CAPÍTULO 11
LA PRIMERA QUE DIJO NO
No apagó la ubicación. Simplemente dejó de contestar.
Eso preocupó a Mara más que una amenaza.
—Si quisiera desaparecer, habría cortado todo.
León observó el último mensaje.
YO QUIERO SER LA PRIMERA QUE PUEDA DECIR QUE NO.
—No está desapareciendo.
—¿Entonces?
—Está esperando que hagamos exactamente lo contrario de lo que nos pidió.
Mara guardó el teléfono.
—Eso suena bastante parecido a desaparecer.
—No.
—¿Diferencia?
—Quiere saber si podemos no perseguirla.
Mara lo miró.
—¿Y podemos?
León tomó su abrigo.
—No.
—Excelente comienzo.
Sofía permanecía junto a la mesa.
—Voy con ustedes.
—No —dijo León.
—Mi madre está involucrada.
—Sí.
—Samuel es mi padre.
—Eso parece.
—Alma tiene la esfera.
—También parece.
Sofía cruzó los brazos.
—Entonces no entiendo en qué parte de esa lista decide que debería quedarme acá.
—En la parte donde ninguna de esas cosas la vuelve útil en un enfrentamiento.
Sofía avanzó un paso.
—No necesito ser útil.
León se detuvo.
La frase lo sorprendió.
No porque fuera extraña.
Porque era exactamente la clase de frase que la primera novela le había obligado a aprender demasiado tarde.
Sofía continuó:
—Quiero estar.
León la observó. Después asintió.
—Bien.
Mara arqueó una ceja.
—Eso fue rápido.
—La pregunta cambió.
• • •
El hombre de la placa 12 no iba con ellos. Clara tampoco.
Eso fue lo que él creyó durante treinta segundos. Después Clara tomó su abrigo.
—Vos venís.
El hombre la miró.
—No.
—No era una invitación.
—Clara.
—Veintidós años.
—Lo sé.
—No. No sabés.
Ella se acercó hasta quedar frente a él.
—Durante veintidós años tuve que decidir si llorarte, odiarte o recordarte. Después descubrí que ninguna de las tres cosas necesitaba que estuvieras muerto.
El hombre no respondió.
—Ahora aparecés y querés volver a desaparecer porque te parece más seguro.
—Lo es.
—Para vos.
—Para todos.
Clara sonrió con cansancio.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Todavía hablás como él.
El hombre bajó la mirada.
—No sé si soy él.
—No importa.
Clara abrió la puerta.
—La persona que sos ahora acaba de decidir por todos nosotros sin preguntarnos.
Él permaneció quieto.
—Eso sí puedo reconocerlo.
Salió.
El hombre la siguió.
• • •
El vuelo a Córdoba fue autorizado como traslado operativo. Nadie utilizó esa expresión en voz alta.
Dentro del avión viajaban León, Mara, Sofía, Clara y el hombre que todavía no tenía nombre. Inés Roldán permaneció en Montevideo coordinando las conexiones con las estaciones.
Antes del despegue, le envió a Mara una actualización. La lista mundial continuaba reduciéndose.
Ya no contenía miles de millones de personas.
Había descendido a:
418.221.006
Mara mostró la cifra.
—¿Está descartando gente?
El hombre negó.
—No necesariamente.
—Hay casi ocho mil millones menos.
—Puede estar descartando posibilidades.
—Las posibilidades tienen nombres.
—Porque el sistema fue construido con personas como unidad.
León miró la pantalla.
—Ése es el problema.
El hombre asintió.
—Sí.
—Entonces explique por qué ayudó a construirlo.
Clara cerró los ojos. Sofía miró por la ventanilla.
El hombre permaneció en silencio. León esperó.
—No pienso dejarlo pasar.
—Ya lo sé.
—Entonces.
El hombre respiró.
—Porque vimos lo que ocurría cuando nadie elegía.
Mara lo miró.
—Eso no existe.
—Lo sé ahora.
—¿Y antes?
—Antes creíamos que no decidir también podía ser neutral.
León apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Nunca lo es.
—No.
El hombre miró sus manos.
—Durante la primera prueba hubo una inundación.
Nadie habló.
—A-0 todavía estaba en construcción. Falló una compuerta. Dos niveles comenzaron a llenarse.
