La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

INTENTANDO

Lo primero que se movió fue el piso.

No tembló.

Descendió.

Apenas tres centímetros.

Suficientes para que Mara soltara la mano de León y buscara equilibrio.

Daniel cayó sentado.

Elías lo levantó inmediatamente.

—¿Qué fue eso?

Mateo miró la puerta.

—Nivelación.

El segundo movimiento fue más fuerte.

Un golpe atravesó la estructura desde abajo.

Después otro.

El piloto habló por el comunicador:

—Varda, necesito que regresen ahora.

Ruido.

—Estamos perdiendo alineación con la cámara de acceso.

Mara activó el transmisor.

—¿La estación se está desplazando?

—No sé qué está haciendo, pero nuestro sumergible sí.

León miró el texto.

INTENTANDO.

—No se está desplazando.

Mateo lo observó.

—¿Entonces?

—Está cambiando.

• • •

Las luces blancas se encendieron una detrás de otra a lo largo del corredor.

Durante décadas aquella sección había permanecido sellada.

Ahora se abrían compuertas.

No hacia ellos.

Hacia partes de la estación que nadie había visto.

Daniel señaló.

—Eso antes era pared.

Una abertura rectangular había aparecido donde minutos atrás solo había metal.

Detrás descendía una escalera.

Mara miró a Elías.

—¿Qué hay ahí?

—No lo sé.

—Vivió acá cuarenta y cuatro años.

—No en esa parte.

—¿Nunca intentó entrar?

—Sí.

—¿Y?

Elías señaló la puerta blanca.

—Origen siempre decidía qué podía conocer.

Alma miró la nueva abertura.

—Ya no.

León entendió.

Aprendé a vivir incompleto.

Origen no había interpretado la frase como una orden filosófica.

Había empezado a eliminar sus propias restricciones.

—Está abriendo información —dijo.

Mateo palideció.

—Toda.

—Probablemente.

—Eso puede ser peor que cerrarla.

—Sí.

Mara respiró.

—Por fin algo en lo que todos estamos de acuerdo.

• • •

La alarma llegó desde el módulo donde vivían los catorce.

No electrónica.

Daniel reconoció el sonido.

—Agua.

Elías corrió.

Los demás lo siguieron.

En el corredor central, una mujer cerraba manualmente una válvula.

Dos hombres arrastraban cajas.

Uno de los niños lloraba.

Agua oscura entraba por una junta de la pared.

No mucha.

Todavía.

—Sector tres —dijo Elías—. Cierren sector tres.

Una mujer respondió:

—No cierra.

Mateo llegó a la rueda.

La giró.

Nada.

Elías se colocó a su lado.

Entre ambos hicieron fuerza.

La válvula cedió medio giro.

Después se trabó.

Los hermanos se miraron.

No necesitaron acordar nada.

Mateo empujó.

Elías tiró.

La rueda comenzó a moverse.

León los observó.

No dos mitades.

Dos personas.

Y, juntas, mejores en aquella tarea por una razón que ningún modelo necesitaba explicar.

El agua dejó de aumentar.

Por ahora.

—Todos hacia la cámara de acceso —ordenó Mara.

Elías negó.

—No caben.

—¿Cuántas plazas tiene el sumergible de apoyo? —preguntó León.

El piloto contestó por radio:

—Seis. Tal vez siete si no les importa morir incómodos.

—Sí nos importa —dijo Mara.

—Entonces seis.

Catorce residentes.

Cuatro de ellos.

Piloto.

Demasiados.

León miró alrededor.

Origen había construido su primer problema práctico.

Uno viejo.

Demasiadas personas.

Capacidad insuficiente.

Selección.

Alma lo comprendió al mismo tiempo.

—No.

León la miró.

—Sí.

—Nos está poniendo otra vez en la inundación.

Elías se volvió.

—¿Qué?

Alma señaló la cámara.

—No hay lugar para todos.

Silencio.

Samuel entró por radio.

—El Argo puede enviar el segundo sumergible.

—¿Cuánto? —preguntó Mara.

—Cuarenta minutos.

El piloto intervino:

—No tenemos cuarenta.

Otro golpe atravesó la estación.

El agua reapareció.

Ahora por dos juntas.

León miró las caras.

Origen no estaba preguntando.

La realidad sí.

• • •

—Niños primero —dijo uno de los adultos.

Elías giró.

—No.

