La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

LO QUE ELIGIÓ OLVIDAR

Eso fue lo que convenció a León de que Julia decía la verdad.

No porque pareciera culpable.

Porque parecía aliviado.

—No recuerda dónde está —dijo León.

El hombre negó lentamente.

—No.

—Pero creía que debía recordarlo.

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Veintidós años.

Clara se sentó.

No por debilidad.

Porque acababa de comprender algo peor que una mentira.

—Entonces todo este tiempo…

El hombre la miró.

—Busqué algo que yo mismo había decidido no encontrar.

Julia seguía en la pantalla.

Samuel permanecía en la ventana contigua.

Por primera vez ninguno intentaba interrumpir al otro.

Mara habló:

—¿Cómo se borra una ubicación sin borrar que existe?

Julia respondió:

—Convirtiéndola en consecuencia.

León levantó los ojos.

—Explíquelo.

—León sabía que podían reconstruir recuerdos. Extraer asociaciones. Recuperar patrones. Incluso fabricar una memoria suficientemente convincente para que él mismo creyera en ella.

—Ya vimos eso.

—Por eso no escondió el lugar dentro de su cabeza.

—¿Dónde?

Julia miró al hombre de la placa 12.

—En sus decisiones posteriores.

Silencio.

León recordó una grabación antigua de su padre.

Busque las decisiones que tomé después de que dejaron de servirme. Ahí todavía soy yo.

La frase había sobrevivido.

No como instrucción sentimental.

Como método.

—Mi padre dejó un camino —dijo.

Julia negó.

—No.

—Acaba de decir…

—Dejó obstáculos.

León sonrió apenas.

Eso tenía más sentido.

• • •

La caja contenía un tercer fondo.

Mara lo encontró porque una esquina producía un sonido diferente al golpearla.

Debajo había once sobres.

No estaban numerados.

Cada uno tenía una sola palabra.

CASA.

NOMbrE.

AGUA.

NORTE.

HIJO.

CULPA.

PUERTO.

FUEGO.

REGRESO.

MENTIRA.

Y el último:

NO.

Clara tomó el de CASA.

—¿Los conocías?

El hombre negó.

—No.

León observó los sobres.

—Entonces probablemente usted no debía abrirlos.

—¿Y vos sí?

—Tampoco.

Mara señaló el último.

—Eso nunca lo detuvo.

León tomó NO.

No lo abrió.

Lo pesó.

Más grueso.

—Los otros contienen papel.

—¿Y éste?

—Algo más.

Sofía lo miró.

—¿Va a abrirlo?

—Todavía no.

Mara arqueó una ceja.

—Estoy impresionada.

—No se acostumbre.

León señaló CASA.

—Ése primero.

Clara abrió el sobre.

Dentro había una fotografía.

Una casa pequeña.

Córdoba.

Clara la reconoció inmediatamente.

—Nuestra primera casa.

En el reverso:

NO ESTÁ DONDE QUERÍAS VOLVER.

León tomó NOMbrE.

Otra fotografía.

Una ficha oficial de León Varda I.

Debajo:

NO ESTÁ BAJO TU NOMbrE.

AGUA.

Una carta del Río de la Plata.

NO ESTÁ DEBAJO.

NORTE.

Una brújula dibujada a mano.

La aguja apuntaba al sur.

NO SIGAS UNA DIRECCIÓN QUE ALGUIEN PUEDE INVERTIR.

Mara comprendió.

—No son pistas hacia la esfera.

—No.

—Son exclusiones.

—Sí.

Sofía observó los sobres restantes.

—Está eliminando lugares.

León negó.

—Está eliminando maneras de pensar.

El hombre de la placa 12 lo miró.

Algo parecido al reconocimiento apareció en sus ojos.

—Eso habría hecho yo.

León sostuvo su mirada.

—Eso hizo él.

La diferencia quedó entre ambos.

• • •

Abrieron HIJO.

No había fotografía.

Solo una hoja.

Clara intentó tomarla.

León fue más rápido.

Leyó.

Una frase.

SI MI HIJO BUSCA ESTO, YA FRACASÉ.

Nadie habló.

Mara miró a León.

Él volvió a colocar el papel sobre la mesa.

—Siguiente.

Clara no se movió.

—León.

—Siguiente.

—No tenés que…

—No decida por mí qué tengo que sentir.

La voz fue más dura de lo necesario.

Clara retiró la mano.

Mara abrió CULPA.

Una sentencia judicial.

Tomás Vale.

León sintió que la habitación se achicaba.