Sofía lo miró.
—Los niños.
—Sí.
—Los catorce.
—Sí.
—¿Estaban ahí abajo?
El hombre asintió.
—Teníamos tiempo para sacar a seis.
Clara dejó de respirar.
—¿Seis?
—Eso indicaban los cálculos.
Mara endureció el rostro.
—¿Y quién elegía?
—Nadie quería hacerlo.
—¿Entonces?
—Esperamos.
León comprendió.
—Y perdieron tiempo.
—Sí.
—¿Cuántos sacaron?
El hombre cerró los ojos.
—Catorce.
Sofía frunció el ceño.
—Dijo que solo podían sacar seis.
—Eso creíamos.
—¿Cómo?
El hombre abrió los ojos.
—Una mujer ignoró el protocolo.
—¿Quién?
—Eva.
La mujer del abrigo negro.
—Entró donde no debía. Abrió una compuerta que los ingenieros habían descartado porque podía colapsar toda la estructura.
—¿Y no colapsó?
—No.
—Entonces el cálculo estaba equivocado.
—No.
León lo miró.
—El cálculo decía qué riesgo estaban dispuestos a aceptar.
El hombre asintió.
—Exactamente.
Mara entendió. No era una diferencia técnica.
Era moral.
Podían salvar a todos.
Pero hacerlo ponía en peligro el resto de la instalación. El sistema había llamado “imposible” a una decisión que simplemente consideraba demasiado costosa.
—Ahí empezó la Línea de Agua —dijo el hombre.
—¿Por salvarlos? —preguntó Sofía.
—Por descubrir que alguien siempre definía qué pérdida era aceptable.
León miró hacia él.
—Y en vez de destruir esa lógica, intentaron perfeccionarla.
El hombre no se defendió.
—Sí.
• • •
A las 15:02, Alma apareció en una cámara de seguridad de Córdoba. No intentó esconderse.
Caminó frente a la Terminal de Ómnibus con una mochila pequeña. La esfera no estaba visible.
Mara amplió.
—No lleva equipaje suficiente.
—No piensa viajar —dijo León.
—Está en una terminal.
—Precisamente.
—Eso vuelve bastante probable que piense viajar.
—Está mirando las llegadas.
Sofía se acercó.
Alma permanecía junto a una columna.
No miraba carteles de salida. Miraba personas bajar.
—Espera a alguien —dijo.
León asintió.
—Sí.
—¿A quién?
La respuesta llegó nueve minutos después. Un micro procedente de Buenos Aires estacionó.
Descendieron veintisiete pasajeros. Alma no reaccionó ante los primeros veintiséis.
El último era un adolescente.
Dieciséis o diecisiete años.
Mochila gris. Auriculares.
Cabello largo. Alma caminó hacia él.
El chico la vio.
No pareció conocerla.
Ella dijo algo. Él se quitó un auricular.
Después miró alrededor. Mara congeló.
—¿Quién es?
Buscaron el rostro. No apareció.
Sin registro biométrico útil.
Sin coincidencias.
León miró los zapatos.
—No viajó desde Buenos Aires.
Mara giró.
—Acaba de bajar del micro.
—Sí.
—¿Entonces?
—Los cordones están mojados.
—Puede haber llovido.
—No llovió en Buenos Aires.
Sofía entendió.
—Subió después.
—¿Dónde?
Revisaron las paradas. Rosario.
Villa María. Bell Ville.
León señaló una. Villa María.
—¿Por qué?
—La mochila.
—¿Qué tiene?
—Tierra clara en la base.
Mara amplió.
Polvo.
—Puede ser cualquier cosa.
—Sí.
—Eso no suena a usted.
—Porque todavía no importa.
Alma entregó algo al chico. Una pequeña pieza de metal.
Él la observó. Después miró hacia la cámara.
Directamente. Como si supiera que lo estaban viendo.
Levantó la pieza.
Tenía un número.
1.
Sofía murmuró:
—Otro niño.
León negó.
—No.
El chico giró la placa.
En el reverso había una palabra:
A-1.
• • •
La estación argentina no estaba bajo el Río de la Plata. Nunca había estado.
A-0 sí. A-1 estaba en Córdoba.
