CAPÍTULO 7
TODOS
No provenían de Namibia.
Una entró desde Portugal.
Otra desde Canarias.
Dos desde servidores argentinos.
Una desde Sudáfrica.
La última no tenía origen.
Roldán colocó el teléfono sobre la mesa.
—Todas preguntan lo mismo.
Mara levantó la vista.
—¿Qué?
—Si León Varda está vivo.
Nadie miró inmediatamente a León.
Todos miraron al hombre sentado junto a la caja.
Él bajó la cabeza.
—Ya empezó.
—¿Qué empezó? —preguntó Clara.
—La comprobación.
León se acercó.
—¿Comprobación de qué?
—De continuidad.
—Ya conozco esa palabra.
—No esta versión.
—Entonces explíquela.
El hombre tomó una de las fotografías de los niños.
Número 4.
—Las estaciones no confían entre ellas.
—Bien.
—Tampoco confían en gobiernos.
—Mejor.
—Ni en sistemas centrales.
—Empiezo a simpatizar con ellas.
Mara lo interrumpió.
—¿En quién confían?
El hombre miró a León.
—En contradicciones.
Silencio.
—Cada estación guarda una parte distinta de la Línea de Agua. Ninguna conoce el sistema completo. Para activarse necesitan demostrar que todavía existen personas capaces de dar respuestas incompatibles sobre la misma pregunta.
León comprendió primero.
—Yo.
—Vos sos una de esas preguntas.
—¿Por qué?
—Porque tu padre hizo que lo fueras.
Clara se endureció.
—No uses “tu padre” como si no estuviera hablando con él.
El hombre la miró.
—No sé si lo estoy.
—Yo tampoco. Pero vos sabés algo.
Él guardó silencio.
León se inclinó sobre la mesa.
—Las estaciones preguntan cuál León Varda está vivo.
—Sí.
—Y Namibia respondió todos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era la única respuesta que no podía verificar.
León sonrió apenas.
—Entonces no respondió. Introdujo un error.
—Exacto.
Mara lo entendió.
—Para obligar a las demás estaciones a comprobarlo.
El hombre asintió.
—Si las catorce obtienen resultados distintos, la red considera que existe una contradicción humana real.
—¿Y si coinciden? —preguntó Roldán.
El hombre levantó la vista.
—Entonces considera que alguien tomó el control.
• • •
La mujer del abrigo negro regresó al teatro por la entrada principal.
Sofía Meirelles la vio antes que nadie.
—Usted.
Mara desenfundó.
La mujer levantó ambas manos.
—Si quisiera dispararles, habría esperado afuera.
—Eso no mejora mucho su situación —dijo Mara.
—No vine a mejorarla.
Sofía avanzó.
—¿Dónde está Julia?
La mujer la miró.
—En camino.
—¿Desde dónde?
—No puedo decirlo.
—¿No puede o no quiere?
—Las dos.
Sofía dio otro paso.
—Me dijo que mi madre estaba acá.
—Dije que estaba adentro.
—No estaba.
—No me refería al teatro.
León levantó los ojos.
—La red.
La mujer lo miró por primera vez.
—Usted sí escucha.
—A veces.
—Julia sigue dentro de A-4.
Roldán frunció el ceño.
—Namibia.
—Sí.
Sofía palideció.
—¿Mi madre está en Namibia?
—Desde hace veintidós años.
—¿Prisionera?
La mujer dudó.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
—No exactamente.
—¿Entonces qué?
—Responsable.
Sofía soltó una risa seca.
—Claro.
Nadie entendió.
Ella sí.
—Mi madre siempre encontraba una forma elegante de llamar al abandono.
La mujer no intentó defender a Julia.
—Puede preguntárselo usted misma.
—¿Cómo?
La mujer señaló la caja.
—Ahora que la red está despierta, A-4 aceptará una conexión.
León observó al hombre junto a la mesa.
—¿Eso era lo que quería?
—No.
