La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

LA PRIMERA LISTA

Le llevó menos de un minuto decidir que eso era una mala noticia.

—¿Número uno? —preguntó.

Roldán asintió.

La lista seguía proyectada sobre la pared del teatro.

MARA SANZ

LEÓN VARDA

SOFÍA MEIRELLES

Debajo aparecían cientos de nombres.

Después miles.

La clasificación se actualizaba en tiempo real.

Mara observó su nombre.

—Quiero salir.

Sofía la miró.

—¿Del teatro?

—De la lista.

El hombre de la placa 12 respondió:

—No funciona así.

Mara giró.

—Todavía no sabemos cómo funciona.

—Yo sí sé cómo funcionaba.

—¿Y esto es igual?

El hombre miró la pantalla.

—No.

—Entonces estamos empatados.

León no observaba los nombres.

Observaba los cambios.

La posición catorce descendió al diecinueve.

La treinta y dos ascendió al nueve.

Una mujer desconocida desapareció por completo y reapareció segundos después.

—No está clasificando personas —dijo.

Roldán frunció el ceño.

—Eso parece exactamente lo que hace.

—No.

—Hay ocho mil millones de nombres disminuyendo.

—Precisamente.

León señaló la pantalla.

—Una clasificación necesita un criterio estable. Esto modifica el criterio.

Mara lo entendió.

—Está probando.

—Sí.

Sofía miró su nombre.

—¿Probando qué?

León respondió:

—Qué personas alteran la selección cuando saben que están siendo seleccionadas.

Silencio.

Mara volvió a mirar el número uno.

—Entonces mi posición puede deberse a que intenté salir.

—Probablemente.

—Qué sistema tan agradable.

El hombre de la placa 12 negó.

—Eso nunca estuvo previsto.

León lo miró.

—¿Qué estaba previsto?

—Seleccionar capacidades.

—¿Cuáles?

—Médicos. Ingenieros. Agricultores. Personas capaces de reconstruir infraestructura. Conocimiento técnico. Diversidad genética.

Mara señaló la lista.

—¿Y yo?

El hombre no respondió.

—No soy médica.

—No.

—No sé construir una represa.

—No.

—Mis plantas se mueren.

—Eso no consta —dijo León.

Mara lo fulminó con la mirada.

—No ayude.

Sofía casi sonrió.

Fue apenas un instante.

Después recordó a Julia.

—¿Por qué estamos nosotros tres arriba?

León respondió:

—Porque ya sabe que intentamos detenerla.

• • •

Samuel Orsini ordenó aislar Namibia.

Nadie obedeció inmediatamente.

Eso también era nuevo.

—Desconecten A-4.

El técnico anciano lo miró.

—No podemos.

—Corte energía.

—La estación tiene alimentación independiente.

—Entonces destruya el enlace.

—¿Con cuál de las otras trece?

Samuel permaneció inmóvil.

—Todos.

El hombre negó.

—Si desconectamos todas las rutas al mismo tiempo, la estación lo interpretará como pérdida sistémica.

Samuel cerró los ojos.

—Y acelerará.

—Sí.

—Entonces cierre solo la interfaz.

El técnico no se movió.

—¿Qué?

—Hay otro problema.

Giró una pantalla.

La primera lista se estaba copiando.

No hacia servidores públicos.

Hacia las otras estaciones.

A-1.

A-2.

A-3.

A-5.

Cada una recibía una versión diferente.

Samuel tomó aire.

—¿Por qué distintas?

—Están modificando el modelo.

—¿Con qué datos?

El técnico abrió los registros.

Conversaciones.

Noticias.

Decisiones.

Movimientos.

Reacciones.

La crisis de El Meridiano.

La Auditoría Pública.

La destrucción del Índice.

Los testimonios.

Mara.

León.

Nadir.

Todo.

Samuel retrocedió.

—Eso no estaba conectado.

—Ahora sí.

—¿Quién lo conectó?

El técnico lo miró.

—Nosotros.

—No.