En el reverso:

LA CULPA SIEMPRE TE HARÁ VOLVER AL LUGAR EQUIVOCADO.

El hombre junto a la caja cerró los ojos.

—Eso lo escribió antes de Tomás.

León lo miró.

—¿Cómo sabe?

—Porque esa frase era para mí.

—No.

—Sí.

—Tomás todavía no había sido condenado.

—Precisamente.

El hombre respiró.

—Tu padre ya sabía que la culpa podía utilizarse para dirigirlo.

León recordó quince años persiguiendo una sentencia.

Un hombre inocente.

Una historia perfecta.

—Funcionó.

Nadie respondió.

• • •

PUERTO contenía un manifiesto.

El Calíope.

Fecha: dos días antes de desaparecer.

Una línea estaba marcada:

CARGA CIENTÍFICA: 812 KG.

Mara la reconoció.

—El peso del pedestal falso.

León asintió.

Ochocientos doce kilos.

Otra vez.

Pero debajo alguien había escrito:

EL PESO FUE LA PRIMERA MENTIRA.

Sofía se acercó.

—¿La esfera nunca estuvo en la carga?

—Eso dijo Julia.

Samuel habló desde la pantalla:

—Yo la vi.

Todos giraron.

Julia endureció el rostro.

—No.

—La vi subir al barco.

—Viste una caja.

—Con el peso correcto.

León levantó los ojos.

—Ochocientos doce kilos.

Samuel calló.

—El mismo truco —continuó León—. Décadas antes de El Meridiano.

Mara miró al hombre de la placa 12.

—¿Quién lo inventó?

El hombre respondió:

—León.

—¿Cuál?

Él sonrió sin alegría.

—Ahí empezó el problema.

• • •

FUEGO.

Una fotografía de un incendio.

No el de Tomás.

Un depósito portuario en Lisboa.

QUEMAR UNA PRUEBA NO ELIMINA LO QUE OBLIGÓ A CREARLA.

REGRESO.

Un boleto de avión nunca utilizado.

Montevideo–Madrid.

NO REGRESES POR EL CAMINO QUE PREPARASTE PARA HUIR.

MENTIRA.

Vacío.

El sobre no contenía nada.

Mara lo dio vuelta.

Nada.

—¿Eso es todo?

León miró el interior.

—No.

Rasgó cuidadosamente una costura.

Entre las dos capas de papel había una lámina transparente.

Sobre ella, al colocarla frente a la luz, apareció texto.

LA MENTIRA MÁS SEGURA ES LA QUE TAMBIÉN ENGAÑA A QUIEN LA INVENTÓ.

El hombre de la placa 12 se sentó.

—Dios.

León lo miró.

—¿Qué?

—Ya entiendo.

—Explique.

—No se borró la ubicación.

Julia cerró los ojos.

Ella también había llegado.

—Se dio una ubicación falsa.

Mara frunció el ceño.

—¿A sí mismo?

—Sí.

—¿Y después olvidó que era falsa?

—Sí.

León observó todos los sobres.

Once capas de negación.

Once minutos eliminados.

Once campanadas.

No para recuperar un recuerdo.

Para destruir la confianza en cualquier recuerdo recuperado.

—Si alguna vez recuerdo dónde está la esfera —dijo el hombre—, no podemos creerme.

—Correcto.

Clara lo miró con dolor.

—¿Qué clase de persona se hace eso?

León respondió antes que él.

—Una que sabe lo peligroso que sería confiar en sí misma.

• • •

Solo quedaba NO.

León lo abrió.

Dentro había una llave.

Pequeña.

De latón.

Sin dientes.

Mara la tomó.

—No abre una cerradura normal.

—No.

Había también una cinta de papel.

León leyó:

SI LLEGASTE HASTA ACÁ, YA ENTENDISTE QUE NO PODÉS ENCONTRARLA RECORDANDO.

Segunda línea:

TAMPOCO PODÉS ENCONTRARLA SIGUIÉNDOME.

Tercera:

ENCONTRÁ LA ÚNICA DECISIÓN QUE NO TOMÉ.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué significa?

León volvió a leer.

Una decisión que su padre no tomó.

No un lugar.

No una persona.

Una ausencia.

Mara caminó alrededor de la mesa.

—Todo lo anterior son decisiones.

Casa: no volver.

Nombre: no utilizarlo.

Agua: no esconderla debajo.

Norte: no seguir orientación.

Hijo: no involucrarlo.

Culpa.

Puerto.

Fuego.

Regreso.

