La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

EL BARCO QUE NO SE HUNDIÓ

Inés Roldán lo miró desde el otro lado de la mesa de reuniones como si todavía estuviera decidiendo cuál de las dos afirmaciones le resultaba más ofensiva.

—Encontraron tres cuerpos.

—Sí.

—Dos en Uruguay y uno cerca de Mar del Plata.

—Eso figura en el expediente.

—¿Identificados?

—Los tres.

—No pregunté eso.

Roldán dejó el bolígrafo.

Habían regresado al edificio del Servicio de Tráfico Marítimo. Desde las ventanas del cuarto piso se veía el río convertido en una superficie gris, demasiado ancha para parecer un río y demasiado inmóvil para parecer mar.

Mara permanecía de pie frente a una carta náutica proyectada sobre la pared.

—Quiere saber cómo los identificaron.

—ADN —respondió Roldán—. Odontología. Efectos personales.

León abrió el expediente.

—¿Quién realizó los análisis genéticos?

—Policía científica.

—¿Cuál?

Roldán buscó.

—Uno en Montevideo. Dos en Buenos Aires.

—¿Muestras de comparación?

—Familiares.

—¿Obtenidas cuándo?

La prefecta pasó otra página.

Se detuvo.

Mara la vio.

—¿Qué?

—Dos meses antes de la desaparición.

León levantó la vista.

—Continúe.

—Formaban parte del protocolo de la expedición. Muestras médicas completas de toda la tripulación.

—Conveniente.

—También obligatorio.

—Lo conveniente suele ser obligatorio cuando alguien tuvo suficiente tiempo para escribir el protocolo.

Roldán cerró el expediente.

—¿Está sugiriendo que los cadáveres no pertenecían a los tripulantes?

—No.

—Entonces no entiendo.

—Pertenecían a ellos.

—Eso acaba de decir el informe.

—El informe dice que murieron cuando desapareció el barco.

Silencio.

Roldán comprendió primero.

—Usted cree que murieron antes.

León señaló las fechas.

—El primer cadáver apareció noventa y cuatro días después. El segundo, ciento siete. El tercero, ciento doce.

—El mar puede conservar cuerpos durante meses.

—Puede.

—Entonces…

—También puede destruirlos.

Mara dejó de mirar el mapa.

León abrió las fotografías forenses.

No parecían fotografías de un misterio internacional. Eran cuerpos hinchados, ropa deteriorada, piel deformada por el agua.

Precisamente por eso servían.

—Los tres conservaban calzado.

Roldán frunció el ceño.

—¿Y?

—Dos llevaban botas de cubierta. Uno zapatillas.

—Estaban en un barco.

—No.

León giró la imagen.

—Estaban vestidos como personas que iban a subir a un barco.

Mara se acercó.

—Explíquelo.

—Las suelas.

Amplió una fotografía.

—No presentan abrasión salina suficiente.

Roldán se inclinó.

—¿Puede determinar eso por una foto de hace veintidós años?

—No.

La prefecta exhaló con fastidio.

—Entonces…

—Puedo determinar que alguien consideró importante fotografiar las suelas.

Roldán se quedó quieta.

Mara sonrió apenas.

—¿Quién tomó las fotografías?

La respuesta estaba en el margen.

PERITO AUXILIAR: E. FALCÓN.

Roldán buscó en la base histórica.

—Eduardo Falcón. Falleció en 2011.

—¿Notas?

—No digitalizadas.

—¿Dónde están?

—Archivo central.

—Quiero verlas.

—Puede tardar.

León observó el reloj.

—No.

—Señor Varda, hay veintidós años de expedientes almacenados.

—El legajo está preparado.

Roldán levantó la vista.

—¿Cómo lo sabe?

—Usted abrió la carpeta con alambre esta mañana.

La prefecta miró involuntariamente el corte de su pulgar.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que alguien retiró un expediente del archivo físico antes de venir a buscarme.

Mara la observó.

—¿Usted?

—No.

León cerró la carpeta.

—Entonces alguien sabía que lo necesitaríamos.

• • •

El legajo de Eduardo Falcón apareció doce minutos después.

No porque el archivo funcionara bien.

Porque estaba sobre el escritorio del director.