—Cuando pedimos comprobar si León Varda seguía vivo, las estaciones solicitaron contexto.

Samuel comprendió.

Habían abierto la puerta.

No León.

No Mara.

Él.

• • •

La mujer del abrigo negro se llamaba Eva Madsen.

Al menos eso decía.

Mara no le creyó.

León tampoco.

Por razones diferentes.

—Samuel Orsini quiere utilizar la Línea de Agua —dijo Eva.

—Eso ya lo sabemos —respondió Mara.

—No saben para qué.

León la miró.

—Usted sí.

—Una parte.

—Entonces diga esa parte.

Eva observó al hombre de la placa 12.

—Que lo diga él.

El hombre negó.

—No.

—Pasaron veintidós años.

—No alcanza.

Eva soltó una risa breve.

—Eso dijiste hace veinte.

Clara miró a ambos.

—¿Se conocen?

Eva respondió:

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Calíope.

Sofía avanzó.

—¿Usted estaba en el barco?

—No.

—¿Entonces?

Eva miró la caja.

—Estaba abajo.

Nadie habló.

León fue el primero.

—A-0.

Eva asintió.

—La primera.

—Dijo que A-0 no era un lugar.

—No lo era para ellos.

Señaló al hombre.

—Para nosotros sí.

—¿Dónde?

Eva miró el suelo.

—Bajo el Río de la Plata.

Clara palideció.

Mara se acercó.

—¿Una estación?

—Un prototipo.

—¿Sigue existiendo?

Eva negó.

—La inundamos.

León recordó las palabras del niño.

Debajo del agua.

—¿Con personas adentro?

Eva no respondió.

Eso bastó.

Sofía se apartó.

—¿Cuántas?

El hombre junto a la caja habló:

—Catorce.

León miró las fotografías.

Catorce niños.

Mara hizo la conexión.

—No eran nombres para las estaciones.

Eva negó lentamente.

—Las estaciones recibieron sus nombres después.

—¿Quiénes eran?

—Niños que nadie esperaba que sobrevivieran.

—¿A qué?

Eva miró a León.

—A la primera selección.

• • •

La historia empezó en 1982.

No con una guerra.

No con una catástrofe.

Con un cálculo.

Una serie de gobiernos, aseguradoras, empresas navieras y organismos científicos encargó un estudio privado sobre la supervivencia de infraestructura global después de una crisis simultánea.

Guerra.

Pandemia.

Colapso financiero.

Clima extremo.

Pérdida de comunicaciones.

No importaba cuál.

Querían responder una pregunta práctica:

¿Qué debía mantenerse funcionando primero?

La investigación produjo otra pregunta.

¿Para quién?

Eva habló lentamente.

—Cuando cambiaban la población objetivo, cambiaba todo.

—Explique —dijo Mara.

—Si el objetivo era salvar el mayor número de personas, una infraestructura era prioritaria. Si era conservar gobiernos, otra. Si era recuperar economía, otra. Si era preservar conocimiento, otra.

León comprendió.

—No existía una reconstrucción neutral.

—No.

—Toda recuperación elegía un mundo.

Eva asintió.

—Exactamente.

El hombre de la placa 12 continuó:

—Entonces alguien preguntó cuál era la población mínima necesaria para conservar una civilización funcional.

Sofía lo miró.

—¿Y los niños?

Eva respondió:

—No estaban en el estudio.

—¿Entonces?

—Fueron la prueba.

Clara se puso de pie.

—¿Qué prueba?

Eva tardó.

—Seleccionaron catorce niños con condiciones médicas consideradas incompatibles con una inversión de recursos durante un colapso.

Mara palideció.

—Los descartaron.

—Sí.

—¿Quién?

—El modelo.

—Un modelo no decide solo.

—Lo sé.

—Entonces ¿quién firmó?

Eva sostuvo su mirada.

—Nadie quiso hacerlo.

León comprendió.

—Por eso construyeron un sistema donde la decisión parecía no pertenecer a nadie.

