CAPÍTULO 5
EL HOMbrE QUE NO VOLVIÓ
Clara Varda no abrazó al hombre.
Eso fue lo primero que él notó.
También fue lo primero que confirmó que seguía conociéndola.
—Pensé que ibas a golpearme —dijo.
Clara mantuvo una mano contra la pared.
—Todavía puedo.
El hombre sonrió.
La sonrisa era de León.
No exactamente la de su juventud. Había dientes ausentes, una cicatriz que descendía desde la sien izquierda y una rigidez extraña en un lado de la boca.
Pero era la misma manera de sonreír cuando esperaba una acusación y prefería adelantarse a ella.
—Eso también lo recuerdo.
Clara cerró los ojos.
—No digas eso.
—¿Qué cosa?
—Que recordás.
Él dejó de sonreír.
Sobre la mesa, entre ambos, permanecía la caja de madera.
—Tenés razón.
—No sé qué sos.
—Yo tampoco.
—Entonces empezamos bien.
El hombre apoyó las manos sobre las piernas.
Clara las observó.
La izquierda tenía el dedo meñique ligeramente torcido.
León se lo había roto reparando una ventana cuando Tomás era chico.
La derecha tenía una marca circular junto a la muñeca.
Una quemadura.
Esa también existía.
Clara conocía ese cuerpo.
El problema era que después de El Meridiano había aprendido que conocer un cuerpo no significaba conocer una persona.
—¿Cómo me llamabas cuando estábamos solos? —preguntó.
El hombre no respondió.
—Vamos.
—Eso no prueba nada.
—Respondé.
Él la miró.
—Nunca tenías un solo nombre.
Clara sintió el primer golpe.
No visible.
Más profundo.
—Dame uno.
—Cuando estabas enojada, Clara.
—Todo el mundo me llama Clara.
—Cuando estabas triste, Clarita.
Ella apretó la mandíbula.
—¿Y cuando estabas contenta?
El hombre bajó la mirada.
—No te llamaba.
Clara dejó de respirar.
—Decías que si decía tu nombre rompía el momento.
Eso no estaba en ningún archivo.
Que ella supiera.
Y precisamente por eso ya no significaba nada.
—Podrían habértelo dado.
—Sí.
La respuesta fue demasiado rápida.
Clara lo miró.
—¿Quiénes?
—Los mismos que me dieron otras cosas.
• • •
León y Mara cruzaron el Río de la Plata en un helicóptero de Prefectura.
Inés Roldán viajaba adelante.
Nadie hablaba.
León observaba la fotografía enviada desde la instalación desconocida.
El reflejo.
Su padre.
El hombre que podía ser su padre.
Mara lo miró durante varios minutos antes de hablar.
—Está intentando demostrar que no es él.
—Estoy intentando no decidir que lo es.
—No es lo mismo.
—Sí.
—No.
León dejó la fotografía.
—¿Qué diferencia ve?
—Que si quiere demostrar que no es él, ya tomó una decisión.
León giró hacia la ventanilla.
El agua debajo parecía una superficie sólida.
—Eso sonaría más inteligente si no tuviera razón.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo tomo igual.
Mara abrió la carpeta del Calíope.
—Hay algo que no me gusta.
—Hay demasiado.
—El hombre de la fotografía parecía de unos sesenta años.
—Aproximadamente.
—León Varda I tendría más.
—Setenta y cuatro.
—Entonces no coincide.
—La imagen es mala.
—No tanto.
León no respondió.
Mara continuó:
—Y Clara acaba de entrar en un lugar que solo ella conocía para encontrar a un hombre sentado junto a una caja que alguien lleva veintidós años intentando proteger.
—Sí.
—Demasiado conveniente.
—Sí.
—¿Entonces?
León volvió a mirar el agua.
—Entonces llegamos antes de empezar a creer.
• • •
En el teatro, el hombre se puso de pie.
Le costó.
Apoyó una mano en la mesa y esperó unos segundos antes de cargar peso sobre la pierna derecha.