Nadie sabía quién lo había dejado allí.

La caja contenía cuarenta y tres fotografías, seis hojas mecanografiadas y un sobre amarillo cerrado con cinta adhesiva.

En el frente, una palabra:

CALÍOPE.

Roldán se puso guantes.

León no.

—No toque nada —dijo ella.

—No pensaba hacerlo.

—Lo estaba haciendo.

—Estaba comprobando si usted me lo impediría.

Mara se sentó.

—Algún día voy a dejar que lo arresten.

Roldán abrió el sobre.

Dentro había tres pequeños recortes de tela plastificada.

Rojo.

Azul.

Amarillo.

Cada uno llevaba un número.

Mara miró el expediente.

—¿Tripulantes?

Roldán buscó la lista.

Número doce: Esteban Ferreyra, ingeniero de comunicaciones.

Número catorce: Julia Meirelles, oceanógrafa.

Número diecisiete: Andrés Correa, médico.

Los tres muertos recuperados.

León observó los recortes.

—¿De dónde salieron?

Roldán leyó la nota de Falcón.

Su expresión cambió.

—No estaban en los cuerpos.

—¿Dónde?

Ella levantó la hoja.

—En sus casas.

Mara se inclinó.

—¿Qué?

Roldán leyó:

“Elementos entregados de manera anónima a familiares de los tres desaparecidos, cuarenta y ocho horas antes de la localización del primer cuerpo.”

León dejó de mirar los recortes.

—Alguien anunció quiénes iban a aparecer.

—O alguien que encontró los cadáveres antes que las autoridades —dijo Mara.

—No.

—¿Por qué no?

León señaló los colores.

—Porque quería que supieran que eran tres.

—¿Tres qué?

—Pruebas.

Roldán continuó leyendo.

La nota siguiente estaba escrita a mano.

“Consultar a Varda. Dice que los muertos no son mensaje. Son recibo.”

Mara no necesitó preguntar qué Varda.

Inés Roldán sí.

—Su padre.

León tomó aire.

No respondió.

Debajo había otra anotación.

“Varda solicita acceso a bitácora original. Armada niega existencia.”

Otra.

“Varda insiste en que Calíope completó misión.”

Otra.

“Si completó misión, ¿por qué declarar naufragio?”

Y la última.

Solo cinco palabras.

“Porque no querían que regresara.”

Mara levantó los ojos.

—Su padre sabía que el barco sobrevivió.

—Creía que sobrevivió.

—¿Diferencia?

—Una creencia no mejora porque provenga de un muerto.

Roldán retiró las fotografías.

—Hay algo más.

En el fondo de la caja había una carta náutica plegada.

La desplegaron.

Mostraba el Atlántico Sur.

Una línea roja atravesaba el mapa desde Buenos Aires hacia el sudeste.

Después giraba hacia África.

No correspondía a una ruta comercial.

Ni a una expedición oceanográfica.

Mara acercó la fotografía de la esfera recibida esa mañana.

Las líneas coincidían.

No aproximadamente.

Exactamente.

Buenos Aires.

Atlántico Sur.

Costa africana.

Ascenso hacia el Mediterráneo.

—La esfera —dijo Roldán.

León negó.

—El mapa es anterior.

—Entonces la esfera reproduce esta ruta.

—Sí.

Mara siguió la línea con el dedo.

—¿Adónde iba el Calíope?

Roldán revisó el expediente.

Destino oficial:

ZONA DE MUESTREO 7.

Atlántico Sur.

León señaló el mapa.

—No pregunte adónde debía ir.

Mara lo miró.

—¿Adónde llegó?

La respuesta estaba escrita en lápiz casi borrado junto al borde de la carta.

Una coordenada.

Roldán la introdujo en el sistema.

El mapa digital se desplazó.

Atlántico.

Costa africana.

Namibia.

Después descendió.

Océano abierto.

No había tierra.

No había puerto.

No había instalación registrada.

Solo mar.

—No hay nada —dijo Roldán.

León observó la profundidad indicada.

Cuatro mil ochocientos metros.

—Eso depende de dónde esté mirando.

Mara entendió.

—Debajo.

• • •

A las 10:04 sonó una alarma en la sala de operaciones.