Roldán encontró el primer rastro en un plano de infraestructura ferroviaria. Una instalación abandonada a cuarenta kilómetros de la ciudad.
Había sido construida como depósito de comunicaciones de emergencia.
Oficialmente cerrada en 1997.
Dos años antes de que empezaran las estaciones oceanográficas. Mara miró al hombre de la placa 12.
—Mintió.
—No.
—Dijo que las estaciones eran marítimas.
—Lo eran.
—Ésta está en Córdoba.
—Ahora.
León levantó la vista.
—Se movió.
El hombre asintió.
—Algunas.
—¿Cómo se mueve una estación?
—No se mueve el edificio.
—¿Entonces?
—La función.
Otra vez funciones. Mara exhaló.
—Empiezo a odiar esa palabra.
—Con razón.
El hombre continuó:
—A-1 era una estación de escucha. No necesitaba estar en el mar. Necesitaba acceso a las rutas que conectaban con él.
—Cables.
—Antes, telégrafo. Después fibra. Radio. Satélite.
León miró el mapa.
—No son estaciones de supervivencia.
—No solo.
—Son observatorios.
—Sí.
—¿De qué?
El hombre respondió:
—De nosotros.
• • •
Alma y el adolescente abandonaron la terminal por separado. Ella tomó un taxi.
Él caminó tres cuadras y subió a una camioneta.
Mara pidió seguimiento.
León lo canceló.
—¿Qué hace?
—Lo que pidió.
—¿Dejarla ir?
—Sí.
—Hace cinco minutos estaba persiguiéndola.
—La situación cambió.
—¿Por qué?
—Porque quiere que sigamos al chico.
Mara miró la pantalla.
—Entonces seguimos a Alma.
—Exacto.
Sofía sonrió.
—Empiezo a entenderlo.
—No lo haga. Es contagioso —dijo Mara.
León señaló la camioneta del adolescente.
—La placa A-1 es visible.
—Deliberadamente.
—Sí.
—Entonces es una invitación.
—Sí.
Mara miró el taxi de Alma.
—Y ella espera que rechacemos la invitación.
—Exacto.
—¿Entonces seguimos el taxi?
León negó.
—No.
Mara cerró los ojos.
—Voy a arrepentirme. ¿A quién seguimos?
—A ninguno.
—¿Por qué?
—Porque todos saben dónde estamos.
Silencio. León miró la cámara de la terminal.
Alma había mirado hacia ella. El adolescente también.
—No están huyendo.
—Entonces ¿qué hacen?
—Esperando.
—¿Qué?
León miró el reloj. 15:24.
—Que lleguemos a Córdoba.
• • •
El avión aterrizó a las 15:47.
Nadie los esperaba junto a la pista.
Eso fue lo que llamó la atención de León. Un traslado operativo siempre producía demasiada gente.
Vehículos. Policías.
Credenciales. Esta vez había solo un minibús.
Conductor.
Nadie más.
Mara observó.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—¿Eso significa que no subimos?
—No.
—Por supuesto.
El conductor bajó. Sesenta años.
Gorra. Camisa blanca.
—Señor Varda.
León no respondió. El hombre abrió la puerta lateral.
—Me pidieron llevarlos.
—¿Quién?
—Una joven.
—Nombre.
—No me lo dio.
—Descripción.
El conductor pensó.
—Pelo oscuro.
—Útil.
—Veinte y pico.
—Revolucionario.
—Tenía una esfera negra.
Silencio.
Mara puso una mano sobre su arma.
—¿Dónde la vio?
—Acá.
—¿Cuándo?
—Hace dos horas.
León observó el vehículo.
—No subimos.
Mara lo miró.
—Finalmente.
—Él sí.
Señaló al hombre de la placa 12. Clara reaccionó.
—No.
—Alma preparó el vehículo para él.
El hombre no parecía sorprendido.
—Sí.
Clara lo miró.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
León se acercó.
—¿Adónde lo lleva?
—A recordar.
—Eso no existe.
—No como usted piensa.
El hombre subió. Clara agarró su brazo.
—No vas solo.
Él la miró.
—Esta vez sí.
—No.
—Clara.
—Ya hiciste esto.
Silencio.
—Te fuiste una vez diciendo que era para protegernos.
El hombre bajó la mirada.
—Sí.
