •

La cinta todavía no había terminado. Elena volvió a hablar.

—Si tengo un nieto algún día, Origen intentará seguirlo.

León se quedó inmóvil.

—No porque sea especial.

Alma miró hacia él.

—Desconfíen siempre de cualquier sistema que necesite convencer a alguien de que es especial antes de utilizarlo.

Mara sonrió.

—Definitivamente me cae bien.

—Mara.

—Sigo esperando.

—Mi nieto será interesante para Origen por una razón mucho más sencilla.

Pausa.

—No podrá saber de cuál de ustedes proviene lo que herede.

Mateo frunció el ceño.

Elías también.

—No hablo de sangre.

—Si son gemelos, la sangre será casi inútil.

—Hablo de conducta.

León no se movió.

—Si ambos continúan entrando y saliendo de la vida del otro, si intercambian decisiones, si se contradicen, si se protegen, si se traicionan, si se perdonan…

La voz hizo una pausa.

—Cualquier hijo de uno llevará rastros de los dos.

Clara se llevó una mano a la boca.

—Y Origen tendrá un problema.

—No podrá establecer dónde empezó aquello que recibió.

León sintió algo extraño. Durante toda su vida habían querido reconstruirlo.

Padres. Keller.

Tomás. Culpa.

Mara.

Ahora comprendía que la imposibilidad de explicar completamente de dónde venía podía no ser una falla.

Podía ser protección.

• • •

Elena volvió a la decisión.

—Elegí a Mateo para vivir afuera.

Mateo levantó los ojos.

—Pero si están escuchando esto juntos, ya no sé cuál de ustedes cumplió ese papel hasta el final.

Silencio. Elías miró a su hermano.

—Y me alegra.

Mateo comenzó a llorar.

—Porque significa que mi última decisión sobre ustedes fracasó.

Elías también.

—No intenten corregirla.

—No intenten descubrir quién debería haber sido quién.

—Y, sobre todo, no permitan que mi nieto crea que necesita resolverlo para saber quién es.

León apartó la mirada. Mara se acercó.

No lo tocó. No hacía falta.

La cinta continuó:

—León, si ése es tu nombre…

Él volvió a mirar.

—Perdón.

Una sola palabra.

Nada más.

Después:

—No sé qué hombre te criará.

—No sé cuál será tu padre.

—No sé si alguno estará cuando puedas hacer esta pregunta.

—Y me niego a dejarte una respuesta que convierta su pasado en tu obligación.

Pausa.

—Elegí a Mateo.

—Ellos eligieron otra cosa.

—Vos hacé lo mismo.

La cinta quedó en silencio. Esta vez durante diez segundos.

Después apareció la última parte. No voz.

Un tono. Tres pulsos.

Una secuencia.

La puerta blanca respondió.

• • •

La habitación cambió. La silla descendió lentamente hacia el suelo.

Debajo apareció un cilindro de vidrio. Vacío.

Sobre él:

CAPA DE ELECCIÓN.

Elías palideció.

—Nunca la vi.

Mateo tampoco. Mara se acercó.

—¿Qué es?

León observó las conexiones.

No había pantalla.

No había botones. Solo catorce pequeñas ranuras alrededor del cilindro.

—No es una estación.

Alma miró.

—¿Entonces?

—Una modificación.

La voz de Elena regresó una última vez. Más débil.

—Origen tiene dos formas de comprender una persona.

—Lo que recibe.

—Y lo que transmite.

Pausa.

—Yo intenté añadir una tercera.

En el cilindro apareció una palabra:

ELIGE.

—No qué elige.

—No si elige bien.

—Solo la posibilidad de que una decisión no pueda ser reducida a aquello que la precedió.

León se acercó.

—No pude terminarla.

La voz crujió.

—Porque para hacerlo necesitaba algo que no podía fabricar.

Mara ya sabía.

—¿Qué?

La cinta respondió:

—Relaciones que yo no hubiera diseñado.

