La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

EL DERECHO A NO SABER

La primera fue Clara.

—No podés decidir eso todavía.

León seguía mirando la fotografía donde sostenía a Alma recién nacida.

—Acabo de hacerlo.

—No sabés qué estás rechazando.

—Ésa es la idea.

Mara permanecía junto al minibús.

Sofía se había apartado unos metros para hablar con Roldán.

El hombre de la placa 12 observaba a León sin intervenir.

Clara señaló la fotografía.

—Quizá ahí está la respuesta.

—Entonces seguirá ahí.

—Puede ser importante.

—Todo recuerdo parece importante cuando alguien lleva veinte años ocultándolo.

—León.

Él guardó la fotografía.

—No voy a recuperar una memoria solo porque una máquina necesita convertirla en autoridad.

Clara cerró los ojos.

—Sonás como él.

León miró al hombre de la placa 12.

—Espero que no.

La segunda persona que intentó impedírselo fue Isabel Sanz.

Llamó directamente a Mara.

—No dejes que lo haga.

Mara activó el altavoz.

—Llegás tarde.

—Mara.

—No soy su custodia.

—La memoria puede contener la ubicación original de A-1.

León respondió:

—Entonces encontraremos A-1 sin ella.

—No entiende.

—Eso parece ser contagioso hoy.

Isabel ignoró el comentario.

—La intervención de 2005 no eliminó un recuerdo. Lo encapsuló.

Silencio.

Mara la miró.

—¿Encapsuló dónde?

Isabel tardó.

—En un patrón de respuesta.

León bajó lentamente la fotografía.

—Explique.

—No puedo reconstruirlo completo. Los registros fueron destruidos.

—La parte que sí sabe.

—Cada vez que usted se acerca a un elemento asociado con aquella noche, evita una decisión concreta.

—¿Cuál?

—No lo sabemos.

—Entonces no sabe nada.

—Sabemos que el patrón existe.

Mara entendió.

—No tiene que recordar el evento.

—No —dijo Isabel—. Tiene que reproducir la decisión.

León miró hacia la ciudad.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque convierte cualquier cosa que haga en una prueba.

Isabel guardó silencio.

—Exactamente —dijo Mara.

La tercera persona fue el hombre de la placa 12.

Esperó a que terminara la llamada.

Después habló:

—Si no recordás, Samuel gana.

León lo miró.

—Por fin.

—¿Qué?

—Una amenaza clara.

—No es una amenaza.

—Entonces mejórela.

El hombre dio un paso.

—Samuel necesita que renuncies sin comprobar qué estás renunciando.

León frunció el ceño.

—Eso contradice lo que dijo antes.

—Porque antes no sabía que Alma tenía la esfera.

—¿Qué cambia?

—Todo.

—Esa palabra suele significar que alguien todavía no decidió qué explicación utilizar.

El hombre apretó los dientes.

—La esfera no acepta una negativa ignorante.

León quedó quieto.

Mara también.

—Repita eso.

—Para decir que no, el receptor tiene que comprender a qué está diciendo que no.

—Entonces Alma necesita conocer el sistema.

—Sí.

—¿Y yo?

—Si sos testigo original, también.

—No soy testigo original.

—Eso lo decide la red.

León sonrió sin alegría.

—Ahí está el error.

• • •

A-1 estaba debajo de una estación ferroviaria abandonada.

No figuraba en los planos actuales.

Sí en uno de 1978.

Un ramal de servicio descendía hacia un túnel construido para proteger equipos de comunicación durante una eventual guerra.

El túnel se había clausurado.

La estación no.

Llegaron a las 16:38.

No había vigilancia visible.

Mara descendió primero.

—Demasiado fácil.

León observó los rieles cubiertos de polvo.

—No.

—¿No qué?

—No está abandonado.

Sofía miró alrededor.

—Parece bastante abandonado.

León señaló el suelo.

—Ratas.

—¿Qué pasa con ellas?

—No hay.

Mara entendió.

—Veneno.

—O actividad.

El hombre de la placa 12 conocía el camino.

Eso molestó a Clara.

—Dijiste que nunca habías estado acá.

—No recuerdo haber estado.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

—Estoy empezando a odiar esa respuesta.

—Yo llevo años.

Bajaron por una escalera metálica.

Treinta y dos peldaños.

Después un corredor.

Una puerta de acero.

Sin cerradura.

En el centro había una pequeña hendidura circular.

León sacó la llave sin dientes encontrada en la caja.

Mara lo miró.

—No.

—¿Qué?

—Dijo que no iba a seguir las pistas de su padre.

—No es una pista.

—Es literalmente una llave que dejó su padre.

León la observó.

—Tiene razón.

Guardó la pieza.

Clara arqueó una ceja.

—¿Y ahora?

León golpeó la puerta.

Tres veces.

Esperaron.

Nada.

Volvió a golpear.

—Alma.

Silencio.

—Sabemos que estás ahí.

Una voz respondió desde el otro lado.

—No lo sabías hasta que hablé.

León sonrió.

—Ahora sí.