Roldán salió primero.

Mara y León la siguieron.

Un operador levantó la mano.

—Tenemos tráfico en dieciséis.

—¿Otra vez Calíope?

—No.

El altavoz emitió estática.

Después una voz infantil.

Muy clara.

—Prefectura Buenos Aires, Prefectura Buenos Aires.

Roldán tomó el micrófono.

—Estación que llama, identifíquese.

Silencio.

—Estación que llama, indique nombre y posición.

La voz volvió.

—No sabemos.

Roldán miró al operador.

—¿Triangulación?

—Buscando.

—¿Cuántos son?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Catorce.

León miró a Mara.

Diecisiete personas a bordo del Calíope.

Tres cuerpos recuperados.

Catorce.

Roldán volvió a transmitir.

—¿Cuál es el nombre de su embarcación?

El niño tardó.

—No tenemos nombre.

—¿Hay adultos con usted?

Silencio.

Después:

—Sí.

—Pásame con uno.

La estática creció.

Un golpe.

Alguien habló lejos del micrófono.

La voz infantil regresó.

—Dice que todavía no.

León dio un paso hacia la consola.

Roldán levantó una mano.

—No puede intervenir.

Él no la miró.

—Pregúntele qué ve.

—¿Qué?

—Al niño. Pregúntele qué ve afuera.

Roldán dudó.

Mara habló:

—Hágalo.

La prefecta apretó el transmisor.

—Decime qué ves afuera.

La respuesta demoró tanto que durante varios segundos pareció que la señal se había perdido.

Finalmente:

—Agua.

—¿Algo más?

—No.

—¿Sol?

—No.

—¿Noche?

—No.

Roldán miró a León.

Él ya había entendido.

—Pregúntele si ve el cielo.

La prefecta tragó saliva.

—¿Podés ver el cielo?

Silencio.

La respiración del niño llegó por el altavoz.

—No.

Nadie en la sala se movió.

Roldán bajó la voz.

—¿Dónde están?

El niño respondió:

—Debajo del agua.

La transmisión se cortó.

El operador comenzó a buscar la señal.

—La perdí.

—Recupérela.

—Estoy intentando.

León observó la carta náutica en la pantalla.

La triangulación parcial había dibujado un arco enorme sobre el Atlántico.

Pero alcanzaba.

La señal provenía del mismo corredor marcado por el padre de León veintidós años atrás.

Mara habló sin apartar los ojos de la pantalla.

—Catorce sobrevivientes.

León negó.

—No sabemos eso.

—Coincide.

—Precisamente por eso no deberíamos creerlo.

Roldán recibió un mensaje en su terminal.

Lo abrió.

No contenía texto.

Solo una fotografía enviada por un sistema interno de Prefectura.

Una imagen tomada desde el interior de alguna estructura.

Una ventana circular.

Oscuridad detrás.

Y, apoyada contra el vidrio, la mano de un niño.

En la muñeca llevaba una pulsera amarilla.

Número:

Roldán retrocedió.

—El diecisiete era el médico.

—Sí —dijo Mara.

León observó la fotografía.

No miraba la mano.

Miraba el reflejo del cristal.

Había una persona detrás del fotógrafo.

Un hombre.

Solo se distinguía parte del rostro.

La imagen era mala.

Veintidós años podían transformar a cualquiera.

Pero no podían transformar ciertas maneras de mirar.

León se acercó.

Por primera vez desde que había comenzado el caso, no buscó una explicación alternativa.

Mara lo vio.

—¿Qué?

León señaló el reflejo.

La persona sostenía una libreta contra el pecho.

Con el índice marcaba una página.

El mismo gesto.

El gesto que Clara había descrito.

El gesto que aparecía en las viejas grabaciones.

El gesto que León había heredado sin saber de dónde.

Mara palideció.

—No puede ser.

León amplió la imagen.

Veintidós años atrás, su padre había investigado la desaparición del Calíope.

Ahora alguien acababa de enviarles una fotografía desde un lugar bajo el océano.

Y en el reflejo había un hombre que podía llevar veintidós años muerto.

León Varda miró el rostro de León Varda I.

Después dijo:

—Ésa es exactamente la razón por la que puede serlo.