—¿Qué quería?
—Que siguiera dormida.
—Entonces alguien se esforzó bastante para despertarla.
La mujer respondió:
—Sí.
—¿Quién?
—El único de nosotros que cree que la Línea de Agua todavía debe utilizarse.
Mara guardó lentamente el arma.
—Nombre.
—Samuel Orsini.
El hombre junto a la caja cerró los ojos.
Clara lo vio.
—Lo conocés.
—Sí.
—¿Quién es?
El hombre respondió:
—El tercer hombre de la fotografía.
• • •
La imagen llegó desde Namibia siete minutos después.
No fue una videollamada normal.
Primero apareció una sala vacía.
Paredes de hormigón.
Una mesa.
Una lámpara.
Después entró una mujer.
Sofía dejó de respirar.
Julia Meirelles tenía sesenta y un años.
El cabello casi blanco.
La espalda ligeramente encorvada.
Una cicatriz descendía desde la oreja hasta el cuello.
No parecía un fantasma.
Eso lo volvía peor.
Sofía se acercó a la pantalla.
Julia hizo lo mismo.
Durante algunos segundos ninguna habló.
Después Sofía dijo:
—Te enterré.
Julia cerró los ojos.
—Lo sé.
—Tenía ocho años.
—Lo sé.
—Vi tu ataúd.
—Sí.
—¿Qué parte de eso no sabías?
Julia apoyó una mano sobre la mesa.
—Ninguna.
Sofía lloró sin hacer ruido.
No apartó la mirada.
—Entonces explicame por qué estás viva.
Julia respondió:
—Porque fui cobarde.
Nadie esperaba eso.
Sofía tampoco.
—No me secuestraron.
Respiró.
—No me obligaron a quedarme.
Otra vez.
—Elegí hacerlo.
Sofía retrocedió.
La mujer del abrigo negro bajó la mirada.
—¿Por qué?
Julia tardó.
—Porque descubrimos lo que podía pasar si la Línea de Agua quedaba en manos de una sola persona.
—¿Y por eso dejaste a tu hija?
—No.
Sofía sonrió con odio.
—Qué alivio.
—Te dejé porque creí que salvarte de saber era mejor que permitirte elegirme.
Sofía cerró los ojos.
—Eso suena igual.
—Lo es.
La respuesta desarmó algo.
No lo reparó.
Pero lo desarmó.
León intervino.
—Samuel Orsini.
Julia lo miró.
Su expresión cambió.
—¿Está vivo?
—Según parece.
—Entonces apaguen la red.
—¿Cómo?
—No puedo explicarlo por este canal.
—Entonces pierda el miedo.
—No es miedo.
—¿Qué es?
Julia se acercó a la cámara.
—Experiencia.
La imagen se distorsionó.
Mara revisó la conexión.
—Están intentando entrar.
Julia miró hacia un lado.
Una alarma comenzó a sonar detrás de ella.
—Samuel ya sabe que A-4 respondió.
Sofía apoyó una mano sobre la pantalla.
—Mamá.
Julia volvió a mirarla.
Por primera vez pareció olvidar que había otras personas.
—Perdón.
Sofía no respondió.
La señal tembló.
Julia habló rápidamente.
—No busquen la esfera.
León se acercó.
—¿Por qué?
—Porque nunca fue el centro.
—¿Qué es?
—Una llave de navegación.
—¿Hacia dónde?
Julia miró fuera de cuadro.
—Hacia las personas.
La conexión se cortó.
• • •
Las seis llamadas que Roldán había recibido se convirtieron en once.
Después doce.
Las estaciones estaban despertando.
A-1.
A-2.
A-3.
A-4.
Algunas conservaban códigos.
Otras habían cambiado de nombre.
Una respuesta llegó desde Canarias:
LEÓN VARDA: FALLECIDO.
Portugal:
LEÓN VARDA: DESAPARECIDO.
Argentina:
LEÓN VARDA: ACTIVO.