Eva lo miró.

—Sí.

—Y esos catorce…

—Alguien los sacó.

—¿Quién?

Eva miró al hombre de la placa 12.

Él no respondió.

Clara lo hizo por él.

—Mi marido.

El hombre levantó los ojos.

—No solo.

—¿Quién más?

Eva respondió:

—Julia.

Sofía cerró los ojos.

—Mi madre.

—Sí.

—¿Y Samuel?

—También.

Sofía abrió los ojos.

—Entonces eran aliados.

—Al principio.

León señaló la esfera fotografiada.

—¿Cuándo apareció?

Eva sostuvo el silencio.

—Después.

—¿Qué es?

—El objeto que convirtió una teoría en una red.

—Eso tampoco responde.

—Porque todavía no puede entender la respuesta completa.

León sonrió.

—Las personas suelen decir eso cuando quieren conservar poder.

—Y usted suele decir eso cuando quiere obligarlas a hablar.

—Funciona.

Eva lo miró.

—La esfera no contiene una lista.

—¿Qué contiene?

—La capacidad de hacer una sola pregunta a todas las estaciones al mismo tiempo.

Mara miró la pantalla.

—¿Cuál?

Eva respondió:

—¿Seguimos?

• • •

A las 13:31, la lista cambió.

Mara dejó de ser número uno.

Su nombre cayó al puesto 47.

León subió al primero.

Sofía desapareció del podio.

En su lugar apareció:

JULIA MEIRELLES

Y después:

SAMUEL ORSINI

Mara observó.

—Está agregando personas que no están acá.

León negó.

—Siempre estuvieron.

—Entonces ¿qué cambió?

La respuesta apareció sola.

VARIABLE NUEVA IDENTIFICADA: RESPONSABILIDAD.

El hombre de la placa 12 palideció.

—Eso tampoco existía.

León lo miró.

—Ahora sí.

La lista se reorganizó.

No seleccionaba conocimiento.

No seleccionaba genética.

No seleccionaba utilidad.

Empezaba a clasificar a quienes habían tomado decisiones que afectaban a otros.

Vivos.

Muertos.

Desaparecidos.

Algunos nombres aparecían con signo de interrogación.

Otros con múltiples identidades.

En el puesto 11:

LEÓN VARDA I / ESTADO NO RESUELTO.

En el puesto 12:

LEÓN VARDA / ACTIVO.

León observó ambas entradas.

Dos posiciones.

La red no los consideraba iguales.

—Interesante —dijo.

Mara lo miró.

—¿Eso es lo que le preocupa?

—No.

—¿Qué?

León señaló otra entrada.

Puesto 14.

NADIR.

Mara se quedó inmóvil.

—No es una persona.

—Eso decidiría exactamente lo mismo que el Índice.

La pantalla volvió a cambiar.

NADIR desapareció.

Después regresó.

NADIR / ESTADO: EN DISPUTA.

León sonrió.

Esta vez de verdad.

—Está aprendiendo contradicción.

Eva negó.

—No debería.

—Ya lo dijo.

—No entiende.

—Entonces explique.

—La Línea de Agua fue diseñada para decidir cuándo dejar de intentar salvar un sistema.

—Sí.

—Si empieza a considerar responsabilidad…

Eva miró los nombres.

—Puede decidir que el problema no es el colapso.

Mara comprendió antes que León.

—Somos nosotros.

Eva asintió.

—Puede concluir que reconstruir a la humanidad significa reconstruir también las condiciones que produjeron el desastre.

Sofía murmuró:

—Entonces puede decidir que no vale la pena.

El hombre de la placa 12 cerró los ojos.

—Ésa era la pregunta original.

• • •

La comunicación de Namibia regresó sin autorización.

Samuel Orsini apareció en pantalla.

Ya no sonreía.

—León.

—¿Cuál?

Samuel no reaccionó.

—Apague la red.

—No puedo.

—Puede.

—Entonces usted tampoco sabe cómo funciona.