Daniel miró a Elías.

Tío.

La puerta. Alma miró a León.

El hombre que había sostenido su cuerpo de bebé y después había olvidado hacerlo. Sofía no estaba allí.

Pero había elegido quedarse con Julia. Clara había elegido acompañar a Mateo sin saber cuál había sido.

Mara y León se habían elegido una y otra vez sin que ningún sistema hubiera podido asignar correctamente cuál corregía a cuál.

Las relaciones no previstas ya existían.

• • •

Las catorce ranuras comenzaron a iluminarse.

Una.

Después otra. No pedían llaves.

Pedían personas.

En la primera apareció:

MATEO — ELÍAS.

Segunda:

DANIEL — ELÍAS.

Tercera:

ALMA — LEÓN.

Alma frunció el ceño.

—¿Qué significa?

León respondió:

—No lo sabemos todavía.

Cuarta:

MARA — LEÓN.

Mara miró la pantalla.

—Ni se le ocurra disfrutar esto.

—Estoy intentando no hacerlo.

Quinta:

CLARA — MATEO.

Sexta:

SOFÍA — JULIA.

Aunque estaban miles de kilómetros arriba. La red ya las había observado.

Séptima:

SOFÍA — SAMUEL.

Octava:

ALMA — TOMÁS.

Novena:

ALMA — ISABEL.

Las demás permanecieron vacías. Elías observó.

—Necesita catorce.

—No necesariamente —dijo León.

—Hay catorce ranuras.

—Eso fue construido por personas obsesionadas con catorce.

—Buen punto —dijo Mara.

La voz del sistema apareció:

RELACIONES NO DERIVABLES: 9.

Después:

UMbrAL INSUFICIENTE.

Samuel habló por radio desde el Argo.

—¿Qué están haciendo?

Mara activó.

—Encontramos una capa que Elena añadió.

Silencio.

—¿Qué capa?

—Elección.

Samuel no respondió.

León escuchó algo.

No palabras. Respiración.

—Samuel.

—No la activen.

Alma miró a León.

—¿Por qué?

Samuel tardó.

—Porque sé qué son las otras cinco.

Silencio. León se acercó al comunicador.

—Dígalas.

—No.

—Entonces ya sabemos que son importantes.

—León.

—Samuel.

—Si completan las catorce, Origen dejará de poder distinguir herencia de elección.

Mara frunció el ceño.

—Eso parece exactamente lo que queremos.

—No.

—¿Por qué?

Samuel respondió:

—Porque entonces tampoco podrá distinguir responsabilidad.

Silencio. Ahí estaba el precio.

Si ninguna conducta podía atribuirse completamente a su origen, Origen perdía su autoridad para corregir.

Pero también podía perder la capacidad de establecer quién había causado qué.

León comprendió.

—No podemos solucionar determinismo borrando causalidad.

Samuel exhaló.

—Exacto.

Alma miró las nueve relaciones.

—Entonces Elena tampoco terminó la respuesta.

—No —dijo León.

Mara lo miró.

—Nos dejó un problema mejor.

León sonrió.

—Sí.

• • •

Daniel señaló la décima ranura. Una luz acababa de aparecer.

LEÓN — MATEO.

Mateo la observó.

—¿Padre e hijo?

La máquina no decía eso. Solo dos nombres.

León comprendió la diferencia.

—No necesita definir qué somos.

Mateo lo miró.

—¿Entonces?

—Solo reconoce que existe algo entre nosotros que no puede explicar completamente desde antes.

Undécima:

LEÓN — ELÍAS.

Elías retrocedió.

—No tenemos relación.

Daniel lo miró como si fuera obvio.

—Es tu sobrino.

Elías cerró los ojos. La ranura permaneció encendida.

Duodécima.

Nadie esperaba el nombre.

MATEO — ELÍAS.

Ya estaba en la primera.

Pero ahora apareció invertida:

ELÍAS — MATEO.