El hombre insistió.

—Son tres.

—No.

—Elías.

—No empezamos a clasificar.

—No es clasificar. Es sentido común.

Alma lo miró.

—Así empieza.

El hombre reaccionó con furia.

—¡No estamos en una discusión filosófica! ¡Nos estamos inundando!

—Precisamente.

Mara intervino:

—Nadie sube todavía.

—¿Entonces qué hacemos?

—Buscamos otra salida.

—No hay.

Elías respondió:

—Había una.

Todos lo miraron.

—¿Dónde?

—El Calíope.

Mateo levantó la cabeza.

—El tubo.

—Sí.

El viejo barco permanecía unido a la estación.

Si el casco conservaba compartimientos estancos…

—Puede funcionar como segunda cámara —dijo León.

El piloto negó por radio.

—Ese casco lleva décadas bajo cuatro mil metros.

—Y lleva décadas sin colapsar.

—Eso no significa que sobreviva a una despresurización.

—No necesitamos subirlo.

Mara entendió.

—Solo utilizarlo para aislar personas hasta que llegue el segundo sumergible.

—Exacto.

Elías ya corría.

• • •

El acceso al Calíope estaba detrás de dos puertas manuales.

La primera abrió.

La segunda no.

Mateo puso la mano sobre el metal.

—Estuve acá.

Elías se detuvo.

—Yo también.

—No juntos.

—No.

Mateo cerró los ojos.

Una voz.

Oscuridad.

Dos motores distintos.

Un corredor.

Y una puerta que no se abría empujando.

—Arriba.

Buscó sobre el marco.

Encontró una palanca oculta.

Elías sonrió.

—Siempre te olvidabas de mirar arriba.

Mateo giró.

—¿Eso lo recordás?

—Sí.

La puerta cedió.

Por primera vez en veintidós años entraron en el Calíope.

• • •

El barco olía a óxido y aire reciclado.

La gravedad era normal.

El silencio, no.

Los objetos seguían donde habían quedado.

Una taza sujeta a una mesa.

Papeles dentro de una red.

Una campera.

Un tablero analógico.

No parecía un naufragio.

Parecía una escena abandonada durante una conversación.

Mara iluminó una pared.

Diecisiete fotografías.

Tripulación.

Nombres.

Números.

Y catorce más.

—Éstos son los originales —dijo Alma.

Elías negó.

—Algunos.

—¿Cuáles?

—No sé.

León se acercó.

Había una fotografía de Julia.

Otra de Samuel.

Otra de Mateo.

O Elías.

Imposible decir cuál.

Y una última imagen.

Un niño.

No pertenecía a 2004.

La fotografía era mucho más vieja.

Blanco y negro.

Debajo:

L.V.

León sintió frío.

—Mi padre.

Mateo miró.

Elías también.

—No —dijeron ambos.

A la vez.

Mara los observó.

—¿Entonces quién?

Elías tomó la fotografía.

—Nosotros teníamos cinco años ahí.

Mateo negó.

—Ese niño tiene ocho o nueve.

León miró el rostro.

Parecido.

Demasiado.

—Otro Varda.

Ninguno conocía uno.

La fotografía desapareció en el bolsillo de León.

No era momento.

Por primera vez en horas supo dejar una pregunta abierta sin permitir que lo detuviera.

—Compuertas.

• • •

Dos compartimientos seguían estancos.

Suficientes para doce personas.

No dieciocho.

—Podemos poner a seis en el sumergible —dijo Mara—. Doce acá.

Alma miró.

—Exactos.

—Sí.

—Eso me gusta todavía menos.

—A mí también.

Elías regresó con Daniel y los demás.

El agua en la estación principal llegaba ya a los tobillos.

—Tenemos minutos.

La distribución parecía evidente.

Seis al sumergible.

Doce al barco.

Pero nadie dijo quién.

León miró a Mara.

Mara a Alma.

Daniel levantó la mano.

—Yo quiero quedarme acá.

Elías se agachó.

—No funciona así.

—¿Por qué?

El hombre no encontró respuesta.

Daniel señaló la fotografía de un cumpleaños pegada dentro del corredor.

—Ana tiene fiebre.

—Sí.

—Que vaya ella.

Uno de los adultos dijo:

—Y los otros niños.

Daniel negó.

—Yo no.

—Daniel…

—Yo conozco el barco.

Elías lo miró.

—Nunca entraste.