Clara lo recordó caminando igual después de una caída en Madrid.
Pero aquella lesión había curado.
—¿Qué te pasó?
—Muchas cosas.
—La pierna.
—No sé.
—¿No recordás?
—Recuerdo tres causas distintas.
Clara lo miró.
—¿Tres?
—Una explosión. Una caída. Una intervención médica.
—¿Cuál fue?
—No lo sé.
—¿Y no te molesta?
—Todo el tiempo.
Clara bajó la vista hacia la caja.
—¿Qué hay ahí?
El hombre perdió la expresión.
—Una decisión.
—No me gustan las respuestas de mi marido.
—A mí tampoco.
—No sos mi marido.
—Probablemente no.
La palabra dolió más que una afirmación.
Clara caminó alrededor de la mesa.
—¿Hace cuánto estás acá?
—Cuatro días.
—¿Quién te dejó entrar?
—Nadie.
—No viniste caminando desde el océano.
—No.
—Entonces alguien te trajo.
El hombre asintió.
—¿Quién?
—Una mujer.
—Nombre.
—Julia.
Clara se detuvo.
—Julia Meirelles murió hace veintidós años.
—Eso me dijeron.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer.
Clara sintió frío.
—¿Edad?
Él entendió inmediatamente.
—La que debería tener.
No la edad de una muerta.
La de una mujer que hubiera sobrevivido.
• • •
Sofía Meirelles despertó dentro de un automóvil detenido.
No estaba atada.
Eso le dio más miedo.
La mujer de abrigo negro conducía.
La placa 17 descansaba sobre el tablero.
—¿Dónde estamos?
—Esperando.
—¿A quién?
—A tu madre.
Sofía cerró los ojos.
—Mi madre murió.
—Eso te dijeron.
—Vi el cuerpo.
—Viste lo que te entregaron.
Sofía buscó la manija.
La puerta abrió.
No había seguro.
La mujer ni siquiera giró.
—Podés irte.
Sofía no salió.
—¿Por qué me mostró la placa?
—Porque tu madre me pidió que lo hiciera.
—No uses esa palabra.
—¿Madre?
—Sí.
La mujer miró finalmente hacia ella.
—Entonces elegí otra.
—Julia.
—Julia pidió que vinieras.
Sofía respiró.
—¿Dónde está?
La mujer señaló el Teatro Solís al otro lado de la calle.
—Adentro.
Sofía miró el edificio.
—¿Por qué no entra usted?
—Porque no me invitaron.
—¿Quién es?
La mujer volvió la vista al frente.
—La persona que aprendió que entrar cuando no te invitan puede destruir una familia durante veintidós años.
Sofía miró la placa.
—¿Y eso?
—No era de tu madre.
—Ya lo sé.
—Entonces sabés más de lo que creés.
La mujer abrió la guantera.
Dentro había una segunda placa.
La de Julia.
—¿Por qué tiene esa?
—Porque ella me la devolvió.
Sofía palideció.
—¿Cuándo?
La mujer respondió:
—Esta mañana.
• • •
El helicóptero aterrizó a doce minutos del teatro.
Cuando León bajó, su teléfono recibió un mensaje.
Número desconocido.
Una sola línea:
NO LE PREGUNTES QUIÉN ES.
Mara lo leyó sobre su hombro.
—Eso suena exactamente como algo que va a hacer.
—Sí.
—Entonces quizá sea una advertencia útil.
León guardó el teléfono.
—Las advertencias útiles son las más peligrosas.
Entraron por el acceso lateral.
Un encargado del teatro los esperaba junto a una escalera.
—Su madre está abajo.
—¿Sola?
El hombre dudó.
—Entró sola.
—No pregunté eso.
—No lo sé.
León comenzó a bajar.
Mara lo siguió.
El pasillo era estrecho.
Madera antigua.
Una lámpara roja.
León se detuvo.
El mismo fragmento que había sentido antes.
No un recuerdo completo.
Una impresión.
Metal.
Oscuridad.
Agua.