La puerta se abrió.

• • •

Alma Vale era más baja de lo que Mara esperaba.

También más joven.

No por edad.

Por expresión.

Las fotografías la habían vuelto parte de un sistema antes de permitirle ser una persona.

En vivo llevaba zapatillas gastadas, un buzo gris y el cabello recogido de cualquier manera.

No parecía una receptora destinada a decidir el futuro de la humanidad.

Eso tranquilizó a León.

—Esperaba que usaras la llave —dijo Alma.

—Yo también.

—¿Por qué no?

—Mara me recordó que alguien quería que lo hiciera.

Alma miró a Mara.

—Bien.

—No se entusiasme —respondió ella—. Ocurre poco.

Alma abrió la puerta por completo.

—Entren.

Miró al hombre de la placa 12.

—Él no.

Clara reaccionó.

—Viene conmigo.

—Entonces ninguno.

Clara sostuvo su mirada.

—No sabés quién soy.

—Sí.

—No.

Alma la observó unos segundos.

Después corrigió:

—Sé quién dicen los archivos que sos.

Clara asintió.

—Mejor.

Alma miró al hombre.

—¿Nombre?

Él permaneció callado.

—No placa. No función. No quién fuiste.

Silencio.

—¿Cómo te llamás ahora?

El hombre no pudo responder.

Alma cerró la puerta a medias.

—Entonces todavía no podés entrar.

Clara soltó su brazo.

Él la miró.

Ella no lo ayudó.

Por primera vez, tampoco decidió por él.

El hombre observó la placa 12.

Después la retiró del cuello.

La sostuvo entre los dedos.

—Mateo.

Clara frunció el ceño.

Él explicó:

—Era el segundo nombre de mi padre.

—¿Es tu nombre?

El hombre pensó.

—Quiero que lo sea.

Alma abrió la puerta.

—Entonces entrá, Mateo.

León no dijo nada.

Pero recordó la elección.

• • •

A-1 no parecía una estación.

Parecía una biblioteca construida por alguien que odiaba los libros.

Miles de pequeños cajones cubrían las paredes.

Ninguno tenía nombre.

Solo fechas.

En el centro descansaba una mesa circular.

Sobre ella estaba la esfera.

Negra.

Más pequeña que El Meridiano.

Sin oro.

Sin símbolos nacionales.

Las líneas grabadas sobre la superficie recorrían océanos y costas como cicatrices.

León no se acercó.

Alma lo notó.

—¿Miedo?

—Sí.

La respuesta la sorprendió.

—Esperaba que dijeras otra cosa.

—Entonces estudiaste una versión vieja.

Mara miró la esfera.

—¿Cómo llegó acá?

—La encontré hace nueve días.

—¿Dónde?

—En Córdoba.

—Eso es una provincia grande.

—En una escuela.

Sofía frunció el ceño.

—¿Una escuela?

—Debajo de una baldosa.

León observó la esfera.

Después a Alma.

—No.

Ella sonrió apenas.

—Bien.

—La encontraste porque alguien te llevó hasta ella.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Mensaje?

—Una dirección.

—¿Símbolo?

—El mismo que dejaron en tu oficina.

Mara se acercó.

—¿Entonces tampoco sabés quién inició esto?

—No.

—¿Samuel?

—No creo.

—¿Julia?

—No.

—¿Eva?

—Tampoco.

León miró la esfera.

—Entonces hay otra persona.

Alma asintió.

—Siempre la hubo.

• • •

Abrió uno de los cajones.

Sacó una cinta magnética.

Fecha:

17 SEPTIEMbrE 2005.

León no se movió.

—Ahí está tu recuerdo —dijo Alma.

—No.

—Una copia.

—Eso no lo vuelve mío.

—Tu voz está adentro.

—Tampoco.

Alma dejó la cinta sobre la mesa.

—¿No querés escucharla?

—No.

—¿Por mí?

—No.

—Entonces ¿por qué?

León tardó.

Mara no intervino.

—Porque durante años creí que recuperar lo que me habían quitado era una forma de recuperar quién era.

Alma escuchó.

—Ya sé que no.

—¿Y si cambia algo?

—Cambiará.

—¿No querés saber?

—Sí.

—Entonces no entiendo.

León miró la cinta.

—Querer saber algo no me da derecho a conocerlo si convertir ese conocimiento en mío modifica tu vida.

Alma dejó de respirar durante un instante.

—Eso dijiste aquella noche.

León levantó la vista.

—¿Cómo lo sabés?

—Escuché la grabación.

—Entonces sabés más de ese León que yo.

—Sí.

—Conservalo.

Alma parecía decepcionada.

No porque quisiera que escuchara.

Porque había preparado una batalla y él acababa de rechazarla.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es.

—La Línea de Agua necesita un testigo original.

—Que busque otro.

—No hay.

—Entonces tiene un problema de diseño.

Mateo habló desde el fondo:

—Había otro.

Todos lo miraron.

—¿Quién?

Él observó la esfera.

—Samuel.

Alma negó.