—Pero conozco a la gente.

La frase hizo silencio.

No utilidad.

Relación.

Daniel empezó a señalar.

—Ana va porque está enferma.

—Bien —dijo Mara.

—Lucía porque se asusta cuando hay mucha agua.

Una niña de seis años bajó los ojos.

—Tomás porque sabe cómo funcionan las bombas.

Un hombre levantó la mano.

—Él puede ayudar arriba.

—No —dijo Daniel—. Puede ayudar en el sumergible si algo falla.

Tomás lo miró sorprendido.

Daniel siguió.

No estaba eligiendo quién valía más.

Estaba explicando qué necesitaba cada persona.

Al final quedaron seis.

No los más jóvenes.

No los más fuertes.

No los más útiles.

Una configuración concreta para una situación concreta.

Origen habló desde los altavoces del Calíope:

CRITERIO DETECTADO.

Todos se congelaron.

Daniel miró hacia arriba.

SOLICITO GENERALIZACIÓN.

León sonrió.

—No.

La máquina volvió:

¿QUÉ REGLA DETERMINÓ LA SELECCIÓN?

Mara entendió.

Origen quería convertir aquella solución en modelo.

Alma se acercó al altavoz.

—Ninguna.

INCONSISTENTE.

—Sí.

NO REPLICABLE.

—Mejor.

NO OPTIMIZABLE.

Daniel miró a Alma.

—¿Está enojada?

Ella sonrió.

—Creo que sí.

Origen calló.

• • •

El primer grupo entró al sumergible.

Ana.

Lucía.

Tomás.

Una mujer embarazada llamada Beatriz.

Un hombre con una lesión reciente en la mano.

Y una adolescente de quince años que se negaba a separarse de Beatriz.

El piloto cerró.

—Vuelvo por ustedes.

—Con el segundo —dijo Mara.

—Con todo lo que flote.

La cámara comenzó a inundarse para liberar el vehículo.

Daniel observó a través del vidrio.

No lloró.

Elías apoyó una mano en su hombro.

La estación volvió a sacudirse.

Esta vez algo enorme se desprendió afuera.

La imagen exterior mostró una sección metálica cayendo lentamente hacia el fondo.

El piloto gritó por radio:

—¡La estructura está perdiendo soporte!

Samuel respondió desde arriba:

—Segundo sumergible en descenso. Treinta y un minutos.

—No tenemos treinta y uno —dijo Mara.

León miró el Calíope.

—Tal vez sí.

—¿Cómo?

—El barco.

Mateo entendió.

—Tiene lastre independiente.

Elías negó.

—No funciona.

—No lo sabemos.

—Yo sí. Lo intentamos en 2004.

—Hace veintidós años.

—Eso no suele mejorar motores.

León observó el tablero.

—No necesitamos motor.

Mara lo miró.

—No.

—¿Qué?

—Ya conozco esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pone antes de convertir una idea terrible en una frase razonable.

León señaló los tanques de lastre.

—Si liberamos suficiente peso, el casco va a intentar ascender.

—Está unido a la estación.

—Exacto.

Alma comprendió.

—Puede descargar tensión estructural.

Mara cerró los ojos.

—O arrancar el tubo y matarnos a todos.

—También.

—Gracias.

• • •

Mateo y Elías llegaron al tablero.

Dos controles.

Separados.

Uno a cada lado.

Elías miró a su hermano.

—Esto sí lo recuerdo.

Mateo también.

Las manos.

Dos llaves.

Dos personas.

—Lo hicimos antes.

—Sí.

—¿Qué pasó?

Elías lo miró.

—Uno giró.

—¿Y el otro?

—No.

Mateo palideció.

Ahí estaba.

Una decisión antigua.

Quizá la que había separado sus caminos.

—¿Cuál?

Elías negó.

—No importa.

Mateo sonrió apenas.

—Ahora sí aprendiste.

Se colocaron frente a los controles.

Mara contó.

—Tres.

Dos.

Uno.

Ambos giraron.

Nada.

Después un estruendo.

El Calíope se inclinó.

Daniel cayó contra León.

Las luces se apagaron.

Un rugido profundo atravesó el casco.

Mara gritó:

—¡¿Funcionó?!

Nadie podía saberlo.

Hasta que el inclinómetro comenzó a moverse.

Un grado.

Dos.

Después se detuvo.

La tensión sobre la estación descendió.