—¿Qué pasa? —preguntó Mara.
—Estuve acá.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Seguro?
León tocó la pared.
Había una marca a la altura del hombro.
Tres líneas verticales.
Una horizontal.
No significaban nada.
Pero su cuerpo las reconoció antes que su cabeza.
Siguió caminando.
Llegaron a la puerta verde.
Estaba abierta.
Clara se encontraba dentro.
El hombre estaba de espaldas.
León vio primero el cabello gris.
Después la postura.
La ligera inclinación de la cabeza.
La forma de cargar peso sobre la pierna derecha.
Ninguna prueba.
Demasiadas coincidencias.
Clara miró a su hijo.
No dijo nada.
El hombre se volvió.
León Varda vio un rostro que conocía desde fotografías, grabaciones y recuerdos ajenos.
No sintió reconocimiento.
Sintió rechazo.
El hombre lo observó.
Los dos permanecieron quietos.
Mara se quedó detrás de León.
Clara rompió el silencio.
—Dice que no sabe quién es.
León miró la mesa.
La caja.
No al hombre.
—Eso ya es más inteligente que decir que es mi padre.
El hombre casi sonrió.
—También sos insoportable.
León levantó la vista.
—Eso lo sabe demasiada gente.
—Sí.
—¿Quién es Julia?
La expresión cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
—No hagas esa pregunta todavía.
—Entonces era la correcta.
—León.
—¿Cuál?
El hombre lo miró.
La misma pregunta que él había hecho por teléfono esa mañana.
¿Cuál de mis padres?
Ahora se la devolvían sin palabras.
León se acercó a la mesa.
—¿Qué hay en la caja?
—No lo sé.
—Mentira.
—Sé lo que había.
—¿Cuándo?
—La última vez que la vi.
—¿Hace cuánto?
El hombre respiró.
—Veintidós años.
Clara se quedó inmóvil.
Mara observó sus manos.
León continuó:
—¿La abrió?
—Sí.
—¿Qué había?
—Un mapa.
—¿De qué?
—De lugares que no debían encontrarse.
—Eso no es un mapa.
—Era exactamente el problema.
León señaló la cerradura.
—Ábrala.
El hombre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso fue lo último que hice antes de morir.
Nadie habló.
El hombre miró a Clara.
Después a León.
—Abrí esa caja.
Su voz descendió.
—Y once minutos más tarde decidí que León Varda no podía volver a casa.
Clara se apoyó en la mesa.
León no se movió.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto algo peor que una organización capaz de decidir quién debía sobrevivir.
—¿Qué?
El hombre miró la caja.
—Una organización que había decidido que sobrevivir era el problema.
• • •
Arriba, en la sala principal del teatro, Sofía Meirelles entró sola.
Llevaba la placa número 14 dentro del bolsillo.
No vio a la mujer del abrigo negro marcharse.
Tampoco vio el vehículo estacionado frente a la entrada opuesta.
Dentro había dos hombres.
Uno habló por teléfono.
—La hija entró.
Escuchó.
—Sí.
Otra pausa.
—Varda también.
El hombre miró el teatro.
—¿Activamos?
La voz respondió.
Él cerró los ojos.
—Entendido.
Colgó.
En el subsuelo, dentro de la caja que nadie había tocado todavía, un mecanismo mecánico comenzó a moverse.
No tenía batería.
No estaba conectado a ninguna red.
Un resorte liberó una pequeña pieza de metal.
Después otra.
Once veces.
León escuchó el primer clic.
Miró la caja.
Segundo.
Tercero.
Mara retrocedió.
—¿Qué es eso?
El hombre que podía ser su padre perdió el color del rostro.
Cuarto.
Quinto.
—No la toquen.
Sexto.
Séptimo.
León se acercó.
—¿Qué ocurre al once?
Octavo.
El hombre respondió:
—Se abre.
Noveno.
—¿Y?
Décimo.
El hombre miró a Clara.
Luego a León.
—Entonces sabrán que estamos vivos.
Undécimo.
La cerradura se liberó.