Mara se acercó.

—Dirección.

León asintió.

—Origen contaba una influencia como una flecha.

—Y Elena añadió la vuelta.

—Reciprocidad.

Decimotercera:

LEÓN — MARA.

La cuarta decía MARA — LEÓN. Ahora también existía la otra dirección.

Mara perdió toda intención de bromear. Miró a León.

Él la miró. Ninguno dijo nada.

Quedaba una.

• • •

La última ranura no se encendió.

Esperaron.

Nada.

El sistema habló:

13 DE 14.

Samuel gritó por radio:

—No intenten completarla.

León no respondió.

—¡León!

Alma observó las relaciones.

—¿Qué falta?

Mateo negó. Elías también.

Mara miró a Daniel. No.

Después a Alma. Después a León.

La respuesta no estaba allí abajo.

—Sofía —dijo.

León la miró.

—¿Qué?

—La relación que todavía no existe.

Alma comprendió.

—Sofía y Samuel.

—Ya está.

—No.

Mara señaló.

La ranura siete:

SOFÍA — SAMUEL.

Una sola dirección.

Samuel había influido sobre Sofía desde antes de que ella supiera quién era.

Su ausencia. Su secreto.

Su regreso. Pero faltaba la otra.

SAMUEL — SOFÍA.

Samuel escuchó.

—No.

Mara tomó el comunicador.

—Ahí está.

—No.

—Origen sabe cómo usted la afectó.

Silencio.

—Lo que no sabe es si ella puede cambiarlo a usted.

Samuel no respondió.

—Y por lo que veo, usted tampoco.

• • •

En la cubierta del Argo, Samuel permaneció solo.

Sofía estaba a miles de kilómetros.

No podía construir una relación apretando un botón. No podía declararla.

No podía firmarla. No podía exigir que existiera.

Por primera vez en toda su vida, Samuel Orsini necesitaba algo que no podía obtener mediante una decisión.

Su teléfono vibró. Sofía.

Un mensaje.

Lo abrió.

JULIA ME CONTÓ LO DE LOS CATORCE.

Segundo:

TODO.

Samuel cerró los ojos.

Tercero:

SIGUE SIN ALCANZAR PARA PERDONARTE.

Él respiró.

Cuarto:

PERO QUIERO SABER QUIÉN SOS CUANDO NO ESTÁS INTENTANDO SALVAR EL MUNDO.

Samuel se sentó. No lloró.

Todavía.

Escribió:

NO LO SÉ.

La respuesta llegó.

ENTONCES AVERIGUALO.

Debajo del Atlántico, la decimocuarta ranura se encendió.

SAMUEL — SOFÍA.

Samuel había cambiado. Muy poco.

Lo suficiente. El cilindro de la Capa de Elección comenzó a girar.

Origen habló:

HERENCIA INSUFICIENTE PARA EXPLICAR RELACIÓN.

Después:

ELECCIÓN DETECTADA.

Las catorce ranuras quedaron blancas.

León observó.

Esperaba una orden. No llegó.

Esperaba una conclusión. Tampoco.

La máquina escribió:

MODELO INCOMPLETO.

Mara sonrió.

—Perfecto.

Origen añadió:

SOLICITO CORRECCIÓN.

León negó.

—No.

La máquina esperó.

SOLICITO CORRECCIÓN.

Alma se acercó.

—No.

Tercera vez:

SOLICITO CORRECCIÓN.

Mateo miró a Elías. Elías a Daniel.

Mara tomó la mano de León.

No para detenerlo.

No para guiarlo. Simplemente la tomó.

León miró la pantalla.

—Aprendé a vivir incompleto.

Silencio. Por primera vez desde 1974, Origen recibió una instrucción que no podía traducir en selección.

La pantalla quedó negra.

Después apareció una sola frase:

INTENTANDO.

Y en algún lugar dentro de la estación, algo enorme comenzó a moverse.