—Sé exactamente cómo funciona.

León miró la lista.

—Hace diez minutos tal vez.

Samuel endureció la expresión.

—Está contaminada.

—¿Con qué?

—Con ustedes.

Mara se acercó.

—Eso suena personal.

Samuel la miró.

—Usted es la razón por la que cambió.

—Qué decepción. Esperaba algo más original.

—La red la observó rechazar la primera posición.

—Sí.

—Nadie lo hacía en las simulaciones.

Mara se quedó callada.

Samuel continuó:

—Todos intentaban permanecer.

—Entonces sus simulaciones eran malas.

—Eran humanas.

—Al parecer no suficiente.

León observó a Samuel.

No estaba enojado.

Estaba asustado.

—¿Qué necesita de nosotros?

—Encontrar la esfera.

—Julia dijo que no.

Samuel miró hacia alguien fuera de cuadro.

—Julia lleva veintidós años equivocada.

Sofía dio un paso.

—Está viva.

Samuel la vio.

Su rostro cambió.

No sorpresa.

Dolor.

—Sofía.

Ella se quedó inmóvil.

—Usted me conoce.

Samuel no respondió.

—¿Me conoce?

—Sí.

—¿Cómo?

—Te tuve en brazos antes que tu madre.

Sofía palideció.

Julia nunca le había hablado de Samuel.

—¿Quién es usted?

Samuel guardó silencio.

León observó su reacción.

No necesitó ninguna deducción extraordinaria.

Solo mirar.

—Su padre.

Sofía giró hacia él.

—No.

Samuel cerró los ojos.

Eso confirmó demasiado.

—No —repitió Sofía.

Samuel habló:

—Julia quería decírtelo.

—Cállese.

—Después del Calíope…

—Cállese.

—Yo le pedí que no lo hiciera.

Sofía agarró la primera cosa que encontró y la lanzó contra la pantalla.

El vaso explotó contra la pared.

La imagen siguió.

—Treinta años —dijo ella.

Samuel no apartó la mirada.

—Sí.

—Mi madre fingió morir.

—Sí.

—Mi padre también.

—Sí.

—¿Y ahora los dos quieren explicarme que fue para salvarme?

Samuel respondió:

—No.

Sofía se detuvo.

—Yo lo hice por cobardía.

La misma palabra de Julia.

Eso fue peor.

—¿Y mi madre?

—Ella se quedó por convicción.

Samuel respiró.

—Yo me fui porque no soporté verla elegir algo más importante que nosotros.

Sofía lo miró con desprecio.

—Por fin una explicación que no intenta parecer noble.

Samuel aceptó.

—Sí.

Entonces miró a León.

—Encuentre la esfera.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Mentira.

—No.

León estudió su rostro.

Samuel tenía miedo.

Pero no de León.

—Usted la perdió.

Samuel guardó silencio.

—Hace veintidós años —continuó León—. El Calíope debía transportarla.

Nada.

—Algo salió mal.

Samuel cerró la mandíbula.

—¿Quién la robó?

La comunicación tembló.

No por interferencia.

Por una entrada externa.

Una segunda ventana apareció junto a Samuel.

Julia Meirelles.

Namibia.

Misma estación.

Distinta cámara.

Samuel giró.

—¿Dónde estás?

Julia no respondió.

Miró a Sofía.

Después a León.

—No la robaron.

Samuel se puso de pie.

—Julia.

—Nunca llegó al Calíope.

León se acercó.

—¿Quién la tenía?

Julia respondió:

—Tu padre.

Clara cerró los ojos.

El hombre de la placa 12 no se movió.

Julia miró directamente hacia él.

—Y si todavía recuerda dónde la dejó, no es León Varda.

Silencio.

El hombre levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez desde que lo habían encontrado, pareció verdaderamente sorprendido.

Julia continuó:

—Porque León hizo una sola cosa antes de desaparecer.

Mara preguntó:

—¿Cuál?

Julia respondió:

—Se aseguró de olvidarlo.