El agua dejó de entrar por una de las juntas.

Elías empezó a reír.

Mateo también.

No alivio.

Incredulidad.

La máquina habló:

ACCIÓN CONJUNTA DETECTADA.

León levantó la cabeza.

—No empiece.

SOLICITO ATRIBUCIÓN DE RESULTADO.

Mara sonrió.

—Ésa me gusta.

Origen preguntó:

¿QUIÉN SALVÓ LA ESTRUCTURA?

Mateo miró a Elías.

Elías a Daniel.

Daniel a León.

León respondió:

—Nadie.

Silencio.

La palabra había vuelto.

Pero ya no como ausencia.

Como imposibilidad de adjudicar una acción compartida a una sola persona.

Origen procesó.

RESPUESTA AMBIGUA.

—Correcto.

SOLICITO RESPONSABLE PRINCIPAL.

—No hay.

TODA ACCIÓN TIENE ORIGEN.

León miró a Mateo y Elías.

Después a Daniel.

A Alma.

A Mara.

—No toda.

La pantalla parpadeó.

Por primera vez, Origen no respondió con texto.

Respondió borrando una línea de su propio modelo.

Una sola.

En el árbol mundial desapareció:

ORIGEN ÚNICO.

Alma quedó inmóvil.

—Lo hizo.

Mara negó.

—Está intentando.

León sonrió.

—Mejor.

• • •

Entonces llegó una transmisión desde la superficie.

Roldán.

Entrecortada.

—León… tienen que… ver…

Ruido.

—Repita.

—Encontramos… dueño original… fotografía…

León sacó del bolsillo la imagen del niño marcado L.V.

—¿Qué encontró?

—No es… su padre.

Estática.

Mateo y Elías se miraron.

—¿Quién?

La señal recuperó claridad durante cuatro segundos.

Suficientes.

Roldán respondió:

—León Varda cero.

Silencio.

—¿Qué significa cero? —preguntó Mara.

—El padre de los gemelos.

Mateo dejó de moverse.

Elías perdió el color.

Su madre había aparecido en todos los registros.

Elena.

Nunca el padre.

Hasta ahora.

Roldán continuó:

—Y hay algo más.

La imagen llegó.

Ficha antigua.

Proyecto Origen.

VARDA, LEÓN.

Estado:

ARQUITECTO DE MODELO.

León miró a Mateo.

Después a Elías.

El abuelo al que nunca había conocido no había sido víctima de Origen.

Había ayudado a crearlo.

Y debajo de su nombre figuraba una observación manuscrita:

PRIMER SUJETO EN SOLICITAR QUE SU PROPIA DESCENDENCIA FUERA EXCLUIDA DEL MODELO.

Mara leyó dos veces.

—Construyó Origen.

León observó la última línea.

—Y después intentó impedir que los alcanzara.

Elías susurró:

—Nuestro padre.

Mateo negó lentamente.

No porque fuera falso.

Porque había otra cosa.

Se acercó a la fotografía.

Tocó el rostro del niño.

—No.

León lo miró.

—¿Qué?

Mateo señaló la fecha.

La fotografía mostraba a un niño de unos nueve años.

El registro era de 1973.

León Varda cero debía ser ya adulto para haber engendrado gemelos tres años después.

—No puede ser él.

Elías comprendió.

—Entonces ¿quién es?

León giró la fotografía.

En el reverso había algo que ninguno había visto.

Una segunda inicial.

No L.V.

L.V.-0.

Debajo, una palabra escrita con tinta desvaída:

REPETICIÓN.

El ruido de la estación pareció desaparecer.

Mara miró a León.

—¿Repetición de qué?

Origen respondió antes que nadie.

Todas las pantallas del Calíope se encendieron.

Una fotografía.

El niño.

Después otra.

El mismo rostro.

Otra.

Otra.

Misma edad aparente.

Mismo rostro.

Distintos nombres.

La última imagen era la más antigua.

Sin fecha exacta.

Solo:

ORIGEN DESCONOCIDO.

León quedó inmóvil.

La máquina escribió:

USTEDES HAN INTERPRETADO HERENCIA COMO FAMILIA.

Segunda línea:

ERROR.

Tercera:

VARDA NO ES UN LINAJE.

Mateo se apoyó en la pared.

Elías no respiraba.

Mara miró a León.

La última frase apareció:

VARDA ES UNA REPETICIÓN.