—Samuel diseñó estaciones.

—También estuvo presente cuando se creó el protocolo receptor.

Sofía endureció el rostro.

—¿Mi padre puede sustituirlo?

—Sí.

Mara comprendió.

—Por eso viene.

Mateo asintió.

—Si León rechaza ser testigo, Samuel puede reclamar el lugar.

Alma miró la esfera.

—Y entonces mi no deja de importar.

León observó a Mateo.

—¿Por qué no dijo eso antes?

—Porque hasta hace diez minutos esperaba convencerte de recordar.

—¿Y ahora?

Mateo miró a Clara.

—Ahora estoy intentando tomar decisiones que pueda explicar con mi nombre.

Clara no sonrió.

Pero algo se relajó en su rostro.

• • •

A las 17:03 llegó el mensaje de Roldán.

A-4 SIN RESPUESTA.

Julia había desaparecido.

No de Namibia.

De la estación.

La cámara mostraba su habitación vacía.

Puerta cerrada.

Ningún acceso.

Sofía leyó dos veces.

—Otra vez.

Mara llamó.

Nada.

Samuel tampoco respondía.

Alma levantó la esfera.

Por primera vez León vio que una de las líneas había comenzado a iluminarse.

Muy tenue.

—¿Eso ocurría antes?

—No.

Una segunda línea apareció.

Después una tercera.

Mateo retrocedió.

—Déjala.

Alma no obedeció.

—¿Qué es?

—Quórum.

—¿De qué?

—Estaciones presentes.

Mara miró el mapa.

Tres líneas.

—¿Solo tres?

Mateo negó.

—Tres confirmadas.

Cuarta.

Quinta.

Sexta.

La esfera despertaba una ruta tras otra.

Sofía dio un paso.

—¿Quién las está activando?

Alma respondió:

—Nadie desde acá.

León miró el reloj.

17:05.

—Samuel.

Mateo negó.

—No podría activar tantas.

—Julia.

—Tampoco.

La séptima línea se encendió.

Después la octava.

Mara sacó el arma.

—Eso no va a ayudar —dijo León.

—Me ayuda a mí.

Novena.

Décima.

Alma colocó la esfera sobre la mesa.

Undécima.

Mateo palideció.

—Cuando llegue a catorce va a preguntar.

—¿Qué?

—Lo que fue creada para preguntar.

Duodécima.

Sofía miró a Alma.

—¿Y después?

—No sé.

Decimotercera.

Silencio.

Todos miraron la última línea.

No se encendió.

Pasaron cinco segundos.

Diez.

Nada.

Mateo respiró.

—Falta una estación.

La puerta de A-1 se cerró sola.

Mara giró.

La iluminación del lugar cambió.

Rojo.

Una voz salió de los altavoces.

No era Nadir.

No era Samuel.

No era Julia.

Era una voz humana.

Vieja.

Grabada hacía décadas.

León la reconoció antes de comprender por qué.

Era la voz de su padre.

León Varda I.

—Si están escuchando esto —dijo la grabación—, trece estaciones aceptaron participar.

Pausa.

—La última no debe hacerlo.

Alma miró la esfera.

La línea catorce seguía apagada.

La voz continuó:

—No intenten encontrarla.

León sintió un escalofrío.

—No intenten despertarla.

Mateo cerró los ojos.

Como si ya conociera el resto.

—Porque A-0 no fue destruida.

Clara se llevó una mano a la boca.

—Fue aislada.

La esfera vibró sobre la mesa.

—Y si alguna vez vuelve a conectarse con las otras trece…

La grabación calló durante dos segundos.

Después:

—La pregunta dejará de ser si debemos continuar.

Una luz apareció en la línea catorce.

Débil.

Intermitente.

León miró a Alma.

—¿Qué será?

La voz de su padre respondió desde hacía veintiún años:

—Será quién tiene derecho a impedirlo.

La última línea se encendió.

Catorce.

La esfera se abrió.

No físicamente.

Las líneas se separaron formando una pequeña abertura negra en el centro.

Una voz habló.

Esta vez no estaba grabada.

—RECEPTOR IDENTIFICADO.

Alma dejó de moverse.

—ALMA VALE.

Segunda frase:

—TESTIGO ORIGINAL REQUERIDO.

Silencio.

León no respondió.

La esfera repitió:

—LEÓN VARDA.

Mara lo miró.

Alma también.

León permaneció quieto.

—No.

La esfera calló.

Después:

—NEGATIVA REGISTRADA.

Alma exhaló.

Pero la voz continuó:

—BUSCANDO TESTIGO ALTERNATIVO.

Mateo palideció.

Sofía cerró los ojos.

En la superficie de la esfera apareció un nombre.

SAMUEL ORSINI.

Debajo:

ACEPTADO.

Alma retrocedió.

—No.

Entonces una voz nueva sonó detrás de ellos.

—Ahora sí.

Samuel Orsini estaba en la entrada de A-1.

No estaba solo.

Julia Meirelles permanecía a su lado.

Y tenía un arma apoyada contra el pecho de Sofía.