—No tenés derecho a repetirlo.
Él permaneció inmóvil. Después bajó del minibús.
León observó.
No dijo nada.
Era una decisión pequeña. Precisamente por eso importaba.
El conductor cerró la puerta.
—Entonces nadie va.
—No —dijo León.
—Me pagaron para llevar a uno.
—Le devolveremos el dinero.
—Ya está pagado.
—Entonces tuvo un buen día.
El conductor sonrió.
—La chica dijo que haría esto.
León se detuvo.
—¿Qué cosa?
El hombre sacó un sobre del bolsillo.
—Que no lo dejaría decidir solo.
Se lo entregó a Clara. No a León.
Ella lo abrió. Dentro había una fotografía.
Alma.
De bebé.
En brazos de un hombre joven. León Varda.
El actual. La imagen tenía fecha.
17 de septiembre de 2005.
Córdoba.
Mara dejó de respirar. Clara miró a su hijo.
León tomó la foto. No recordó la habitación.
No recordó al bebé. No recordó haber estado allí.
Nada.
En el reverso había una frase escrita a mano:
NO SOS MI PADRE.
Debajo:
PERO FUISTE EL PRIMERO QUE DIJO QUE YO NO LE PERTENECÍA A NADIE.
León volvió la fotografía.
Miró al bebé.
Su propia cara veintiún años más joven. Ahora entendía por qué Isabel había utilizado la palabra herencia de decisión.
No había dado sangre. Había dado una negativa.
Mara preguntó:
—¿Lo recuerda?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
El conductor volvió a hablar:
—Hay otra cosa.
Sacó un segundo sobre.
Esta vez decía:
MARA.
Ella lo abrió. Una sola hoja.
SI LEÓN RECUPERA ESE RECUERDO, LA LÍNEA DE AGUA LO ACEPTARÁ COMO TESTIGO ORIGINAL.
Segunda línea:
SI LO ACEPTA, YO PIERDO EL DERECHO A DECIR NO.
Mara levantó la vista.
León ya había comprendido.
Todo el caso parecía empujarlo hacia el pasado. Su padre.
El Calíope. Los once minutos.
La fotografía del bebé. Recuperar memoria.
Reconstruir quién había sido.
Pero hacerlo tenía un precio.
Convertirse otra vez en autoridad. El mismo error.
Distinta máquina.
—Alma no quiere que recuerde —dijo Mara.
León guardó la fotografía.
—No.
—¿Y usted?
Miró hacia las sierras, apenas visibles detrás de la ciudad. Durante toda su vida había buscado saber qué le habían quitado.
Por primera vez alguien necesitaba exactamente lo contrario. Que aceptara un vacío.
—Yo tampoco.
• • •
A cuarenta kilómetros de allí, Alma Vale observó la cámara del minibús desde una sala sin ventanas.
El adolescente estaba junto a ella.
—No subió.
—No.
—¿Eso es bueno?
Alma tardó.
—Todavía no sé.
La pequeña esfera negra descansaba sobre una mesa. No emitía luz.
No tenía pantalla. Solo líneas grabadas sobre su superficie.
El adolescente señaló una.
—A-1 está lista.
—Sí.
—Samuel viene.
—Sí.
—Julia también.
—Sí.
—Y Varda.
Alma negó.
—Varda ya llegó.
El chico miró alrededor. La sala estaba vacía.
—No lo veo.
Alma tocó la esfera.
—No me refiero a él.
En una pared se encendió una pantalla.
Una grabación antigua.
17 de septiembre de 2005. Un León Varda joven sostenía a una recién nacida.
Su voz llenó la habitación:
—No le den mi nombre.
Alguien fuera de cuadro preguntó:
—¿Entonces cuál?
León miró al bebé.
—Ninguno que convierta nuestra decisión en su destino.
La grabación continuó.
—¿Y cuando crezca?
El León de veintiún años atrás respondió:
—Que decida si quiere saber quiénes fuimos.
Alma cerró los ojos. El adolescente miró la pantalla.
—¿Por qué no quiere que él recuerde?
Ella respondió:
—Porque ese hombre me dio algo que el León de ahora todavía no sabe si puede darme.
—¿Qué?
Alma abrió los ojos.
—El derecho a no necesitarlo.