Mentira.

Diez negativas.

Y una última.

NO.

León extendió las fotografías.

—Falta algo.

—¿Qué? —preguntó Sofía.

—Una opción que tuvo y rechazó incluso mencionar.

El hombre de la placa 12 levantó lentamente la cabeza.

—Entregarla.

Todos lo miraron.

—¿A quién? —preguntó Mara.

—No lo sé.

Samuel habló:

—A mí.

Julia soltó una risa amarga.

—Siempre pensaste eso.

—León debía entregarme la esfera en el Calíope.

—No.

—Era el acuerdo.

—Era lo que él te hizo creer.

Samuel golpeó la mesa fuera de cuadro.

—¡Yo diseñé la distribución de las estaciones!

Julia no reaccionó.

—Por eso nunca te la habría dado.

Samuel quedó inmóvil.

León vio algo.

No en él.

En Julia.

—Usted sabe quién debía recibirla.

Julia lo miró.

No respondió.

—No era Samuel.

Silencio.

—Tampoco usted.

Julia bajó la vista.

Eso bastó.

—¿Quién?

La señal comenzó a degradarse.

Samuel habló:

—Julia.

Ella continuó callada.

León se acercó a la pantalla.

—¿Quién fue la única persona a la que mi padre decidió no entregársela?

Julia respiró.

—A la que no existía todavía.

León se quedó inmóvil.

Mara también.

—¿Qué significa?

Julia miró directamente a León.

—La esfera no debía pertenecer a ningún miembro del proyecto.

—Entonces ¿a quién?

—A alguien nacido después.

Silencio.

Clara palideció primero.

No porque comprendiera.

Porque temía haber comprendido.

León negó.

—No.

Julia cerró los ojos.

—Sí.

—Mi padre escribió que si yo buscaba esto había fracasado.

—Porque nunca debías buscarla.

—Entonces no era para mí.

—No.

—¿Para quién?

Julia respondió:

—Para alguien que todavía no había nacido cuando el Calíope desapareció.

Sofía miró las catorce fotografías.

Los niños.

Las estaciones.

Las generaciones.

Mara hizo la pregunta:

—¿Cuándo debía recibirla?

Julia abrió los ojos.

—Cuando pudiera elegir sin haber formado parte de la decisión original.

León miró la llave sin dientes.

No abría una puerta.

Era una pieza de identificación.

Una llave construida para una cerradura que todavía no existía.

—¿Hay una persona concreta?

Julia tardó.

—Sí.

Samuel se levantó.

—No digas el nombre.

—Ya no importa.

—¡Julia!

La conexión comenzó a cortarse.

Julia habló rápido.

—León, escuchame.

—La escucho.

—La esfera no está escondida en un lugar.

La imagen falló.

—Está escondida en una…

Ruido.

—¿En una qué?

Samuel desapareció de su pantalla.

Julia también.

Negro.

Sofía golpeó la mesa.

—¡Mamá!

Nada.

La conexión había muerto.

• • •

A las 14:02, las catorce estaciones modificaron la lista.

Ya no aparecían millones de nombres.

Solo uno.

Mara fue la primera en verlo.

—León.

Él giró.

La pantalla mostraba:

RECEPTOR PENDIENTE IDENTIFICADO.

Debajo había una fecha de nacimiento.

Veintiún años después de la desaparición del Calíope.

Después un lugar.

Córdoba, Argentina.

Clara se acercó.

—No.

León leyó el nombre.

No lo conocía.

ALMA VALE.

El apellido fue suficiente para que nadie hablara.

Tomás Varela Vale estaba en Córdoba.

Helena seguía desaparecida.

Y no existía, en ningún registro conocido, una hija llamada Alma.

Mara miró a León.

—¿Quién es?

León observó la fecha otra vez.

Veintiún años.

La edad cerraba.

El apellido también.

Pero había algo peor.

Debajo del nombre apareció una segunda línea:

RELACIÓN CON LEÓN VARDA: HIJA.

Clara dejó escapar una respiración.

Sofía miró a León.

Mara no dijo nada.

Él observó la pantalla.

Una máquina de veintidós años acababa de comunicarle que tenía una hija de la que nunca había oído hablar.

León Varda no reaccionó.

Durante cuatro segundos.

Después señaló la palabra.

—Eso es falso.

Mara lo miró.

—¿Cómo lo sabe?

León respondió:

—No lo sé.

Y por primera vez desde que Mara lo conocía, aquella respuesta no sonó como prudencia.

Sonó como miedo.