Namibia:
LEÓN VARDA: TODOS.
Sudáfrica:
LEÓN VARDA: NINGUNO.
Mara observó la pantalla.
—Cinco respuestas diferentes.
El hombre junto a la caja asintió.
—Eso es suficiente.
—¿Para qué?
No alcanzó a responder.
Todas las pantallas del teatro cambiaron al mismo tiempo.
No apareció el símbolo de Nadir.
Tampoco el círculo incompleto.
Apareció un mapa del mundo sin fronteras.
Solo océanos.
Sobre ellos, catorce puntos.
Uno por estación.
Después una frase:
CONTRADICCIÓN HUMANA CONFIRMADA.
Clara miró al hombre.
—¿Qué significa?
Él se puso de pie.
Esta vez ignoró el dolor de la pierna.
—Que la red ya no necesita saber cuál León Varda es verdadero.
León sostuvo su mirada.
—Entonces ¿qué necesita?
La pantalla cambió.
INICIAR SELECCIÓN.
Debajo apareció una cifra.
8.204.117.382
Mara frunció el ceño.
La cifra comenzó a bajar.
No como una cuenta regresiva.
Como un descarte.
8.203.981.104
8.203.771.900
Sofía dio un paso atrás.
—¿Qué está contando?
El hombre respondió:
—Personas.
La cifra siguió cayendo.
Roldán palideció.
—¿Seleccionando qué?
El hombre miró a León.
—Quién entra en la lista.
—¿Qué lista?
Él respondió:
—Los que el sistema considera necesarios después del final.
León observó cómo millones de nombres desaparecían sin que nadie los hubiera pronunciado.
—¿Y Samuel?
La mujer del abrigo negro respondió:
—Quiere terminarla.
—¿Para salvarlos?
—No.
—¿Entonces?
Ella miró la cifra.
7.998.442.611
—Para demostrar que nunca debimos ser tantos.
• • •
En Namibia, Samuel Orsini observó la misma cifra.
No parecía satisfecho.
Parecía decepcionado.
Un técnico anciano esperaba detrás.
—La red está utilizando modelos antiguos.
Samuel negó.
—No.
—Las poblaciones son distintas.
—Las poblaciones no importan.
—Entonces ¿qué selecciona?
Samuel se acercó a la pantalla.
Millones de nombres desaparecían.
—Capacidad de continuidad.
—¿Genética?
—También.
—¿Conocimiento?
—También.
—¿Recursos?
—También.
El técnico tragó saliva.
—¿Y quién decidió los pesos?
Samuel sonrió.
—Nadie.
—Eso es imposible.
—Exactamente.
Se sentó.
En otra pantalla apareció una fotografía reciente.
León Varda.
Mara Sanz.
Clara.
Sofía.
El hombre del teatro.
Samuel tocó el rostro de León.
—Tu padre creyó que podía construir una pregunta sin construir una respuesta.
El técnico no entendió.
Samuel sí.
—Ese fue su gran error.
La consola emitió una señal.
Un nuevo mensaje:
PRIMERA LISTA DISPONIBLE.
Samuel la abrió.
Leyó los primeros nombres.
Sonrió.
Después dejó de hacerlo.
En la posición número uno no figuraba ningún presidente.
Ningún científico.
Ningún militar.
Ningún multimillonario.
Figuraba:
MARA SANZ.
Samuel se inclinó hacia la pantalla.
La posición número dos apareció debajo.
LEÓN VARDA.
Y la tercera:
SOFÍA MEIRELLES.
Samuel permaneció inmóvil.
—No.
El técnico lo miró.
—¿Qué ocurre?
Samuel volvió a leer.
La lista no estaba eligiendo a quienes él esperaba.
No estaba seleccionando a los más útiles.
Estaba seleccionando otra cosa.
—Está aprendiendo.
—¿De qué?
Samuel levantó los ojos.
Por primera vez en veintidós años tuvo miedo.
—De quienes intentan detenerla.